Capítulo 2 El baile de la trilla
La trilla, el trabajo y el primer temblor de una historia que apenas comienza.
La tarde había madurado sobre Los Robles con una rapidez casi indecente.
Apenas regresaron de misa, la casa dejó de parecer una casa y se convirtió en un organismo lleno de puertas abiertas, pasos apurados, agua calentándose, vestidos extendidos sobre camas, peinetas perdidas, cintas reaparecidas en lugares culpables y voces que se cruzaban desde el corredor hasta la cocina con una urgencia que habría hecho pensar en incendio si no fuera porque todos estaban acostumbrados a que doña Mercedes preparara una visita social como quien defiende una frontera.
Constanza, sentada frente al espejo de su pieza mientras Josefina le robaba un alfiler y Amparo preguntaba por tercera vez si una mancha de durazno podía disimularse con encaje, observaba ese pequeño desorden con una mezcla de fastidio y ternura.
Su madre había elegido para ella el vestido de muselina clara, menos severo que el azul de la mañana, y había declarado que la sencillez, usada con inteligencia, podía confundirse con buena crianza.
Constanza sospechaba que en esa frase había más estrategia que estética, pero dejó que Presentación le acomodara el lazo de la cintura, porque su hermana mayor tenía una forma silenciosa de cuidar que volvía inútil cualquier protesta.
En la cocina, Rosa Painemal terminaba de cubrir los canastos que irían a la trilla de los Ovalle.
El pan de la mañana había sido reemplazado por otro más abundante, amasado para acompañar carnes frías, quesos, fruta y pequeños dulces de membrillo que Mercedes insistía en llamar modestos porque sabía que no lo eran.
Constanza bajó un momento, con el cabello todavía suelto sobre los hombros, y encontró a Rosa revisando los paños como si allí, y no en la sala, se decidiera la honra doméstica de la familia.
La mujer levantó la vista, la midió de arriba abajo y no dijo nada durante un instante.
Después tomó una hebra de hilo claro pegada al vestido y la retiró con dos dedos, gesto mínimo y exacto, de esos que no buscan gratitud porque pertenecen a un orden más antiguo que las palabras.
—Va a ir bonita la señorita —dijo Rosa—. Eso a veces ayuda y a veces trae trabajo.
—Mi madre espera que ayude —respondió Constanza—. Yo temo que traiga trabajo.
—Entonces las dos deben tener razón.
Constanza habría querido contestar algo ingenioso, pero la frase de Rosa, como le ocurría a menudo, había cerrado una puerta sin hacer ruido.
En la casa todos hablaban de lucirse, de llegar temprano, de no parecer ansiosos, de no quedarse demasiado tiempo junto a la mesa de los solteros ni demasiado lejos de ella.
Nadie hablaba de lo que se había oído esa mañana junto al portón de la iglesia, ni de los papeles que podían llegar tarde, ni de la manera en que Fernando Zúñiga había almorzado apenas dos cucharadas de cazuela antes de retirarse al escritorio con la excusa de revisar unas notas del administrador.
El silencio familiar tenía una textura propia, más espesa que el calor de la tarde.
Constanza lo sintió al salir al patio, cuando vio a su padre esperándolas junto al carruaje con el sombrero ya puesto y una cortesía tan firme que parecía recién planchada.
El camino hacia el fundo de los Ovalle atravesaba potreros donde la luz bajaba oblicua sobre los cercos, las gavillas recogidas formaban montones secos junto a los caminos interiores y una capa de polvo dorado parecía flotar sobre los rastrojos.
Mercedes ocupaba el asiento principal con Presentación a su lado, hablando de asuntos que parecían triviales solo para quien no conociera el código: qué familias asistirían, quién había enviudado con suficiente fortuna para merecer pésame prolongado, cuál de las muchachas Molina había sido vista conversando demasiado con un primo político y por qué convenía no confiar jamás en un hombre que bailaba bien antes de cumplir los treinta.
Josefina y Amparo recibían cada instrucción como quien colecciona armas prohibidas, dispuestas a usarlas mal apenas se les presentara oportunidad.
Constanza, en cambio, miraba por la ventana y pensaba en los Brandt, no porque le interesaran, se decía, sino porque el pueblo entero había insistido en volverlos inevitables.
El fundo de los Ovalle apareció al caer la tarde con esa seguridad de las casas que no necesitan demostrar antigüedad porque todos la dan por descontada.
La construcción principal, de adobe ancho y corredores profundos, miraba hacia una explanada donde se habían dispuesto mesas largas, bancas, faroles todavía apagados y un espacio despejado para el baile.
