El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Fue Manuel quien propuso que se vieran a solas.

No llamó directamente a Xoán. Le pidió a Uxía que le dijera que fuera una tarde a casa de Amparo, sin ella, sin Puri y sin nadie dispuesto a interpretar por ellos lo que ninguno sabía cómo expresar.

Xoán tardó tres días en responder.

Cuando por fin fue, caminó solo hasta el final de la Rúa do Cristal. Era la primera vez que recorría aquella distancia sin compañía desde su regreso. Llevaba el teléfono nuevo en el bolsillo y había comprobado dos veces que sabía cómo llamar a Uxía, pero no la llamó.

Manuel abrió antes de que golpeara por segunda vez.

—No sabía si vendrías.

—Yo tampoco.

Amparo descansaba dentro. Antón se había marchado al taller con la excusa transparente de buscar una herramienta. Los dos hombres se sentaron en el patio, sobre bloques de granito que habían pertenecido a Xesús. Entre ellos quedó el cincel pequeño que Manuel empezaba a utilizar cada mañana.

Durante un rato hablaron de cosas que no importaban: del viento, de la reparación del muro, de un barco nuevo amarrado en O Peirao Vello. Era más fácil hablar del presente cuando ninguno de los dos sabía por dónde entrar en la parte de sus vidas que faltaba.

Fue Xoán quien dejó de fingir primero.

—Uxía me contó lo de la red.

Manuel apoyó las manos sobre las rodillas.

—Nudos gruesos.

—Sí.

—No como los de nuestras nasas.

—No.

La coincidencia quedó entre ellos.

—También recuerdo una manga —continuó Manuel—. La agarré porque pensé que eras tú.

Xoán levantó la vista.

—Yo no recuerdo que me agarraras.

—Por eso no sé si eras tú.

Manuel cerró la mano en el aire.

—No veo a la persona. Solo el tejido. Oscuro, áspero y mojado. A veces creo que era tu chaquetón. Otras pienso que era demasiado viejo. Y cuanto más intento recordarlo, menos sé qué estaba allí y qué añadí después de escuchar lo de Ramón.

Xoán se frotó el rostro.

—¿Pudo ser mi padre?

La pregunta devolvió por un instante a Xoán al niño que nunca había conservado un recuerdo de Ramón.

Manuel no buscó una respuesta amable.

—Pudo ser. También pudiste ser tú, pude agarrarme a mi propia ropa o no haber sujetado a nadie. Y aunque fuera Ramón, solo significaría que coincidimos con él en algún momento. No sabemos cuánto tiempo, ni dónde quedó después, ni siquiera si lo que recordamos ocurrió como creemos.

Xoán miró hacia la casa.

Amparo se movió detrás de una ventana, apenas una sombra cruzando la cortina.

—Quiero pensar que estaba allí.

—Ya lo sé.

—Y tú no.

—Yo quiero no convertir una manga en una persona.

No fue una disputa. Fue el límite que Manuel necesitaba para protegerse.

Xoán asintió.

—Tienes razón.

—No he dicho que no fuera él.

—Eso es peor.

Manuel soltó una risa breve y sin humor.

—Casi todo lo que tenemos es peor que una respuesta.

Volvieron a callar.

El cincel reflejaba una línea de luz sobre la piedra. Manuel lo tomó y lo hizo girar entre los dedos.

—Hay otra cosa de la que tenemos que hablar.

Xoán supo cuál era antes de que continuara.

—Yo era quien mandaba en el barco —dijo—. Bieito nos pidió que esperáramos. Tú llevabas un año conmigo y yo me reí.

Manuel dejó quieto el cincel.

—Yo también me reí.

—Tenías veintidós años.

—Y sabía decir que no.

—Confiabas en mí.

—Sí.

La palabra no lo absolvió.

Xoán bajó la mirada hacia sus manos.

—Te llevé hasta la isla.

—Fuimos juntos.

—Yo elegí salir.

—Yo elegí subir al barco.

Manuel se inclinó hacia delante.

—No conviertas mi decisión en una cosa que me hiciste. Bastante nos ha quitado ya la brétema como para que ahora me quites también la parte de mí que eligió aquella mañana.

Xoán lo miró.

