CAPÍTULO 25
El bar estaba a punto de cerrar cuando Uxía regresó, esta vez sin libreta y sin preguntas preparadas.
Solo quería sentarse en la misma barra donde, semanas atrás, había empezado a tirar de un hilo sin saber todavía cuánto acabaría deshaciendo.
Sabela la vio entrar y no preguntó qué había descubierto. Sirvió dos copas pequeñas de licor café, giró el cartel de la puerta y apagó la mitad de las luces.
—No vienes a trabajar —dijo.
—No. Vengo a verte a ti.
La frase pareció incomodarla más que una entrevista.
Sabela se apoyó en la barra. Durante unos minutos bebieron sin hablar, escuchando cómo la nevera arrancaba, se detenía y volvía a dejar el local en silencio.
En las paredes permanecían fotografías del puerto, de equipos infantiles y de fiestas celebradas antes de que las mesas empezaran a quedarse vacías entre semana.
—¿Cómo estás? —preguntó Uxía—. De verdad. No te lo he preguntado desde que me contaste lo de tu padre.
Sabela observó la copa.
—Cansada.
No añadió enseguida nada más. La sinceridad parecía haber consumido la energía necesaria para adornar la respuesta.
—Llevo casi toda la vida cargando con algo que no era mío. Desde los nueve años. Y ahora que lo he soltado, en vez de sentirme ligera, me siento como si hubiera perdido un trabajo que odiaba pero que sabía hacer mejor que nadie.
—Tiene sentido.
—¿Lo tiene?
—Durante cuarenta años, parte de tu identidad consistió en no contar una cosa. Aunque fuera injusto, sabías qué se esperaba de ti. Ahora tienes que decidir quién eres sin ese encargo.
Sabela soltó una risa breve.
—Te has vuelto muy lista desde que te fuiste.
—Ya era insoportable antes.
—Eso sí lo recuerdo.
La broma aflojó algo entre las dos.
Sabela dio otro sorbo.
—A veces tenía envidia de ti.
Uxía levantó la vista.
—¿De mí?
—Tú al menos tenías una historia, aunque fuera horrible. Tu padre desapareció, tu madre se negó a darlo por muerto y todo el pueblo sabía que aquello había partido vuestra vida. Yo solo tenía un secreto que guardar. Guardar un secreto no es lo mismo que tener una historia. Es casi lo contrario.
—No cuando el secreto también te cambia.
—Pero no me pertenecía. —Sabela apoyó la copa—. Tú puedes decidir qué haces con lo que sabes. Yo pasé cuarenta años sin poder decidir nada. Solo callándolo porque se lo prometí a un padre asustado cuando tenía nueve años y no entendía lo que estaba prometiendo.
Uxía pensó en la decisión que había tomado unos días antes: no publicar, al menos todavía. Incluso renunciar había sido una elección. Sabela no había dispuesto de ninguna.
—¿Te arrepientes de habérmelo contado?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Me alivió. También me dio miedo. A veces miro a mi padre y recuerdo que durante años fui la única persona que sabía lo que había hecho. Era como ver una herida debajo de la ropa de alguien y fingir que no existía.
—¿Le dijiste que habías hablado conmigo?
—Esa misma noche.
Sabela sonrió de una forma frágil.
—Me llamó llorando después de que fueras a verlo. Dijo que contigo había conseguido contarlo entero, sin esconderse detrás de frases a medias.
—¿Está enfadado contigo?
—Me pidió perdón.
Sabela bajó la voz.
—Por haberme convertido en el lugar donde guardaba su miedo.
Uxía alargó una mano sobre la barra y cubrió la suya.
No hacía falta asegurar que todo estaría bien. Las promesas grandes habrían sonado falsas en un pueblo marcado por tantas vueltas esperadas que nunca ocurrieron cuando debían.
—Gracias por contármelo —dijo—. Y por dejarme hablar con él.
—Gracias por parar cuando te lo pedí. No todo el mundo habría parado.
Uxía retiró la mano.
—Yo tampoco habría parado siempre.
La admisión sorprendió a Sabela.
—Antes habría pensado que la verdad justificaba casi cualquier insistencia. Ahora no estoy tan segura.
—¿Te arrepientes de hacerte periodista?
—No. Me arrepiento de algunas maneras de serlo.
Sabela recogió las copas y empezó a limpiar la barra. Uxía se levantó para ayudar.
—Los vasos boca abajo —recordó Sabela cuando la vio colocarlos.
—No entiendo por qué sigues dejándome colaborar.
—Porque necesito comprobar cada cierto tiempo que hay cosas que no han cambiado en diecisiete años.
La mención de los diecisiete años no sonó como reproche. Uxía secó otro vaso.
—¿Por qué te quedaste tú?
Sabela dejó de limpiar.
—Al principio por mi padre. Después por el bar. Más tarde porque ya no sabía si quedarme seguía siendo una obligación o se había convertido en mi elección.
Miró las mesas vacías.
—Aquí todo el mundo piensa que marcharse es avanzar y quedarse es no haberse atrevido. No siempre es verdad. A veces quedarse también exige elegir cada mañana un lugar que se hace un poco más pequeño.
La frase acompañó a Uxía.
—¿Y ahora?
—Ahora sigo aquí porque quiero. La mayoría de los días.
—Eso parece una respuesta suficientemente buena.
—Es la única que tengo.
Cerraron juntas. Uxía pasó el paño por la barra con la misma torpeza que cuando ayudaba de adolescente a cambio de refrescos y patatas fritas. Sabela tuvo que repasar una esquina.
—Sigues haciéndolo todo al revés.
—Y tú sigues corrigiéndome antes de que termine.
Esta vez la risa salió limpia.
Antes de separarse, Sabela la abrazó junto a la puerta. No fue el abrazo cuidadoso de su primer reencuentro, entre dos mujeres que buscaban a las niñas que habían sido. Fue un gesto presente, sin necesidad de recuperar diecisiete años de una sola vez.
Uxía volvió a Casa Freire con una certeza que no tenía relación directa con la brétema.
La investigación no solo estaba abriendo historias antiguas.
También le estaba permitiendo recuperar vínculos que había dejado en suspenso al marcharse.