CAPÍTULO 19
—Ya has preguntado a los papeles, a los testigos y a las piedras —dijo Puri cuando Uxía le contó lo del botón—. Ahora pregunta a quien conserva las historias.
—¿A quién?
El nombre despertó en Uxía una imagen vaga: una mujer pequeña que alguna vez había visto en misa o entrando en una tienda, siempre vestida de oscuro.
—Es la bisnieta de Manuela Pardo —explicó Puri—. La mujer con la que empezó todo esto, la que dijo que no había sido el mar quien se llevó a Amaro. La historia pasó de su bisabuela a su abuela, de su abuela a su madre y después a ella.
—Eso no significa que sepa qué ocurre.
—No. Significa que sabe qué decía la gente antes de que nosotros empezáramos a buscar palabras más modernas.
Puri llamó por teléfono antes de que Uxía subiera hasta A Punta Meiga. Avoa Manuela ya no bajaba con frecuencia al pueblo y agradecía que no aparecieran desconocidos sin aviso.
La casa era más pequeña de lo que Uxía había imaginado. Estaba construida directamente sobre la roca, con muros gruesos, ventanas estrechas y un tejado que el viento había oscurecido. Desde el sendero se veía toda la bocana de la ría y A Illa dos Corvos, baja y negra en medio del agua.
Avoa Manuela abrió después del segundo golpe.
Era una mujer menuda, cercana a los ochenta años, con el pelo blanco recogido en un moño y unas gafas sujetas por una cadena. No había nada sobrenatural en ella. Llevaba un mandil manchado de harina y sostenía un paño de cocina.
—Puri me dijo que vendrías —dijo—. Pasa antes de que se enfríe la casa.
La sala olía a leña, cera y pan recién hecho. Sobre una cómoda había varias fotografías familiares y un cuaderno de tapas negras, abombado por la humedad.
Avoa Manuela señaló una silla junto a la ventana.
—Desde ahí se ve mejor la isla. No significa que se entienda.
Uxía se sentó.
—Puri dice que conservas lo que contaba tu bisabuela.
—Conservo lo que mi abuela decía que le había contado su madre. No es lo mismo que haberla oído.
La precisión le gustó a Uxía.
—Las historias familiares cambian.
—Sí. Por eso escribí las versiones que recibí, incluso cuando se contradecían.
Avoa Manuela tocó el cuaderno negro.
—No son pruebas. Son memoria.
Uxía le relató el hallazgo de la pieza con las iniciales y del botón, las circunstancias en las que los había encontrado y las precauciones que había tomado. No omitió que Xoán había envejecido unos cuatro años mientras los objetos parecían haber soportado una exposición mucho más prolongada.
La anciana escuchó sin asentir, sin dar a entender que aquellas descripciones confirmaran una verdad que ya conocía. Hizo preguntas: dónde estaba cada objeto, si alguno seguía unido a cuero, madera o tela, si la marea alcanzaba la grieta, si alguien había analizado la corrosión.
—Todavía no —respondió Uxía—. Buscaré a un especialista.
—Bien.
Avoa Manuela se levantó, tomó el cuaderno y volvió a sentarse.
—Mi bisabuela no sabía nada de metales ni de tiempos distintos. Hablaba con las palabras que tenía.
Abrió varias páginas escritas con tintas diferentes.
—Decía que la brétema no trataba igual a una persona que a las cosas que llevaba encima.
—¿De qué manera?
—Según ella, lo vivo seguía un camino y lo que se desprendía regresaba al camino del mundo.
Uxía frunció el ceño.
—Eso podría explicar que el botón envejeciera aquí mientras Xoán no lo hacía al mismo ritmo.
—Podría servirte como imagen —corrigió Avoa Manuela—. No como explicación.
Pasó un dedo por una línea del cuaderno.
—Mi abuela lo expresaba así: «A néboa garda o que aínda pode escoller. O que xa non escolle cae fóra dela». 2
—Un botón no elige.
—Ni recuerda, ni teme, ni espera.
Avoa Manuela se encogió de hombros.
—Las mujeres de mi familia no pretendían describir una ley física. Intentaban explicar por qué a veces se encontraba una cuerda, una hebilla o un trozo de madera años después y no aparecía la persona.
—¿Se encontraron más objetos?
—Hay historias. Ninguna tan bien documentada como estos dos hallazgos.
La anciana enumeró dos relatos sin nombres completos: una hebilla hallada en una playa décadas después de una desaparición y un cabo marcado que apareció en una nasa. En ambos casos, la relación con la brétema dependía de recuerdos transmitidos y no podía comprobarse.
