El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Sonia Pazos llamó cuando el manuscrito atravesaba su tercera revisión editorial.

Las pruebas no destructivas habían terminado. Podía devolver la pieza con las iniciales R. F. O., el botón de Xoán y el informe definitivo de análisis y conservación.

Uxía viajó a Santiago con su padre.

Sonia los recibió en la misma sala blanca de la primera visita. Los dos objetos descansaban en soportes separados, protegidos dentro de cajas transparentes. No estaban pulidos ni parecían más nuevos. Solo había retirado las partículas sueltas necesarias para estabilizarlos.

—Empezaré por lo que puede afirmarse —dijo.

La aleación y la técnica de fabricación de la pieza eran compatibles con la primera mitad del siglo XX. Su forma seguía siendo coherente con una pequeña pieza metálica de la cacha de una navaja.

El grabado era anterior a las principales capas de corrosión.

—Eso permite descartar que alguien encontrara una pieza antigua y añadiera las letras recientemente —explicó—. No permite identificar a su propietario.

Xoán observó las iniciales.

—Pero podría haber pertenecido a Ramón.

—Podría. La época, el grabado y el lugar donde apareció son compatibles con esa posibilidad. No la demuestran.

Sonia abrió la caja del botón.

El metal y la forma coincidían con los de botones utilizados en prendas de trabajo de la época de la desaparición de Xoán. La cruz del reverso también era anterior a la corrosión principal.

—El deterioro es compatible con una exposición prolongada a un ambiente marino —dijo—. Podría corresponder a varios años en condiciones muy agresivas o a varias décadas. Pero la corrosión no funciona como un calendario exacto. No puedo asegurar que el botón se desprendiera en 1985.

—Yo recuerdo haber marcado la cruz.

—Esa identificación forma parte del testimonio de Xoán. El laboratorio puede confirmar que la marca no parece reciente. No puede demostrar quién la hizo ni quién llevó la prenda.

Le entregó a Uxía el informe.

—Los objetos no explican la brétema. Lo que hacen es descartar algunas explicaciones malas. No parecen objetos modernos fabricados para encajar en vuestra historia y las marcas no parecen recientes.

Durante meses, Uxía había aprendido que un resultado limitado no era una decepción.

Era una frontera que impedía al deseo apropiarse de los hechos.

Firmaron la devolución.

Xoán guardó las cajas dentro de una bolsa rígida y mantuvo una mano sobre ella durante el viaje de regreso. Al llegar a Casa Freire, colocó ambos objetos junto a la fotografía de Ramón.

No construyó un altar.

Cerró la caja.

—¿Qué pondrás en el libro? —preguntó.

—Que los materiales y las marcas son compatibles con las épocas. Que el botón estuvo sometido a una exposición marina prolongada, aunque no podamos determinar cuánto tiempo ni cuándo se perdió. Y que la pieza puede haber pertenecido a Ramón, pero no lo demuestra.

—Eso basta.

La puerta del patio sonó antes de que Uxía guardara el informe.

Bieito esperaba bajo el alero, con la gorra entre las manos.

—Vengo a hablar con Xoán.

Miró a Uxía.

—Como te dije. A solas, pero no a escondidas.

Xoán salió al patio.

Uxía cerró la puerta de la cocina y no se quedó junto al cristal. Preparó la medicación de Carme, ayudó a Puri a doblar ropa y permitió que aquella conversación perteneciera primero a los dos hombres que llevaban cuarenta años necesitándola.

Bieito empezó por la advertencia de 1985.

Le explicó que había sentido que algo no iba bien, pero no con la certeza suficiente para ponerse delante del Santa Bárbara . Después habló de la visita nocturna, de la niebla localizada junto a la cara norte de la isla y de la forma humana que creyó ver y no supo identificar.

—Podías ser tú —dijo—. O Manuel. O Ramón. Podía no ser nadie. Yo salí huyendo antes de averiguarlo.

Xoán permaneció sentado, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas.

—Uxía me contó lo que le permitiste contar.

—No es lo mismo que oírlo de mí.

—No.

Bieito miró sus manos.

—Durante cuarenta años pensé que, si me hubiera quedado, habría conseguido traeros de vuelta.

—Y yo he pasado meses pensando que, si hubiera escuchado tu advertencia, Manuel y yo no habríamos salido.

—Tú no sabías.

—Tú tampoco.

La culpa cambió de dirección entre ellos sin encontrar un único dueño.

—Yo sentí algo —insistió Bieito.

—Y yo me reí.

Xoán dejó pasar un momento.

—No puedo decirte que aquella forma no fuera yo. Tampoco que lo fuera. Si huiste porque tenías miedo, te creo. Yo he regresado a la isla con sol, chaleco y otras personas al lado y también tuve miedo.

