El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Bieito abrió la puerta con menos sorpresa de la que Uxía esperaba.

—Otra vez tú.

—Otra vez yo.

Uxía no llevaba la libreta en la mano. La había guardado en el bolso antes de bajar del coche, no para fingir que aquella conversación carecía de consecuencias, sino para dejar claro que no pensaba empezar escribiendo.

—¿Puedo pasar?

Bieito se apartó.

Se sentaron en la misma cocina. El cenicero estaba vacío, pero olía a tabaco reciente. Sobre la mesa había una taza con café frío y el auricular del teléfono fijo descolgado junto al aparato.

—Breogán me llamó —dijo Bieito—. Quería saber si recordaba por qué amplié la declaración el diecisiete de noviembre.

Uxía miró el auricular.

—¿Y lo recuerdas?

—Claro que lo recuerdo. Elixio me pidió que precisara desde dónde vi cómo la niebla ocultaba el barco y cuánto tardó en llegar al muelle. Declaré por la tarde.

La respuesta resolvía una parte importante.

—¿Antes de que fueras a la isla?

Bieito no se movió.

El silencio tuvo la duración exacta de una confesión.

—No sé quién te lo ha contado —dijo al fin—. Y prefiero no saberlo.

Uxía sostuvo su mirada.

—No voy a darte un nombre.

—No hace falta que lo hagas.

Bieito se pasó una mano por la cara. El gesto hundió las mejillas y lo envejeció de golpe.

—Mi mujer murió sin saberlo.

—Lo siento.

—No lo sientas por ella. —Miró hacia la ventana—. Quizá fue la única persona a la que conseguí proteger de verdad con este silencio.

Uxía pensó en Sabela, con nueve años, esperando en camisón detrás de un muro.

—¿Quieres que me marche?

Bieito tardó en contestar.

—No.

Se acomodó en la silla y escondió las manos bajo la mesa, como si temiera que el temblor pudiera decir antes que él lo que había ocurrido.

—Si ya sabes que fui, quiero contarlo con mis palabras.

Uxía dejó el bolso en el suelo.

—Te escucho.

Bieito miró durante unos segundos el café frío.

—Fui porque no podía dormir. Llevaba casi siete días viendo la cara de Carme cada vez que me cruzaba con ella. Y la de Amparo. Una esperaba que Xoán volviera; la otra necesitaba que alguien le dijera que Manuel no podía volver. Yo no tenía nada para ninguna.

Tragó saliva.

—Me repetí que iba a buscar una prueba. Un cabo enganchado, una prenda, cualquier resto que hubiera quedado en las rocas. Algo que demostrara que se habían caído al agua y que nos permitiera dejar de hablar de nieblas como viejas asustadas.

—¿Por qué fuiste de noche?

—Porque de día alguien habría intentado acompañarme o impedirlo. Y porque me daba vergüenza reconocer lo que estaba haciendo.

—¿Buscar a tus amigos?

—Buscar fantasmas.

La palabra quedó suspendida.

Bieito continuó:

—Salí poco después de las dos y media. El mar estaba normal. Había una brisa del norte y las luces del pueblo se movían sobre el agua. Nada se parecía a la mañana de la desaparición.

—¿En qué barca?

—En una pequeña que utilizaba para acercarme a las nasas. No era la que tengo ahora.

No dijo su nombre. Uxía no lo necesitaba.

—Llegué a la cara norte del islote. Allí hay una roca más alta que las demás, partida por una grieta. Si algún resto del Santa Bárbara había golpeado la isla, pensé que la corriente podría haberlo dejado en aquella zona.

Bieito miraba ya otro lugar.

—Amarré como pude y subí con una linterna. La marea estaba bajando. Encontré algas, dos trozos de cabo que no eran nuestros y una botella rota. Nada más.

—¿Cuánto tiempo llevabas allí cuando apareció la niebla?

—Poco. Diez minutos. Quizá quince.

—¿Cambió el mar antes?

—No.

—¿Dejó de soplar el viento?

—No al principio.

Bieito frotó los dedos contra la tela del pantalón.

—La brisa seguía moviendo mi chaqueta cuando vi el primer hilo blanco pasar por la grieta. Pensé que era espuma. Después dejó de verse la barca.

Uxía no interrumpió.

—La niebla no cayó sobre toda la ría. Se quedó alrededor de la roca. Podía ver una luz del pueblo por encima, muy débil, pero no mis propias botas. El aire se volvió más frío y el sonido cambió.

—¿De qué manera?

—El motor de una embarcación se oía a lo lejos. Dejó de oírse sin apagarse. Como si alguien hubiera cerrado una puerta entre el ruido y yo.

Era la misma forma de amortiguar los sonidos que Bieito había descrito durante la desaparición, pero limitada a un espacio menor.

—Pensé en volver a la barca. Di dos pasos hacia donde debía estar el cabo y entonces lo vi.

Bieito dejó de hablar.

Uxía esperó.

