El peso de la tierra Capítulo 3 La casa Brandt #2
4%

Capítulo 3 La casa Brandt #2

Más tarde, Karl lo encontró en el galpón de aperos, revisando una montura que no necesitaba revisión.

Era un lugar amplio, con olor a cuero, grasa, polvo y trigo viejo, donde los hombres podían hablar sin que la conversación adquiriera de inmediato la categoría de confesión familiar.

Karl cerró la puerta a medias y se apoyó contra un cajón.

Tenía veintidós años, hombros fuertes y una facilidad para pertenecer al campo que a Anselmo le provocaba, según el día, admiración o resentimiento.

No era menos inteligente que él; simplemente nunca había sentido la necesidad de convertir cada pensamiento en un problema.

—Padre no está enojado —dijo Karl.

—Peor. Está convencido de tener razón.

—Casi siempre la tiene. Es uno de sus defectos más irritantes.

Anselmo soltó una risa breve, agradecido contra su voluntad.

Con Karl era más fácil porque el hermano mayor no envolvía la verdad en solemnidad.

A veces la decía mal, con demasiada fuerza o con un chiste inoportuno, pero al menos la dejaba respirable.

Anselmo apoyó la montura sobre la madera y pasó una mano por el borde gastado, recordando de pronto las manos de los peones en la trilla, cubiertas de polvo y paja, y luego las suyas, limpias, vistas a través de la mirada de Constanza como una prueba de culpa.

—Me porté como un idiota en la fiesta —dijo.

—Eso ya lo sabía. Quería saber si tú lo sabías.

—Hablé de administración con una señorita cuya familia quizá está en problemas.

—Todas las familias están en problemas. Algunas solo lo ocultan mejor.

—No así. Ella me miró como si yo hubiera puesto precio a su casa.

Karl dejó de sonreír. Esa imagen, más que cualquier explicación, pareció tocar algo concreto.

Caminó hasta la puerta y miró hacia el patio para asegurarse de que nadie estuviera cerca.

Después volvió, menos bromista. Cuando habló, lo hizo en voz baja, con la seriedad irregular de quien no está acostumbrado a usarla mucho.

—Los Zúñiga llevan años con cuentas difíciles. Eso se sabe, aunque no se diga frente a sus hijas. Padre lo sabe. Abuelo lo sabe mejor. Tú también lo has oído, aunque nadie te haya sentado a explicártelo.

—Oír no es saber.

—En esta casa, a veces sí.

Anselmo se apartó de la montura y caminó hasta una pila de sacos vacíos.

El galpón le pareció de pronto demasiado estrecho.

No era solo Constanza ni la frase desafortunada de la trilla.

Era ese modo familiar de rodearlo con medias verdades, como si el silencio pudiera prepararlo para obedecer con menos dolor.

Desde niño había escuchado nombres: Hamburgo, Hartmann, Zúñiga, honor, préstamo, palabra.

Había visto cartas que Otto guardaba antes de que él alcanzara a leer el remitente y conversaciones que se apagaban cuando entraba Frida con el café.

Y ahora, al regresar convertido en adulto a medias, todos parecían sorprendidos de que quisiera unir las piezas.

—Hay días en que tengo ganas de odiarte —dijo Anselmo.

Karl alzó las cejas.

—Eso sí es una novedad familiar. ¿Por qué privilegio?

—Porque a ti te toca quedarte.

La broma murió antes de salir de la boca de Karl.

El hermano mayor miró hacia el suelo de tierra apisonada y empujó una astilla con la punta de la bota.

No había en él culpa, o no la culpa sencilla que Anselmo habría querido encontrar para poder acusarlo.

Karl no había elegido nacer primero, como Anselmo no había elegido nacer segundo.

Ese era justamente el problema: que las injusticias más firmes de una familia rara vez necesitaban maldad para sostenerse.

—Yo tampoco elegí que me tocara quedarme —dijo Karl al fin—. Y no creas que siempre parece premio. Un fundo pesa de otra manera cuando sabes que un día todos mirarán hacia ti cada vez que falte agua, plata o juicio.

—Pero es tu peso.

—Sí. Y el tuyo parece venir con un barco.

La frase no fue cruel. Anselmo la recibió como se recibe una verdad dicha sin protección.

Hamburgo volvió a aparecer, no como ciudad sino como dirección inevitable, como una línea invisible tirada desde el mapa del escritorio hasta su cama, su ropa, sus libros, cualquier muchacha con la que pudiera bailar sin consecuencias.

El recuerdo de Constanza le llegó entonces con una nitidez irritante: la muselina clara, la mirada desafiante, la forma en que parecía escuchar no solo lo que uno decía, sino aquello que uno intentaba esconder incluso de sí mismo.

—No puedo explicar eso en una fiesta —dijo Anselmo—.

No puedo decirle a una muchacha que hablo como un imbécil porque toda mi familia parece haber decidido mi vida antes de que yo supiera leer.

Entonces digo algo sobre la tierra, sobre familias antiguas, sobre administración, y sueno exactamente como el hombre que ella cree que soy.

