El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Puri propuso vinagre en cuanto vio la costra del metal.

—Mi madre limpiaba así las piezas de cobre.

Uxía apartó el sobre antes de que pudiera buscar una botella.

—No voy a tocarla hasta que alguien que entienda de metales me diga cómo hacerlo.

—¿Desde cuándo eres tan prudente?

—Desde que esto puede ser el único indicio material relacionado con Ramón.

La frase dejó a Puri inmóvil.

Uxía extendió sobre la mesa las fotografías tomadas en la isla. En una de ellas se distinguían las iniciales bajo la corrosión; en otra, la pieza aparecía aún encajada entre las piedras, junto a la cinta métrica.

Bieito acudió aquella misma tarde.

No necesitó que limpiaran la pieza para reconocer la forma.

—Por la forma, podría ser una pequeña pieza metálica de la cacha de una navaja, quizá un remache. Las buenas llevaban a veces una pieza así con las iniciales. Mi padre tenía una. Yo también.

—¿Puedes asegurar que era de Ramón?

—No.

Bieito no permitió que el deseo sustituyera a la memoria.

—Nunca vi su navaja. Pero las letras coinciden y el modelo encaja con la época. Eso es todo lo que puedo decir.

Uxía anotó la hipótesis de identificación en el sobre.

No se lo enseñó a Xoán hasta quedarse a solas con él.

Lo encontró en el patio trasero, reparando el cierre de una caja de madera. Había colocado el teléfono nuevo a su lado y, de vez en cuando, comprobaba que la pantalla seguía mostrando únicamente la hora.

—Encontré algo en la isla —dijo Uxía.

Xoán dejó el destornillador.

No preguntó primero si ella estaba bien. Miró la bolsa impermeable con la atención inmediata que ya dedicaba a cualquier objeto capaz de contener una parte de su pasado.

Uxía se sentó junto a él.

—Antes de enseñártelo quiero ser clara. No sabemos con certeza qué es, cuánto tiempo llevaba allí ni cómo llegó. Bieito cree que puede ser una pieza del mango de una navaja antigua.

Sacó el sobre y le mostró la fotografía, no el metal desnudo.

—Tiene tres iniciales: R. F. O.

Xoán leyó las letras.

—Ramón Freire Otero.

No fue necesario que ella pronunciara el nombre.

Uxía abrió el sobre y depositó la pieza sobre un paño limpio. Xoán no la cogió enseguida. Se inclinó, observando el borde biselado y las costras de corrosión.

—¿Dónde estaba?

—En la cara norte de la roca más alta, junto a la grieta donde Bieito vio la forma. Un temporal había desplazado una piedra y dejado la pieza al descubierto.

Xoán extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

—Por los bordes. Mejor con esto.

Le ofreció unos guantes limpios.

Xoán se los puso sin protestar. Cogió la pieza y la sostuvo bajo la luz.

—No la reconozco.

Su voz contenía decepción y alivio al mismo tiempo.

—No sería extraño que no la reconocieras —dijo Uxía—. Tu padre desapareció cuando tenías un año.

—Pero recuerdo su barba. Y cómo arrastraba la pierna.

—Recuerdas fragmentos que podrían pertenecer al tiempo dentro de la brétema. Eso no convierte todos los objetos relacionados con él en recuerdos tuyos.

Xoán giró la pieza.

—Al tocarla siento lo mismo que con la fotografía. Como si algo estuviera a punto de abrirse y no llegara.

—Una sensación no es una prueba.

—Ya lo sé.

Xoán asintió. Ambos habían empezado a aprender que la honestidad consistía muchas veces en no obligar a los huecos a llenarse.

—Si esto era suyo —dijo—, ¿qué demuestra?

—Que en la isla apareció un objeto con las mismas iniciales que Ramón. Puede que lo llevara él. Puede que apareciera en una red, en una caja o arrastrado por el mar. La ubicación lo vuelve importante, pero no demuestra que Ramón siguiera vivo en 1985.

—Tampoco demuestra que no.

—No.

Xoán dejó la pieza sobre el paño.

—Quiero ir.

Uxía había esperado la frase desde que vio las iniciales.

—Lo sé.

—No para entrar en ninguna niebla. Quiero pisar el lugar, ver dónde apareció y recordar lo que pueda recordar sin que nadie me lo cuente antes.

—No sabemos si es seguro.

—Tampoco Bieito puede saberlo.

—Precisamente.

Xoán se quitó los guantes.

—No quiero que decidas por mí, Uxía. Ya hay demasiadas personas diciéndome qué puedo soportar porque mi vida se ha vuelto imposible de explicar.

La frase encontró el punto exacto donde ella no podía defenderse.

Había reprochado a Puri, a Carme y a Bieito haberla protegido mediante silencios. No podía utilizar ahora el miedo para cerrar a su padre el camino de regreso a un lugar que pertenecía a su propia historia.

—No voy a decidir por ti —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que no me preocupa.

—Eso sí puedes hacerlo.

Acordaron hablar con Bieito, consultar la previsión de varios días y avisar a Breogán de la ruta, la hora de salida y la de regreso. Llevarían radio, chalecos, agua, un botiquín y abandonarían la isla ante cualquier cambio de viento, visibilidad o estado del mar.

No eran garantías.

Eran únicamente las precauciones disponibles frente a algo cuyas reglas todavía desconocían.

—Manuel debería decidir si quiere venir —añadió Xoán.

Fueron juntos a preguntárselo.

Manuel escuchó la historia en la cocina de Amparo, con Antón sentado al otro extremo de la mesa y la madre dormida en la sala.

Observó la fotografía de la pieza durante mucho tiempo.

—No —dijo finalmente.

Xoán pareció sorprendido.

—¿No quieres verla?

—Sí. Pero todavía no.

Manuel se frotó la muñeca donde recordaba el roce de la red.

—Acabo de volver a esta casa. Mi madre se despierta algunas mañanas creyendo que me ha soñado. No puedo decirle ahora que voy a subir a la misma isla que me quitó cuarenta años.

—No tienes que explicárselo así —dijo Xoán.

—Yo sí.

Manuel levantó la vista.

—Si vuelvo, será cuando pueda decidirlo por algo más que por miedo a que tú vayas sin mí.

Xoán asintió despacio.

No intentó convencerlo.

Al salir, dijo:

—Siempre fue más sensato que yo.

—Tenía veintidós años y se subió a tu barco pese a la advertencia de Bieito.

—He dicho más sensato. No completamente sensato.

Uxía sonrió, pero la ligereza duró poco.

Esa noche, Xoán pidió guardar la pieza en la caja donde Carme había conservado su cartera y su reloj. La dejó dentro del sobre, sin limpiarla, junto a la fotografía de Ramón.

Antes de cerrar la tapa, apoyó dos dedos sobre las iniciales visibles a través del plástico.

—No sé si esto es de él —dijo—. Pero por primera vez tengo algo que puedo mirar sin tener que inventarme una cara.

Uxía no le recordó que la cara estaba en la fotografía.

Comprendió que hablaba de otra cosa: no de reconocer a Ramón, sino de aceptar que había existido fuera de las historias de los demás.