CAPÍTULO 36
Antón no puso las herramientas de Xesús en manos de Manuel el primer día.
Le entregó un mazo moderno, un puntero bien equilibrado, gafas protectoras y una mascarilla. Después señaló un bloque de granito apoyado contra la pared del taller.
—Empezaremos por lo básico.
Manuel sostuvo el mazo.
—¿Igual que empezaste tú?
—No exactamente. Nosotros empezamos sin gafas, sin mascarilla y con nuestro padre gritándonos demasiado cerca de la oreja. Algunas tradiciones no merecen conservarse.
Manuel se rio.
Durante las primeras semanas, Manuel estuvo torpe.
Golpeaba con demasiada fuerza, cambiaba el ángulo antes de tiempo y confundía la impaciencia con decisión. Antón lo corregía sin tratarlo como al hermano pequeño que recordaba ni como al hombre de sesenta y dos años que figuraba en los documentos.
Dentro del taller, Manuel era un aprendiz adulto.
Nada más y nada menos.
—Non así. 1 —Antón le ajustó la posición de la mano—. Deixa que o peso do mazo faga o traballo. Ti só guías. 2
—Eso me decías cuando era niño.
—Y no me escuchabas.
—Ahora tampoco siempre.
—Ahora vuelves a intentarlo sin enfadarte con la piedra.
Trabajaban varias mañanas por semana.
Manuel no dejó atrás el mar ni se convirtió de repente en el cantero que Xesús había esperado que llegara a ser. Aprendía porque quería saber qué sentía al terminar algo que permaneciera donde lo dejaba.
La piedra exigía tiempo, repetición y una fuerza capaz de detenerse.
Después de que cuatro años hubieran pasado por su cuerpo sin convertirse en recuerdos, aquellas reglas le resultaban tranquilizadoras.
Una mañana, Antón abrió el armario del fondo y sacó una caja de madera cubierta de polvo.
—Isto era do noso pai. 3
Manuel no la tocó enseguida.
Dentro estaban el martillo pequeño que Xesús nunca había permitido utilizar a los demás, dos cinceles gastados y una escuadra de metal marcada con las iniciales de Xesús. El mango del martillo tenía una muesca junto a la cabeza.
—Mamá dijo que lo había guardado para mí.
—Guardó casi todo. Esto se quedó en el taller.
Antón apoyó una mano sobre la caja.
—No te lo doy para que trabajes como él. Te lo doy porque ya sabes que una herramienta no obliga a imitar la mano de quien la usó antes.
Manuel cogió el martillo.
Lo recordaba colgado del cinturón de Xesús: el mango sobresaliendo mientras su padre se inclinaba sobre una piedra, el tintineo del metal cuando caminaba y la prohibición de tocarlo sin permiso.
No era un recuerdo de la brétema ni una imagen reconstruida a partir de fotografías.
Era suyo.
—Pesa menos de lo que recordaba.
—Tú pesabas menos cuando lo mirabas.
Antón señaló una losa pequeña sobre el banco.
—Termina la flor.
Manuel había dibujado seis pétalos alrededor de un centro circular. Uno era demasiado estrecho y amenazaba con romperse.
Apoyó el puntero y golpeó.
Una esquirla se desprendió por el lugar equivocado.
—La he estropeado.
—Todavía no.
Antón corrigió el ángulo.
—Pero si intentas dejarla exactamente igual que la que tienes en la cabeza, acabarás rompiéndola.
Manuel siguió trabajando hasta que la luz del taller se volvió amarilla.
El pétalo sobrevivió, aunque quedó desigual. Pasó el pulgar por el borde.
—Puedo corregirlo.
—Puedes hacer que parezca hecho por otro.
Manuel dejó la imperfección.
Llevó la pieza a casa envuelta en un paño. Amparo la desenvolvió en la cocina y sostuvo la flor entre las manos.
—É fermosa. 4
—Un pétalo está torcido.
—Entón é túa. 5
Amparo sonrió.
—Túa avoa tiña unha parecida no armario do salón. Fixéraa teu pai cando aínda estaba aprendendo. Tamén tiña un pétalo máis estreito. 6
Manuel miró a Antón.
—¿Es verdad?
—La flor existía. No puedo jurar que el pétalo tuviera exactamente esa forma.
Amparo le dio un golpe suave en el brazo.
—Pero papá la conservó —continuó Antón—. Fue una de las primeras piezas que terminó sin que el abuelo se la corrigiera.
Manuel observó su flor.
Durante semanas había recordado a Xesús únicamente como el maestro al que nunca habría podido alcanzar. Aquella pieza lo devolvía a una época anterior, cuando su padre todavía podía equivocarse, golpear demasiado fuerte y aprender.
No había una destreza dormida en la sangre ni una obligación familiar que terminara imponiéndose.
Había dos hombres que habían empezado mal.
—Quiero seguir viniendo al taller —dijo.
Antón fingió examinar la losa.
—Tendrás que madrugar.
—He salido a pescar a las cuatro.
—Hace cuarenta años.
—Para mí no.
La broma cayó en un silencio breve, pero no doloroso.
—Mañana a las ocho —dijo Antón.
Manuel asintió.
La flor no reparaba la muerte de Xesús ni devolvía la juventud de sus hermanos. Tampoco demostraba que hubiera sido un error elegir el mar.
Era lo primero que construía desde su regreso sin intentar demostrar quién había sido.
Solo quién quería aprender a ser.
1 . Así no. 2 . Deja que el peso del mazo haga el trabajo. Tú solo guías. 3 . Esto era de nuestro padre. 4 . Es hermosa. 5 . Entonces es tuya. 6 . Tu abuela tenía una parecida en el armario del salón. La había hecho tu padre cuando todavía estaba aprendiendo. También tenía un pétalo más estrecho.