CAPÍTULO 18
Bieito comprobó la previsión tres veces antes de aceptar una fecha.
—Presión estable, viento del norte, buena visibilidad y marea de poca amplitud —dijo por teléfono—. No se parece a ninguna de las mañanas que conocemos.
—Eso no significa que sea seguro.
—No. Significa que no tenemos una razón concreta para cancelar.
La diferencia importaba.
Antes de salir, Uxía comunicó a Breogán la ruta y la hora prevista de regreso. Bieito revisó la radio, el combustible y los chalecos. Xoán guardó en un bolsillo interior la fotografía de Ramón, pero dejó la pieza en Casa Freire.
—No quiero perder lo único que podría ser suyo en el mismo lugar donde apareció —explicó.
La Dolores abandonó O Peirao Vello a media mañana.
El sol estaba alto y el viento rizaba la superficie. El mar no tenía nada de aquella calma compacta que Bieito resumía diciendo que estaba demasiado quieto. Xoán viajó en la proa, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la vista fija en A Illa dos Corvos.
—¿Estás bien? —preguntó Uxía cuando empezaron a distinguirse las grietas de las rocas.
—No lo sé.
No podía dar una respuesta más honesta.
Bieito redujo la velocidad antes de aproximarse a la plataforma natural de la cara norte. Permaneció unos segundos escuchando el motor y observando las pequeñas crestas del agua.
—Si algo cambia, volvemos a bordo —dijo—. No esperamos a descubrir por qué.
Nadie discutió.
Desembarcaron por turnos. Xoán fue el último. Al apoyar las botas en la piedra se quedó inmóvil, no por una revelación súbita, sino por la acumulación de recuerdos ordinarios.
Miró la argolla de amarre, la pendiente hacia la roca alta y una poza donde se movían dos cangrejos diminutos.
—Aquí veníamos a calar —dijo.
—¿Lo recuerdas de la brétema? —preguntó Uxía.
—No. De antes.
Señaló el canal de agua al este.
—Las nasas se dejaban más allá de esa línea oscura. Si las acercabas demasiado, se enganchaban en el fondo. Una vez Manuel perdió dos y no se atrevió a decírmelo hasta que llegamos al puerto.
El recuerdo pertenecía al mundo normal. Tenía lugar, secuencia y una anécdota completa. Xoán sonrió al contarlo y el rostro se le endureció al comprender que aquel día estaba a cuarenta años de distancia para todos menos para él.
Avanzaron hacia la grieta donde Uxía había encontrado la pieza marcada con las iniciales R. F. O.
Xoán se agachó frente a la cavidad. No tocó nada.
—¿Estaba aquí?
Uxía le mostró la fotografía tomada antes de retirar el metal y señaló la marca clara dejada por la piedra desplazada.
—Justo ahí.
Xoán apoyó una mano sobre la roca superior.
—No recuerdo este sitio desde dentro.
—No tienes que hacerlo.
—Pero una parte de mí esperaba que, al llegar, todo apareciera.
—Quizá no haya nada que pueda aparecer como un recuerdo normal.
Xoán miró el agua respirando dentro de la grieta.
—Eso es lo que más cuesta aceptar. Que mi cuerpo haya atravesado algo que mi cabeza no vivió.
Bieito se había alejado unos pasos, vigilando el mar y el cielo con una atención que no abandonó en ningún momento.
—No os separéis —dijo.
Continuaron bordeando la roca alta.
Xoán se detuvo frente a una repisa donde la hierba había crecido entre piedras pequeñas. Miró alrededor, volvió sobre sus pasos y se agachó.
—Aquí había una hendidura más profunda.
Bieito se acercó.
—Los temporales la han llenado de grava.
—Yo me sentaba aquí a reparar los cabos.
La seguridad con la que lo dijo no procedía del trance. Había trabajado en aquella isla durante años antes de desaparecer.
Xoán apartó con cuidado una rama seca. Debajo apareció un pequeño disco de metal, casi confundido con la tierra rojiza.
Uxía levantó una mano.
—Espera.
