El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

La primera página llevaba tres horas en blanco.

Uxía había escrito reportajes en aeropuertos, pasillos de juzgados y habitaciones de hotel. Había entregado textos con el abrigo puesto mientras un editor le pedía quinientas palabras más y diez minutos menos.

Nada de aquello la había preparado para sentarse en la cocina de Casa Freire y decidir cómo ordenar una historia en la que cada frase podía tocar la vida de alguien a quien amaba.

Sobre la mesa tenía copias de las fotografías de la pieza con las iniciales y del botón, el informe preliminar de Sonia, las páginas autorizadas del cuaderno de Elixio y las transcripciones que cada persona había empezado a revisar.

Junto a ellas, Puri había dejado la hoja de límites familiares.

Uxía la releía cada vez que una frase le parecía demasiado eficaz.

Carme: voz personal, no prueba. No utilizar sus desorientaciones.

Bieito: no atribuir identidad a la forma.

Sabela: tenía nueve años. Excluir detalles de su madre.

Manuel: no presentarlo como acompañante pasivo.

Xoán: distinguir envejecimiento corporal de experiencia consciente.

No era una lista de obstáculos.

Era parte de la estructura del relato.

Xoán entró con dos tazas de café y dejó una junto al ordenador.

—¿Sigue ganando el papel?

—Por goleada.

Se sentó frente a ella, pero no intentó leer la pantalla.

—¿Cuál es el problema?

—Que sé convertir hechos en una historia. Pero aquí cada decisión puede hacer que alguien parezca valiente, cobarde, equivocado o incapaz de aceptar la realidad.

—¿Y si no decides quién tiene razón?

—Todo relato decide algo, aunque finja que no.

Xoán sopló el café.

—Entonces deja claro dónde terminan los hechos y dónde empieza tu manera de mirarlos.

Uxía había creado tres apartados para cada episodio:

VERIFICADO.

RECORDADO.

DESCONOCIDO.

En el primero estaban las identificaciones genéticas, las fechas, el estado del Santa Bárbara , los partes meteorológicos y la procedencia documentada de los objetos.

En el segundo, los recuerdos de Xoán y Manuel, la forma que Bieito creyó ver y las escenas familiares.

En el tercero estaba casi todo lo que cualquier lector querría saber de inmediato.

—No sé qué forma tendrá esto —dijo—. Puede quedarse como archivo familiar. Puede convertirse en un libro. Puede que solo sirva para que dentro de treinta años nadie tenga que reconstruirlo a partir de rumores.

Xoán señaló la hoja de límites.

—No escribas todavía para un lector desconocido. Escribe para la gente que está ahí.

—¿Y después?

—Si nos reconocemos sin sentirnos utilizados, ya decidiremos quién más puede leerlo.

Uxía abrió un documento aparte y escribió una nota de intención:

Este archivo no pretende demostrar una explicación que todavía no tenemos. Distinguirá entre documentos, recuerdos y posibilidades. Ningún testimonio pertenece al texto por el solo hecho de haber sido confiado.

Se detuvo.

Xoán esperaba sin preguntarle qué había escrito.

Uxía continuó:

La historia no termina cuando dos hombres regresan al muelle. Continúa en las familias que envejecieron, en los papeles incapaces de reconocer a quien estuvo cuarenta años ausente y en las personas que tuvieron que construir vidas distintas alrededor de la desaparición.

Leyó el párrafo en voz baja.

—Eso se parece a lo que hemos dicho —observó Xoán.

—Todavía no es el comienzo.

—Pero ya sabes qué no quieres traicionar.

Uxía volvió a la primera página.

Pensó en empezar por el regreso de Xoán, porque era la escena más inmediata. Por Carme junto a la ventana, porque era la imagen más dolorosa. Por el botón o la pieza con las iniciales R. F. O., porque prometían una investigación.

Todas aquellas entradas convertían la historia en otra cosa antes de que el lector conociera su raíz.

El verdadero comienzo estaba en 1901, en un mar inmóvil y un hombre llamado Amaro que no regresó.

Uxía apoyó los dedos sobre el teclado.

Escribió:

El mar, esa mañana, estaba demasiado quieto.

Xoán observó su rostro.

—Ya has empezado.

—¿Cómo lo sabes?

—Has dejado de mirar la página como si te debiera algo.

Durante las semanas siguientes, el lenguaje de Carme empezó a volverse más frágil.

No ocurrió de golpe ni de la misma forma todos los días. Había mañanas en que conversaba con Puri sobre una vecina fallecida veinte años antes y otras en las que no encontraba el nombre de una taza que sostenía entre las manos.

Algunas frases llegaban completas.

Otras se rompían a mitad.

—Quero… Quero… 1

Uxía sentía el impulso de ofrecerle palabras: agua, chaqueta, ventana, baño.

A veces acertaba. Otras, la lista solo aumentaba la frustración.

—Xa non sei o que quero. 2

La médica revisó la medicación, la hidratación y los posibles signos de infección. No encontró una causa aguda que pudiera tratarse.

—No la sometáis a un examen cada vez que intenta hablar —les explicó—. Esperad. Observad. Y aceptad que quizá la palabra no llegue.

Puri ya lo sabía sin necesidad de un manual.

Miraba el gesto de Carme, el lugar hacia el que dirigía la vista y lo que acababa de ocurrir. Si no comprendía, no fingía hacerlo. Si la palabra no aparecía, buscaba otra forma de responder sin convertir el fallo en el centro de la escena.

Xoán aprendió observándola.

No lo hizo de manera perfecta.

