CAPÍTULO 14
El bar de Sabela estaba vacío a aquella hora de la tarde.
El servicio de comidas había terminado y todavía faltaba para que entraran los primeros pescadores de regreso de la lonja.
Las sillas permanecían recogidas bajo las mesas, la cafetera apagada y una televisión sin sonido mostraba imágenes de una carretera inundada en algún lugar que parecía muy lejos de Corvoeira.
Uxía se sentó en la barra.
Sabela la observó desde el otro lado mientras secaba un vaso que ya estaba seco.
—Vienes por mi padre.
No era una pregunta.
Uxía dejó la libreta cerrada sobre la madera. Había dudado antes de llevarla. Al final decidió que ocultarla habría resultado más teatral que ponerla a la vista y no tocarla.
—He consultado el expediente del ochenta y cinco.
Sabela dejó el vaso junto a los demás.
—Breogán me dijo que lo habían encontrado.
—Casi todo. Falta un documento.
El rostro de Sabela se inmovilizó.
Fue apenas una pausa, un segundo demasiado largo antes de apartar la vista, pero Uxía la reconoció. La había visto en políticos, testigos y familiares que se debatían entre proteger una verdad y protegerse de ella.
—Una ampliación de la declaración de Bieito —continuó—. Está fechada el diecisiete de noviembre. Seis días después de la desaparición.
Sabela cogió otro vaso.
—En cuarenta años se habrán perdido muchos papeles.
—Sí.
Uxía no abrió la libreta.
—También puede que no tenga ninguna importancia.
—Entonces, ¿por qué has venido?
—Porque tu padre me pidió que no fuera sola a la isla. Y porque tú llevas varios días empezando frases sobre él que no terminas.
El trapo dejó de moverse.
Fuera, una furgoneta pasó lentamente por la calle. El ruido del motor cruzó el bar y desapareció hacia el puerto.
Sabela apoyó ambas manos en la barra.
—Prometí no contarlo.
Uxía sintió que la conversación acababa de cambiar.
—No te estoy pidiendo que rompas una promesa.
—Sí, Uxía. Eso es exactamente lo que estás haciendo, aunque tengas la delicadeza de no decirlo.
No había reproche en su voz. Había cansancio.
Uxía bajó la mirada hacia la libreta.
—Tienes razón.
La respuesta pareció sorprender a Sabela.
—Puedo marcharme —añadió—. Pero antes necesito que sepas algo: Xoán quiere volver a la isla. Ramón podría seguir allí. Bieito me ha advertido que no vaya sola y se niega a explicar por qué. Si existe un peligro que yo desconozco, callarlo también puede tener consecuencias.
Sabela cerró los ojos.
Durante un instante pareció escuchar algo que llevaba cuarenta años dentro de ella.
—No fue el día de la desaparición —dijo al fin—. Fue después.
Uxía permaneció quieta.
—¿Qué ocurrió?
Sabela se sirvió un vaso de agua. Lo dejó delante sin beber.
—Mi padre volvió a A Illa dos Corvos.
Las palabras no fueron pronunciadas en susurro, pero el bar pareció quedarse más silencioso.
—¿Cuándo?
—La madrugada del dieciocho de noviembre. Casi siete días después de que desaparecieran Xoán y Manuel.
El momento quedaba muy próximo a la ampliación ausente, aunque Uxía se obligó a no convertir esa proximidad en una explicación.
—¿Fue después de declarar ante Elixio?
—No lo sé. Yo tenía nueve años.
Sabela rodeó el vaso con los dedos.
—Recuerdo que me desperté y vi luz en la cocina. Pensé que mi padre estaba allí fumando, porque llevaba varios días sin conseguir dormir más de una hora seguida. Bajé y encontré la puerta de atrás abierta. Su chaqueta no estaba. Tampoco las botas.
—¿Y tu madre?
—Dormía. Nunca se enteró.
La última frase contenía algo más que aquella noche.
—¿Saliste a buscarlo?
Sabela asintió.
—No llegué al muelle. Bajé hasta la esquina de la Rúa do Cristal y me entró miedo. Todo estaba oscuro y yo iba en camisón, con un jersey por encima y unas zapatillas que se empaparon enseguida. Me quedé escondida detrás del muro de los Souto, esperando ver si volvía.
Tomó aire.
—Apareció por la calle del puerto. Venía empapado, aunque no llovía. Caminaba como si no notara el suelo y miraba hacia atrás cada pocos pasos. Nunca había visto a mi padre asustado. Enfadado, sí. Preocupado. Incluso llorando a escondidas durante aquellos días. Pero no asustado de aquella manera.
—¿Te vio?
—Cuando llegó a mi altura.
Sabela miró un punto por encima del hombro de Uxía, como si la niña de nueve años continuara detrás del muro.
—Me agarró tan fuerte que me hizo daño. Me preguntó qué hacía allí y después me pidió que no dijera nada a mi madre. Yo le pregunté dónde había estado. No contestó. Me llevó a casa, puso mis zapatillas junto a la cocina para que se secaran y fingimos que ninguno había salido.
—¿Cuándo te contó la verdad?
—No aquella noche. Ni aquel año.
Sabela bebió por fin un sorbo de agua.
—Yo seguí preguntando. Al principio me decía que había ido a revisar una barca. Después, que necesitaba estar solo. Cuando cumplí catorce o quince años le dije que recordaba cómo temblaba y que no iba a dejar de preguntarle. Entonces me contó una parte.