Fotografió el objeto sin moverlo. Colocó la cinta métrica, tomó una imagen general de la repisa y anotó la ubicación. Después se puso los guantes y retiró los guijarros que lo rodeaban.
Era un botón de chaquetón, oxidado y deformado en los bordes. Una de sus caras conservaba restos de una superficie más oscura. En el reverso, bajo la costra rojiza, se distinguía una incisión en forma de cruz.
Xoán dejó escapar el aire.
—Era mío.
Uxía no levantó todavía la pieza.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Por la cruz.
Se arrodilló a su lado.
—Uno de los botones del chaquetón se aflojaba siempre. Le hice esa marca con la punta de la navaja para distinguirlo cuando lo llevaba a coser. Carme decía que era una tontería porque todos los botones eran iguales.
Bieito observó la incisión.
—Recuerdo la marca.
—¿Estás seguro? —preguntó Uxía.
—Recuerdo haberme reído de él porque arañaba el metal cada vez que se aburría en cubierta. No puedo jurar que sea el mismo botón, pero esa cruz estaba en uno de los suyos.
Uxía retiró el botón y lo colocó en un sobre distinto al de la pieza con las iniciales.
Xoán miró la corrosión.
—No parece haber estado aquí solo cuatro años.
—No podemos fecharlo mirándolo —dijo Uxía—. La sal puede destruir un metal muy deprisa o conservarlo de manera desigual. Tendrá que verlo alguien que sepa.
—Pero si el análisis confirma que lleva aquí desde 1985…
No terminó.
La pregunta se instaló entre los tres.
El cuerpo de Xoán había envejecido aproximadamente cuatro años durante cuatro décadas exteriores. Aquel botón se había separado de él en algún momento y, si llevaba en la isla desde la desaparición, había soportado el tiempo ordinario: lluvia, sal, mareas y temporales.
—Entonces una cosa que dejó de estar unida a mí volvió al tiempo de fuera —dijo Xoán.
—Sería una posibilidad —respondió Uxía—. No una explicación completa.
Xoán observó el sobre.
—El botón envejeció por mí.
La frase no era científica. Tampoco pretendía serlo.
Bieito levantó la cabeza.
Una nube fina cruzó por delante del sol. La luz se volvió gris durante unos segundos. El viento continuaba soplando, pero él ya estaba recogiendo la mochila.
—Nos vamos.
—Solo es una nube —dijo Xoán.
—Ya hemos encontrado suficiente.
Bieito no parecía creer que la nube anunciara nada extraordinario. Parecía reconocer su propio límite.
Uxía guardó el sobre en la bolsa impermeable.
Regresaron a la plataforma de amarre sin seguir buscando. Mientras Bieito soltaba el cabo, Xoán volvió la vista hacia la repisa.
—No siento nada —dijo—. Ni miedo, ni reconocimiento. Solo que este lugar me pertenece un poco y yo ya no le pertenezco a él.
Bieito arrancó el motor.
—Mejor así.
La Dolores se separó de la isla.
Durante la travesía, Xoán mantuvo una mano sobre la bolsa donde viajaba el botón, no para apropiarse del hallazgo, sino como quien protege una parte desprendida de sí mismo.
Al llegar al puerto, Manuel los esperaba junto a la rampa.
No preguntó si habían encontrado algo. Miró sus caras y comprendió que sí.
Xoán le mostró la fotografía del botón en el teléfono.
Manuel amplió la cruz con dos dedos, un gesto que una semana antes ninguno de los dos habría sabido realizar.
—¿Lo recuerdas? —preguntó Xoán.
—No.
Manuel devolvió el aparato.
—Pero recuerdo tu chaquetón. Le faltaba un botón cuando aparecimos en el agua.
Uxía sintió un nuevo escalofrío.
—¿Estás seguro?
Manuel cerró los ojos.
—No. Solo sé que al agarrarte la ropa noté un hueco. Puede ser esto o puede ser algo que estoy fabricando ahora.
Xoán no intentó convencerlo.
—Cuando quieras ir —dijo—, iremos contigo.
Manuel miró hacia A Illa dos Corvos.
—Todavía no.
Pero aquella vez el todavía sonó distinto.