El peso de la tierra Capítulo 1 La misa de domingo #3
1%

Capítulo 1 La misa de domingo #3

La respuesta habría podido parecer cómica si no hubiera salido con una sequedad que no era habitual en ella.

Constanza siguió la dirección de su mirada hasta el camino donde los carruajes empezaban a ordenarse.

La familia Ovalle vivía a unas leguas, en un fundo de lomas suaves, graneros antiguos y una era amplia donde la trilla de marzo era menos una fiesta agrícola que una exposición anual de conveniencias.

Allí se comparaban caballos, cosechas, vestidos, voces de canto, edades de muchachas y posibilidades de alianza con la naturalidad de quien mide un saco de trigo antes de enviarlo al molino.

Presentación iría con su belleza tranquila; Josefina y Amparo con su entusiasmo peligroso; Mercedes con sus cálculos escondidos bajo encajes; Fernando con su silencio.

Y Constanza, que esa mañana había entrado en misa pensando que el domingo sería igual a los anteriores, sintió que algo esperaba en la tarde como espera una tormenta detrás de los cerros.

El padre Anacleto se acercó a despedirse de la familia, limpiándose la frente con un pañuelo que ya había perdido toda esperanza.

Bendijo a Mercedes, preguntó a Presentación por un bordado destinado al altar, reprendió con ternura a Amparo por reírse durante el credo y dedicó a Constanza una mirada donde convivían el afecto y una antigua sospecha sobre sus lecturas.

El párroco tenía esa clase de inteligencia práctica que le permitía saber quién mentía, quién sufría y quién necesitaba ser dejado en paz, pero rara vez usaba ese conocimiento para humillar a nadie.

Al ver a Fernando junto al portón, le apretó el brazo con un gesto breve.

Constanza advirtió que no dijo nada. En el campo, a veces la compasión más fina consistía en no formular una pregunta.

—Nos veremos esta tarde, entonces —dijo el padre—. Don Rodrigo ha pedido que bendiga la era antes del baile. Una costumbre piadosa, aunque sospecho que el trigo se las arregla bastante bien sin mí.

—Padre —dijo Mercedes, iluminándose al oír el nombre del anfitrión—, con usted presente hasta los sacos mejoran de conducta.

—Ojalá pudiera decir lo mismo de algunas almas.

—No mire a mis hijas cuando dice eso, se lo ruego. Todavía intento colocarlas bajo la categoría de esperanza.

El padre Anacleto soltó una risa breve, y hasta Fernando pareció regresar un momento al patio, sonriendo con cansancio pero sonriendo al fin.

Esa pequeña recuperación alivió a Constanza más de lo que quiso admitir.

Había ternuras que solo se notaban cuando estaban a punto de faltar: la paciencia de su padre ante las exageraciones de Mercedes, la manera en que Presentación acomodaba sin ruido el velo de Amparo, el modo en que Rosa, desde lejos, calculaba si el canasto alcanzaría para todos.

Nada de eso resolvía una deuda ni cambiaba el precio del trigo, pero sostenía algo que tal vez era más frágil y más necesario que la solvencia.

Al fin iniciaron el regreso hacia el carruaje.

Mercedes repartió instrucciones con la rapidez de quien dirige una campaña militar: Presentación debía descansar para no llegar pálida; Josefina no debía volver a discutir por la cinta azul; Amparo tenía prohibido repetir cualquier comentario oído sobre los Brandt, especialmente si no lo entendía; Constanza debía cambiarse el vestido por el de muselina clara, porque el azul, aunque sentador, la hacía parecer dispuesta a contradecir a alguien.

Fernando escuchaba todo con la mirada ya vuelta hacia Los Robles, como si el camino no condujera a la casa sino a una mesa donde lo esperaba una hilera de papeles.

Constanza subió al carruaje y, antes de sentarse, miró una vez más hacia el patio de la iglesia.

Rosa seguía junto al muro, guardando el paño blanco sobre el canasto casi vacío.

Don Eulogio se alejaba por el camino lateral, lento, con el sombrero ahora puesto y la espalda más encorvada que al llegar.

Las vecinas todavía hablaban de los Brandt, de los Ovalle y de la trilla, y el apellido alemán cruzaba el aire con ese sonido de piedra pulida que parecía no mezclarse nunca del todo con el polvo chileno.

Constanza no sabía que esa tarde oiría por primera vez la voz de Anselmo Brandt ni que el disgusto, cuando llega vestido de juicio rápido, puede parecerse mucho al principio de otra cosa.

No sabía tampoco que las palabras sueltas junto al portón de la iglesia formaban parte de una historia más vieja que ella.

Por ahora solo sabía que su madre se acomodaba los guantes con una determinación alarmante y que el pan de Rosa, ya frío en su regazo, pesaba como si dentro llevara algo más que harina.

Cuando el carruaje empezó a moverse, Mercedes miró a sus cuatro hijas una por una, demorándose en Presentación con satisfacción, en Josefina y Amparo con prevención, y en Constanza con una mezcla de ternura, cálculo y miedo que la joven no supo todavía interpretar.

—Este año —dijo doña Mercedes, mientras la iglesia quedaba atrás y el camino hacia Los Robles se abría entre cercos polvorientos— hay que lucirse en la trilla.

Nadie preguntó por qué. Presentación bajó los ojos; Josefina se enderezó como si la frase prometiera baile; Amparo mordió el último pedazo de pan para no hablar; Fernando miró por la ventana, inmóvil.

Constanza sostuvo el misal cerrado sobre las rodillas y sintió, sin entender todavía la forma exacta del peligro, que la tarde acababa de volverse obligatoria.