El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Uxía encontró a Iago Cambón en el hostal donde se alojaba.

Él bajó con el portátil bajo el brazo y la condujo a una pequeña sala común del primer piso. Había una mesa redonda, dos sillones desparejados y una ventana desde la que se veía el aparcamiento bajo un cielo cargado de lluvia.

—¿Has venido a confirmarme algo o a pedirme que me marche?

—He venido a proponerte un acuerdo.

Iago dejó el portátil sobre la mesa, pero no lo abrió.

—Te escucho.

Uxía había hablado con Xoán, Manuel, Puri, Bieito, Sabela y Amparo. Nadie le había concedido autoridad para decidirlo todo en nombre de los demás. Solo habían aceptado unos límites concretos.

—La familia va a preparar un relato propio. Todavía no sabemos si algún día se publicará.

Iago esperó.

—Necesitamos tres meses. Durante ese tiempo no publicarás nada sobre la reaparición, no utilizarás el reportaje sobre despoblación para investigar a las familias y no te acercarás a Carme, Amparo, Xoán ni Manuel sin su consentimiento.

—¿Y qué recibo a cambio?

—Sabela te presentará a personas que pueden hablar sobre la pérdida de población y servicios. Cada una decidirá si quiere participar. Yo facilitaré el contacto, no las respuestas.

La precisión pareció interesarle más que una promesa grandiosa.

—¿Puedo consultar archivos públicos?

—Sí. Y escuchar a quien se acerque a ti por iniciativa propia. Pero no grabarás ni publicarás nada relacionado con las desapariciones durante esos tres meses.

—¿Qué ocurre cuando termine el plazo?

—Volvemos a hablar. El final del acuerdo no te concede acceso a la familia ni a nuestras grabaciones. Solo significa que terminará este compromiso y podrás publicar aquello que hayas podido verificar por medios legítimos.

Iago se recostó.

—Quiero la primera entrevista externa contigo si el relato llega a publicarse.

—Sobre el proceso de investigación y escritura. No sobre documentos médicos ni testimonios que alguien haya decidido excluir.

—De acuerdo.

—Y no implica que Xoán o Manuel vayan a hablar contigo.

—También de acuerdo.

Iago abrió el portátil y redactó un correo breve. Uxía leyó cada párrafo antes de responder con su aceptación.

No era un contrato formal, pero dejaba constancia de los límites.

—Hace una semana querías que nadie escribiera nada —dijo él.

—Hace una semana todavía creía que el silencio podía controlar la historia.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que solo puede decidir quién queda fuera de ella.

Iago cerró el ordenador.

Ninguno había ganado. Por eso el acuerdo resultaba creíble.

Cuando Uxía salió del hostal, empezó a llover. Se detuvo bajo el toldo y volvió a mirar el mensaje.

Tres meses.

No era una cuenta atrás hacia la publicación. Era el tiempo que habían conseguido para escuchar antes de que otra versión creciera alrededor de ellos.

Aun así, el plazo pesaba.

Por primera vez, la investigación tenía una fecha impuesta por el mundo exterior.

* * *

Bieito no permitió que Uxía encendiera la grabadora hasta comprender qué ocurriría con ella.

—¿La va a escuchar Iago?

—No.

—¿Xoán?

—Solo si tú lo autorizas.

—¿Y Sabela?

—Lo mismo.

Bieito tomó el aparato, lo giró entre las manos y lo dejó en el centro de la mesa.

—Entonces enciéndelo.

Uxía comprobó la fecha y la hora.

—Quiero aclarar algo antes de empezar. Tu declaración de 1985 no era falsa. Contaste lo que viste durante la desaparición. La visita a la isla ocurrió después.

Bieito asintió.

—Declaré ante Elixio la tarde del diecisiete. Fui a la isla durante la madrugada del dieciocho.

—Casi siete días después.

—Sí.

—¿Por qué te importa tanto distinguirlo?

—Porque callé mucho, pero no quiero que ahora parezca que mentí también en aquella declaración.

Uxía encendió la grabadora.

—Háblame de Xoán antes de la desaparición. No del hombre que el pueblo reconstruyó durante cuarenta años. De tu amigo.

Bieito sonrió.

Fue la primera sonrisa completa que Uxía le veía desde que había empezado a investigar.

—Era un cabezota. Reía demasiado para el oficio. Se acordaba del cumpleaños de todos menos del suyo. Si alguien necesitaba reparar una red, aparecía antes de que se lo pidieran. Y si había que madrugar para ayudar a sacar una barca, protestaba durante una hora y llegaba el primero.

—¿Era prudente?

—En el mar, sí. Con los avisos que no sabía explicar, no tanto.

La sonrisa desapareció.

—Yo tampoco fui lo bastante prudente para insistir.

—Le pediste que esperara.

