El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 21
56%

CAPÍTULO 21

Carme dejó de contar los días al acercarse el cuarto mes.

Los días se parecían demasiado unos a otros: el mismo hueco en la cama, los mismos pasos hasta la ventana, las mismas barcas regresando sin que ninguna trajera a Xoán.

Los meses, en cambio, tenían la decencia de quedarse quietos en el calendario de la cocina.

Cada vez que terminaba uno, Carme dibujaba una cruz pequeña junto al nombre.

No sabía qué contaba exactamente.

El tiempo que Xoán llevaba fuera.

El tiempo que ella había conseguido resistir.

O la distancia entre la mañana en que salió a pescar y cualquier posibilidad razonable de que siguiera vivo.

Uxía seguía siendo demasiado pequeña para comprender un calendario, pero entendía otras cosas.

Sabía que su madre se sentaba cada noche junto a la ventana con una taza que nunca terminaba.

Que las visitas bajaban la voz cuando ella entraba.

Que había dejado de preguntarle cuándo volvería papá porque la cara de Carme cambiaba incluso antes de contestar.

—Mamá. ¿Por qué miras el agua?

—Por se acaso, meniña. Por se acaso. 1

Al principio, Carme oía motores.

No durante el día, cuando podía comprobar de dónde venía cada ruido, sino en la frontera incierta entre el sueño y la vigilia. Se incorporaba convencida de haber reconocido el motor del Santa Bárbara y bajaba descalza al patio, sin abrigo, antes de que el pensamiento pudiera alcanzar al cuerpo.

Una noche llegó hasta la calle.

Puri la encontró junto al muro, mirando hacia un puerto oculto por la oscuridad.

—Non foi nada, Carme —le dijo, envolviéndola con una manta—. Volve á cama. 2

—Oíches o motor? 3

—Non oín nada. 4

—Eu si oín algo. 5

Puri no discutió. La acompañó de vuelta, le secó los pies y se quedó sentada en la cocina hasta el amanecer.

Aquella primavera, Puri llegó a Casa Freire con dos maletas.

Dijo que sería temporal. Que a Carme le vendría bien alguien mientras intentaba reorganizar su vida y que Uxía necesitaba una persona que la llevara algunos días a la escuela. Ninguna de las dos preguntó cuánto duraba «temporal».

Puri ocupó la habitación de invitados y aprendió a despertarse con cada tabla del pasillo. Guardó la llave de la puerta en un lugar más alto. Preparó desayunos, llevó a Uxía al médico cuando tuvo anginas y respondió a las preguntas de los vecinos para que Carme no tuviera que hacerlo.

No sustituyó a Xoán.

Ocupó todo lo que su ausencia había dejado sin manos.

Con el paso de los meses, Carme dejó de salir cada vez que creía oír un motor.

No porque hubiera dejado de esperar, sino porque el cuerpo no podía sostener indefinidamente aquella alarma.

Empezó a dormir algunas noches completas.

Volvió a reírse en ocasiones y después se culpaba por haberlo hecho.

Aprendió a atravesar un día sin pronunciar el nombre de Xoán.

Desde fuera, aquello parecía una mejoría.

Puri sabía que era otra forma de cansancio.

El pueblo continuó porque los pueblos siempre continúan, con o sin permiso de quienes se quedan atrás. La lonja abría cada mañana. Los barcos salían y regresaban. Las mujeres compraban pescado, los hombres discutían sobre mareas y los niños crecían lo suficiente para cambiar de pupitre.

Cuando empezó el curso siguiente, Carme llevó a Uxía de la mano hasta la puerta. Había peinado a la niña dos veces y le había abrochado mal un botón del abrigo. Sonrió a las otras madres, habló de cuadernos y meriendas y regresó sola a casa con el mismo rostro sereno que utilizaba en público.

Solo al cerrar la puerta se permitió apoyar la frente contra la madera.

