El peso de la tierra Capítulo 2 El baile de la trilla #3
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Capítulo 2 El baile de la trilla #3

Anselmo bajó la mirada hacia sus propias manos, limpias todavía, demasiado limpias quizá para el olor de paja, cuero y sudor que los rodeaba.

Constanza advirtió el gesto y lo interpretó como molestia, no como vergüenza.

Él conocía, aunque no del todo, la deuda antigua entre su abuelo y Fernando Zúñiga; conocía lo suficiente para saber que su frase podía haber caído cerca de una herida familiar, pero no lo bastante para entender por qué la señorita Zúñiga, a quien acababan de presentarle, lo miraba como si acabara de insultar a un muerto.

Esa parte, sin embargo, pertenecía a su interior, no a la escena.

En la escena solo hubo un joven formal que calló cuando debía explicarse y una joven orgullosa que necesitaba defender una casa cuya fragilidad empezaba a descubrir.

—Mi familia no inventó nada —dijo él, más bajo—. Solo llegó tarde y tuvo que aprender rápido.

La frase contenía una humildad que Constanza no quiso oír.

Llegó tarde, pensó ella, y aun así mira a los que estaban antes como si hubieran desperdiciado el mundo.

Cerca de ellos, Karl llamó a Anselmo para mostrarle cómo habían asegurado la última carga; Amparo soltó una risa demasiado alta; Rodrigo apareció con la oportunidad providencial de quien ha visto tensarse una conversación y prefiere salvar la fiesta antes que investigar la verdad.

Preguntó a Constanza si quería volver hacia la música, porque el siguiente baile estaba por comenzar.

Ella aceptó de inmediato, no porque deseara bailar, sino porque quedarse junto a Anselmo habría exigido decidir si estaba enojada o herida, y el enojo siempre era más cómodo cuando tenía espectadores.

Rodrigo la condujo de regreso con paso tranquilo.

No le preguntó qué había ocurrido, lo cual fue otro punto a su favor, aunque Constanza se resistiera a concedérselo.

Al llegar a la explanada, la música se había vuelto más animada y las primeras lámparas empezaban a encenderse bajo el corredor.

Mercedes vio a su hija volver del brazo del anfitrión, evaluó la escena con alarmante rapidez y sonrió a una señora vecina como si acabara de recibir una buena noticia de la Providencia.

Constanza, irritada por esa sonrisa, estuvo a punto de soltar el brazo de Rodrigo con demasiada brusquedad, pero él se inclinó y pidió el siguiente baile con tanta corrección que rechazarlo habría parecido una declaración innecesaria.

Bailó con Rodrigo. Era buen bailarín, no brillante; llevaba el paso con seguridad y no intentaba obligarla a admirarlo.

Conversó de asuntos livianos, de la cosecha, de la música, del calor de marzo, y tuvo el acierto de no mencionar a los Brandt.

Constanza le respondió con cortesía, agradecida por esa forma de compañía que no exigía desnudar el pensamiento.

Desde el centro de la explanada, sin embargo, alcanzaba a ver a Anselmo junto a los galpones, hablando con Karl.

No la miraba o fingía no mirarla, y esa abstención le pareció otra forma de orgullo.

Se dijo que no le importaba, y como toda frase que una persona necesita repetirse, la afirmación empezó a perder fuerza en el mismo acto de formularla.

Después del baile, Mercedes interceptó a Constanza cerca de la mesa de refrescos con una copa en una mano y una advertencia en los ojos.

Presentación estaba a pocos pasos, conversando con Frida Brandt sobre bordados y recetas con la serenidad diplomática de quien podría sentar a dos gobiernos enemigos en la misma mesa si se lo pidieran por favor.

Josefina y Amparo habían sido temporalmente contenidas mediante empanadas.

Fernando, en cambio, permanecía con los hombres, y aunque hablaba poco, su presencia junto a Otto Brandt y Rodrigo Ovalle tenía para Constanza el aspecto inquietante de una negociación que todos se empeñaban en disfrazar de charla agrícola.

—¿Qué le dijiste al joven Brandt? —preguntó Mercedes, sin dejar de sonreír hacia el resto de la fiesta.

—Buenas tardes, según recuerdo. Tal vez también algo sobre zapatos.

—Constanza.

—Mamá.

—Ese tono tuyo algún día va a encontrar una puerta cerrada al otro lado.

—Entonces habrá que agradecer que todavía no sea hoy.

Mercedes cerró los ojos un instante, como si pidiera paciencia a todos los santos disponibles y a algunos que aún no habían sido canonizados.

Cuando volvió a abrirlos, ya no parecía solo irritada.

Parecía cansada. Esa fatiga desarmó a Constanza más que cualquier reprensión, porque la obligaba a recordar que la comicidad de su madre era, muchas veces, un modo de seguir de pie sobre una preocupación demasiado concreta.

