CAPÍTULO 24
Encontrar a alguien dispuesto a examinar dos objetos metálicos sin una procedencia arqueológica oficial resultó más difícil de lo que Uxía esperaba.
Llegó hasta Sonia Pazos a través de un antiguo compañero de universidad.
Sonia trabajaba como conservadora-restauradora especializada en metales históricos y colaboraba con un laboratorio universitario de Santiago.
Antes de aceptar la visita pidió las fotografías del lugar, las medidas, una descripción de cómo se habían recogido y la confirmación de que Uxía no había intentado limpiar los objetos.
—Eso último es importante —le había escrito—. La corrosión también es información.
Uxía leyó el mensaje dos veces y agradeció haberse resistido al vinagre de Puri.
La mañana de la cita salió de Corvoeira con los objetos dentro de sobres separados, colocados a su vez en una caja rígida.
Xoán y Puri se quedaron con Carme. Xoán reconocía el botón como suyo; la pieza con las iniciales podía haber pertenecido a Ramón, aunque nadie tenía aún derecho a afirmarlo como certeza.
Antes de marcharse, Uxía explicó a su padre exactamente adónde los llevaba.
—No van a cortar ni raspar nada —dijo—. La primera revisión será visual. Si Sonia propone otra prueba, te preguntaré antes.
Xoán miró la caja.
—¿Volverán hoy?
—Sí.
—Entonces llévalos.
La respuesta fue sencilla, pero Uxía comprendió que no lo era para alguien que acababa de recuperar una vida construida casi por completo con objetos que otros habían conservado.
El laboratorio tenía más luz artificial que ventanas y un silencio interrumpido por ventiladores, cajones metálicos y el clic ocasional de una cámara.
Sonia no tocó los objetos al principio. Fotografió los sobres, comprobó las anotaciones de Uxía y abrió en la pantalla las imágenes tomadas en la isla.
—Esto está bien documentado —dijo—. Vista general, escala, posición y fotografías previas a la extracción. No sustituye a una excavación ni crea una cadena de custodia oficial, pero permite comprobar cómo estaban y dónde fueron fotografiados antes de retirarlos.
—No estoy intentando autentificar una reliquia.
—Me alegra oírlo. Las reliquias suelen venir acompañadas de la respuesta que se espera que encuentre quien las analiza.
Se puso los guantes.
Comenzó por la pequeña pieza ovalada con las iniciales R. F. O. La observó con una lupa binocular y dirigió la luz desde varios ángulos.
—La identificación de Bieito es razonable —dijo—. Podría ser un remache o una pequeña pieza metálica de la cacha de una navaja. El formato encaja con objetos de uso cotidiano de la primera mitad del siglo veinte.
—¿Puedes fecharla?
—No por la forma con suficiente precisión. Podría ser de los años treinta, cuarenta o cincuenta. Y que se fabricara entonces no demuestra cuándo llegó a la isla.
Sonia amplió las iniciales en una pantalla.
—El grabado parece manual y anterior a la corrosión principal. Eso sí puedo decirlo. Las letras no fueron arañadas ayer sobre una pieza vieja.
Uxía sintió que el pecho se le aflojaba apenas.
No demostraba que hubiera pertenecido a Ramón. Demostraba únicamente que las iniciales formaban parte de la historia del objeto y no de una manipulación reciente.
—¿La corrosión puede decir cuánto tiempo estuvo allí?
—No como una fecha de nacimiento. Depende de la aleación, la salinidad, la ventilación, el contacto con otros minerales, los ciclos de humedad y hasta de si quedó enterrada o expuesta.
Puedo describir el tipo de alteración y compararlo con escenarios posibles.
No puedo decir «setenta y ocho años» mirando una costra.
Pasó al botón.
La cruz grabada en el reverso seguía visible bajo la capa rojiza. Sonia tomó nuevas fotografías, midió el diámetro y examinó la zona donde el borde estaba deformado.
—Este objeto ha estado expuesto durante mucho tiempo a un ambiente marino o costero agresivo —dijo—. Hay capas superpuestas de corrosión y señales de ciclos repetidos de humedad y secado. No parece algo perdido hace unas semanas.
—¿Podrían ser cuatro años?
Sonia apartó los ojos de la lupa.
—Podrían existir condiciones capaces de producir un deterioro intenso en cuatro años. También podría corresponder a varias décadas. Sin conocer la composición exacta y el microambiente donde estuvo, cualquier cifra sería demasiado aventurada.
Uxía le enseñó la fotografía del botón todavía encajado en la repisa.
—La persona que lo identifica afirma que se desprendió de su chaquetón en noviembre de 1985.
No dijo aún que aquella persona parecía tener cuarenta y tres años.
