El pescador de Corvoeira EPÍLOGO
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EPÍLOGO

El tiempo corriente

No hubo una revelación al abrir la caja. El libro pesaba menos que el manuscrito impreso y olía a tinta nueva. Uxía comprobó la cubierta, el lomo y las páginas de notas antes de dejarlo sobre la mesa.

Carme reconoció a su hija aquella mañana, pero no recordó la maqueta del verano.

Uxía no intentó reconstruir la escena.

—Es el libro que escribimos.

Carme acarició la cubierta.

—¿Sae o mar? 1

—Sale.

—Entón pono onde non se molle. 2

Puri colocó el ejemplar en una balda alta, lejos del fregadero.

Después cogió el bolso y salió a pasar la tarde con una amiga de Vilanova. Ya no pedía disculpas cada vez que dejaba la casa durante unas horas.

Manuel llegó desde el taller con polvo de granito en el pelo. Había empezado a cobrar por pequeños encargos bajo la supervisión de Antón, aunque seguía presentándose como aprendiz.

Dejó junto al libro un tope de granito destinado a sujetar la puerta del bar de Sabela.

—No es decorativa —advirtió—. Tiene una función.

—¿Y la flor? —preguntó Uxía.

—La flor también tiene una función: recordarme que todavía no sé hacer flores.

Xoán apareció después con una carpeta del centro de formación bajo el brazo.

Había renovado su documentación, continuaba como voluntario en el centro de día y acababa de matricularse en el primer módulo de la formación en atención sociosanitaria.

Todavía no sabía si terminaría los estudios.

Había aprendido a no convertir cada comienzo en una promesa para el resto de su vida.

—Llegas tarde —dijo Manuel.

—En los papeles estoy cerca de los ochenta. Puedo permitírmelo.

La broma ya no exigía que nadie apartara la mirada.

El libro se presentó aquella semana en el bar de Sabela.

Iago moderó la conversación, respetó los límites acordados y no insistió en las preguntas que la familia había decidido no responder. Bieito habló de la culpa sin convertirla en heroísmo. Amparo explicó que el regreso de Manuel no había vuelto falso el funeral.

Cuando alguien preguntó por Ramón, Xoán respondió:

—No sé dónde está.

Nadie insistió.

A la mañana siguiente, Corvoeira recuperó su tamaño ordinario.

Sabela levantó la persiana. Manuel volvió al taller. Puri salió a comprar sin apresurarse a volver. Xoán preparó la mochila del curso.

Uxía cerró una maleta pequeña.

Tenía que pasar dos días en Santiago por trabajo y regresaría el domingo. No sabía si Corvoeira sería su casa para siempre.

Había dejado de utilizar aquella palabra como medida de sus decisiones.

Marcharse durante dos días no repetía los diecisiete años de ausencia. Quedarse ahora tampoco la obligaba a renunciar a la vida que había construido fuera.

Antes de salir, abrió la caja donde Xoán guardaba la fotografía de Ramón, la pieza con las iniciales y el botón.

No buscó una respuesta nueva.

Comprobó que todo seguía en su sitio y volvió a cerrar la caja.

Xoán la esperaba en el patio.

—¿Lista?

—Sí.

Caminaron juntos hasta O Peirao Vello. Él tomaría el autobús hacia Vilanova y Uxía continuaría después hasta la estación.

Desde el muelle se veía A Illa dos Corvos, recortada bajo un cielo despejado.

No había niebla.

Una embarcación salió del puerto y su estela abrió el reflejo del cielo.

Uxía miró a su padre.

—Nos vemos el domingo.

—Aquí estaremos.

No era una promesa sobre lo que no dependía de ellos.

Era un plan para dentro de dos días.

El viento movió los cabos. Las gaviotas descendieron hacia las cajas y el agua golpeó con ritmo contra la piedra.

El mar no estaba quieto.

1 . ¿Sale el mar? 2 . Entonces ponlo donde no se moje.