—Hija, no te estoy pidiendo que te vendas por una sonrisa ni que admires a todos los hombres con apellido útil —dijo Mercedes, en voz baja—. Te pido que no conviertas cada conversación en una prueba de carácter donde todos, salvo tú, entran reprobados.

Constanza no respondió. El reproche era injusto en la forma y peligrosamente exacto en el fondo.

Miró hacia Anselmo otra vez y lo encontró junto a su madre, inclinándose para escuchar algo que Frida le decía.

Había en él una obediencia triste, una manera de ocupar su propio cuerpo como si ya le hubieran asignado un sitio del que no podía moverse.

Constanza estuvo a punto de sentirse conmovida por esa percepción, pero entonces recordó su comentario sobre las familias antiguas que perdían por descuido, y la ternura posible se cerró como una mano.

La noche cayó completa sobre la trilla. Los faroles transformaron el polvo en una neblina dorada y los rastrojos, más allá del patio, quedaron reducidos a una masa oscura donde persistía el olor seco del grano recién guardado.

El padre Anacleto, ya menos solemne, aceptó una segunda empanada y declaró que la moderación era una virtud compatible con la gratitud, frase que Amparo repitió de inmediato con la esperanza de obtener una segunda copa de refresco.

Hubo brindis familiares sin estridencia, una cueca cantada por dos peones con voces ásperas y hermosas, risas que subieron sin pedir permiso y conversaciones que la fatiga volvió más sinceras o más imprudentes, según la persona.

Constanza comió poco. El pan de Rosa apareció en la mesa grande y desapareció con rapidez, celebrado por bocas que no sabían cuánto de una casa podía viajar dentro de un canasto.

En algún momento, cuando la música cedió a una pausa y los invitados empezaron a buscar chales, sombreros y niños perdidos, Anselmo se acercó de nuevo.

No lo hizo con seguridad, sino con una determinación rígida que a Constanza le pareció ensayada.

Ella estaba junto a la mesa, apartando migas con el borde de un plato, mientras Presentación ayudaba a Frida Brandt a envolver unos dulces para llevar y Mercedes fingía no observar desde la distancia.

Anselmo se detuvo a una medida correcta, ni tan cerca para parecer atrevido ni tan lejos para permitirle escapar sin escuchar.

Esa exactitud, en vez de tranquilizarla, la irritó.

—Señorita Zúñiga —dijo él—. Creo que antes me expresé mal.

—Es una desgracia común. Algunos la padecen con mejores resultados que otros.

Él aceptó el golpe sin devolverlo. Ese autocontrol, que podía haber sido paciencia, volvió a parecerle superioridad. Anselmo miró un instante hacia los graneros, donde su padre hablaba ahora con Rodrigo, y después volvió a ella con una seriedad que no sabía todavía hacerse íntima.

—No pretendía hablar de su familia.

—Entonces eligió usted un camino muy amplio para no llegar a ella.

—Hablaba de lo que he visto en otras partes.

—Qué cómodo debe ser traer ejemplos de otras partes para explicarnos a quienes no hemos salido de esta.

Anselmo respiró hondo. Por primera vez, algo parecido al dolor cruzó su rostro, pero Constanza, demasiado ocupada en sostener su propia dignidad, lo confundió con molestia.

Si él hubiera dicho en ese momento que no se sentía superior sino extranjero en ambos lados, si hubiera confesado que estudiar fuera no lo había hecho más libre sino más consciente del sitio que su familia le exigía ocupar, si hubiera mencionado siquiera la palabra promesa, tal vez la noche habría tomado otra dirección.

Pero era joven, tenía una educación rígida, una deuda familiar enredada a medias en la conciencia y una torpeza profunda para defenderse sin exponer aquello que no era solo suyo.

Así que dijo lo único que no podía salvarlo.

—No todos los que llegan de fuera vienen a despreciar lo que encuentran.

Constanza sonrió apenas, y esa sonrisa le salió más fría de lo que habría querido.

—No. Algunos esperan a que se les pregunte su opinión para hacerlo.

La frase quedó entre ambos como una copa quebrada.

Anselmo abrió la boca, la cerró de nuevo y dio un paso atrás.

Ella esperó una réplica que no llegó. Quizá la deseaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, porque una respuesta aguda le habría permitido seguir combatiendo; el silencio, en cambio, la dejó frente a algo más incómodo: la posibilidad de haber herido a alguien que no sabía defenderse.

Pero él inclinó la cabeza con una formalidad casi perfecta, y esa perfección restauró en ella la certeza de que todo era orgullo.

—Le deseo buena noche, señorita Zúñiga.

—Y yo a usted, señor Brandt.