El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

Marta tardó seis días en llamar.

Uxía no pasó ese tiempo esperando junto al teléfono. Corrigió las observaciones de Iago, acompañó a Carme a una consulta y ayudó a Xoán a reunir los documentos necesarios para informarse sobre la formación sociosanitaria.

Manuel llevó a Casa Freire una nueva pieza de granito. Estaba peor terminada que la flor y, según él, había sido bastante más difícil.

La vida no se detuvo mientras una editora decidía si existía un libro.

Marta llamó al anochecer.

—Lo he leído entero y he vuelto a varios capítulos —dijo—. Creo que hay un manuscrito publicable.

Uxía se sentó en el banco del patio.

La formulación importaba. Marta no había dicho que el libro estuviera terminado, que la editorial lo hubiera aceptado ni que todas sus decisiones fueran correctas.

—¿Qué significa exactamente «publicable»?

—Que tiene estructura, voz y un núcleo humano que justifica trabajar en él. También significa que necesita edición, revisión legal y una nueva comprobación de la cronología, los permisos y las formulaciones médicas y técnicas.

—Los límites familiares no se negocian.

—No te propongo negociarlos. Quiero incorporarlos al proceso.

Marta fue enumerando los puntos esenciales sin convertir la conversación en una lectura de contrato.

Cada testimonio seguiría sujeto a la aprobación individual de quien lo había aportado.

Mónica revisaría cualquier modificación de los fragmentos procedentes de los cuadernos de Elixio.

Sonia validaría la formulación final de las conclusiones de sus análisis.

La enfermedad de Carme no podría utilizarse en la promoción como una tragedia añadida ni para atribuirle afirmaciones que no hubiera autorizado.

—Tampoco quiero que se venda como la demostración científica de un fenómeno sobrenatural —dijo Uxía.

—Eso tendrá que aparecer desde la propuesta editorial. El libro documenta una experiencia y conserva un misterio sin explicación concluyente. No demuestra qué es la brétema.

—Ni dónde está Ramón.

—Ni que siga vivo ni que haya muerto.

Uxía miró hacia la ventana de la cocina. Xoán ayudaba a Carme a cerrar una chaqueta.

—¿Quieres publicarlo?

—Quiero defenderlo ante el comité editorial con mi recomendación. No puedo prometer que lo acepten. Y, aunque lo hagan, faltarán meses de trabajo.

—Meses de trabajo sí puedo prometerlos yo.

Marta rio.

—Necesito un título provisional.

Uxía se quedó en silencio.

Había pasado meses decidiendo qué podía afirmar, qué debía separar y qué pertenecía a otras personas. No había pensado en las palabras que aparecerían en la cubierta.

—Hablaré con los demás.

—No necesito una ocurrencia brillante esta noche. Necesito un nombre con el que presentar el proyecto.

Después de colgar, Uxía reunió a la familia en Casa Freire.

La conversación fue menos solemne que la revisión del manuscrito. Puri llevó café y una libreta. Manuel y Amparo llegaron desde la Rúa do Cristal. Sabela cerró el bar antes de tiempo. Bieito apareció el último y se sentó cerca de la puerta.

Carme permaneció en la sala con Xoán. Algunas veces seguía la conversación y otras observaba las manos de quienes hablaban.

—Marta cree que el libro puede publicarse —explicó Uxía—. Todavía no hay aprobación editorial ni contrato. Solo quiere presentarlo al comité y necesita un título.

Puri propuso varios nombres relacionados con la niebla.

Sabela los rechazó uno tras otro.

—Parecen novelas de terror. Solo falta una casa abandonada en la cubierta.

Bieito sugirió utilizar el nombre del Santa Bárbara .

Amparo negó con la cabeza.

—Ese barco está demasiado ligado a Xoán y Manuel. Ramón y Amaro desaparecieron en otros.

—Y el barco volvió —añadió Manuel—. Ellos fueron los que no estaban.

Uxía anotó algunas palabras: brétema , regreso , tiempo , isla , ausencia .

Todas parecían explicar demasiado o prometer una respuesta que el libro no podía ofrecer.

—¿Y si el título no habla de la niebla? —preguntó Manuel.

Uxía recordó el muelle el día del regreso.

