Capítulo 3 La casa Brandt
En la casa Brandt, las mañanas no comenzaban cuando el sol entraba por los corredores, sino cuando Otto Brandt abría la puerta del escritorio y el sonido de la cerradura corría por la vivienda como una campana doméstica.
No era un ruido fuerte, ni siquiera desagradable, pero tenía el efecto de ordenar a todos sin necesidad de órdenes.
La cocinera avivaba el fuego con más decisión, Frida revisaba la mesa del desayuno, Karl dejaba de silbar si pasaba cerca del corredor principal y Anselmo, que desde su regreso aún no encontraba un lugar exacto entre la disciplina familiar y la libertad que había conocido fuera, sentía en el pecho esa vieja contracción de los hijos segundos: la de estar dentro de una casa que lo reconocía y, al mismo tiempo, parecía prepararlo para abandonarla.
La propiedad de los Brandt no tenía la antigüedad blanda de Los Robles ni esa manera criolla de permitir que una pared vencida pareciera noble solo por haber durado bastante.
Era una casa más reciente, levantada con cálculo y trabajo, de corredores limpios, techumbres sólidas y ventanas pintadas de un azul que Frida defendía contra toda sugerencia de sobriedad alemana.
Alrededor se extendían potreros bien cercados, graneros ventilados, un huerto de manzanos que Wilhelm había insistido en plantar cuando otros le dijeron que allí convenía más el trigo, y una hilera de álamos que cortaba el viento antes de que golpeara el patio.
Todo parecía dispuesto para demostrar que la prosperidad, si no podía borrar la condición de recién llegado, al menos podía volverse indiscutible.
Anselmo conocía esa lección desde niño y, sin embargo, cada vez que volvía a la casa después de una visita social, la encontraba más pesada.
El desayuno se servía temprano, con pan oscuro para Otto y Karl, pan blanco para Frida porque ella había decidido que la nostalgia no era una obligación alimenticia, mantequilla, queso fresco, miel y café cargado.
Wilhelm bajaba solo algunos días, según la tos le permitiera fingir que todavía mandaba sobre su propio cuerpo, y aquella mañana había ocupado su silla en la cabecera menor de la mesa, junto a la ventana.
Tenía setenta años o algo más —en su familia las edades se volvían imprecisas cuando cruzaban el mar— y conservaba una mirada clara, casi juvenil, que hacía más visible la fragilidad del resto.
La tos le llegaba sin aviso, breve al principio y después honda, como si cada acceso trajera desde el pecho una raíz demasiado vieja.
Nadie se permitía mirarlo con preocupación durante esos momentos, porque Wilhelm soportaba la enfermedad con menos paciencia que orgullo.
—El padre Anacleto comió más empanadas de las que pensaba bendecir —dijo Karl, untando mantequilla con una generosidad que su madre observó con desaprobación resignada—. Eso debe explicar por qué terminó bendiciendo también a un perro de los Ovalle.
—El perro parecía más dispuesto a mejorar que algunos invitados —respondió Frida, sin levantar demasiado la voz.
Karl rió. Otto hizo un gesto que podía pasar por sonrisa si uno lo conocía desde hacía años.
Anselmo movió la cucharilla dentro del café, aunque no había azúcar que disolver.
Desde la trilla de los Ovalle, su familia había mencionado la fiesta con una normalidad cuidadosa: la limpieza del trigo, la hospitalidad de Rodrigo Ovalle, la música, el pan enviado por los Zúñiga, la conversación sobre acequias y molinos.
Nadie había aludido a Constanza, y esa omisión, justamente por ser tan completa, la volvía más presente que si la hubieran nombrado.
Anselmo sospechaba que Karl esperaba el momento adecuado para atacarlo con una broma y que Frida ya había entendido más de lo que él habría querido mostrar.
—La señorita Zúñiga no parecía impresionada por nuestras costumbres —dijo Karl al fin, con la crueldad alegre de los hermanos mayores que confunden la puntería con el afecto.
—No fuimos nosotros los anfitriones —contestó Anselmo.
—Tampoco parecía impresionada por ti, que es lo que preguntaba sin preguntar.
Frida dejó la taza sobre el plato con un sonido pequeño.
Otto miró a Karl por encima del periódico atrasado que había llegado del pueblo, y Wilhelm soltó una risa baja que se convirtió de inmediato en tos.
La conversación quedó suspendida mientras el viejo buscaba aire, rechazaba la mano de Frida con un movimiento mínimo y recuperaba, por pura voluntad, la compostura.
Anselmo sintió una punzada de vergüenza por haber permitido que el asunto llegara a la mesa, como si la irritación de una joven en una fiesta pudiera tener alguna importancia junto al cuerpo declinante de su abuelo.
Sin embargo, apenas Wilhelm volvió a respirar con calma, miró a su nieto con una atención que no tenía nada de casual.
