El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

—Tenemos que hablar de dinero —dijo Xoán.

Había esperado a que Carme se durmiera y Puri saliera a comprar. Uxía ordenaba las facturas del mes en la cocina cuando él se sentó frente a ella.

—Y de qué voy a hacer con mi vida. No puedo quedarme para siempre arreglando cosas que no están rotas.

Uxía cerró la carpeta.

Llevaba semanas esperando aquella conversación. No la había iniciado porque temía que cualquier sugerencia sonara a prisa por devolverlo a una normalidad que no existía.

—No tienes que decidirlo todo ahora.

—Eso me lo decís cada vez que pregunto. Pero como, duermo y gasto dinero.

Señaló las facturas.

—Carme tiene su pensión y sus gastos. Tú has dejado trabajo para venir. Puri lleva media vida sosteniendo esta casa. No quiero que mi vida dependa de que vosotros podáis pagarla.

—No eres una carga.

—No he dicho que lo sea.

La corrección fue tranquila.

—He dicho que quiero sostenerme por mí mismo.

Uxía dejó de intentar consolarlo y empezó a escucharlo.

Como nunca había sido declarado fallecido, su identidad legal seguía vigente.

Eso evitaba un problema, pero no resolvía el resto: el documento llevaba décadas caducado, la vida laboral terminaba en 1985 y según su fecha de nacimiento, constaba administrativamente como un hombre de setenta y nueve años.

El cuerpo que se sentaba frente a ella tenía unos cuarenta y tres.

—No existe un procedimiento pensado para tu caso —explicó—. Habrá que renovar la documentación, reunir los informes médicos y policiales y reconstruir tu expediente.

—¿Has hablado con alguien?

—Hice una consulta general con un abogado de Vilanova.

La mandíbula de Xoán se tensó.

Uxía reconoció el error antes de que él lo señalara.

—No he iniciado ningún trámite ni entregado documentos. Quería saber por dónde empezar, pero la próxima vez iremos juntos.

—Es mi vida.

—Sí.

No añadió ninguna justificación.

—¿Y trabajar? —preguntó él.

—Podrás hacerlo cuando la documentación esté regularizada. Otra cosa es qué requisitos actuales tenga cada oficio.

—El mar.

No era una pregunta abstracta.

—Tu licencia de 1985 ya no sirve. Necesitarías formación, permisos y reconocimientos médicos vigentes.

Xoán miró hacia la ventana.

—El Santa Bárbara ya ni siquiera está en Corvoeira. Lo vendieron hace veinte años. Aunque volviera al mar, no sería volver al mismo barco.

—No.

—A veces echo de menos trabajar con el cuerpo y saber al final del día qué he hecho. Otras miro la isla y pienso que buscaría niebla en cada cambio de luz.

—Puedes acercarte poco a poco. Sin convertir la primera decisión en definitiva.

—¿Qué otras cosas sé hacer?

—Reparar redes y motores pequeños, trabajar la madera, manejar herramientas…

—Todo de 1985.

—Las manos no caducan al mismo ritmo que los permisos.

Xoán sonrió apenas.

Manuel entró desde el patio con polvo de granito en la chaqueta y una barra de pan bajo el brazo.

—Antón dice que todavía sujeto mal el cincel —anunció—. Lo cual demuestra que algunas cosas sobreviven perfectamente cuarenta años.

Dejó el pan sobre la mesa.

—¿Qué pasa?

—Xoán intenta decidir qué hará el resto de su vida antes de cenar —respondió Uxía.

—Mala hora.

Manuel cortó un trozo de pan.

—Yo llevo semanas con la piedra y todavía no sé si quiero que sea mi oficio o solo algo que necesito aprender ahora.

—Tú ya has elegido —dijo Xoán.

—He elegido probar. No es lo mismo.

La frase permaneció en la cocina después de que Manuel saliera.

Xoán observó las facturas.

—¿Tú supiste que querías marcharte?

Uxía levantó la cabeza.

—¿De Corvoeira?

—Sí.

La pregunta la devolvió a una habitación llena de cajas de cartón.

* * *

En 2008, Uxía tenía veintisiete años y un puesto de becaria en un periódico de Santiago.

No era la primera vez que se marchaba para estudiar o trabajar durante unos meses. Aquella vez vació el armario sin dejar ropa suficiente para fingir que regresaría durante el verano.

Carme la ayudó a doblar las camisetas.

