CAPÍTULO 13
El sargento Elixio Cortizo llevaba seis noches durmiendo mal.
La séptima comenzó a anunciarse aquella mañana, cuando volvió a desplegar sobre la mesa el parte del puesto de señales de Punta do Corvo.
Había aprendido a desconfiar de los testimonios demasiado idénticos.
La memoria se contagiaba. Un hombre decía niebla cerrada y, al día siguiente, todo el pueblo recordaba haber usado las mismas palabras.
Pero las declaraciones de Corvoeira tampoco encajaban en una versión cómoda.
Variaban en minutos, objetos y distancias.
Uno de los testigos juraba que la brétema había durado dos horas y media; otro, casi cuatro.
Bieito recordaba una taza caída en la cubierta del Santa Bárbara . Celso no la había visto.
En lo esencial, sin embargo, los cuatro decían lo mismo: no corría aire y la niebla había borrado la ría.
El documento de Freixas decía lo contrario.
—Léamelo otra vez —pidió Elixio.
El cabo Evaristo Freixas estaba a cargo del puesto de señales desde hacía veintitrés años. Tenía el cabello gris cortado al ras, un bigote que parecía trazado con regla y la irritación de quien lleva una semana defendiendo un trabajo que nadie había cuestionado en toda su vida.
No necesitó mirar la hoja.
—Cinco de la mañana. Viento de componente este, fuerza tres. Visibilidad cuatro millas. Sin niebla en la bocana.
—¿La hora la tomó del reloj del puesto?
—Como todos los días.
—¿Y estaba despierto?
Freixas apoyó las manos en la mesa.
—Llevo cuarenta años sin dormirme durante una guardia, sargento. No iba a empezar precisamente la madrugada en que desaparecieron dos hombres.
—No he dicho que se durmiera.
—Lo pregunta por tercera vez.
Elixio dejó el bolígrafo.
No tenía nada personal contra aquel hombre.
Al contrario: cuanto más seguro parecía Freixas, más necesitaba encontrar una falla concreta.
Un reloj adelantado. Una medición copiada de la hora anterior.
Un anemómetro bloqueado. Cualquier error ordinario habría permitido devolver el caso al mundo para el que había sido entrenado.
—Bieito Barreiro estaba en O Peirao Vello —dijo—. Afirma que no se movía una driza y que la niebla no le dejaba ver el final del muelle. Celso Rey describe lo mismo. Otros dos vecinos confirman que la visibilidad desapareció en segundos.
Golpeó el parte con la yema del índice.
—Usted, desde Punta do Corvo, con la bocana entera delante, registra viento y cuatro millas.
—Yo registro lo que veo.
—¿Vio A Illa dos Corvos?
Freixas vaciló por primera vez.
No duró más que un segundo, pero Elixio lo anotó mentalmente.
—Vi su perfil.
—¿Completo?
—La parte alta de la roca.
—Eso no es lo mismo.
—Una niebla de superficie puede entrar por la ría sin alcanzar el puesto.
—En su parte pone «sin niebla en la bocana».
—Porque desde mi altura la visibilidad era buena.
Elixio acercó la hoja.
—Entonces escribió una conclusión sobre toda la bocana basándose en lo que veía desde arriba.
Freixas endureció la mandíbula.
—Es lo que hacemos en un puesto de señales. Informamos de la visibilidad que tienen los barcos al entrar.
—Los barcos navegan sobre el agua, no a la altura de su ventana.
El cabo se puso en pie.
—Si ha venido para convertir una medición normal en una mentira, dígalo de una vez.
—He venido porque dos hombres han desaparecido y tengo dos descripciones incompatibles del mismo lugar a la misma hora.
Freixas lo miró durante un largo momento.
Después volvió a sentarse.
—Yo no digo que Bieito mienta.
—¿Qué dice entonces?
—Que desde aquí arriba no vi lo que él dice que tenía delante.
La frase no resolvía nada. Precisamente por eso Elixio la creyó.
Subió esa misma tarde al puesto de Punta do Corvo.
El camino terminaba en una construcción baja de piedra, encajada sobre la punta norte de la ría. Desde allí se dominaba la bocana, el mar abierto y A Illa dos Corvos, situada casi en el centro, como una pieza mal colocada en la entrada del pueblo.
El viento del este golpeaba las ventanas aquel día.
No era fuerte, pero bastaba para mover los matorrales y empujar hacia mar abierto el humo de las chimeneas.
Freixas le enseñó el anemómetro, el reloj principal y el cuaderno donde registraba cada hora.
No había tachaduras en la anotación de las cinco ni señales de que hubiese sido escrita después.
Elixio comparó el reloj con el suyo.
La diferencia no llegaba a veinte segundos.
Hizo revisar el anemómetro por un técnico del puerto. Funcionaba.
Comprobó la orientación de la ventana. Desde ella se veía la parte superior del islote y buena parte del canal de entrada. Después bajó la vista hacia el agua.
Una niebla muy baja podía ocultar una embarcación sin cubrir la altura del puesto. Aquella era la explicación más simple. La repitió en su cabeza hasta que casi consiguió creerla.
Pero no explicaba la ausencia total de viento en el muelle.
Ni que la brétema hubiera permanecido allí durante tres horas mientras el puesto registraba viento de componente este.
Ni que Bieito afirmara que la niebla alcanzó las primeras casas.