—¿Y qué hombre cree que eres?

—Uno que mira Los Robles y calcula cuánto tardará en caer.

Karl hizo una mueca.

—Eso es injusto.

—Lo sé.

—También es posible que tú se lo hayas puesto fácil.

Anselmo no discutió. Con Karl, esa clase de comentario no buscaba ganar, solo dejar la verdad en medio para que nadie tropezara fingiendo no verla.

Los dos permanecieron en silencio. Afuera pasó un muchacho con una carretilla y saludó sin detenerse.

La vida del fundo siguió alrededor de ellos con esa indiferencia útil del trabajo: animales que alimentar, cercos que revisar, cuentas que pagar, comida que preparar.

Esa continuidad, que a Karl parecía afirmarlo, a Anselmo le producía una melancolía anticipada.

¿Cómo podía dolerle tanto dejar un lugar del que todavía se sentía expulsado a medias?

—La Zúñiga es filosa —dijo Karl, recuperando con cuidado algo de ligereza—. Pero no tonta.

—Eso la vuelve más peligrosa, no menos.

—O más difícil de engañar.

Anselmo lo miró.

—No intento engañarla.

—No. Intentas engañarte a ti mismo pensando que no te importa lo que piense.

Aquella fue una de las pocas veces en que Anselmo deseó que su hermano fuese menos perspicaz.

No respondió porque cualquier defensa habría dado la razón a Karl por otros caminos.

Volvió a tomar la montura y fingió examinar una costura.

Karl, con una misericordia poco frecuente, no insistió.

Solo le dio una palmada breve en el hombro antes de salir, no lo bastante afectuosa para volverse sentimental ni tan seca como para ser inútil.

A media tarde, Frida pidió a Anselmo que llevara una bandeja a Wilhelm.

En cualquier otra casa aquello habría sido tarea de una criada, pero Frida tenía un talento especial para convertir encargos domésticos en conversaciones inevitables.

La bandeja llevaba una taza de caldo claro, dos rebanadas de pan y un frasco pequeño de miel que el viejo aceptaba como medicina siempre que nadie la llamara medicina.

Anselmo subió por el corredor interior y encontró a su abuelo en la pieza que daba hacia los manzanos, sentado junto a la ventana, con una manta sobre las piernas y el bastón apoyado al alcance de la mano.

La luz caía sobre su rostro de tal modo que la vejez parecía tallada, no acumulada.

—Tu madre cree que no sé cuándo me manda compañía —dijo Wilhelm sin volverse.

—Mi madre cree muchas cosas y suele tener razón en demasiadas.

—Eso aprendió rápido al casarse con un Brandt.

Anselmo dejó la bandeja sobre la mesa pequeña.

La pieza olía a alcanfor, madera encerada y papel viejo.

Sobre el escritorio menor de Wilhelm había cartas ordenadas, una pluma, un libro en alemán abierto boca abajo y un retrato descolorido de una mujer que Anselmo no había conocido.

Durante años, el abuelo le había parecido indestructible, no por fuerza física sino porque hablaba como si todo lo vivido antes de Chile —el mar, el frío, las pérdidas, la pobreza primera— hubiera ocurrido para justificar exactamente el lugar donde estaba sentado.

Verlo ahora levantar la taza con ambas manos le produjo una pena impaciente, de esas que no saben volverse ternura sin sentir vergüenza.

—Karl dice que hice el ridículo en la trilla —dijo Anselmo.

—Karl dice muchas verdades con modales de carretero.

—Entonces usted también lo cree.

Wilhelm bebió un sorbo de caldo, hizo una mueca y acercó la miel como quien concede una negociación.

Tardó en contestar. Anselmo conocía esa demora; no era vacilación, sino cálculo moral.

Su abuelo nunca respondía a la frase pronunciada, sino a la pregunta que escuchaba debajo, y eso volvía peligrosas las conversaciones con él.

—Creo que hablaste de tierra cuando estabas hablando de miedo —dijo al fin.

Anselmo sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—No tengo miedo de una señorita Zúñiga.

—No dije que el miedo fuera ella.

La tos llegó entonces, más larga que en el desayuno.

Wilhelm apoyó la taza en el plato con cuidado, pero el líquido tembló hasta derramarse un poco sobre el borde.

Anselmo dio un paso adelante y se detuvo cuando el viejo levantó la mano.

Otra vez esa negativa seca a ser asistido, otra vez la voluntad imponiéndose a un cuerpo menos obediente que antes.

Cuando el acceso pasó, Wilhelm respiró con los ojos cerrados, y durante unos segundos la autoridad familiar quedó reducida a un hombre viejo tratando de no parecerlo.

Esa visión hizo que Anselmo olvidara cualquier protesta preparada.

—Hay cosas que uno puede elegir tarde —dijo Wilhelm, todavía ronco—. Y hay cosas que otros eligieron antes de que uno tuviera uso de razón. Eso no las vuelve livianas. Pero tampoco las vuelve falsas.

—¿Habla de Hamburgo?

—Hablo de lo que se prometió en el noventa y nueve.