El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 22
58%

CAPÍTULO 22

La médica evitó describir el empeoramiento como «otro escalón».

Antes de atribuir el cambio al Alzheimer, revisó la medicación de Carme, le tomó la temperatura, pidió una analítica y descartó una infección, deshidratación u otra causa aguda que pudiera explicarlo.

—La enfermedad fluctúa —explicó a Uxía en el pasillo—. Puede haber días mucho peores y después cierta recuperación. También puede establecerse un nivel nuevo de dependencia. No puedo decirte hoy cuál de las dos cosas está ocurriendo.

Dentro, Puri daba de merendar a Carme con el mismo plato, la misma cuchara y el mismo tono de voz de la semana anterior. Solo habían cambiado las pausas. Esperaba más entre cada bocado y repetía las indicaciones sin mostrar impaciencia.

Todo había empezado tres días antes.

Carme despertó de la siesta, entró en la cocina y encontró a Puri preparando café. Se quedó detenida en la puerta, observándola con un miedo tan auténtico que al principio su hermana no comprendió qué ocurría.

—¿Quen é vostede? 1

Puri dejó la cafetera.

No intentó acercarse.

—Son Puri. 2

Carme retrocedió.

—Puri é unha nena. 3

Durante casi una hora, para Carme, su hermana fue una desconocida que conocía demasiado bien la casa.

Puri habló desde el otro lado de la mesa, le explicó que estaba allí para ayudarla y aceptó que Carme no quisiera tocar el café que había preparado.

No la corrigió. No le enseñó fotografías. Esperó.

Después, sin transición visible, Carme observó las manos de Puri y dijo:

—Tes que poñer crema aí. Tes a pel aberta. 4

La había reconocido por una grieta junto al pulgar.

Desde entonces confundía también a Uxía con mayor frecuencia.

Algunas mañanas la llamaba por el nombre de su abuela materna.

Otras le preguntaba cuándo regresaría de la universidad, como si su hija tuviera todavía dieciocho años.

Había momentos en los que comprendía que Xoán había vuelto y otros en que lo situaba dentro de una época distinta.

Él llevaba tres días sin alejarse mucho.

No permanecía pegado a Carme en todo momento.

Había aprendido a dejar espacio a Puri para asearla, a salir al patio cuando su presencia la inquietaba y a regresar sin ofenderse si ella preguntaba quién era.

Pero la acompañaba durante las horas tranquilas: le leía titulares del periódico, doblaba ropa junto a ella o se sentaba sin hablar mientras Carme miraba la ría.

Uxía los encontró una tarde en la sala.

Carme dormitaba en el sillón y Xoán sostenía su mano, sin apretarla, como si temiera despertarla.

—Puedes descansar un poco —dijo Uxía—. Puri y yo estamos aquí.

—Ya lo sé.

—Llevas tres días pendiente de cada movimiento.

Xoán miró a Carme.

—No sé cuánto tiempo nos queda en el mismo lugar.

—Eso no significa que tengas que agotarte.

—No.

Levantó la vista hacia Uxía.

—Pero quedarme ahora es una decisión mía. No una deuda.

La distinción importaba.

—Ella vivió cuarenta años sin darme por muerto —continuó—, pero yo no puedo compensarlos sentándome junto a esta silla. Tampoco puedo recuperar a la mujer que dejé. Solo puedo estar con la que está aquí hoy, aunque hoy no sepa quién soy.

Uxía se sentó al otro lado.

—¿Te duele cuando no te reconoce?

—Sí.

No intentó fingir lo contrario.

—Y cuando me reconoce como si ella aún tuviera treinta y cinco, también. Porque entonces soy yo quien tiene que saber todo lo que ella todavía no sabe en ese momento.

Carme se removió.

Abrió los ojos despacio y miró primero a Xoán. Después a Uxía. Durante unos segundos pareció buscar la semejanza entre ambos rostros, intentando ordenar edades que no podían convivir en el mismo recuerdo.

—Sodes os dous… 5 —empezó.

La frase se perdió.

—¿Somos los dos qué, mamá? —preguntó Uxía con suavidad.

Carme frunció el ceño. Cerró los ojos otra vez.

Uxía creyó que se había dormido cuando su madre volvió a hablar.

—Tíveno claro durante corenta anos. 6

La voz era baja, pero cada palabra llegó completa.

Abrió los ojos y miró a Xoán.

—E agora que o teño diante, xa case non sei nin quen son eu. 7

Ninguno respondió enseguida.

La frase no demostraba que Carme fuera plenamente consciente de todo lo ocurrido. Podía ser un instante de percepción, una emoción que había encontrado palabras o una mezcla de tiempos que, por una vez, coincidía con la verdad. Uxía no quiso interrogarla para descubrirlo.

Xoán llevó la mano de Carme hasta sus labios.

—Ti es Carme. 8

Ella lo miró.

—E ti? 9

El dolor le cruzó el rostro.

—Xoán.

Carme repitió el nombre sin reconocerlo del todo.

—Xoán.

Después apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

Xoán mantuvo su mano entre las suyas.

Uxía observó a sus padres y comprendió que el regreso no estaba ocurriendo una sola vez. Ocurría cada mañana en que Carme lo reconocía, cada tarde en que había que presentarlo de nuevo y cada noche en que Xoán decidía quedarse sin exigirle que recordara.

La brétema había devuelto el cuerpo de Xoán una sola vez.

La enfermedad de Carme hacía que, para ella, aquel regreso tuviera que empezar de nuevo cada día.

1 . ¿Quién es usted? 2 . Soy Puri. 3 . Puri es una niña. 4 . Tienes que ponerte crema ahí. Tienes la piel agrietada. 5 . Sois los dos… 6 . Lo tuve claro durante cuarenta años. 7 . Y ahora que lo tengo delante, ya casi no sé ni quién soy yo. 8 . Tú eres Carme. 9 . ¿Y tú?