CAPÍTULO 26
El hombre llevaba una libreta parecida a la de Uxía.
Fue lo primero que le llamó la atención, antes incluso de que se presentara: el mismo tamaño, la misma goma negra sujetando las tapas, una herramienta que delataba el oficio antes de que apareciera la acreditación.
—Iago Cambón.
Le mostró un carné profesional y después le tendió la mano junto a la entrada de A Lonxa.
—Trabajo por cuenta propia. Estoy preparando un reportaje sobre despoblación en los pueblos costeros gallegos.
Uxía miró la acreditación el tiempo suficiente para leer el nombre y la publicación con la que colaboraba. No aceptó todavía la mano.
—¿Y por qué me buscas a mí?
—Porque en Vilanova me hablaron de un rescate extraño ocurrido aquí hace unas semanas. Dos hombres encontrados cerca de A Illa dos Corvos. Al parecer, durante las primeras horas nadie pudo confirmar oficialmente quiénes eran.
Uxía mantuvo el rostro inmóvil.
—En los pueblos se exagera.
—Mucho.
Iago guardó el carné, no la libreta.
—Por eso comprobé lo que podía antes de venir.
Sacó el teléfono y mostró la reproducción digital de una noticia de noviembre de 1985. El titular hablaba de dos pescadores desaparecidos después de que el Santa Bárbara apareciera vacío. Debajo figuraban los nombres de Xoán Freire Rial y Manuel Rial Bugallo.
—Cuando pregunté por el rescate reciente, dos personas utilizaron esos mismos nombres. Una persona podía haberse confundido. Que dos emplearan los mismos nombres ya merecía una consulta de hemeroteca.
No había llegado siguiendo únicamente un rumor. Había hecho lo que habría hecho Uxía: buscar una fecha, cruzar nombres y observar qué preguntas incomodaban.
—¿Quién te ha hablado de mi padre?
Iago no sonrió, pero algo en su expresión cambió.
Uxía comprendió su error antes de que él respondiera.
—No había dicho que Xoán fuera tu padre.
Era una técnica vieja: ofrecer una afirmación incompleta y esperar que el otro entregara el dato que faltaba.
Uxía se enfadó consigo misma, no con él.
—Tampoco he confirmado que el hombre rescatado sea Xoán.
—No. Has confirmado el parentesco con el desaparecido de 1985.
Iago cerró la libreta.
—No voy a fingir que eso demuestra lo demás.
Aquella precisión impidió que Uxía pudiera reducirlo a un oportunista torpe.
—¿Qué quieres?
—Saber qué ocurrió.
—Esa pregunta afecta a personas que no te han dado permiso para entrar en sus vidas.
—Lo sé.
—No, todavía no. Sabes que existe una posible historia. No sabes qué ha hecho ya esa historia con las familias.
Detrás de ellos, dentro de la lonja, una caja cayó sobre el suelo y alguien pidió hielo a gritos. La actividad continuaba con la indiferencia de los lugares de trabajo ante las conversaciones decisivas.
Iago miró hacia el interior.
—Puedo escribir sin vosotros —dijo—. No sobre una reaparición que no puedo demostrar, pero sí sobre el caso de 1985, el regreso de los nombres al pueblo, el duelo sin cuerpo y la manera en que una comunidad convierte una ausencia en leyenda.
Todo eso puede sostenerse con archivos públicos y testimonios de quienes quieran hablar.
—Y construirías un reportaje alrededor del hecho central sin poder abordarlo.
—Sí.
La franqueza resultaba más peligrosa que una amenaza.
—Probablemente sería incompleta. También podría ser la única versión que llegara a existir si nadie de la familia decide contar otra.
Uxía reconoció el argumento porque se parecía demasiado a los que ella misma había utilizado durante años.
—Que una historia pueda contarse no significa que deba publicarse en cuanto alguien la descubre.
—De acuerdo. Pero que tú hayas decidido esperar tampoco obliga a todos los periodistas a hacerlo indefinidamente.
No había arrogancia en la respuesta. Había un conflicto profesional real que Uxía no podía resolver invocando únicamente su parentesco.
—¿Has hablado con Xoán o Manuel?
—No.
—¿Has ido a Casa Freire?
—Tampoco.
—¿Por qué?
Iago la miró.
—Porque supe que Carme tenía Alzheimer y no pienso presentarme en la casa de una mujer vulnerable para forzar una reacción. Y porque todavía no tengo información suficiente para justificar acercarme a los otros dos como si supiera quiénes son.
Uxía no esperaba aquella prudencia.
—Entonces mantenla.
—Puedo hacerlo durante un tiempo. No puedo prometerte que nadie más se interesará.
La posibilidad era evidente. Habían encontrado a dos hombres cerca de la isla y los habían llevado a un muelle lleno de testigos. Había personal sanitario, agentes, familiares, vecinos y rumores. El silencio absoluto ya no dependía únicamente de las familias implicadas.
—¿Qué me estás proponiendo? —preguntó Uxía.
—Nada todavía.
Iago guardó el teléfono.
—Voy a seguir con el reportaje para el que vine. Corvoeira se está vaciando y esa historia existe sin necesidad de utilizar la otra como cebo. También consultaré archivos públicos. Dentro de un mes volveré a preguntarte si la familia quiere hablar.
—¿Y si la respuesta sigue siendo no?
—Decidiré qué puedo publicar con rigor y qué debo dejar fuera porque solo es rumor.
—Eso suena a plazo.
—Es una fecha para volver a conversar, no un ultimátum. No voy a publicar mañana ni a esconderme detrás de una cámara. Pero tampoco puedo prometerte que una historia así permanecerá quieta hasta que tú resuelvas qué hacer con ella.
Uxía pensó en la brétema y en todo lo que el pueblo había intentado mantener inmóvil durante generaciones.
Nada permanecía quieto para siempre.
—Te digo esto de periodista a periodista —dijo—. No llames a la puerta de mi madre. No la fotografíes. No uses su enfermedad como recurso emocional ni conviertas cualquier frase desorientada en confirmación de nada.
—De acuerdo.
—Tampoco persigas a Amparo. Tiene ochenta y siete años.
—De acuerdo.
—Y si alguien te pide que dejes de grabar o de preguntar, dejas de hacerlo.
Iago sostuvo su mirada.
—Eso debería darse por supuesto.
—No siempre se da.
—Entonces queda dicho.
Fue la primera forma de acuerdo entre ambos.
Iago se marchó hacia la Rúa do Cristal. Antes de alejarse, se volvió.
—Uxía.
Ella esperó.
—No he venido a quitarte una historia.
—Todavía no sabes si es mía.
—Precisamente.
Siguió andando.
Uxía permaneció frente a A Lonxa con el olor a pescado, gasoil y hielo derretido alrededor. Hasta entonces, la investigación había avanzado porque ella decidía qué puerta abrir, qué pregunta hacer y qué dato guardar.
Ahora había otra libreta en Corvoeira.
No significaba que Iago tuviera derecho a las vidas de su familia. Significaba que el mundo exterior ya había encontrado la primera grieta en el silencio.
Y Uxía no podía proteger a todos fingiendo que nadie más iba a investigar por su cuenta.