Puri no la vio llorar. Encontró después el pañuelo húmedo en el fregadero y no dijo nada.

Meses antes, durante aquel primer invierno y antes de que Puri se instalara en Casa Freire, don Amador Castro había acudido a hablar con Carme.

Treinta y nueve años antes había escrito desaparecido junto al nombre de Ramón. Ahora caminaba con bastón y le temblaban las manos, pero seguía recordando la negativa de Xosefa en aquella misma cocina.

—El pueblo necesita despedirse —dijo—. No tiene que ser un funeral. Podría celebrarse una misa, dejar flores, rezar por los que están en el mar.

Carme permaneció de pie.

—Non. 6

—Non tes que chamalo morto. 7

—Pero todos o chamarán así cando saian da igrexa. 8

Don Amador bajó la mirada.

—Uxía tamén necesita un lugar para o seu pai. 9

—Uxía ten a súa casa. 10

—Carme…

—Eu non vou facer un funeral por alguén que non morreu. 11

La voz no se le quebró.

—Se algún día atopan o corpo, farei o funeral que faga falta. Ata entón, non. 12

Don Amador no insistió.

Antes de marcharse observó la ventana, el mismo trozo de ría que Xosefa había evitado mirar durante años.

—Túa sogra dixo case o mesmo 13 —murmuró.

Carme no sabía que estaba repitiendo una negativa de la generación anterior. La historia de Ramón le había llegado fragmentada, reducida a un nombre y a la manera en que Xoán evitaba hablar de su padre.

—Pois alguén terá que dicilo cada vez que pase. 14

El cura se santiguó antes de cruzar la puerta.

No apareció ningún cuerpo aquel año.

Tampoco en los siguientes.

Con el tiempo, el pueblo dejó de insistir. Aprendió a tratar la ausencia de Xoán como se trata una grieta antigua en una fachada: todos sabían que estaba allí y nadie la señalaba cada vez que pasaba por delante.

Uxía creció dentro de una regla nunca pronunciada del todo. Su padre no era un muerto al que pudiera llevar flores ni un vivo del que llegaran cartas. Era una ausencia con forma de ventana, alianza y taza fría.

A veces pedía que le contaran cómo era.

Carme respondía con detalles pequeños: cantaba mal, se dormía escuchando la radio, cortaba el pan demasiado grueso. Puri añadía otros: no sabía llegar puntual, se reía con todo el cuerpo, prometía arreglar el peldaño de la entrada y siempre encontraba algo más urgente.

Ninguna le contó todavía la historia de la brétema.

Querían que Uxía recordara a su padre como un hombre antes de convertirlo en un misterio.

La espera de Carme fue cambiando.

Dejó de levantarse cada noche. Dejó de preguntar a cada barco.

Hubo años en que guardó la fotografía de Xoán dentro de un cajón porque verla le hacía daño y años en que la colocó de nuevo junto a la ventana.

Trabajó, crio a su hija, cuidó a Xosefa y aprendió a vivir sin convertir cada día en una ceremonia.

Pero nunca aceptó un funeral.

No porque permaneciera cuarenta años suspendida en la misma esperanza, sino porque nunca recibió una certeza que le permitiera dar a Xoán por muerto.

1 . Por si acaso, niña. Por si acaso. 2 .

No fue nada, Carme. Vuelve a la cama. 3 .

¿Oíste el motor? 4 . No oí nada. 5 . Yo sí oí algo.

6 . No. 7 . No tienes que llamarlo muerto.

8 . Pero todos lo llamarán así cuando salgan de la iglesia.

9 . Uxía también necesita un lugar para su padre.

10 . Uxía tiene su casa. 11 . Yo no voy a hacer un funeral por alguien que no ha muerto.

12 . Si algún día encuentran el cuerpo, haré el funeral que haga falta.

Hasta entonces, no. 13 . Tu suegra dijo casi lo mismo.

14 . Pues alguien tendrá que decirlo cada vez que ocurra.