En el hospital, los médicos habían hablado de memoria, edad biológica y desorientación. Nadie había encontrado una forma de repartir la responsabilidad de una decisión tomada cuatro décadas antes por dos hombres que seguían sintiéndola reciente.

—Lo siento —dijo Xoán.

—Yo también.

—¿Por qué tú?

—Porque insistí en ir. Porque quería demostrar que podía aprender más rápido que nadie. Porque pensé que el miedo de Bieito era cosa de viejos.

Manuel apretó los labios.

—Pero sentir culpa no cambia quién decidió qué. Solo nos deja otra cosa que cargar.

Xoán respiró hondo.

—¿Cómo lo llevas?

—¿Qué parte?

—Ser joven aquí. Tener una madre que podría ser tu abuela. Hermanos que parecen tus tíos. Un padre muerto que, para ti, estaba vivo hace unas semanas.

Manuel apoyó el cincel en el bloque.

—Mal. Unos días mejor que otros.

Miró sus manos.

—Amparo dice que un hijo sigue siendo un hijo tenga la cara que tenga.

Pero yo la miro y veo todo lo que se perdió de mí.

Y luego miro a mis hermanos y descubro que ellos también perdieron algo: tuvieron que crecer, cuidar a nuestros padres, enterrar a papá y aprender a hablar de mí en pasado.

Yo llego ahora y parece que mi regreso debería arreglarlo todo.

—No lo arregla.

—No.

—En mi casa tampoco.

Xoán observó la ventana.

—Tengo una hija de cuarenta y cuatro años que casi no me recuerda. Yo la llevo dentro con cuatro. Mi mujer vivió cuarenta años sin darme por muerto y ahora hay días en que me reconoce como si hubiera salido esta mañana y otros en que no sabe quién soy.

—¿Cómo se vive con eso?

Xoán pensó antes de responder.

—Lo perdido no se recupera. Se vive desde donde ha quedado la vida.

Manuel asintió.

Aquella frase no ofrecía consuelo, pero tampoco prometía una reparación imposible.

—A veces me da miedo que, si empiezo a estar bien aquí, sea como aceptar la pérdida de esos cuarenta años —dijo—. Como si estuviera diciendo que no importan.

—Estar vivo no los vuelve justos.

Xoán dejó las manos abiertas sobre las rodillas.

—Solo significa que todavía tenemos tiempo para decidir qué hacemos con lo que queda.

Amparo apareció en la puerta con dos tazas de café.

—Non quería interrompervos 1 —dijo, aunque llevaba varios minutos escuchando desde dentro.

Dejó las tazas y acarició el hombro de Manuel antes de volver a la casa. Xoán siguió el gesto con la mirada.

—Mi madre murió sin verme volver —dijo.

—Ya.

—La tuya todavía puede tocarte.

Manuel rodeó la taza con ambas manos.

—Por eso me da miedo ir a la isla.

Xoán no intentó persuadirlo.

—Ve cuando quieras. O no vayas.

—¿Y tú?

—Yo ya he ido.

—No me refiero a la roca.

Manuel levantó la vista.

—Me refiero a si vas a seguir buscando a Ramón aunque no podamos saber si continúa dentro de la brétema.

Xoán tardó en responder.

—Voy a intentar saber qué ocurrió. No sé todavía si eso es lo mismo que buscarlo.

La distinción era frágil, pero necesaria.

Al despedirse no se abrazaron. Se dieron la mano, un apretón largo que no cerraba nada y, precisamente por eso, prometía que habría otra conversación.

Cuando Xoán regresó a Casa Freire, Uxía estaba en la cocina. No preguntó qué habían dicho. Había aprendido que acompañar no siempre consistía en pedir explicaciones.

Xoán se sentó frente a ella.

—Hablamos de la manga.

—¿Recordasteis algo nuevo?

—No. Y eso también es una respuesta.

Uxía esperó.

—Ninguno sabe de quién era —continuó—. Tampoco sabemos cuánto de lo que recordamos estaba realmente allí.

—¿Estás bien?

—No.

Lo dijo sin suavizarlo.

Después miró el teléfono sobre la mesa y añadió:

—Pero estoy menos solo que ayer.

Uxía asintió.

No era poco.

1 . No quería interrumpiros.