Más allá se veían la era recién barrida, los graneros abiertos, los carros cargados con sacos y gavillas, y un movimiento constante de peones, muchachas de cocina, niños y perros que cruzaban de un lado a otro con una libertad que ningún invitado de salón podía permitirse.
La trilla era una fiesta, sí, pero debajo del mantel blanco y de la música afinándose había trabajo real, manos ásperas, espaldas dobladas, polvo pegado al cuello y una economía entera apoyada sobre aquello que cabía en un saco y debía llegar seco al molino.
Constanza agradeció esa mezcla, porque le parecía más honesta que las reuniones donde todo esfuerzo quedaba escondido detrás de una taza de chocolate.
Rodrigo Ovalle las recibió al pie del corredor con una corrección que no necesitaba exageración para hacerse notar.
Era un hombre de treinta y tantos años, viudo desde hacía tiempo suficiente para que las mujeres pudieran compadecerlo sin sentirse indiscretas y dueño de una serenidad que a Constanza le resultó, de entrada, más práctica que atractiva.
Saludó a Fernando con respeto, besó la mano de Mercedes con una inclinación sobria y dedicó a las cuatro hermanas una frase amable que no distinguió demasiado entre belleza, juventud y buena educación, lo cual tal vez fue su mayor mérito.
Presentación le respondió con su gracia tranquila; Josefina sonrió más de lo necesario; Amparo estuvo a punto de comentar algo sobre la bendición de los sacos y fue salvada por un pisotón oportuno de su hermana mayor.
Constanza agradeció el saludo sin ofrecer más de lo imprescindible, y Rodrigo, lejos de ofenderse, pareció reconocer en ella una vigilancia que no le era ajena.
—Su madre me ha prometido que traen pan de Los Robles —dijo él, mientras los guiaba hacia la mesa principal—. Si eso es cierto, esta trilla quedará mejor asegurada que con la bendición del padre Anacleto.
—No se lo diga al padre —respondió Constanza—. Podría decidir competir con Rosa, y la Iglesia ya ha sobrevivido a demasiados peligros.
Rodrigo rió con una discreción que no buscaba convertirla en espectáculo.
A Constanza le cayó mejor por eso. Vio a Mercedes advertir la breve complicidad, archivar el dato y continuar sonriendo como si nada hubiera ocurrido.
Ese gesto bastó para que la simpatía recién nacida hacia el anfitrión se volviera incómoda, porque cualquier hombre aprobado tan pronto por su madre adquiría, sin culpa propia, el aspecto de una encerrona futura.
Constanza se apartó apenas, fingiendo mirar la era donde los últimos sacos eran acomodados junto a los carros, y buscó entre los grupos la presencia de esos Brandt de quienes todos habían hablado desde la misa.
No tuvo que buscar demasiado. Los Brandt estaban junto al corredor lateral, reconocibles no por el idioma —hablaban en castellano, aunque alguna palabra alemana se les escapaba entre parientes— sino por una compostura distinta, como si incluso en una fiesta rural conservaran la memoria de una mesa ordenada en otra latitud.
Otto Brandt conversaba con don Rodrigo y un grupo de agricultores sobre riego, maquinaria y almacenaje de grano; Frida, de vestido oscuro y cuello alto, saludaba a las señoras con una cordialidad medida, sin la efusión que Mercedes consideraba indispensable para sobrevivir en sociedad.
Karl, el hijo mayor, parecía nacido para ocupar espacio sin pedir disculpas: robusto, franco, más campesino que comerciante, reía con otros jóvenes cerca de los carros.
Junto a él, un poco retrasado, estaba Anselmo.
Constanza supo que era él antes de que nadie lo presentara.
No porque tuviera una belleza extraordinaria, aunque era alto, de cabello claro oscurecido por el sol y facciones más serias que suaves, sino porque llevaba encima una especie de distancia que no podía pertenecer al hermano heredero ni al padre próspero.
Vestía correctamente, demasiado correctamente quizá para una trilla donde el polvo terminaba igualando a todos, y observaba la explanada con atención contenida, como si estuviera traduciendo no las palabras sino las costumbres.
Esa reserva, que en otro ánimo tal vez le habría provocado curiosidad, encontró en Constanza el terreno ya preparado por los rumores de la mañana.
Lo vio mirar las mesas, los carros, los sacos y los grupos de familias criollas, y decidió, con la velocidad injusta de la primera impresión, que calculaba el valor de cada cosa.
—Ese es el hijo segundo —murmuró Josefina, apareciendo junto a ella con la habilidad de quien huele una novedad antes de entenderla—. ¿No parece triste?
—Parece convencido de que la tristeza le queda bien —dijo Constanza.
—A algunos les queda mejor que la alegría.
—Josefina, no empieces a admirar tristezas ajenas antes de que se sirva la comida.