Capítulo 2 El baile de la trilla #2
Su hermana hizo una mueca y se alejó en busca de Amparo, que ya había encontrado a dos primas de los Ovalle y probablemente una manera de avergonzar a la familia antes del primer baile.
Constanza quedó sola el tiempo suficiente para darse cuenta de que Anselmo la había mirado.
No fue una mirada larga ni atrevida; más bien tuvo el sobresalto de quien reconoce que ha sido observado mientras observaba.
Él inclinó apenas la cabeza en señal de saludo, aunque todavía no hubieran sido presentados.
Constanza respondió con una inclinación menor, más por educación que por deseo, y apartó la vista hacia la era con una calma que habría sido convincente si no hubiese sentido el pulso un poco más rápido en la muñeca.
La música comenzó cuando el sol tocaba la línea de los álamos.
Primero fueron guitarras y un violín algo desobediente, luego palmas, risas, el golpe de los zapatos sobre la tierra apisonada y esa transformación misteriosa por la cual una reunión llena de cálculos se permite, durante unos compases, fingir inocencia.
Los peones bailaban más allá, cerca de los galpones, con una libertad que hacía parecer estudiadas las vueltas de los jóvenes del corredor; las señoras comentaban sin mover casi los labios; los hombres hablaban de cosechas, pero miraban de reojo a sus hijas.
Mercedes vigilaba todo con una concentración que habría honrado a un general, distribuyendo a Presentación cerca de las madres convenientes, alejando a Josefina de un primo con fama de buen cantor y procurando que Constanza no se escondiera detrás de una conversación con el padre Anacleto sobre sermones y molinos.
La alegría de la fiesta era real, pero estaba atravesada por esa otra música menos audible: la de las familias tratando de asegurar el futuro sin nombrar el miedo.
Rodrigo pidió a Presentación el primer baile con una cortesía que, al ser dirigida a la hija mayor, no comprometía a nadie y agradaba a todos.
Mercedes casi brilló de alivio, no porque imaginara allí una alianza concreta, sino porque un anfitrión respetuoso hacia Presentación confirmaba que las Zúñiga seguían siendo tratadas como correspondía.
Constanza observó a su hermana desplazarse con gracia serena, sin entusiasmo excesivo ni frialdad, y sintió por ella una compasión difícil de explicar.
Presentación parecía hecha para cumplir expectativas sin quebrarse, lo que en una mujer podía confundirse con felicidad si nadie preguntaba demasiado.
Al otro lado del patio, Anselmo bailaba con una joven de apellido Urrutia y lo hacía con corrección casi dolorosa, atento al paso, a la distancia, al gesto que debía o no debía permitirse.
—Baila como si le hubieran explicado la alegría en un manual —dijo una voz a la espalda de Constanza.
Era Amparo, por supuesto, roja de calor y de información recién robada.
Constanza no pudo evitar reír. Mercedes, desde lejos, la vio reír y de inmediato miró hacia el objeto probable de la risa, de modo que Constanza tuvo que fingir interés en una bandeja de empanadas pequeñas que pasaba cerca.
Amparo, satisfecha por haber producido efecto, añadió que una de las primas Ovalle afirmaba que Anselmo había vuelto de estudiar fuera y que en su casa lo esperaban decisiones importantes.
Constanza preguntó qué decisiones, y Amparo se encogió de hombros con la irresponsabilidad de quien disfruta mucho más anunciando misterios que resolviéndolos.
La presentación formal ocurrió poco después, no por destino sino por una de esas maniobras sociales que las madres realizan fingiendo casualidad.
Frida Brandt se acercó a Mercedes para agradecer el pan enviado a la mesa, Rodrigo apareció al mismo tiempo con Fernando, Otto Brandt se sumó por el lado de los hombres y de pronto Constanza se encontró en un pequeño círculo donde todas las salidas razonables habían sido cerradas con sonrisas.
La señora Brandt tenía ojos claros y una expresión reservada que suavizó al mirar a las muchachas.
Mercedes, en cambio, irradiaba cordialidad con la intensidad de una lámpara nueva.
Fernando saludó a Otto con un respeto que no llegó a ser calidez; Otto respondió con una deferencia quizá demasiado cuidadosa, y esa delicadeza entre ambos hizo que Constanza volviera a sentir, como en la iglesia, que bajo los saludos había una historia no dicha.
—Mi hijo Anselmo —dijo Frida, haciendo un gesto leve hacia él—. Ha regresado hace poco y todavía debe acostumbrarse de nuevo a nuestras costumbres.
—A nuestras costumbres se sobrevive con paciencia y buen calzado —dijo Constanza antes de medir del todo la frase.
