El peso de la tierra Capítulo 1 La misa de domingo
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Capítulo 1 La misa de domingo

La misa de diez terminaba siempre antes de que el calor de marzo se decidiera del todo a quedarse sobre el pueblo, y esa puntualidad, que el padre Anacleto atribuía a la disciplina de las almas y Constanza Zúñiga al buen sentido de los cuerpos apretados bajo techo, era una de las pocas misericordias que ofrecía el domingo.

Al abrirse las puertas de la iglesia, la nave soltaba de golpe su carga de mantillas negras, sombreros de paja fina, bastones, rosarios, pañuelos almidonados y murmullos contenidos durante una hora con más obediencia que fervor.

Afuera esperaba el patio de tierra compacta, todavía fresco en las sombras que proyectaban los muros de adobe, pero ya levantando ese olor seco de los días en que el verano, aun cuando empezaba a retirarse, se negaba a admitirlo.

Constanza salió detrás de su madre, no porque la costumbre exigiera ese orden, aunque lo exigía, sino porque doña Mercedes Zúñiga tenía la virtud de avanzar por cualquier multitud como si conociera de antemano la ubicación exacta de cada saludo conveniente y de cada omisión peligrosa.

Presentación iba a la derecha de su madre, con la serenidad algo distraída de quien ya sabía ser mirada y había aprendido a no ofrecer demasiado al juicio ajeno.

A sus veintiún años, la hija mayor de los Zúñiga poseía una belleza dócil, de ojos claros y gesto reposado, que las señoras del pueblo encontraban admirable precisamente porque no parecía exigir nada.

Constanza, en cambio, caminaba a la izquierda, con el misal cerrado contra el pecho y una expresión demasiado despierta para el gusto de su madre, quien solía decirle que una joven no necesitaba parecer inteligente en todo momento, sobre todo si tenía la desgracia de serlo.

Detrás venían Josefina y Amparo, las menores, peleando en voz baja por una cinta azul que una de las dos juraba haber prestado y la otra juraba haber heredado por derecho de mejor combinación con el vestido.

La discusión habría terminado en pellizco si Mercedes no hubiera vuelto apenas la cabeza, sin dejar de sonreírle a una viuda respetable, y no hubiera pronunciado un único “niñas” con la eficacia de un sermón completo.

A Constanza le divertía observar a su madre en aquellas salidas de misa, porque allí doña Mercedes desplegaba su talento más secreto: el de convertir la cortesía en estrategia.

Saludaba primero a las mujeres que podían repetir una noticia, después a las que podían confirmarla, y solo al final a las que no tenían otra utilidad que ofenderse si se las dejaba sin saludo.

A los hombres les concedía inclinaciones calculadas, más largas si tenían hijos solteros, más breves si tenían deudas visibles, y casi imperceptibles si acababan de casar a una hija con menos dote que vanidad.

Todo eso lo hacía sin perder el aire maternal de quien solo piensa en el almuerzo y en la salud del párroco, de modo que nadie podía acusarla de ambiciosa sin parecer injusto.

Constanza, que la quería lo suficiente para perdonarle casi todo y la conocía demasiado para creerle del todo, encontraba en esa maniobra dominical una forma menor de arte.

Fernando Zúñiga salió unos pasos detrás de ellas, como acostumbraba, no por descortesía sino por esa reserva masculina que en el campo pasaba por dignidad y que a veces no era otra cosa que cansancio.

Alto todavía, aunque algo vencido en los hombros, llevaba el sombrero en la mano y la mirada puesta en un punto que no pertenecía al patio ni a ninguna persona presente.

Quienes no lo trataban de cerca seguían viendo en él al dueño de Los Robles, descendiente de una familia antigua, heredero de potreros que habían conocido otros nombres y otras banderas antes de acomodarse al siglo nuevo.

Constanza, en cambio, veía el brillo gastado de los puños, la costura rehecha del chaleco, el modo en que su padre evitaba mirar a ciertos hombres después de misa, como si cada uno llevara en el bolsillo una cuenta doblada.

No sabía con exactitud cuánto pesaban esas cosas, porque las hijas no eran convidadas al lenguaje de las cifras, pero había aprendido que el silencio de su padre cambiaba de tono cada vez que llegaba un sobre desde el pueblo.

—Mercedes, querida, qué niñas tan compuestas —dijo doña Elvira Urrutia, acercándose con su hija menor, que tenía la nariz colorada por el incienso y un deseo evidente de no estar allí—. Presentación está cada día más bonita. Hay flores que se abren sin hacer ruido.

—Y otras que hacen bastante ruido antes de abrirse —respondió doña Mercedes, posando una mano suave en el brazo de Amparo, que acababa de pisar a Josefina con deliberación—. Pero Dios tiene paciencia para todas sus criaturas, y una madre, cuando no la tiene, aprende a fingirla.

Doña Elvira rió con esa risa de domingo que no comprometía el hígado ni la reputación.