Sonia volvió a mirar el metal.
—Si la identificación y la fecha son correctas, el estado exterior es compatible con una exposición prolongada desde entonces. Compatible no significa demostrado.
—Lo sé.
—¿Cómo se reconoce?
—Por la cruz. El propietario recuerda haberla hecho con una navaja. Otro testigo recuerda la marca.
Sonia anotó la información como testimonio de procedencia, separada de sus propias observaciones.
—La incisión está cubierta por productos de corrosión, así que no parece reciente. Eso respalda que la marca sea antigua. No autentifica la historia completa.
Uxía agradeció cada límite. La prudencia de Sonia no debilitaba el hallazgo; impedía que el deseo lo deformara.
—¿Puedes saber más sin dañarlo?
—Podemos estudiar la composición con fluorescencia de rayos X y observar las capas con microscopía.
También comparar depósitos adheridos con muestras del entorno, aunque para eso necesitaríamos recogerlas de manera controlada en la isla.
Ninguna de esas pruebas te dará una fecha exacta, pero puede descartar fraudes, reparaciones recientes o materiales incompatibles con la época.
—¿Y la pieza con las iniciales?
—Lo mismo. Para análisis que impliquen retirar una muestra, por mínima que sea, necesitaría otra autorización expresa. Yo empezaría por lo no destructivo.
Sonia preparó un formulario de depósito temporal. Incluía fotografías de cada objeto, su estado de conservación y las pruebas autorizadas. Uxía lo leyó entero.
—El botón es de Xoán —dijo—. Tengo que preguntárselo.
Salió al pasillo y lo llamó.
Xoán respondió al cuarto tono.
—¿Ha pasado algo?
—No. Sonia cree que el botón ha sufrido una exposición marina prolongada, pero no puede convertir la corrosión en una fecha. Propone dejarlo unos días para hacer pruebas no destructivas. Estaría registrado, fotografiado y bajo su responsabilidad. No cortarán ni retirarán material.
Al otro lado se oyó el roce del teléfono contra la cara.
—¿Y la pieza con las iniciales?
—Puede ser de una navaja de la primera mitad del siglo pasado. El grabado de las iniciales no parece reciente, pero eso todavía no demuestra que la pieza fuera suya. También quiere estudiarla sin dañarla.
Xoán guardó silencio.
—¿Sabrás dónde están?
—En el laboratorio de Sonia. Tendré una copia firmada del depósito y me avisará antes de cualquier otra prueba.
—Entonces déjalos.
—¿Seguro?
—He perdido demasiadas cosas sin saber dónde estaban. Estas no están perdidas si sabemos quién las guarda y para qué.
Uxía firmó únicamente las pruebas no destructivas.
Antes de cerrar la caja de conservación, Sonia colocó cada pieza en un soporte independiente y añadió una etiqueta con un código.
—La ciencia no suele entregar respuestas completas —dijo—. La mayor parte del tiempo reduce el número de explicaciones malas.
—Ahora mismo me conformaría con eso.
En el viaje de regreso, Uxía pensó en la frase de Avoa Manuela sobre los objetos que caían al tiempo corriente. La tradición familiar hablaba de caminos; Sonia, de aleaciones, humedad y depósitos.
No eran explicaciones equivalentes.
Tampoco era necesario obligarlas a competir. Una pertenecía al lenguaje con el que Corvoeira había soportado el misterio durante generaciones. La otra intentaba describir únicamente lo que el metal permitía medir.
Al llegar a Casa Freire, encontró a Xoán cortando pan mientras Carme dormía en la sala.
Le entregó la copia del depósito.
Él leyó despacio el nombre de Sonia, la dirección del laboratorio y los códigos de los dos objetos. Después dobló el papel y lo guardó en la caja donde conservaba la fotografía de Ramón.
—¿Qué sabes ahora? —preguntó.
Uxía pensó antes de responder.
—Que la pieza con las iniciales es compatible con una pieza antigua de navaja y que las iniciales no parecen recientes.
Que el botón ha estado expuesto durante mucho tiempo a un ambiente marino, pero todavía no podemos decir cuánto.
Y que nadie ha encontrado una explicación que convierta eso en una prueba de la brétema.
Xoán asintió.
—Es más de lo que sabíamos ayer.
Aquella noche Uxía escribió en la libreta:
La ciencia no confirma la leyenda. La obliga a esperar fuera del laboratorio mientras se examina el metal.
Debajo añadió:
No escribir que el botón permaneció allí desde 1985 hasta disponer de resultados. Hablar solo de exposición marina prolongada; la duración exacta sigue abierta.
La segunda frase le pareció más importante que la primera.