Había pasado la mañana en A Lonxa, discutido con Puri por una factura y todavía llevaba en la muñeca la goma con la que se recogía el pelo. No era una mujer suspendida desde 1985. Había criado a su hija, cuidado de Xosefa y aprendido a vivir días completos sin pronunciar el nombre de Xoán.

La ausencia seguía dentro de su vida.

No era toda su vida.

—Podrías quedarte —dijo Carme sin levantar la vista—. También hay periódicos en Vilanova.

—Mamá, sabes que no es lo mismo.

—Sei que non. 1

Cerró una caja.

—Só quería dicilo unha vez, antes de que marches. 2

Uxía se sentó en el borde de la cama.

Había ensayado respuestas sobre las oportunidades, el trabajo y la distancia. Ninguna contenía el miedo verdadero.

—Tengo miedo de quedarme.

Carme dejó de doblar.

—No porque crea que tu vida es pequeña. Tengo miedo de que la desaparición de papá acabe decidiendo también la mía. Que cada trabajo, cada viaje y cada persona a la que quiera se mida por si me aleja demasiado de esta casa o de ti.

—¿Pensabas que quería eso?

—No. Pero cuando te veo cansada siento que marcharme es abandonarte. Y cuando me quedo siento que estoy viviendo una vida que no elegí.

Carme se sentó a su lado.

—Fixen o que puiden, Uxía. Coa vida que me tocou. 3

No enumeró sacrificios ni convirtió los años en una deuda.

—Pero ti non tes que repetir a miña vida para demostrar que me queres. Vai. Fai a túa. Se algunha vez tes que esperar por algo, que non sexa porque aprendiches que as mulleres desta casa só sabemos facer iso. 4

Uxía sintió vergüenza por las veces que había reducido a su madre a una ventana encendida.

Carme había trabajado, discutido, reído y cuidado. Esperar a Xoán no había significado dejar de vivir.

—Voy a llamarte todas las semanas.

—Xa o sei. 5

—Y volveré pronto.

Carme la miró con una ternura que no exigía garantías.

—Volve cando poidas facelo sen sentir que regresas a pagar unha débeda. Eu quedo aquí coa miña vida. Ti vai facer a túa, tranquila. 6

Al día siguiente, Puri llevó a Uxía a la estación de Vilanova. Carme prefirió despedirse en casa, sin un andén que las obligara a soltarse cuando anunciaran la salida.

Durante los primeros meses, Uxía llamó todos los domingos.

Después llegaron cierres, viajes y horarios que convertían una semana en dos. Las visitas se aplazaron por trabajo, por dinero y más tarde por la vergüenza de haber dejado pasar demasiado tiempo.

No regresó durante los diecisiete años siguientes.

No porque Carme le hubiera pedido que se marchara para siempre.

Porque cada año resultaba más difícil explicar el anterior.

* * *

—No lo supe —respondió Uxía en la cocina—. Elegí marcharme. Eso no significa que supiera todo lo que vendría después.

—¿Te arrepientes?

—De marcharme, no. De algunas formas de permanecer lejos, sí.

Xoán asintió lentamente.

—Entonces puedo elegir probar algo sin prometer que será mi vida entera.

—Exacto.

La oportunidad apareció unos días después, durante una visita de la médica.

Carme llevaba casi media hora convencida de que debía ir a buscar a Uxía al colegio. Xoán no intentó corregirla. Le preguntó qué abrigo llevaba la niña y propuso esperar junto a la ventana porque aún era temprano.

Carme se calmó antes de que terminara la revisión.

—Has aprendido a acompañarla —observó la médica mientras guardaba el tensiómetro.

—He aprendido algunas cosas de Puri.

—Eso también cuenta.

La médica le habló del centro de día de Vilanova, donde aceptaban voluntarios para actividades y acompañamiento bajo supervisión. Aclaró que la paciencia no sustituía la formación, los protocolos ni saber cuándo pedir ayuda.

Xoán guardó el número durante una semana.

—No quiero utilizar la enfermedad de Carme para encontrarme una vida —dijo finalmente.

—No la estarías utilizando —respondió Uxía—. Estarías averiguando si algo que has aprendido puede servir fuera de esta casa.

—¿Y si solo sé estar con ella porque es ella?

—Entonces lo descubrirás antes de comprometerte a nada.

Llamó él mismo.