Anselmo la miró, sorprendido primero, divertido después de una forma tan breve que casi no alcanzó a volverse sonrisa.
Tenía los ojos de un gris verdoso, menos fríos de lo que ella había supuesto desde lejos, pero el hallazgo no la hizo retroceder.
Al contrario, le molestó descubrir humanidad en un rostro que ya había decidido considerar arrogante. Él inclinó la cabeza con formalidad.
—Entonces procuraré no fallar en ninguna de las dos cosas, señorita Zúñiga.
—La paciencia se nota tarde y los zapatos demasiado pronto. Le deseo suerte con lo primero.
El silencio que siguió no fue incómodo para todos, pero sí suficientemente visible para que Mercedes apretara el abanico y Rodrigo Ovalle mirara hacia el cielo como si acabara de recordar una nube.
Frida Brandt volvió a sonreír, esta vez con una curiosidad disimulada, y Otto hizo un comentario sobre el precio del trigo que permitió a los hombres refugiarse en asuntos menos peligrosos.
Constanza supo que había sido cortante. También supo que no se arrepentía por completo.
Había en Anselmo una compostura que la invitaba a sacudirla, como si debajo de esa reserva hubiese una verdad que él protegía con demasiado cuidado.
Rodrigo, quizá por instinto de anfitrión o por simple prudencia, propuso que los jóvenes caminaran hasta el borde de la era para ver la última carga de sacos.
El grupo se movió sin orden rígido: Karl Brandt con dos muchachos Ovalle, Josefina y Amparo escoltadas por una prima que fingía controlarlas, Presentación junto a la hija de doña Elvira, y Constanza, por obra de una geometría social francamente sospechosa, caminando a pocos pasos de Anselmo.
La tarde había empezado a enfriar. Desde los graneros llegaba un olor seco, tibio, de paja, cuero y grano recién guardado, y los peones se reían entre ellos mientras levantaban los últimos sacos con una fatiga alegre que ningún invitado habría sabido imitar sin volverse ridículo.
Constanza miró las manos polvorientas de un hombre viejo que acomodaba trigo con la misma concentración con que el padre Anacleto elevaba el cáliz, y pensó que todas las ceremonias importantes exigían alguna forma de peso.
—Es una buena cosecha —dijo Anselmo, al fin, más como observación que como intento de conversación.
—Los Ovalle tendrán motivos para sonreír hasta el invierno.
—Si administran bien el precio y el almacenaje, hasta más allá del invierno.
Constanza volvió la cabeza. El comentario no era ofensivo en sí mismo; incluso podía haber sido una simple frase de agricultor, aprendida en una casa donde las cuentas se hablaban sin vergüenza.
Pero llegó sobre la memoria fresca de su padre junto al portón de la iglesia, sobre las vecinas alabando la mano de los Brandt para la tierra, sobre la palabra vencimiento repetida en secreto como una campana.
Anselmo, que ignoraba esas resonancias, añadió con torpeza involuntaria:
—He visto familias muy antiguas perder más por descuido en las cuentas de cosecha que por mala fortuna. A veces el cariño por una propiedad no basta para sostenerla.
El aire entre ambos cambió. Constanza sintió que la frase se dirigía a Los Robles con una precisión imposible, aunque él no hubiera mencionado apellido alguno.
Tal vez, pensó, eso era lo peor: la condescendencia de quien podía hablar en general porque nunca había necesitado defenderse en particular.
Miró hacia los graneros, donde Fernando conversaba con Rodrigo y Otto a cierta distancia, y la visión de su padre, correcto entre hombres más seguros, le encendió una lealtad rápida, casi infantil.
Cuando respondió, lo hizo con voz baja, porque no quería escándalo, pero la baja voz no volvió menos filoso el golpe.
—Qué tranquila debe ser la vida cuando uno puede llamar descuido a la desgracia ajena.
Anselmo se detuvo apenas. No parecía haber esperado la herida porque no sabía que había tocado una.
Esa vacilación, que habría podido salvarlo si hubiese encontrado la explicación correcta, se convirtió en silencio.
Constanza lo vio buscar palabras y no hallarlas, y leyó en esa demora la confirmación exacta de su prejuicio.
Un hombre menos orgulloso, pensó, habría pedido disculpas de inmediato.
Un hombre menos acostumbrado a tener razón no se habría quedado allí, mirándola como si ella hubiera complicado injustamente una verdad sencilla.
—No quise decir eso —dijo él al fin.
—No. Imagino que quiso decir algo más elegante.
—Quise decir que la tierra exige atención, no solamente memoria.
—Curioso. Esta mañana escuché a varias personas hablar de los Brandt como si hubieran inventado ambas cosas.