El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Antes de volver a hablar con Bieito, Uxía abordó una de las cuestiones que llevaba varios días anotadas en su libreta: hablar con Manuel sin que Xoán estuviera delante.

Lo encontró en el patio de Amparo, sentado sobre un bloque de granito que uno de sus hermanos había dejado allí muchos años atrás.

Tenía entre las manos un cincel pequeño que Antón le había prestado y lo hacía girar despacio, probando el peso y el equilibrio, como si aquel objeto pudiera devolverle un lugar dentro de una familia que había envejecido sin él.

Algunos de sus hermanos ya tenían nietos de su misma edad aparente.

Detrás de él, apoyadas contra el muro, había varias piezas de piedra a medio labrar. Manuel las miraba de vez en cuando con la atención de quien reconoce un idioma que nunca llegó a aprender del todo.

—Mi hermano Antón me enseñó a sujetar uno de estos cuando yo era un crío —dijo al verla—. Cuando desaparecí, él tenía veintiocho años. Ahora tiene sesenta y ocho y sigue corrigiéndome la postura.

Sonrió apenas.

Uxía se sentó en otro bloque, dejando entre ambos la distancia suficiente para que la conversación no pareciera un interrogatorio.

—Quería preguntarte por la brétema. Por lo poco que recuerdas.

La sonrisa desapareció, pero Manuel no se cerró. Miró hacia la ventana de la cocina. Amparo se movía detrás de la cortina, ocupada en una tarea que no necesitaba hacerse con tanta lentitud.

—No recuerdo tiempo —dijo—. Ni días, ni hambre, ni haber dormido. Para mí salimos en el barco y después estaba tragando agua cerca de la isla.

—¿No hay nada entre las dos cosas?

—Fogonazos.

Manuel apoyó el cincel sobre las rodillas.

—Frío. Una respiración que no sabía si era la mía. Y una red mojada rozándome la muñeca. Los nudos eran muy gruesos, más que los de las nasas que llevábamos.

Uxía sintió que la espalda se le enderezaba.

—Xoán ha descrito una red igual.

Manuel levantó la vista.

—¿Él también?

—Sí. No te lo había contado porque quería escuchar lo que recordabas sin darte ninguna imagen antes.

Manuel bajó los ojos hacia su muñeca, como si todavía pudiera encontrar allí la marca de la cuerda.

—Entonces no me la inventé.

No sonó aliviado. Sonó más asustado.

—Que los dos recordéis algo parecido no significa que sepamos qué era —advirtió Uxía—. Solo que existe una coincidencia.

—Ya.

—¿Recuerdas a alguien más? ¿Una voz, una cara, una forma?

Manuel negó despacio.

—Recuerdo agarrar una manga. Pensé que era Xoán porque entramos juntos. Pero no vi a quién pertenecía.

Cerró la mano, atrapando una tela que ya no estaba.

—A veces sueño que el paño era demasiado áspero y viejo para ser su chaquetón. Otras veces pienso que añadí eso después, cuando me contaron lo de Ramón. Ya no sé distinguir qué estaba allí y qué puso mi cabeza al despertarme.

Uxía no abrió la libreta.

—¿Has hablado de esto con Xoán?

—Todavía no.

Manuel acarició con el pulgar el borde romo del cincel.

—Cada vez que nos vemos acabamos hablando de los muertos. De su padre, del mío, de los años de nuestras madres. Algún día tendremos que hablar de lo que nos pasó a nosotros.

—Quizá recordar juntos os ayude.

—O quizá terminemos fabricando el mismo recuerdo.

Uxía lo miró. La cautela de Manuel era más lúcida de lo que muchos testigos conservaban después de un accidente corriente.

—También puede ocurrir —admitió.

Manuel levantó el cincel y volvió a colocarlo entre los dedos.

—Antón dice que aprieto demasiado. Que la piedra no se obliga; se escucha.

—¿Te gusta?

Manuel observó las piezas apoyadas contra el muro.

—Todavía no lo sé. Pero aquí todos recuerdan quién era yo antes de que me fuera. Quizá aprender esto me ayude a descubrir quién puedo ser ahora.

Uxía se marchó con una coincidencia nueva y ninguna certeza. Xoán y Manuel recordaban la misma red; Manuel añadía una manga sin dueño. Podía pertenecer a Xoán, a Ramón o a un recuerdo construido después. Dos recuerdos coincidían sin llegar a formar una escena.

Dos días después de su segunda conversación con Bieito, fue él quien la llamó.

—Si sigues queriendo ver la isla, mañana dan buen tiempo —dijo sin saludar—. Viento del norte, visibilidad limpia y marea bajando a media mañana.

Uxía tardó un segundo en responder.

—Pensé que no querías volver.

—No quiero.

—Entonces no tenemos que ir.

—Tú irás de todos modos cuando encuentres otra barca.

La conocía mejor de lo que ambos habrían admitido.

—No pensaba hacerlo a escondidas.

—Eso mismo pensé yo en el ochenta y cinco antes de salir de noche.

El silencio dejó claro por qué había cambiado de opinión.

—A las nueve y media en O Peirao Vello —dijo Bieito—. Y si el mar no me gusta, damos la vuelta sin discutir.

—De acuerdo.

—Lleva calzado que se agarre a la roca. No esas botas de ciudad.

La llamada terminó antes de que Uxía pudiera defender sus botas.

A la mañana siguiente, la Dolores salió del puerto bajo un sol pálido de noviembre. Era una embarcación pequeña, con el nombre desconchado en la proa y un motor cuyo ronroneo Bieito parecía conocer mejor que su propia respiración.

