CAPÍTULO 31
Amparo insistió en que la entrevista se hiciera en la cocina.
No quería la solemnidad de la sala ni el frío del patio. Eligió la silla de enea junto a la ventana, la misma en la que había estado cuando Manuel cruzó la puerta después de cuarenta años.
Tenía el rosario entre las manos.
—Antes de empezar —dijo Uxía—, quiero que sepas que podrás retirar cualquier parte.
Amparo levantó una ceja.
—¿Aunque te parezca importante?
—Aunque me parezca lo más importante de la historia.
—Bien.
Hizo avanzar una cuenta del rosario.
—Entonces pregunta. Pero no escribas como si yo fuera solamente la madre que enterró un ataúd vacío. Fui más cosas antes y después.
Uxía encendió la grabadora.
—¿Cómo era Manuel antes de desaparecer?
Amparo sonrió.
—Inquieto. El menor de seis hermanos y el único que creía que, por haber nacido el último, tenía que inventarse una vida distinta.
—¿No quería ser cantero?
—Quería quererlo.
La respuesta salió sin vacilación.
—Admiraba a su padre. Xesús podía mirar un bloque de granito y saber por dónde iba a abrirse antes de levantar el martillo. Manuel lo seguía al taller, aprendía los nombres de las herramientas y se esforzaba hasta acabar con las manos llenas de ampollas. Pero no escuchaba la piedra como los demás.
Desde la ventana se veía una esquina del muro construido por Xesús y el bloque donde Manuel se sentaba ahora a practicar con el cincel.
—Cuando empezó a salir al mar con Xoán, volvió hablando como si acabara de descubrir una puerta. Yo pensé que se le pasaría.
—¿Te preocupaba?
—No porque el mar fuera más peligroso. Trabajando la piedra también mueren hombres. Me preocupaba que eligiera algo solo para demostrar que no era el hijo torpe de Xesús Rial.
—¿Se lo dijiste?
—Claro. Y él oyó que yo no confiaba en él.
Amparo dejó escapar una risa breve.
—Las madres decimos una cosa y los hijos escucháis la que más duele.
Uxía no corrigió el plural.
—¿Qué recuerdas del funeral?
La sonrisa desapareció.
Amparo hizo avanzar dos cuentas antes de responder.
—El olor de la madera nueva. Durante años, cualquier mueble recién hecho me devolvía a la iglesia.
Xesús había elegido las tablas de roble una por una y vigilado cada ensamble, aunque no había construido el ataúd.
—No pongas que lo hizo él —advirtió Amparo—. Xesús era cantero. Lo que hizo fue la placa.
Era una pieza pequeña de granito con el nombre de Manuel y las fechas de su nacimiento y desaparición. La había pulido tantas veces que terminó más lisa que una piedra de río.
—Creo que necesitaba que al menos una parte de aquella despedida saliera de sus manos.
—¿Por qué aceptasteis un funeral sin cuerpo?
—Porque la ausencia estaba ocupando toda la casa.
Amparo señaló el pasillo.
—Éramos siete personas alrededor de una silla vacía.
Antes habíamos sido ocho. Mis otros hijos necesitaban dejar de despertarse pensando que aquel sería el día en que aparecería un cadáver en una playa.
Xesús necesitaba hacer algo con principio y final.
Yo necesitaba un lugar donde llorar sin mirar cada puerta.
—Carme eligió no hacerlo.
—Sí.
—¿Le guardaste rencor?
—Durante mucho tiempo.
No intentó ofrecer una versión más amable.
—Pensaba que su negativa convertía nuestro funeral en una traición. Si ella seguía diciendo que Xoán estaba vivo, parecía que nosotros habíamos abandonado a Manuel.
—Xesús dijo que Carme tenía el lujo de creer.
Amparo cerró los ojos.
—Lo dijo.
—¿Qué piensas ahora?
—Que el dolor vuelve injustas a las personas sin volverlas malas.
Abrió los ojos.
—Nosotros también podíamos creer. Lo que no podíamos era seguir viviendo si cada mañana empezaba con la posibilidad de que Manuel regresara. Carme pudo vivir sin cerrar del todo aquella posibilidad. Nosotros tuvimos que cerrarla para que la casa no se llenara de frío. Ninguna elección era un lujo.
Uxía dejó que el silencio permaneciera.
—¿Qué sentiste cuando volvió?
Amparo dejó de mover el rosario.
—Terror.