—Estaba junto a la cara norte de la roca más alta —continuó—. En el mismo sitio donde la grieta toca el agua cuando sube la marea.

—¿Qué era?

—No lo sé.

—Descríbeme solo lo que viste.

La petición parecía más sencilla que preguntar por una identidad.

—Una forma oscura dentro del blanco. Aproximadamente de la altura de un hombre. Primero inmóvil. Después se desplazó hacia un lado.

—¿Caminó?

—No pude verle las piernas.

—¿Se acercó?

—No lo sé.

Bieito respiró hondo.

—Eso es lo peor. Puede que viniera hacia mí. Puede que solo se moviera la niebla y dejara ver una parte distinta. Durante un segundo creí que levantaba un brazo.

—¿Oíste una voz?

—No.

—¿Tu nombre?

—Nada.

—¿Pudiste reconocer a Xoán o Manuel por la forma de moverse?

Bieito negó.

—No vi suficiente.

—¿Y Ramón?

La pregunta le produjo una mirada extraña.

—Ramón habría tenido casi setenta años si hubiera envejecido aquí. La forma no parecía vieja ni joven. Era una mancha.

—Dentro de la brétema el tiempo quizá no transcurra igual que fuera.

—Ahora lo sabemos.

Bieito bajó los ojos.

—Entonces no sabía ni qué pregunta hacerme.

Uxía recordó la advertencia de Sabela y no insistió.

—¿Qué hiciste?

—Huir.

No suavizó la palabra.

—Mi cuerpo decidió antes que yo. Retrocedí, resbalé y me abrí la palma con una roca. Llegué a la barca a tientas, corté el cabo porque no conseguí deshacer el nudo y arranqué el motor.

Abrió la mano derecha.

Una cicatriz pálida cruzaba la base del pulgar. Uxía la había visto sin preguntarse nunca de dónde procedía.

—La niebla terminó unos metros mar adentro. No se levantó; la atravesé. Detrás seguía la isla, despejada bajo la luna, como si no hubiera ocurrido nada.

—¿Miraste la hora?

—En la barca no llevaba reloj. Al volver, el de la cocina marcaba poco más de las cuatro.

—¿A qué hora habías salido?

—Pasadas las dos y media.

—Eso no demuestra que estuvieras dentro solo unos minutos.

—No.

Bieito aceptó el límite sin resistencia.

—Pude pasar allí una hora y recordarla como cinco minutos. Pude estar cinco minutos y vivirlos como una noche. Lo único que sé es que regresé antes de que amaneciera y que mi cuerpo no había cambiado.

—Tampoco quedaste atrapado.

—No.

—¿Por qué tú no?

La pregunta hizo que Bieito sonriera con amargura.

—Si supiera responder, no habría pasado cuarenta años callando.

Uxía pensó en todo lo que todavía desconocían sobre las condiciones capaces de atrapar a alguien y dejar salir a otro. No formuló teorías.

—¿La niebla tenía la misma intensidad que el día once?

—No. Aquella mañana se tragó la ría durante horas. Esto fue… un resto.

Buscó la palabra.

—Una respiración que quedaba después.

La imagen resultaba más exacta que cualquier explicación técnica disponible.

—¿Volviste a ver la forma?

—No.

—¿Regresaste alguna otra vez de noche?

—Jamás.

Bieito apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Y llevo cuarenta años odiándome por haber salido de allí.

—¿Por qué?

—Porque podía ser Xoán. O Manuel. Podía estar a unos metros de ellos después de que todo el pueblo llevara casi siete días buscándolos, y yo arranqué el motor.

—También podía no ser nadie.

—Eso no cambia lo que hice.

—Sí lo cambia.

Uxía habló con más firmeza.

—No tenías visibilidad, estabas solo y no sabías si la niebla podía llevarte también. Sentir miedo no fue abandonar a nadie. Fue reaccionar a un peligro que no comprendías.

Bieito apartó la mirada.

—Es fácil decirlo sentada en una cocina.

—Por eso te lo digo aquí y no en la isla.

La dureza de la frase lo obligó a mirarla de nuevo.

—Si hubieras desaparecido, Sabela habría perdido a su padre con nueve años. Tu mujer habría esperado a otro hombre. El pueblo habría tenido un desaparecido más y ninguna explicación adicional.

—Tal vez habría sabido quién era la forma.

—Tal vez no habrías vuelto.

Bieito cerró los ojos.

Uxía dejó que la posibilidad permaneciera entre ambos. No intentó absolverlo. La culpa sostenida durante cuatro décadas no desaparecía porque alguien construyera una frase razonable.

—¿Se lo contaste a Elixio? —preguntó después.

—No.

—¿Ni siquiera de forma indirecta?

—No. La ampliación de declaración fue aquella tarde, antes de que yo saliera. Precisamos la posición del barco, el tiempo que tardó la niebla y la taza que encontré en cubierta. Nada sobre la noche.

—Entonces el documento catorce no desapareció para ocultar esto.

—No por mi parte.

—¿Sabes qué ocurrió con él?

