CAPÍTULO 32
Manuel eligió el patio para la entrevista.
Se sentó frente a un bloque de granito, con un cincel en una mano y una maceta pequeña en la otra. Uxía colocó la grabadora sobre una silla, protegida del polvo por un paño.
—Quiero añadir una condición —dijo Manuel.
—Dime.
—No quiero ser «el otro hombre».
Uxía comprendió.
—El muchacho que acompañaba a Xoán.
—Eso.
Dejó la maceta sobre la piedra.
—Todo el mundo conoce mejor la historia de Xoán: su hija, Carme, su padre desaparecido. Yo aparezco detrás. Pero mi madre enterró un ataúd vacío, mi padre murió creyéndome muerto y cinco hermanos envejecieron sin mí.
—No te presentaré como un acompañante.
—Entonces podemos empezar.
Uxía encendió la grabadora.
—¿Quién eras antes del 11 de noviembre de 1985?
Manuel sonrió.
—Un crío de veintidós años cansado de ser el sexto hijo de un hombre al que todos admiraban.
Xesús Rial podía mirar un bloque de granito y saber por dónde iba a abrirse. Los hermanos de Manuel parecían haber heredado aquella intuición. Él, en cambio, apretaba demasiado las herramientas, golpeaba antes de escuchar y estropeaba piezas que los demás habrían abierto limpiamente.
—¿Por eso elegiste el mar?
—Por eso y porque me gustaba.
En el barco no tenía que parecerse a su padre. Bastaba con aprender las mareas, calar bien una nasa y no marearse cuando cambiaba el viento.
—Xoán me trataba como a un hombre que todavía no conocía el oficio. No como al hijo torpe del mejor cantero de Corvoeira.
—¿Era buen patrón?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
—Y quiero que eso quede claro. Bieito nos pidió que esperáramos, pero Xoán no me obligó a subir. Yo tenía veintidós años y quise salir. Convertirme en una víctima arrastrada por él haría la historia más sencilla, pero sería mentira.
Uxía anotó la precisión.
—¿Qué recuerdas de la brétema?
Manuel miró su muñeca.
—Frío. Una red con nudos gruesos. Una manga que agarré. Una respiración que podía ser la mía o la de otra persona. Después, agua y Xoán a mi lado.
—Tu cuerpo envejeció aproximadamente cuatro años.
—Eso indican las pruebas médicas.
Se tocó la cara.
—Pero yo no viví cuatro cumpleaños. No recuerdo inviernos ni decisiones. No quiero que escribas que estuvimos cuatro años encerrados en algún lugar. No sé si estuvimos despiertos, suspendidos o si alguna de esas palabras sirve.
—¿Cómo sientes entonces tus veintiséis años?
Manuel observó sus manos.
—Como una edad que me pertenece por fuera y que todavía estoy aprendiendo por dentro.
Había cambios en su cuerpo que no recordaba haber adquirido: marcas en la piel, uñas distintas, hombros más anchos. Señales de un tiempo que había pasado por él sin convertirse en memoria.
—¿Te da miedo?
—Sobre todo de noche.
Durante el día había gente, herramientas, comidas y preguntas. Por la noche aparecía el hueco.
—No recuerdo esos años, pero tampoco puedo decir que no ocurrió nada. Algo hizo esto con nosotros.
—¿Hablas de ello con Xoán?
—Sí. Tenemos una regla: primero habla uno y el otro no completa el recuerdo.
Si coincidían en algo, lo anotaban por separado. Si sus recuerdos eran distintos, los conservaban así.
—Nuestros recuerdos de la red y del frío coinciden —dijo Manuel—. También la sensación de que había otra respiración cerca. Pero no podemos ponerle una cara a Ramón ni asegurar que estuviera allí.
—¿Y la manga?
—Xoán no la recuerda. Podía pertenecer a Xoán, a otra persona o ser algo que mi cabeza añadió después. Prefiero perder una pista antes que inventarla.
Uxía dejó el bolígrafo unos segundos.
—¿Cómo es regresar a tu familia?
Manuel miró hacia la ventana de la cocina. Amparo limpiaba una superficie que ya había limpiado dos veces.
—Es recibir una cantidad de amor que a veces no puedo sostener.
Sus hermanas querían contarle cuarenta años en una tarde. Antón alternaba entre tratarlo como al hermano pequeño que recordaba y como a un hijo. Los sobrinos no sabían si llamarlo tío o hablarle como a alguien de su edad.
—Me abruma —reconoció—. Y me da miedo decirlo porque ellos perdieron más tiempo que yo. Para mí fue un corte. Para ellos fueron cuarenta años completos.
—Eso no elimina tu derecho a necesitar espacio.
—Estoy aprendiéndolo.
Apoyó el cincel sobre la piedra.
—También estoy aprendiendo que no tengo que convertirme otra vez en el Manuel que salió al mar. Durante días pensé que debía elegir entre el barco y la cantera, como si mi vida hubiera esperado cuarenta años en la misma bifurcación.
—¿Y qué quieres ahora?
—Aprender la piedra.
—¿Por tu padre?
—No para demostrarle nada. Ya no está y sería absurdo seguir discutiendo con él.
Miró las líneas de carbón que Antón había trazado sobre el granito.
—Quiero aprender porque el trabajo de la piedra no se puede apresurar. Antón puede indicarme dónde golpear, pero el corte ocurre cuando la veta cede. Después de que el tiempo pasara por mí sin preguntarme, trabajar con algo que obliga a esperar me calma.
Cogió la maceta.
—Además, cada pieza terminada permanece donde la dejas.
Uxía observó la piedra.
—¿Te sientes culpable por haber regresado?
—A veces.
Manuel miró a Amparo.
—He recuperado a mi madre, pero no a la mujer de cuarenta y siete años que dejé. He recuperado a mis hermanos, pero no los años en que éramos jóvenes juntos. Tengo una segunda oportunidad que llega después de todo lo que mi familia perdió.
Desde la cocina, Amparo levantó una taza y preguntó con un gesto si querían café.
Manuel asintió.
—Quiero que también aparezca esto.
—¿El qué?
—Que no todo es tragedia.
Sonrió.
—Mi madre y yo discutimos porque quiere que lleve una chaqueta. Antón se enfada cuando sujeto mal el cincel. Mis sobrinos me enseñan música que detesto. Algunos días casi conseguimos ser una familia rara en lugar de una familia imposible.
Uxía apagó la grabadora.
—Esa puede ser una de las partes más importantes.
Manuel volvió a colocar el cincel sobre la línea marcada.
—Todavía no he terminado.
—Podemos continuar la entrevista otro día.
—No. La piedra.
Levantó la maceta y golpeó.
El sonido fue seco y limpio.
Una línea fina recorrió el granito siguiendo la marca de carbón. Manuel permaneció inmóvil. Antón apareció en la puerta del cobertizo, examinó la grieta y asintió una sola vez.
No lo felicitó.
No hacía falta.
Manuel pasó los dedos sobre el corte.
Había encontrado un lugar preciso donde su fuerza no destruía la piedra.
La ayudaba a abrirse.