Elixio descendió desde Punta do Corvo y recorrió el camino hasta O Peirao Vello. Quiso medir con el cuerpo la distancia que los documentos reducían a líneas. Desde el muelle, el puesto apenas se distinguía sobre la roca. Desde el puesto, las personas del muelle habrían sido manchas.
Dos lugares dentro de la misma ría podían tener percepciones distintas.
Lo que no podían tener, se dijo, eran dos tiempos atmosféricos completos.
Encontró a Bieito sentado sobre una caja, mirando el amarre vacío del Santa Bárbara . Llevaba seis días acudiendo al puerto antes del amanecer, como si la repetición de la hora pudiera obligar al barco a regresar de otra manera.
—¿Ha recordado algo más? —preguntó Elixio.
Bieito negó.
—Todo o que lembro xa o escribiu. 1
—El puesto de señales no registró niebla.
Bieito levantó la cabeza.
—Entón o posto de sinais mente. 2
—El aparato funciona y el observador mantiene su versión.
—Pois minto eu. 3
No había desafío en la respuesta. Había cansancio.
—No he dicho eso.
Bieito miró el agua.
—Pero alguén ten que estar equivocado. 4
Elixio siguió la dirección de sus ojos hasta A Illa dos Corvos.
—Eso pensaba.
La frase hizo que Bieito se volviera hacia él, pero Elixio no añadió nada. Todavía no estaba dispuesto a pronunciar la posibilidad que empezaba a formarse: que ningún testigo estuviera equivocado y que el error perteneciera a la realidad que intentaban medir.
Aquella tarde volvió al puesto de Vilanova con barro en las botas y el expediente extendido por toda la mesa.
Revisó las horas de las llamadas. El primer aviso desde Corvoeira se recibió a las cinco y diecisiete. El puesto de señales transmitió su parte de las cinco a las cinco y cinco. No había margen suficiente para situar las dos observaciones en franjas horarias distintas.
Leyó las declaraciones en voz alta, buscando una palabra que revelara una exageración compartida.
No la encontró.
En el margen del parte escribió:
No coincide con lo observado desde O Peirao Vello. Comprobar hora y aparato.
Utilizaba aquella letra pequeña para todo lo que no estaba seguro de querer elevar a una conclusión oficial.
Había comprobado ambos instrumentos aquella misma tarde y Freixas no había cambiado una palabra. Elixio añadió, a lápiz:
Reloj revisado: correcto.
Anemómetro revisado: correcto.
Observador mantiene declaración.
Se quedó mirando las tres líneas.
Podía redactar que existían discrepancias testimoniales. Podía atribuirlas al estrés, a la posición de los observadores o a una capa localizada de niebla. Todo aquello era razonable y quizá incluso cierto.
Pero ninguna fórmula administrativa contenía lo que había sentido al situarse primero en Punta do Corvo y luego en O Peirao Vello: que ambos lugares parecían contar una mañana distinta.
Abrió el croquis de la ría.
Marcó con un círculo el puesto de señales. Con otro, el muelle. En el centro dibujó A Illa dos Corvos. Trazó líneas de visión desde ambos puntos y escribió al lado del islote una sola palabra:
¿Límite?
La tachó de inmediato.
No podía incorporar una pregunta así a un informe sobre dos desaparecidos. Un límite de qué. Entre qué cosas. No tenía respuesta ni lenguaje profesional para formularla.
Antes de cerrar el expediente, incorporó la ampliación de declaración de Bieito, tomada poco después de las cuatro, cuando lo citó en Vilanova para precisar la posición del barco, el avance de la brétema y otros detalles de su primer testimonio.
El documento, fechado el 17 de noviembre, recibió el número catorce.
Elixio lo firmó y lo incorporó al legajo.
En aquella ampliación no constaba ninguna aparición, ninguna forma dentro de la niebla ni ninguna visita nocturna a la isla.
Elixio todavía no sabía que Bieito regresaría solo a A Illa dos Corvos la madrugada siguiente.
Tampoco sabría nunca con certeza qué ocurrió con aquella hoja durante los traslados posteriores del archivo.
Cerró el expediente pasada la medianoche.
Durmió dos horas.
Volvió a Corvoeira al cabo de tres semanas. Luego, una vez al mes, cada visita traía menos preguntas nuevas y más comprobaciones repetidas. Consultó corrientes, interrogó a pescadores de otros puertos, pidió avisos sobre cuerpos o restos aparecidos a decenas de kilómetros.
No encontró a Xoán ni a Manuel.
Tampoco encontró una causa capaz de explicar cómo un barco podía quedar vacío sin daños, cómo cuatro personas podían perder de vista la ría mientras un observador situado en la misma bocana registraba condiciones normales o por qué la anomalía parecía concentrarse siempre alrededor de un islote que los mapas describían como una roca sin interés.
Con los años, Elixio aprendería a hablar del caso mediante frases correctas: desaparición sin indicios de criminalidad, búsqueda infructuosa, presunto accidente marítimo, cuerpos no recuperados.
Nunca escribió oficialmente lo que pensaba.
Que quizá Freixas tenía razón.
Que Bieito también.
Que la niebla no había engañado a ninguno de los dos.
Tal vez, durante unas horas, A Illa dos Corvos no había ocupado para todos el mismo lugar dentro del mundo.
1 . Todo lo que recuerdo ya lo escribió. 2 . Entonces el puesto de señales miente. 3 . Pues miento yo. 4 . Pero alguien tiene que estar equivocado.