La directora del centro fue clara: el voluntariado no sustituía al personal. No podía administrar medicación, realizar cuidados personales ni intervenir solo ante una crisis. Tendría que completar una formación básica, respetar la confidencialidad y seguir las indicaciones del equipo.

Aquellos límites lo tranquilizaron.

Empezó dos tardes por semana, preparando materiales, acompañando paseos y ayudando a recoger las salas. Observaba más de lo que hablaba.

También se equivocó.

Una mujer llamada Elisa insistió en que debía volver a casa para preparar la cena de sus hijos. Xoán intentó tranquilizarla explicándole que sus hijos ya eran adultos y que no la esperaban.

Elisa se angustió más.

Una gerocultora se sentó junto a ella, le preguntó qué solía cocinar y consiguió conducir la conversación hacia una actividad en la cocina.

—Creí que ayudarla era explicarle la verdad —admitió Xoán.

—Una verdad correcta puede llegar en el momento equivocado —respondió la profesional—. A veces hay que averiguar qué necesidad existe debajo de las palabras.

Xoán regresó a Casa Freire molesto consigo mismo.

—No se me da tan bien como pensaba.

—Eso significa que estás aprendiendo —dijo Uxía—. Te equivocaste, paraste y pediste ayuda.

—Pude hacerle daño.

—Por eso existen la formación y el equipo. No para que nunca te equivoques, sino para que no conviertas un error en una certeza.

Xoán volvió al centro.

Con las semanas aprendió a distinguir cuándo su experiencia le servía y cuándo debía dejarla fuera. No comparaba la brétema con la enfermedad de las personas a las que acompañaba. No decía que supiera lo que sentían.

Solo conocía, de otra manera, la vergüenza de tener algo dentro que no encontraba una forma clara de convertirse en palabras.

Una tarde, un hombre llamado Tomás insistió en que debía bajar al puerto porque su barco estaba esperando.

Una voluntaria nueva intentó convencerlo de que ya no tenía barco. Tomás levantó la voz.

Xoán se sentó a cierta distancia.

—¿A qué hora tenías que salir?

—Antes de que cambie la marea.

—Entonces todavía podemos mirar el cielo.

No le prometió que el barco existiera ni intentó ganar la discusión. Acompañó la urgencia hasta que dejó de serlo y después avisó a una profesional.

Al terminar, una de las trabajadoras le habló de la formación necesaria para dedicarse a la atención sociosanitaria.

Xoán pidió información.

—No sé si seré capaz de estudiar otra vez —confesó a Uxía—. Hay palabras nuevas para casi todo.

—Puedes informarte sin decidir todavía.

—Eso me repites mucho.

—Porque sigues creyendo que cada paso debe conducir a una vida completa.

Xoán dejó los folletos sobre la mesa.

—Los cuatro años que atravesó mi cuerpo son un agujero. No puedo recuperarlos ni convertirlos en algo bueno.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

Miró hacia la sala donde Carme dormía.

—Pero puedo elegir qué hago ahora con la paciencia que he aprendido desde que volví. No porque la brétema tuviera un propósito. Solo porque sigo aquí.

Que de la pérdida surgiera una decisión valiosa no la convertía en necesaria.

Xoán no estaba justificando los cuarenta años de ausencia.

Estaba empezando a utilizar el tiempo presente sin exigirle que compensara el pasado.

Al regresar del centro una tarde, encontró a Carme sentada junto a la ventana.

—¿Fuches ao mar? 7

—No. Estuve acompañando a unas personas.

—¿Estaban soas? 8

—Algunas se sentían así.

Carme le hizo sitio en el sofá.

Xoán se sentó.

Durante un rato no hablaron.

Había empezado a comprender que permanecer junto a alguien no era la ausencia de una solución.

A veces era la única ayuda que podía ofrecer.

1 . Sé que no. 2 . Solo quería decirlo una vez, antes de que te marches.

3 . Hice lo que pude, Uxía. Con la vida que me tocó.

4 . Pero tú no tienes que repetir mi vida para demostrar que me quieres.

Vete. Haz la tuya. Si alguna vez tienes que esperar por algo, que no sea porque aprendiste que las mujeres de esta casa solo sabemos hacer eso.

5 . Ya lo sé. 6 . Vuelve cuando puedas hacerlo sin sentir que regresas a pagar una deuda.

Yo me quedo aquí con mi vida. Tú vete a hacer la tuya, tranquila. 7 . ¿Fuiste al mar? 8 . ¿Estaban solas?