Capítulo 1 La misa de domingo #2
Doña Adelaida Fuentes, que había oído lo suficiente para sospechar insolencia y no lo bastante para probarla, besó a Constanza en la mejilla con una humedad disciplinada.
Venía acompañada por dos sobrinas de Chillán y por una noticia que, a juzgar por la forma en que no la decía, deseaba ver repetida antes de la hora de almuerzo.
La noticia tenía relación con los Brandt.
En cuanto el apellido apareció, aun pronunciado con una cortesía de iglesia y no de pulpería, las conversaciones alrededor parecieron inclinarse levemente, como espigas movidas por una corriente que nadie admite haber sentido.
Constanza conocía ese movimiento: la comunidad entera fingía no interesarse por los colonos alemanes con la misma intensidad con que llevaba años midiendo sus cercos, sus vacas, sus máquinas y sus techumbres nuevas.
—Dicen que los Brandt irán esta tarde donde los Ovalle —comentó doña Adelaida, acomodándose el broche del cuello—.
Vuelve el hijo segundo, según parece. Estuvo estudiando fuera, o trabajando con parientes, no sé bien.
En esas familias una nunca sabe si mandan a los hijos a aprender negocios o a olvidar el castellano.
—Mientras vuelvan sabiendo saludar, ya es bastante —dijo doña Mercedes, con una sonrisa que no concedía ni negaba admiración.
—Y administrar —añadió otra señora, cuyo marido debía a los Brandt más de lo que ella habría admitido en confesión—. Porque hay que reconocer que esos alemanes, aunque sean algo secos, tienen mano para la tierra.
La frase cayó con la suavidad de un alfiler sobre una tela fina.
Nadie miró directamente a Fernando Zúñiga, pero Constanza sintió el impulso colectivo de no mirarlo, que era casi peor.
Los Brandt eran, según el idioma de las familias antiguas, gente llegada después, con apellidos duros y hábitos demasiado exactos; pero sus establos crecían, sus cosechas salían limpias, sus cuentas se pagaban en fecha y sus hijos parecían destinados a una prosperidad sin polvo.
Los Zúñiga, en cambio, conservaban la memoria de haber estado siempre allí, lo que en boca de su madre era una distinción y en la de su padre empezaba a sonar como una defensa.
Constanza no sabía qué le irritaba más: que las vecinas envidiaran a los Brandt o que tuvieran razón para hacerlo.
—La tierra no es solamente cuestión de mano —dijo ella, antes de decidir si convenía hablar.
Doña Mercedes le clavó una mirada breve, vestida de sonrisa.
Doña Adelaida levantó las cejas con placer, porque una joven opinando demasiado era casi tan entretenida como una boda mal arreglada.
Presentación miró al suelo, no por cobardía sino porque poseía el don de retirarse de los incendios antes de que prendieran en el mantel.
Josefina y Amparo, en cambio, se acercaron apenas, como si fueran criaturas pequeñas atraídas por el olor de una travesura.
Constanza comprendió, tarde pero no tanto, que había entrado en un terreno donde todas las palabras podían engordar solas.
—¿Y de qué más es, querida? —preguntó doña Adelaida.
—De memoria, supongo —contestó Constanza, buscando una salida menos peligrosa que la entrada—. De conocer cuándo hay que sembrar, cuándo esperar y cuándo no creerse dueño de todo lo que produce.
—Muy poético —dijo una de las sobrinas de Chillán, con ese tono en que lo poético equivalía a lo inútil.
—A falta de administración, siempre nos queda la poesía —murmuró Amparo, que no entendía del todo la frase pero había heredado la oportunidad como un vicio familiar.
Mercedes tosió con una violencia minúscula.
La conversación giró de inmediato hacia los vestidos para la trilla, los calores de la temporada y la conveniencia de llevar mantilla liviana para la tarde, pero Constanza ya había advertido que su madre no olvidaría aquella intervención.
No le preocupaba demasiado. En su casa, los reproches de doña Mercedes eran como las lluvias de invierno: inevitables, abundantes y, después de cierto punto, casi saludables para la tierra.
Lo que sí le quedó dando vueltas fue el apellido Brandt, la forma en que aparecía en todas las bocas con una mezcla incómoda de respeto, resentimiento y necesidad.