Presentación bajó los ojos, acostumbrada a ser flor ajena en las metáforas de las vecinas, y Josefina aprovechó el instante para recuperar la cinta azul con un tirón de dos dedos.

Constanza tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír demasiado, porque a su madre le molestaba que su segunda hija celebrara los absurdos del mundo con tanta evidencia.

En Los Robles se permitía la gracia si era decorosa, la opinión si estaba bien escondida y la lectura si no volvía a una mujer imposible de colocar en un salón.

Constanza había cumplido con la primera condición, fracasaba a menudo en la segunda y defendía la tercera como quien protege una vela en medio del viento.

El patio empezó a ordenarse en pequeños reinos de conversación.

Cerca de la puerta, el padre Anacleto recibía felicitaciones por el sermón, que había tratado sobre la humildad con un énfasis capaz de incomodar a todos y no corregir a nadie.

Bajo el boldo del costado, los hombres hablaban de la cosecha, del precio del trigo y de una yegua robada en el camino viejo, mientras las mujeres distribuían diagnósticos sobre resfríos, noviazgos y sirvientas con la misma solemnidad.

Más allá, junto al muro bajo que separaba el terreno de la parroquia del camino, los inquilinos esperaban a sus patrones o a sus parientes, algunos con el sombrero entre las manos, otros ya acomodando niños, canastos y herramientas para el regreso.

Constanza los miró con una familiaridad que no llegaba a ser cercanía completa, porque había crecido entre ellos sin dejar nunca de pertenecer a la casa grande, y esa frontera, más que enseñada, se respiraba.

Rosa Painemal estaba allí, junto al canelo pequeño que nadie llamaba canelo frente al cura porque no faltaba quien encontrara paganismo hasta en las hojas.

Llevaba el pelo oscuro recogido en una trenza gruesa, un pañuelo limpio sobre los hombros y un canasto cubierto con un paño blanco del que escapaba un vapor tibio, dulce y salado al mismo tiempo.

Había amasado antes del alba, como casi todos los domingos, y el pan venía todavía con el calor de las brasas guardado en la corteza.

No lo repartía como limosna, sino como quien cumple una costumbre más antigua que cualquier discusión de sobremesa: un trozo para el niño que no había desayunado, otro para la mujer que debía caminar hasta el bajo, otro para el viejo que fingía no querer y después lo guardaba bajo la manta.

Cuando Constanza se acercó, Rosa levantó apenas la vista y le ofreció un pan pequeño, redondo, más tostado en un borde.

—Para la señorita, antes de que sus hermanas se acuerden de tener hambre —dijo.

—Mis hermanas no se acuerdan, Rosa. Mis hermanas anuncian.

Rosa sonrió sin mostrar del todo los dientes, como hacía cuando algo le causaba gracia pero no quería regalarla completa.

Constanza tomó el pan con ambas manos y sintió en los dedos el calor simple, inmediato, que no pedía interpretación.

Desde niña asociaba ese olor con la cocina de Los Robles, con la mesa larga bajo el nogal, con las tardes en que Rosa ponía harina sobre la madera y Amparo metía los dedos donde no debía hasta quedar blanca como criatura de yeso.

A nadie en la familia se le habría ocurrido decir que aquel pan sostenía la casa, porque las cosas esenciales solían recibir menos reconocimiento que las decorativas.

Pero Constanza sabía, aunque no lo formulara así, que había domingos en que el pan de Rosa parecía más firme que las palabras de su padre.

—Doña Mercedes me pidió que llevara dos canastos para la tarde —agregó Rosa, mirando hacia donde la madre de Constanza seguía atrapando saludos como quien recoge frutos maduros—. Dice que habrá trilla en el fundo de los Ovalle y que una casa no puede llegar con las manos flacas.

—Mi madre preferiría llegar sin manos antes que con manos flacas —respondió Constanza.

—Eso debe ser cosa de gente fina.

—No, Rosa. Es cosa de gente preocupada por parecer fina.

Rosa bajó la mirada hacia el canasto, y esta vez la sonrisa fue más visible.

Constanza habría querido quedarse allí, al borde del patio, comiendo pan caliente y escuchando a Rosa decir verdades pequeñas en voz baja, pero doña Mercedes había desarrollado una sensibilidad especial para detectar la independencia de sus hijas a más de veinte pasos.

No tardó en volver la cabeza y llamarla con una delicadeza que solo ella podía convertir en orden.

Constanza obedeció, no sin partir el pan en dos y dejar una mitad en las manos de Amparo al pasar, gesto que la menor recibió con la devoción con que otras almas recibían estampitas.

—Constanza, hija, ven a saludar a doña Adelaida —dijo Mercedes—. Y procura no parecer como si acabaras de descubrir que el mundo te parece ridículo.

—No lo he descubierto hoy, mamá.

—Eso es precisamente lo que no debes parecer.