Dos hombres acababan de aparecer cerca de A Illa dos Corvos. El pueblo todavía no comprendía qué estaba viendo. Puri había reconocido a Xoán y una voz había atravesado el desconcierto:

Es el Freire.

Después otra:

Es el pescador.

— El pescador de Corvoeira —dijo Uxía.

Xoán frunció el ceño.

—¿Qué pescador?

No era una objeción menor.

—No solo tú. Amaro, Ramón y todos los hombres que el pueblo ha visto salir hacia la isla. También Manuel, aunque estuviera aprendiendo. El pescador representa a quienes desaparecieron y a quienes tuvieron que seguir viviendo sin ellos.

—Está en singular —dijo Xoán—. Puede parecer que el libro es solo mío.

Manuel pensó unos segundos.

—No me borra si dentro no me conviertes en el acompañante de Xoán. Además, Los pescadores de Corvoeira parece el nombre de una asociación de la lonja.

—O de un calendario benéfico —añadió Sabela.

La tensión se aflojó.

Amparo repitió el título despacio.

—Habla primero del pueblo. No promete explicar la niebla.

Bieito asintió.

—Y nace de lo que dijo la gente al reconocer a Xoán. No de una frase inventada para vender el libro.

Uxía miró a Carme.

—¿Qué te parece, mamá?

Carme tardó en responder.

—O pescador… —murmuró.

Miró a Xoán y después a Manuel.

—Sempre hai alguén que sae e alguén que queda mirando. 1

Nadie intentó decidir si hablaba del libro, de 1985 o de todos los años posteriores.

Uxía escribió en la primera página:

EL PESCADOR DE CORVOEIRA

Debajo añadió:

Manuscrito en revisión. No autorizado para difusión.

Marta presentó el proyecto con ese título.

Dos semanas después llamó de nuevo. El comité editorial había autorizado el inicio del proceso de edición y evaluación jurídica.

No era todavía la aprobación de una versión definitiva ni el permiso para imprimir. El contrato tendría que respetar los límites acordados, y cualquier cambio que afectara a un testimonio tendría que ser revisado por la persona correspondiente.

La familia se reunió otra vez antes de aceptar.

Uxía explicó las condiciones generales sin ocultar las incertidumbres.

Habría una edición de estilo, una lectura legal y una comprobación técnica.

La editorial necesitaría autorización para publicar el texto, pero no recibiría automáticamente acceso a grabaciones, historiales médicos, documentos privados ni derechos de adaptación.

—¿Pueden cambiar lo que hemos dicho? —preguntó Amparo.

—Pueden proponer cambios. No pueden modificar el sentido de un testimonio sin que lo revise quien lo aportó.

—¿Y si quieren anunciarlo como la historia verdadera de una niebla que devuelve a los muertos? —preguntó Sabela.

—El texto promocional también tendrá límites. No pueden prometer una explicación que el libro no contiene.

Bieito observó el manuscrito.

—Una vez que salga de esta mesa, no podremos controlar a cada lector.

—No —respondió Uxía—. Solo podemos controlar lo que entregamos y las afirmaciones que hacemos nosotros.

Xoán pasó una página.

—Entonces que quede claro desde el principio que no sabemos dónde está Ramón.

—Quedará.

—Y que Manuel y yo no recordamos cuatro años dentro de la niebla.

—También.

Manuel miró a Amparo.

—Yo estoy de acuerdo.

Amparo tardó un poco más.

—Yo también. Pero no quiero fotografías actuales.

—Eso no cambia.

Sabela aceptó. Puri y Bieito hicieron lo mismo.

Carme estaba cansada y ya no seguía la conversación. Su participación no se amplió más allá de los límites que había expresado durante su entrevista.

Cuando todos autorizaron el siguiente paso, Uxía sintió alegría.

También miedo.

Hasta entonces, cada persona implicada podía levantarse de la mesa, señalar una frase y pedirle que la corrigiera. El manuscrito empezaba a salir de aquel círculo.

La protección ya no podía depender solo de la confianza.

Tendría que incorporarse por escrito al proceso.

Uxía envió a Marta el permiso para continuar.

Todavía no tenían un libro publicado.

Tenían algo más preciso:

un manuscrito al que todos habían permitido dar el siguiente paso.

1 . El pescador… Siempre hay alguien que sale y alguien que se queda mirando.