Uxía llevaba chaleco salvavidas, una mochila impermeable, el móvil protegido dentro de una funda y una bolsa con guantes, sobres limpios y cinta métrica. No esperaba encontrar nada. Precisamente por eso había decidido prepararse.

—Tu padre y yo hicimos este trayecto cientos de veces —dijo Bieito, sin apartar la vista del rumbo—. Antes de que se convirtiera en el lugar del que nadie habla.

A Illa dos Corvos creció lentamente frente a ellos.

Vista de cerca no tenía nada de extraordinario.

Era una acumulación de roca gris, líquenes, hierba baja y excrementos de cormoranes.

Los pájaros levantaron el vuelo cuando la embarcación se acercó a la cara norte.

El agua golpeaba las piedras con un sonido corriente.

El viento movía el cabello de Uxía y hacía vibrar la tela del chaleco.

Había esperado sentir algo: presión en el pecho, frío repentino, una advertencia física que justificara ciento veinticuatro años de miedo.

No sintió nada.

—¿Es esta? —preguntó, casi decepcionada de sí misma—. ¿Esta es la isla?

—Esta es.

Bieito redujo la velocidad y señaló una plataforma natural, baja y relativamente plana.

—Desembarcamos ahí. Solo con la marea como está ahora.

Amarró la Dolores a una argolla vieja clavada en la roca. Bajó primero, comprobó el apoyo y ayudó a Uxía a saltar. La piedra estaba húmeda aunque no la alcanzaran las olas.

—¿Has venido muchas veces desde aquella noche? —preguntó ella.

—De día, sí. A pescar alrededor, a revisar aparejos, alguna vez a subir. Durante años me obligué a hacerlo para demostrarme que seguía siendo solo una isla.

—¿Funcionó?

Bieito miró hacia la roca más alta.

—La mayoría de las veces.

Avanzaron despacio por la cara norte. Bieito señaló la grieta donde había visto la forma durante la niebla breve de 1985. Con plena luz era una hendidura estrecha que descendía hasta el agua. La marea respiraba dentro de ella, llenándola y vaciándola con un sonido hueco.

Uxía fotografió la grieta desde varios ángulos y registró la hora.

—Con niebla no podía distinguir esto —dijo Bieito—. Solo sabía que la roca estaba cerca y que algo oscuro se movía delante.

—¿Por qué crees que ocurre aquí?

—No sé si ocurre por la isla o si la isla es únicamente el lugar donde podemos verlo.

Se encogió de hombros.

—Mi padre se lo preguntó. El suyo también. Todos acabamos inventando respuestas porque la ignorancia pesa más cuando se hereda.

Uxía descendió con cuidado hacia una repisa protegida del oleaje. Había algas secas, conchas rotas y piedras pequeñas acumuladas en una cavidad. Una de las rocas superiores mostraba una línea limpia en la base, como si se hubiera desplazado hacía poco.

—Esto se ha movido —dijo.

Bieito se agachó.

—Los temporales de la semana pasada arrancaron media escollera del puerto. Aquí también debió de golpear fuerte.

Fue entonces cuando Uxía vio el metal.

Aparecía apenas un borde ovalado entre dos piedras, junto a un manojo de raíces secas. No tenía el color brillante de algo reciente. Era oscuro, con costras verdosas y rojizas, pero su forma regular no pertenecía al paisaje.

—No lo toques todavía —dijo.

Bieito la miró con sorpresa.

Uxía fotografió el objeto donde estaba, primero con una referencia amplia y después junto a la cinta métrica. Anotó la ubicación aproximada en el móvil. Se puso los guantes y retiró únicamente los guijarros sueltos, sin raspar la superficie.

La pieza salió con facilidad.

Era una pequeña placa ovalada, posiblemente un remache o una pieza perteneciente al mango de alguna herramienta. En una cara había letras grabadas. La corrosión las cubría en parte, pero la luz lateral permitía distinguirlas sin limpiar el metal.

Uxía inclinó la pieza.

—Hay tres iniciales.

Bieito se acercó sin tocarla.

—¿Cuáles?

Uxía amplió la fotografía en la pantalla.

R. F. O.

Sintió que el corazón le golpeaba en la garganta.

—Ramón Freire Otero.

Bieito dejó de respirar durante un instante.

—Puede haber más hombres con esas iniciales.

—Sí.

Uxía se obligó a pronunciar la objeción antes de convertir el hallazgo en una certeza.

—Y la pieza pudo llegar aquí con una corriente, una red o cualquier otra cosa. Aún no sabemos qué es ni de cuándo.

Bieito miró la grieta, el metal y después el mar.

—Pero estaba justo donde vi la forma.

La coincidencia no probaba nada.

Tampoco podía ignorarse.

Uxía colocó la pieza en un sobre limpio, anotó la fecha, la hora y el punto del hallazgo, y guardó el sobre en la bolsa impermeable.

—¿Cómo no la encontraste antes? —preguntó.

Bieito señaló la marca clara bajo la roca desplazada.

—Porque hasta el último temporal estaba enterrada.

Regresaron a la Dolores sin continuar buscando.

Durante la travesía de vuelta, Corvoeira se acercó poco a poco mientras la isla se hacía pequeña a su espalda. Uxía mantuvo la bolsa sobre las rodillas.

Había ido a conocer un lugar.

Regresaba con un objeto que podía haber pertenecido a un hombre desaparecido setenta y ocho años antes.

Y con la certeza más limitada de que, por primera vez, habían encontrado en la isla un objeto antiguo marcado con las mismas iniciales que Ramón Freire Otero.