Los conocía de vista, como se conoce en el campo a quienes comparten caminos, misa y estación sin compartir mesa; pero hasta ese día los Brandt habían pertenecido para ella a una categoría impersonal, igual que los inviernos malos o los precios del trigo.
Buscó a su padre con la mirada y lo encontró cerca del portón, apartado de los grupos más ruidosos.
Hablaba con don Eulogio Arriagada, administrador de Los Robles desde antes de que Constanza aprendiera a montar, un hombre de bigote ceniciento y manos grandes que no sabía qué hacer con el sombrero cuando debía traer malas noticias.
Fernando escuchaba inclinado apenas hacia él, con esa quietud que en otro tiempo habría parecido autoridad y que ahora a Constanza le pareció esfuerzo.
No podía oír todo desde donde estaba, porque entre ellos pasaban niños, mujeres, saludos y el chirrido de una carreta que se acomodaba en el camino.
Pero alcanzó a distinguir algunas palabras sueltas, separadas como piedras bajo el agua: vencimiento, interés, Molina, plazo, trigo sin vender.
—Después hablamos en la casa —dijo Fernando, en voz tan baja que casi no fue voz.
—Don Fernando, con respeto, después ya es tarde para algunos papeles —respondió Arriagada.
Constanza se quedó inmóvil. No fue una decisión dramática; fue apenas la suspensión del cuerpo cuando una frase entra por donde no debe.
Su padre levantó la vista en ese instante y la vio.
Durante un segundo, los dos compartieron la conciencia de que ella había oído demasiado poco para comprender y demasiado para olvidar.
Fernando enderezó los hombros con rapidez, como si la hubiera sorprendido viendo una herida que él no tenía derecho a mostrar, y saludó a un vecino que pasaba con una cordialidad repentina.
Don Eulogio guardó el sombrero contra el pecho y retrocedió un paso.
La escena desapareció bajo la normalidad con una eficacia que habría convencido a cualquiera, salvo a quien había visto el movimiento exacto de la vergüenza.
Constanza quiso acercarse. Quiso preguntarle a su padre qué papel podía llegar tarde, qué tenía que ver Molina con el trigo, por qué una deuda vencida sonaba más real en boca de un administrador que todos los suspiros de su madre sobre dotes y vestidos.
Pero las hijas bien criadas no interrogaban a sus padres en el patio de la iglesia, y menos aún delante de medio pueblo.
Esa regla, que muchas veces le parecía solo una cerca puesta contra la inteligencia femenina, ese día se le apareció como una muralla levantada para proteger el orgullo de un hombre cansado.
Se quedó donde estaba, con el medio pan de Rosa tibio todavía en la mano, y sintió que el sabor de la harina se le volvía de pronto más pesado.
—No pongas esa cara —le dijo Mercedes al oído, apareciendo junto a ella con una prontitud casi sobrenatural—. Las caras preocupadas envejecen antes que las arrugas y tienen el inconveniente de hacerlo en público.
—Papá habla con don Eulogio.
—Tu padre habla con su administrador todos los domingos. Es una de esas conversaciones masculinas que parecen profundas porque nadie nos permite comprobar lo contrario.
—Oí la palabra vencimiento.
La sonrisa de Mercedes no cambió, pero su mano se cerró un instante sobre el abanico.
Constanza vio el gesto y entendió que su madre también sabía, aunque eligiera convertir el conocimiento en movimiento, saludos y proyectos.
Esa fue quizá la primera vez en su vida que la ansiedad casamentera de doña Mercedes le pareció menos ridícula que desesperada.
Hasta entonces había creído que su madre hablaba de pretendientes porque la imaginación de una mujer encerrada en el campo necesitaba asuntos en que ocuparse.
Ahora sospechó que hablaba de matrimonios porque había cuentas que una hija no podía pagar sino saliendo de la casa correcta del brazo correcto.
—Hay palabras que no conviene repetir si no se conocen enteras —dijo Mercedes, sin mirarla—. Y hay tardes en que una familia debe presentarse mejor de lo que se siente.
—¿La trilla de los Ovalle es una de esas tardes?
—Todas las tardes son una de esas tardes, hija. Algunas solamente tienen más testigos.