—¿Qué parte?
—Que había llegado a la isla y que volvió a bajar la niebla.
Uxía sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Una niebla como la del día de la desaparición?
—Decía que no. Más débil. Más corta. El mar no estaba completamente quieto y hacía un frío normal para noviembre. La brétema apareció sin aviso alrededor de la cara norte de la roca más alta. Durante unos minutos no vio la barca, aunque la tenía a pocos pasos.
Sabela bajó la voz.
—Y vio algo moverse.
La televisión continuaba mostrando imágenes mudas. Una mujer con paraguas cruzaba una carretera cubierta de agua sin saber que, en el bar, alguien acababa de pronunciar una frase guardada durante cuatro décadas.
—¿Qué vio?
—Una forma.
—¿Humana?
—Eso decía. Algo del tamaño de una persona, moviéndose entre la niebla y la roca. No vio una cara. No supo si llevaba ropa ni si estaba de pie o avanzaba con dificultad. Solo juraba que no se movía como un pájaro, una ola o una sombra.
—¿Podía ser Xoán?
—Le pregunté mil veces.
—¿Y Manuel?
—También.
Sabela apretó los labios.
—Siempre contestó lo mismo: podía haber sido cualquiera de ellos. Podía haber sido Ramón. Podía no haber sido nadie.
Uxía pensó en la fotografía de 1946 dentro de la cartera de Xoán.
—¿Por qué se marchó?
—Porque tuvo miedo.
La respuesta salió con una sencillez brutal.
—Arrancó el motor y salió de allí sin esperar a que la niebla desapareciera por completo. Cuando volvió al pueblo no sabía decir si había estado envuelto dos minutos o media hora. Solo sabía que el reloj de la cocina había avanzado mucho más de lo que él podía explicar.
—¿Quedó desorientado? ¿Perdió recuerdos?
—No. Llegó a casa, se cambió la ropa y al amanecer volvió al muelle como todos los días. Nadie notó nada.
Sabela negó despacio.
—La vida siguió. Esa fue quizá la parte que más miedo me dio cuando me lo contó: que algo así pudiera ocurrir y, unas horas después, hubiera que abrir el bar, llevar a una niña al colegio y comprar pan.
Uxía abrió la libreta.
No lo hizo con rapidez ni con el gesto automático de una entrevista. La colocó entre ambas.
—¿Te importa?
Sabela miró las páginas.
—No pongas mi nombre todavía.
—No lo haré.
Uxía escribió:
18 de noviembre de 1985. Bieito vuelve solo a A Illa dos Corvos.
Niebla breve y localizada en la cara norte de la roca más alta. Condiciones previas aparentemente normales.
Ve una forma de aspecto humano. No identificada.
Sale por sus propios medios. No queda atrapado. No consta un salto temporal comprobable.
Se detuvo antes de añadir nada más.
—¿Crees que la ampliación de declaración tiene relación con aquella noche?
—No lo sé.
—Las fechas están muy próximas.
—Sí, pero mi padre siempre aseguró que no se lo contó a Elixio. Ni a mi madre. A nadie salvo a mí.
Sabela giró el vaso sobre la barra.
—Puede que declarara antes de ir. Puede que la ampliación tratara de otra cosa. Puede que mintiera también sobre eso. Ya no sé qué parte de su silencio protegía lo que vio y qué parte lo protegía a él.
Uxía escribió:
No vincular el documento 14 con la visita sin confirmación.
Cerró la libreta.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
Sabela se quedó mirando la calle.
—Porque Xoán ha vuelto. Porque Manuel ha vuelto. Porque tú vas a seguir preguntando hasta llegar a la isla con o sin respuestas. Y porque mi padre tiene ochenta años y todavía mira aquella noche como si pudiera cambiarla si se castiga lo suficiente.
—Le prometiste guardar el secreto.
—Sí.
—¿Y estás segura de querer romper la promesa?
Sabela levantó la vista.
—No. Pero algunas promesas se hacen para proteger a alguien de un miedo que ya ha cambiado de forma. En 1985, contarlo solo habría servido para que llamaran loco a mi padre. Hoy puede impedir que tú repitas lo que hizo sin saber a qué te acercas.
Uxía asintió.
—No le diré que has sido tú.
—Lo sabrá.
Sabela sonrió sin humor.
—Mi madre murió sin enterarse. Solo quedamos él y yo. Si tú conoces la historia, no necesitará hacer muchas cuentas.
La culpa apareció entonces en su rostro, no por haber hablado, sino por el daño que sabía que la verdad causaría cuando regresara a su dueño.
Uxía alargó una mano sobre la barra.
—No usaré lo que me has contado para acorralarlo.
—¿Entonces qué harás?
—Preguntarle si está dispuesto a dejar de cargar con eso él solo.
Sabela miró la mano y, después de unos segundos, puso la suya encima.
—No le pidas que identifique la forma. No puede.
—No lo haré.
—Y no conviertas su miedo en una pista limpia. Salió huyendo. Lleva cuarenta años avergonzándose de eso.
Uxía apretó ligeramente sus dedos.
—Tener miedo no demuestra que hiciera algo malo.
—Díselo a él.
Antes de marcharse, Uxía abrió la libreta una última vez y escribió una pregunta:
Si no fue una apertura completa, ¿qué fue?
La tachó.
Todavía no tenía derecho a darle un nombre.