CAPÍTULO 33
Habían pasado seis días desde la desaparición de Xoán y Manuel. Elixio necesitaba precisar tres datos antes de remitir el primer bloque del expediente: la posición del Santa Bárbara , el tiempo que tardó la niebla en alcanzar O Peirao Vello y el lugar donde Bieito había encontrado una taza volcada.
Colocó sobre la mesa un croquis de la ría.
—Señáleme dónde estaba el barco la última vez que lo vio.
Bieito apoyó un dedo cerca de A Illa dos Corvos.
—Al norte de la roca alta. Ya estaban bajando las revoluciones.
—¿Habían empezado a calar?
—No pude verlo. La niebla cubrió primero aquella zona.
Elixio dibujó una cruz.
—¿Cuánto tardó en llegar al muelle?
—Segundos.
—En su primera declaración dijo menos de un minuto.
—Cuando una cosa así viene hacia ti, los segundos se alargan. No puedo darle una cifra mejor.
Elixio anotó la respuesta sin obligarlo a convertir el miedo en una medida exacta.
—La taza.
—Era la de Xoán. Azul, con el esmalte saltado en un lado. Estaba tumbada junto a las nasas.
—¿Por qué le llamó la atención?
—Porque todo lo demás parecía colocado. Las cajas, los cabos, los aparejos. Como si hubieran soltado lo que tenían en las manos y después ya no estuvieran.
Elixio dejó el bolígrafo.
—¿Ha recordado algo más?
Bieito negó demasiado deprisa.
El sargento esperó.
—¿Ha vuelto a la isla desde la desaparición?
—No.
La respuesta era cierta.
Todavía.
—¿Piensa volver?
Durante un instante, Elixio creyó ver la decisión antes de escuchar la mentira.
—No.
—No vaya solo.
—No voy a ir.
La ampliación quedó fechada, leída y firmada.
Recibió el número catorce dentro del expediente.
Recogía con veracidad lo ocurrido hasta entonces.
La única mentira se refería a lo que Bieito pensaba hacer después.
La forma humana, la segunda niebla y la visita nocturna todavía no podían figurar en ella.
Al terminar, Elixio cerró la carpeta.
—La búsqueda organizada se reducirá a partir de mañana. Mantendremos los avisos, pero no podemos tener todas las embarcaciones fuera cada día.
—Carme cree que van a volver.
—No puedo decirle que no.
—Amparo necesita que alguien le diga que su hijo está muerto.
—Tampoco puedo decirle eso.
Elixio parecía tan cansado como él.
—Mi trabajo consiste en separar lo que sabemos de lo que necesitamos creer. Ahora mismo sabemos muy poco.
—¿Cree que fue un accidente?
—Es la explicación que tendría más sentido si encontráramos una causa.
—Pero no la han encontrado.
—No.
—¿Y la niebla?
—Se veía desde el muelle, pero no desde el puesto de señales, aunque por su alcance debería haberse visto desde ambos lugares. Eso es lo único que puedo escribir sin inventar.
Bieito miró la carpeta.
—Entonces no tiene nada.
—Tengo dos hombres desaparecidos, un barco intacto y testimonios incompatibles con un parte meteorológico. No es poco. Es insuficiente.
Antes de que Bieito saliera, Elixio volvió a advertirlo:
—No confunda buscar una respuesta con ponerse usted también en peligro.
Bieito no respondió.
Aquella noche cenó sin hambre. Esperó a que su mujer y Sabela se acostaran y permaneció en la cocina hasta que el reloj superó las dos de la madrugada.
Después se puso las botas.
Cogió una linterna, la chaqueta y las llaves de una embarcación.
La ampliación número catorce permaneció en el expediente, diciendo todo lo que Bieito sabía antes de salir.
El secreto que cargaría durante cuarenta años empezó cuando abrió la puerta de atrás y decidió no despertar a nadie.
* * *
Cuatro décadas después, Bieito mencionó los cuadernos de Elixio cuando ya se había puesto el abrigo.
Había ido a Casa Freire para devolver unas fotografías que Uxía le había prestado durante la entrevista. Las dejó perfectamente ordenadas dentro del sobre.
—Elixio escribía cosas aparte.
Uxía levantó la cabeza.
—¿Aparte del expediente?
—Notas de trabajo. Preguntas y dudas que no podía poner en los informes.
Bieito explicó que había coincidido con él muchos años después, cuando Elixio ya estaba jubilado. Bebieron juntos en un bar de Vilanova y el antiguo sargento le permitió leer una copia del informe final.
No contenía ninguna explicación concluyente.
Después le habló de los cuadernos.
—Dijo que había anotado que le mentí durante la ampliación.
—La ampliación ocurrió antes de tu visita a la isla.
—No se refería a que ocultara algo que ya había sucedido. Me preguntó si pensaba volver y le dije que no. Elixio no me creyó.
El sargento no había adivinado la forma humana ni podía conocer una visita que aún no había ocurrido. Había reconocido a un hombre dominado por la culpa y había intentado detenerlo.
—¿Conservaba los cuadernos?
—Entonces sí. Elixio murió hace ocho años. Su hija Mónica vive en Vilanova.
Uxía pidió a Breogán que actuara como intermediario. Dos días después, Mónica aceptó recibirla con una condición: estaría presente durante la consulta.
—Mi padre escribió sobre muchas personas —explicó—. No voy a entregar treinta años de notas privadas para que alguien busque una historia entre asuntos que no le pertenecen.
Limitaron la búsqueda al año 1985 y al caso de Corvoeira.
La caja contenía siete cuadernos negros numerados a mano. El tercero comenzaba en 1984 y terminaba en 1988.
Mónica lo dejó sobre la mesa.