Uxía agradeció que no intentara convertirlos en certezas.
—¿Carme vino a verte en 1985?
Avoa Manuela cerró el cuaderno.
—Vino a ver a mi madre. Yo estaba aquí.
Miró hacia la cocina, como si pudiera reconstruir la escena.
—Preguntó si Xoán regresaría. Mi madre le dijo que no lo sabía. Carme siguió preguntando hasta que encontró una frase a la que pudiera aferrarse: mientras no hubiera cuerpo, no había final.
—Eso no era una profecía.
—No. Era una mujer intentando que otra pudiera levantarse al día siguiente.
La respuesta situaba aquella visita de Carme en un terreno humano, lejos de cualquier don o certeza sobrenatural.
Uxía sacó una fotografía de la pieza.
—Si esto perteneció a Ramón, ¿qué dice de él?
Avoa Manuela observó las iniciales.
—Dice que en esa roca encontrasteis una pieza con unas iniciales que coinciden con las suyas.
—Nada más.
—Nada demostrable.
La anciana devolvió la fotografía.
—Si quieres la respuesta de mi bisabuela, habría dicho que aquella pieza cayó del lado del tiempo corriente mientras Ramón siguió a la deriva en la brétema. Pero eso es una forma de hablar, no una noticia que yo pueda darte sobre un hombre desaparecido antes de que naciera.
—¿Podría seguir vivo?
—No lo sé.
Avoa Manuela pronunció la respuesta sin alimentar la esperanza ni negarla.
—Y no conviertas una historia heredada en una promesa para Xoán. Tu padre ya tiene bastante con haber recuperado la pregunta por su propio padre.
Uxía miró la isla a través del cristal.
—¿Qué significa «a la deriva»?
—No necesariamente flotando en el mar. Mi familia utilizaba esas palabras para alguien que ya no estaba en nuestro tiempo y tampoco encontraba el camino de vuelta.
—¿Para siempre?
La anciana tardó en responder.
—Las historias dicen que algunas desapariciones no terminan. Pero ninguna historia puede demostrar cuándo una persona dejó de estar viva.
Aquella era la frontera exacta que Uxía necesitaba conservar.
Avoa Manuela le permitió copiar la frase del cuaderno, junto con la cadena familiar por la que había llegado hasta ella.
Después hablaron de Amaro Cebreiro, de las versiones que habían cambiado y de cómo el miedo del pueblo había convertido a Manuela Pardo en meiga cuando probablemente había sido solo la primera mujer dispuesta a nombrar lo que los demás evitaban.
—¿Crees en la brétema? —preguntó Uxía antes de marcharse.
Avoa Manuela sonrió.
—Creo que dos hombres desaparecieron y regresaron cuarenta años después casi con la misma edad. La palabra que utilices para eso no cambia el hecho.
—¿Y en lo que decía tu bisabuela?
—Creo que las metáforas sirven para vivir junto a preguntas que la razón todavía no puede responder. El problema empieza cuando las confundimos con respuestas.
Uxía bajó a Corvoeira una hora después.
No llevaba datos nuevos sobre el funcionamiento de la brétema. Llevaba una tradición oral cuidadosamente delimitada y una frase capaz de acompañar el hallazgo sin explicarlo.
Cuando entró en Casa Freire, encontró a Xoán sentado junto a Carme, cosiendo un botón nuevo en una chaqueta de punto.
Lo hacía con dedos torpes pero pacientes. Carme vigilaba la aguja como si aquella escena hubiera ocurrido cientos de veces.
—Sempre coses torto 3 —dijo.
—Y tú siempre te quejas antes de que termine.
—Porque xa sei como vai quedar. 4
Xoán sonrió.
Durante unos segundos ninguno pareció estar en el año equivocado. Carme no necesitaba recordar cuarenta años; Xoán no necesitaba comprenderlos. Solo había una aguja atravesando lana, un botón nuevo y dos personas que conocían de memoria la manera de discutir por una costura.
Uxía se quedó en la puerta.
Pensó en la frase del cuaderno: la niebla guarda lo que todavía puede elegir.
No sabía si decía algo verdadero sobre la brétema.
Sí sabía que Xoán seguía eligiendo: aprender a usar un teléfono, volver a la isla, coser una chaqueta, sentarse junto a una mujer que algunas tardes lo reconocía y otras no.
Esta vez no abrió la libreta.
No todo lo que importaba tenía que convertirse de inmediato en una prueba.
1 . Abuela Manuela. 2 . La niebla guarda lo que todavía puede elegir. Lo que ya no elige cae fuera de ella. 3 . Siempre coses torcido. 4 . Porque ya sé cómo va a quedar.