La palabra salió baja, sin vergüenza.
—Antes que alegría. Pensé que era una broma cruel, que alguien había encontrado a un muchacho parecido o que mi cabeza se estaba despidiendo de mí de la peor manera.
—¿Cuándo supiste que era él?
—Cuando vi la cicatriz bajo la barbilla.
Se tocó el mismo lugar.
—Se la hizo con siete años contra el banco de esta cocina. Gritaba porque pensaba que el médico iba a coserle la boca.
—Alguien podía habérselo contado.
—Ahora lo sé. Aquel día no razoné así. Después abrió el cajón de los paños sin preguntar. Y escuché cómo me llamó nai 1 .
Amparo miró a Uxía.
—Hay cosas que no son una prueba para un juez, pero sí para una madre.
—¿Y después de reconocerlo?
—Alegría. Dolor. Rabia.
Enumeró las palabras con calma.
—Rabia porque Xesús no estaba. Porque mis otros hijos habían envejecido y Manuel no. Porque yo tenía que recibirlo con ochenta y siete años cuando había imaginado que, si regresaba, todavía podría ayudarlo a empezar de nuevo.
—Todavía lo regañas.
La sonrisa volvió.
—Dentro de mis posibilidades.
Comprobó que Manuel no estuviera junto a la puerta.
—A veces lo veo dormir y mi cuerpo cree que tiene seis años. Después se levanta y veo a un hombre de veintiséis que ha perdido a su padre, la juventud compartida con sus hermanos y todo lo que debía ocurrir entre una edad y la otra.
—¿Cómo estáis reconstruyendo la familia?
—Mal y bien.
La respuesta pareció satisfacerla.
—Antón lo trata unas veces como a un hermano pequeño y otras como a un hijo. Sus hermanas quieren contarle cuarenta años en una tarde. Los sobrinos no saben si llamarlo tío o mirarlo como a alguien de su edad. Manuel se cansa, pero procura no demostrarlo para no herirnos.
—¿Qué debería saber quien lea vuestra historia?
Amparo dejó el rosario sobre la mesa.
—Que el regreso no borra el entierro.
Uxía dejó de escribir.
—Yo enterré a mi hijo. Que estuviera vivo no vuelve falsos el dolor, la tumba ni los cuarenta años durante los que tuve que aprender a decir que había muerto. No quiero que nadie nos mire como a una familia que se equivocó. Vivimos con lo que sabíamos.
—¿Y Xesús?
Amparo bajó la cabeza.
—Murió queriendo a Manuel. No esperándolo, porque no podía, pero queriéndolo todos los días.
La voz empezó a temblarle.
—Guardó sus herramientas. Nadie podía utilizar el martillo pequeño. Decía que estaba desequilibrado y que podía hacer daño en otras manos. Era mentira. Lo guardaba porque pertenecía a su hijo.
—¿Qué le dirías ahora?
Amparo miró la silla vacía al otro lado de la mesa.
Cuando habló, no lo hizo para la grabadora.
—Que ninguno tuvo razón del todo. Que Carme no era una mujer incapaz de aceptar la realidad y nosotros no éramos cobardes por enterrarlo. Éramos familias intentando sobrevivir a una cosa que no tenía nombre.
Se secó una lágrima.
—Y que Manuel ha vuelto a tocar la piedra. No porque tenga que convertirse en el cantero que su padre esperaba, sino porque ahora puede elegirlo sin competir con nadie.
En el patio sonó un golpe seco.
Después otro.
Manuel y Antón trabajaban junto al muro. Amparo escuchó el ritmo y sonrió.
—Xesús reconocería ese sonido.
—¿Te consuela?
—A veces. Otras me enfada que no pueda oírlo.
Uxía apagó la grabadora.
—Cuando lo escriba, te lo leeré.
Amparo señaló el aparato.
—Conserva también los silencios.
—¿Cómo se conserva un silencio?
—No llenándolo con palabras que yo no he dicho.
Antes de que Uxía se marchara, Manuel entró con polvo de piedra en el pelo y una marca roja en la palma. Amparo se levantó a buscar desinfectante. Él protestó que no era nada.
Durante unos segundos volvieron a ser una madre y un hijo discutiendo por una herida pequeña.
No tenían los cuarenta años perdidos.
Tenían el tiempo que quedaba.
Y aquella vez ninguno pensaba desperdiciarlo fingiendo que no dolía.
1 . Madre.