—No sé qué vamos a encontrar.
—Puede que nada nuevo.
—No me preocupa únicamente encontrar algo nuevo. Me preocupa descubrir una parte de mi padre que nunca me enseñó.
Abrieron el cuaderno juntas.
Las primeras páginas contenían disputas por lindes, averías del coche patrulla y turnos mal cubiertos. Era la misma voz rigurosa de los informes, pero acompañada por dudas que no cabían en un formulario.
Después apareció la fecha.
11 de noviembre de 1985.
Elixio había anotado que el Santa Bárbara apareció vacío cerca de A Illa dos Corvos. Los cuatro testigos de O Peirao Vello coincidían en la calma absoluta, la niebla repentina y la pérdida completa de visibilidad.
Diferían en pequeños detalles.
Elixio no consideraba que esas diferencias debilitaran sus declaraciones. Al contrario: parecían recuerdos independientes, no un relato acordado.
Al día siguiente comparó aquellos testimonios con el parte de Punta do Corvo: viento de fuerza tres, cuatro millas de visibilidad y ausencia de niebla en la bocana.
Había añadido una frase:
Si Freixas dice la verdad y los testigos del muelle también, la diferencia no es de memoria. Es de lugar.
El 13 de noviembre describió el barco intacto, las nasas a bordo y la taza de esmalte volcada.
La ausencia parece haber ocurrido en mitad de una acción ordinaria.
Elixio nunca utilizaba la palabra imposible. Se limitaba a registrar la forma exacta en que las explicaciones normales iban perdiendo apoyo.
En las páginas siguientes investigó la desaparición de Ramón Freire Otero en 1947: el mismo lugar aproximado, niebla súbita y una embarcación que nunca apareció.
Dos generaciones de la misma familia. Puede ser coincidencia. La coincidencia necesita al menos quedar escrita.
También habló con la familia de Manuela Pardo sobre la tradición de la brétema: personas que salían del tiempo, objetos que podían quedar fuera y regresos que no obedecían a voluntad.
No incorporó aquella tradición al informe.
Había explicado por qué:
Una tradición oral no demuestra el mecanismo de una desaparición. Aun así, puede conservar una observación verdadera y explicar mal su causa.
Uxía pensó en Avoa Manuela, que cuarenta años después mantenía la misma diferencia entre contar y demostrar.
Llegaron al 17 de noviembre.
Mónica leyó en voz alta:
Bieito Barreiro amplía declaración. La información parece sincera. Al terminar le pregunto si piensa volver a la isla. Dice que no. No le creo. No porque sepa más de lo ocurrido, sino porque la culpa ya ha decidido por él. Le advierto que no vaya solo. No tengo fundamento para retenerlo.
Debajo había otra anotación:
La piedad no consiste siempre en dejar de preguntar. A veces consiste en saber que una respuesta obtenida por presión no sirve para proteger a nadie. No sé si hoy he acertado.
La entrada del 18 de noviembre era más breve.
B. Barreiro aparece en el muelle con la mano derecha vendada. Dice que se cortó con un anzuelo. Parece más cansado que ayer. No menciona la isla. Yo tampoco.
Elixio no había conocido el secreto.
Solo había visto sus bordes: una mentira sobre el futuro, una herida nueva y un hombre todavía más silencioso.
Las últimas anotaciones de aquel año eran una conversación privada con los límites de su oficio.
22 de noviembre. Empiezo a pensar que este caso no se cerrará por falta de pistas, sino porque las pistas no caben dentro de las categorías disponibles. Accidente, delito o abandono voluntario: ninguna explica el barco intacto, la meteorología contradictoria y los antecedentes.
La realidad no tiene obligaciones con nuestros formularios. Somos nosotros quienes quizá no sabemos todavía qué medir.
El 3 de diciembre comparó las desapariciones de 1901, 1947 y 1985. Anotó los intervalos irregulares, la localización constante y las condiciones repetidas: calma anómala, humedad y niebla localizada.
Después se impuso un límite:
Tres casos no forman una ley. No existe base para predecir una repetición.
El 19 de diciembre remitió el informe sin una explicación concluyente.
Es correcto hacerlo. También es insuficiente. Conservar las notas.
Uxía dejó de leer.
El cuaderno no explicaba dónde habían estado Xoán y Manuel ni por qué habían regresado. Tampoco resolvía el destino de Ramón y Amaro.
Mostraba algo más modesto: Elixio no había descartado los testimonios por parecer imposibles ni había convertido una leyenda en una certeza.
Había mantenido separados los hechos, las hipótesis y el miedo.
—Mi padre decía que había un caso que nunca consiguió cerrar por dentro —dijo Mónica—. Yo creía que hablaba de un crimen.
—Quizá esto le resultara más difícil de cerrar. En un crimen, al menos sabes qué clase de pregunta estás haciendo.
—¿Qué ocurrió después de que Bieito mintiera?
Uxía podría haberle contado la forma humana que Bieito creyó ver dentro de la niebla. Pero aquella experiencia pertenecía primero a Bieito.
—Ocurrió algo —respondió—. Antes de contártelo tengo que pedirle permiso.
Mónica aceptó el límite.
Fotografiaron únicamente las páginas relacionadas con Corvoeira. El original permanecería en aquella casa y Mónica revisaría cualquier fragmento antes de que pudiera formar parte del manuscrito.
Antes de guardar el cuaderno, pasó los dedos sobre la cubierta negra.
—Pensaba que conservar todas estas cosas significaba que no estaba preparada para despedirme de él.
—Quizá también estabas conservando algo que todavía podía servir para otra cosa.
Mónica cerró la caja.
No habían encontrado la respuesta de Elixio.
Habían encontrado la honestidad con la que había vivido sin ella.