Una tarde completó cuatro veces una misma frase de Carme hasta que ella le apartó la mano.

—Déixame falar a min. 3

Xoán salió al patio.

Uxía lo encontró junto al muro, respirando con rabia contenida.

—Solo intentabas ayudar.

—Ya lo sé. Y no la ayudé.

—Puedes volver cuando estés más tranquilo.

—¿Y si la próxima vez tampoco sé hacerlo?

—Entonces aprendemos otra vez.

Más tarde, Xoán se sentó junto a Carme sin pedirle que retomara la frase. Le ofreció la mano y esperó a que ella decidiera cogerla.

Con el tiempo se convirtió en uno de los que mejor sabía acompañar sus silencios, no porque la brétema y el Alzheimer fueran fenómenos semejantes —Uxía se obligaba a no establecer aquella equivalencia—, sino porque comprendía la vergüenza de sentir que una experiencia seguía existiendo dentro, aunque no aparecieran las palabras para contarla.

—Cuando me preguntáis qué ocurrió allí —le explicó una noche—, noto algo que no sé colocar en una frase. Si insistís, no aparece más claro. Solo siento que estoy fallando.

—Yo quiero arreglarlo demasiado rápido.

—Porque eres periodista.

—Porque soy su hija.

Xoán asintió.

No intentó decidir qué parte pesaba más.

A medida que Carme necesitaba más ayuda, Uxía empezó a observar también a Puri. Su tía se levantaba de noche, organizaba las medicinas, coordinaba citas y continuaba haciendo funcionar la casa con una naturalidad que ocultaba el agotamiento.

—Tienes que descansar.

—Descanso.

—Dormirte vestida en una silla no cuenta.

Puri protestó hasta que aceptó reservar dos tardes semanales para salir mientras Uxía y Xoán se ocupaban de Carme.

La primera tarde no supo adónde ir.

Terminó en el bar de Sabela, tomando café sin mirar el reloj durante casi una hora.

Aquellas dos tardes no resolvían la carga del cuidado, pero la hacían visible y compartida.

Aquella noche, Uxía escribió:

Mi madre pierde palabras mientras avanza. Mi padre regresó de un tiempo para el que casi no existen palabras. Y en medio de los dos, aprendiendo a hablar el idioma que a ninguno le queda entero, estoy yo.

La frase era hermosa.

Precisamente por eso desconfió.

Recordó la advertencia de Carme: ella había enfermado porque había enfermado; Xoán había regresado porque había regresado. No debía unir ambas cosas para que la historia pareciera más perfecta.

Uxía trasladó la frase a un archivo privado.

En el manuscrito escribió:

Carme empezó a perder con mayor frecuencia el acceso a las palabras.

Xoán no comprendía su enfermedad porque se pareciera a la brétema, sino porque también él conocía la impotencia de sentir algo que no conseguía narrar.

La semejanza estaba en la forma de acompañarse, no en la causa de sus pérdidas.

Era menos brillante.

Era más honesta.

El reportaje de Iago apareció en enero, un domingo, con una fotografía de O Peirao Vello al amanecer.

A Illa dos Corvos quedaba fuera del encuadre.

Aquella ausencia deliberada fue lo primero que inspiró confianza a Uxía.

Corvoeira: el pueblo que se queda , decía el titular.

Iago había hablado con pescadores, comerciantes y vecinos que se habían marchado. Presentaba la pérdida de población y de servicios sin convertir Corvoeira en un cadáver pintoresco ni a quienes permanecían allí en héroes inmóviles.

Sabela aparecía levantando la persiana del bar.

El texto no afirmaba que se hubiera quedado por falta de valor o por obligación. Decía que, la mayoría de los días, continuaba eligiendo aquella vida.

Uxía la llamó.

—Te ha entendido.

Al otro lado hubo un breve silencio.

—¿De verdad?

—No te presenta como una sacrificada. Dice que mantener abierto el bar es un trabajo, no una declaración romántica sobre el futuro del pueblo.

Sabela soltó el aire.

—Era lo que más miedo me daba.

Uxía leyó el reportaje dos veces buscando una frase ambigua, una referencia indirecta a los desaparecidos o alguna insinuación sobre secretos y nieblas.

No encontró ninguna.

Ni Xoán.

Ni Manuel.

Ni el Santa Bárbara .

Ni la brétema.

Iago había escrito el reportaje que había dicho que escribiría.

Uxía lo llamó aquella tarde.

—Has cumplido.

—Entiendo que lo has comprobado con cuidado.

—Dos veces.

—Me habría decepcionado que no lo hicieras.

No fingían una confianza absoluta. Tampoco la necesitaban.

—Quedan dos meses de embargo —recordó Iago—. Cuando terminen, volveremos a hablar.

—Eso no significa que vaya a entregarte el manuscrito.

—No.

—Ni que Xoán o Manuel vayan a concederte una entrevista.

—Tampoco.

—Ni que la familia haya decidido publicar.

—Exacto. Tú decidirás qué hacer con vuestro archivo. Yo decidiré qué puedo hacer con la información pública que haya verificado. Una cosa no obliga a la otra.

La claridad devolvió al plazo su tamaño real.

No era una cuenta atrás hacia la publicación.

Era el tiempo durante el cual Iago había prometido no adelantarse mientras la familia decidía qué parte de la historia podía salir de Casa Freire.

Después de colgar, Uxía abrió el manuscrito.

Volvió a la escena de Carme junto a la ventana.

No escribió más deprisa.

Escribió con más cuidado.

1 . Quiero… Quiero… 2 . Ya no sé lo que quiero. 3 . Déjame hablar a mí.