—Pero no me puse delante del barco. No llamé a Carme. No hice nada que demostrara que de verdad creía que existía un peligro. Fue una intuición, no una prohibición.

—Nadie podía exigirte que supieras lo que iba a ocurrir.

—Después uno reconstruye la mañana con lo que sabe al final. Cada gesto parece una oportunidad perdida.

Uxía dejó que el silencio permaneciera unos segundos.

—¿Cómo es verlo ahora?

—Es él.

La respuesta fue inmediata.

—No igual, porque nadie vuelve igual ni siquiera de un viaje corriente. Pero es Xoán. Se toca la ceja cuando intenta recordar. Mira las manos de la gente mientras habla. Se ríe antes de terminar algunas frases.

—¿Qué ha cambiado?

Bieito buscó las palabras.

—Tiene algo detrás de los ojos. Como si una parte de su cabeza siguiera resolviendo una cuenta que no sale.

Rodeó la taza con las dos manos.

—A veces me habla como el hombre de cuarenta y tres años que es, como si acabara de recuperar al amigo que dejó en 1985. Después recuerdo que yo tengo ochenta y que llevo casi media vida llorándolo.

—¿Su regreso ha eliminado la culpa?

—No.

Bieito bajó la vista.

—Durante años pensé que, si volvía, todo se arreglaría. Pero él ha regresado y yo sigo siendo el hombre que no insistió. El que fue a buscarlos casi siete días después y huyó cuando vio una forma.

—¿Cómo te cambió guardar aquella noche?

—Me volví más callado. Mi mujer decía que se había casado con un hombre hablador y que yo me había ido convirtiendo en piedra.

La tristeza le atravesó el rostro.

—Nunca se lo conté. Murió pensando que yo había perdido las palabras, cuando en realidad las estaba guardando todas detrás de un solo secreto.

—¿Te arrepientes?

—Cada día.

No hubo dramatismo en la respuesta. Solo el desgaste de haberla repetido durante años sin pronunciarla.

—También entiendo por qué lo hice —continuó—. El miedo no siempre parece miedo cuando uno lo disfraza de prudencia. Me decía que protegía a mi mujer, a Sabela y al pueblo de una historia que nadie creería. En parte era cierto. En otra parte me protegía de admitir que había salido huyendo.

—Y obligaste a Sabela a guardar el secreto.

La voz de Bieito se quebró.

—Tenía nueve años. No debería haber cargado con nada por mí.

—¿Quieres que eso aparezca en el archivo?

—Sí. No para que piensen que fui un monstruo. Para que nadie diga que ella calló porque quiso.

—¿Qué quieres decirle?

Bieito miró la luz roja de la grabadora.

—Que lo siento. Que no había ninguna promesa que valiera cuarenta años de su vida. Y que, si me perdona, no quiero que lo haga para tranquilizarme.

—¿Quieres que escuche esta grabación?

—No. Lo que tenga que decirle a mi hija se lo diré mirándola a la cara.

Uxía asintió.

—¿Y a Xoán?

Bieito tardó más en responder.

—También quiero hablar con él.

—¿Qué le dirás?

—Que siento no haber contado la visita a la isla cuando quizá todavía habría servido para algo. Tal vez Elixio habría ido allí. Tal vez alguien habría comprendido antes que no fue un accidente corriente.

—O quizá no habría cambiado nada.

—Nunca podré saberlo. Eso es lo peor.

Bieito se frotó el pulgar.

—La culpa prefiere las preguntas sin respuesta. Puede alimentarse de todas las posibilidades.

Uxía dejó el bolígrafo.

—No puedes cargar con cada resultado imaginario.

—Ya.

Una sonrisa cansada apareció en su boca.

—Una cosa es saberlo y otra vivir como si fuera verdad.

—¿Quieres que tu disculpa a Xoán forme parte del texto?

Bieito observó la grabadora.

—No antes de hablar con él.

—Entonces no aparecerá.

—Aunque haya quedado grabada.

—Aunque haya quedado grabada.

Bieito extendió la mano y apagó el aparato.

El clic fue pequeño.

Permanecieron sentados sin hablar hasta que el peso de las palabras empezó a asentarse.

—Avísame antes de volver a entrevistarlo —dijo Bieito.

—¿Para qué?

—Quiero hablar con él primero. Solo, pero no a escondidas.

—De acuerdo.

Uxía guardó la grabadora.

Cuando llegó a la puerta, Bieito volvió a hablar.

—No he contado todo esto para que escribas más deprisa por culpa del periodista.

—Lo sé.

—He hablado porque estoy cansado de que el tiempo que me queda siga perteneciendo a una madrugada de 1985.

Uxía asintió.

Aquella era la diferencia entre arrancar una confesión y recibir un testimonio.

Bieito no hablaba para cumplir el plazo de tres meses.

Hablaba para decidir qué hacer con los años que todavía tenía delante.