—Las muchachas inteligentes rara vez se impresionan cuando uno desea que se impresionen —dijo Wilhelm—. Es una incomodidad saludable.
—Entonces la señorita Zúñiga debe ser una medicina excelente —replicó Karl.
—Karl —dijo Frida, y bastó el nombre para devolverlo a una obediencia relativa.
Anselmo no respondió. Hubiera podido decir que Constanza Zúñiga era injusta, que convertía una frase general en acusación personal, que tenía un talento irritante para encontrar superioridad donde solo había torpeza.
Hubiera podido añadir que hablaba como si los Brandt le debieran disculpas por existir con eficiencia, y que en su voz había una antigua costumbre de mirar hacia abajo incluso cuando la realidad obligaba a mirar de frente.
Pero sabía que todo eso, aun si contenía alguna verdad, no explicaba por qué recordaba con tanta precisión la forma en que ella había sostenido el plato junto a la mesa de refrescos, ni por qué su frase —“qué tranquila debe ser la vida cuando uno puede llamar descuido a la desgracia ajena”— le había vuelto durante tres noches con la persistencia de una deuda mal anotada.
Después del desayuno, Otto llamó a sus hijos al escritorio.
La habitación era la parte más severa de la casa, menos por los muebles que por la manera en que todo parecía haber sido colocado para no admitir sentimentalismos: escritorio ancho, libros de cuentas, papeles amarrados con cinta, una caja de correspondencia, dos sillas duras para quienes vinieran a pedir o a explicar, y en la pared del fondo un mapa de Europa que Wilhelm había traído años atrás y que Otto conservaba más por utilidad que por nostalgia.
Aún no tenía alfileres ni marcas de guerra; era apenas un mapa comercial, con puertos, líneas, nombres de ciudades y un Hamburgo nítido, casi excesivo, en el norte.
Para cualquiera habría sido un objeto de estudio.
Para Anselmo era una ventana cerrada, porque desde niño había oído ese nombre en conversaciones interrumpidas con demasiada frecuencia.
Otto revisó con Karl los trabajos de la semana: reparación de una compuerta, compra de dos novillos, traslado de sacos, una disputa menor con un vecino por el paso de animales.
A Karl le hablaba como a quien deberá decidir pronto; a Anselmo, como a quien debe saber lo suficiente para no avergonzar a la familia en ninguna mesa, pero no tanto como para echar raíces donde no le corresponde.
Esa diferencia no era cruel. Justamente por no ser cruel resultaba más difícil de combatir.
Otto amaba a sus dos hijos con la misma austeridad con que administraba el campo: sin desperdicio visible, sin explicaciones innecesarias, confiando en que la obediencia probaba el afecto mejor que cualquier efusión.
—Rodrigo Ovalle preguntó por el embarque de herramientas —dijo Otto, pasando una hoja a Karl—. Si se confirma el pedido, conviene responder antes del viernes. La línea a Valparaíso está lenta este mes.
—¿Por Hamburgo? —preguntó Anselmo antes de pensar.
Otto levantó la vista. No había dureza en su mirada, pero sí una pausa que ordenó el aire del cuarto. Karl dejó de inclinarse sobre los papeles. El mapa, detrás de su padre, pareció de pronto menos decorativo. Anselmo supo que había tocado una cuerda que en esa casa nunca sonaba sola.
—Por Hamburgo pasan muchas cosas —respondió Otto—. Herramientas, cartas, cuentas, parientes. No todo lo que viene de allá debe inquietarte.
—Eso sería más fácil si no todo se dijera de ese modo.
Karl miró a su hermano con una mezcla de sorpresa y advertencia.
Otto cerró el libro de cuentas despacio, no con ira, sino con esa gravedad que en él era más temible que un golpe sobre la mesa.
Durante un instante, Anselmo pensó que su padre le exigiría disculpas.
En cambio, Otto se reclinó en la silla y lo observó como si acabara de descubrir que el niño al que había mandado estudiar regresaba con preguntas de hombre, pero todavía sin la prudencia necesaria para administrarlas.
—Hay asuntos que se dicen por partes porque enteros aplastan antes de tiempo —dijo.
—Tengo diecinueve años.
—Por eso mismo.
La frase cerró la conversación con una eficacia humillante.
Anselmo sintió el impulso de insistir, de decir que no era justo pedirle compostura sin darle conocimiento, de preguntar por qué su futuro aparecía siempre en la boca de otros como un caballo ensillado antes de que el dueño entrara al patio.
Pero Karl se movió apenas, una advertencia fraterna, y Otto volvió a abrir el libro de cuentas.
El escritorio recuperó su respiración habitual.
Afuera, alguien golpeaba un poste, un perro ladraba, la mañana seguía como si nada importante hubiera sido rozado.