—Podría haberos abandonado.

—O podrías haber desaparecido con nosotros.

Bieito bajó la cabeza.

—Después obligué a Sabela a guardar el secreto.

—Eso sí fue una decisión tuya.

La frase no fue cruel.

Tampoco lo absolvió.

—Sí.

—¿Has hablado con ella?

—Le he contado todo lo que sé.

Xoán asintió.

—Entonces no conviertas los años que te quedan en otro castigo. No cambiará lo que hiciste ni nos devolverá a aquella mañana.

Bieito soltó una risa breve y rota.

—Sigues dando órdenes como patrón.

—Y tú sigues protestando antes de hacer caso.

La antigua complicidad apareció entre ambos sin borrar a los hombres en que se habían convertido.

Bieito alargó una mano.

Xoán la estrechó.

No se abrazaron ni declararon cerrada la culpa. Permanecieron bajo el alero hablando de Celso, de la taza azul del Santa Bárbara y de amigos que habían muerto durante los años que Xoán no había vivido conscientemente.

Cuando Bieito se marchó, Xoán regresó a la cocina.

—¿Estás bien? —preguntó Uxía.

—No del todo.

Dejó una mano sobre la caja de los objetos.

—Pero ahora el dolor tiene la edad que le corresponde. Ya no parece que acabara de ocurrir esta mañana.

Los meses siguientes estuvieron llenos de correcciones.

Mónica revisó cada cita procedente de los cuadernos de Elixio. Sonia aprobó la formulación final de las conclusiones de sus análisis. Una abogada examinó los consentimientos, la información médica y las condiciones que impedían ceder automáticamente derechos de adaptación.

Iago realizó la primera entrevista externa con Uxía cuando la familia autorizó la versión definitiva. No revelaron información nueva. Hablaron de las decisiones necesarias para investigar una historia familiar sin confundir confianza con propiedad.

La cubierta llegó por correo electrónico a finales del verano.

Uxía la imprimió en la papelería de Vilanova y la llevó a Casa Freire una tarde tranquila.

En la maqueta se leía:

EL PESCADOR DE CORVOEIRA

Carme reconoció a Uxía aquella tarde, aunque no recordaba la conversación en la que habían elegido el título.

Pasó un dedo por las letras.

—O pescador de Corvoeira. 1

Repitió las palabras como si trasladarlas al gallego le permitiera comprobar su peso.

—É bonito. 2

—¿Te gusta, mamá?

Carme miró la cubierta y después las caras reunidas alrededor. Xoán estaba sentado en el otro sillón. Puri permanecía cerca de la puerta. Manuel y Amparo habían venido desde la Rúa do Cristal.

—Gústame que non diga o meu nome. 3

Uxía esperó.

—Nin o de Xoán, nin o teu. Fala de todos nós sen nomear a ninguén. Iso está ben feito. 4

Xoán cogió la maqueta con cuidado.

—¿Cuándo sale?

—Todavía faltan las últimas pruebas, la impresión y fijar una fecha.

Uxía apoyó la cabeza en el hombro de su madre.

—Haré todo lo que dependa de mí para que puedas verlo.

Carme se volvió hacia ella.

—Non me prometas nada que non dependa de ti. 5

No había dureza en la corrección.

—Promete só o que podes cumprir. O resto, que veña quen teña que vir. 6

Uxía levantó la cabeza.

—Te prometo que terminaré bien el libro. Y que nadie utilizará tu historia de una forma contraria a lo que pediste mientras yo pueda impedirlo.

Carme asintió.

Aquella era una promesa con límites humanos.

Esa noche, después de acostarla, Uxía abrió el manuscrito por última vez antes de enviarlo a imprenta.

Añadió una nota final:

Mi madre dijo que le gustaba que el título no llevara su nombre. Puede que mañana no recuerde haber visto la cubierta. Yo recordaré que lo dijo, no para vivir en su lugar ni corregir su olvido, sino porque conservar una voz también consiste en respetar el momento y los límites en que fue entregada.

Este libro no demuestra qué es la brétema ni qué le ocurrió a Ramón. Cuenta lo ocurrido alrededor de esas preguntas: cómo una ausencia cambió dos familias, cómo dos hombres regresaron al tiempo equivocado y cómo un pueblo decidió dejar de confundir silencio con protección.

Guardó el documento.

El libro estaba terminado.

Las vidas que contenía, no.

1 . El pescador de Corvoeira. 2 . Es bonito.

3 . Me gusta que no diga mi nombre. 4 . Ni el de Xoán, ni el tuyo.

Habla de todos nosotros sin nombrar a nadie.

Eso está bien hecho. 5 . No me prometas nada que no dependa de ti.

6 . Promete solo lo que puedes cumplir. El resto, que venga quien tenga que venir.