—No. Firmé una hoja y Elixio la metió en la carpeta. Eso es todo.

La coincidencia de la fecha dejaba de ser una respuesta y volvía a ser solo una coincidencia.

—¿Por qué se lo contaste a Sabela?

Bieito abrió los ojos.

—Ella me vio regresar.

—Podrías haber mantenido la mentira.

—Lo hice durante años.

La vergüenza apareció por primera vez no al hablar de la forma, sino de su hija.

—Cada vez que me preguntaba, le daba una versión distinta. Cuando creció, comprendió que yo no tenía una explicación porque estaba ocultando la pregunta. Me obligó a contárselo.

—Y le pediste que no dijera nada.

—Sí.

—¿Te arrepientes?

Bieito pensó antes de responder.

—Me arrepiento de haber puesto sobre una niña un secreto que no podía compartir ni con su madre.

Uxía no dijo que Sabela acababa de romper la promesa. No hacía falta. Bieito ya lo sabía.

—No la culpes.

—No la culpo.

Su respuesta fue inmediata.

—Si ha hablado, es porque cree que tú vas a meterte en la misma niebla aunque todos intentemos detenerte.

Uxía apoyó las manos sobre la mesa.

—No quiero entrar en la brétema.

—Yo tampoco quería.

—Quiero entender qué ocurrió.

—Eso es lo que decimos antes de acercarnos demasiado.

Bieito se levantó y fue hasta la ventana. Desde allí, torciendo el cuello, podía verse una parte de O Peirao Vello y, más allá, la línea gris de la ría.

—Xoán quiere volver a la isla —dijo Uxía.

Los hombros de Bieito se tensaron.

—No lo lleves.

—Es un adulto.

—Y acaba de regresar de un lugar que no recuerda.

—Precisamente por eso no puedo decidir por él qué verdad puede soportar.

Bieito se volvió.

—Entonces dile también que yo estuve allí. Dile que vi una forma y que salí huyendo. Pero no le digas que era él, porque no lo sé. No permitas que convierta mi miedo en un recuerdo suyo.

—No lo haré.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Vas a ir?

Uxía no respondió de inmediato.

Mentir habría sido inútil.

—Sí. Pero no sola y no durante una niebla. Quiero ver el lugar exacto desde tierra firme, con buena visibilidad y condiciones normales.

Bieito soltó una risa seca.

—En esa isla nada es tierra firme.

—Acompáñame.

La petición lo dejó inmóvil.

—No.

—Eres el único que puede señalar dónde viste la forma.

—He pasado cuarenta años evitando volver a ese lugar exacto.

—Lo sé.

—Entonces no me lo pidas.

Uxía recogió el bolso.

—No voy a insistir hoy.

—Ni mañana.

—Eso no puedo prometértelo.

Bieito negó con la cabeza, pero una parte de la resistencia había cambiado. Ya no cerraba una puerta; calculaba cuánto esfuerzo tendría que hacer para mantenerla cerrada.

Uxía se dirigió hacia la salida.

—Gracias por contármelo.

—No confío en ti —dijo Bieito a su espalda.

Ella se detuvo. La voz de Bieito no tenía dureza.

—No es que confíe en ti. Es que ya no me quedan años ni fuerzas para seguir cargándolo solo. Es distinto.

Uxía asintió.

—A veces eso es lo más parecido a confiar que podemos ofrecer.

Bieito abrió la puerta.

Antes de que ella saliera, miró hacia el bolso.

—¿No vas a apuntarlo?

—En el coche.

—¿Por qué no aquí?

Uxía lo miró.

—Porque quería que durante una hora fueras una persona contando algo que le ocurrió, no una fuente.

Bieito apartó la vista, incómodo ante una consideración que no esperaba.

Uxía llegó al coche y permaneció varios minutos sin encender el motor. Después abrió la libreta.

Escribió el testimonio sin añadir conclusiones:

Visita nocturna posterior a la ampliación de declaración. El documento 14 no contiene el episodio.

Lugar: cara norte de la roca más alta, junto a una grieta que alcanza el agua.

Niebla localizada, breve o percibida como breve. Viento y condiciones normales antes y después.

Forma humana no identificada. Bieito huye. Herida en la mano. Sale de la niebla por sus propios medios.

Debajo añadió:

No llamar apertura. No asumir que la forma era Xoán, Manuel o Ramón.

Y, por último:

Bieito autoriza a Uxía a contarle a Xoán lo ocurrido. Se niega, por ahora, a regresar a la isla.

Cerró la libreta.

La ría empezaba a oscurecer frente a ella. A Illa dos Corvos era una mancha negra en la bocana, demasiado pequeña para contener todo lo que el pueblo había colocado dentro.

Uxía apoyó las manos en el volante.

Por primera vez desde que comenzó a investigar, no sintió que hubiese encontrado una respuesta.

Había encontrado a un hombre que llevaba cuarenta años castigándose por haber sobrevivido a algo que no comprendía.

Y un lugar exacto al que ahora necesitaba ir.