El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Debajo, escrito a mano:

Instructor: sargento Elixio Cortizo.

El apellido Cortizo le resultó extraño aplicado a otra generación. Breogán tenía la misma forma de apretar los labios que el hombre de una fotografía grapada al informe: un guardia civil de poco más de treinta años, con el uniforme oscuro y una expresión cansada frente al Santa Bárbara recuperado.

El expediente contenía menos de lo que Uxía había imaginado y más de lo que esperaba encontrar.

Había declaraciones de Bieito, Celso y otros vecinos; una relación de embarcaciones que participaron en la búsqueda; croquis de corrientes y bajos alrededor de A Illa dos Corvos; fotografías en blanco y negro del barco vacío; facturas de combustible; avisos enviados a puertos cercanos y un parte meteorológico sujeto con una grapa oxidada.

Uxía comenzó por las declaraciones.

La de Bieito coincidía, en lo esencial, con lo que acababa de contarle: calma absoluta, humedad, niebla súbita, el Santa Bárbara visible hasta las proximidades del islote.

Celso hablaba de «aire parado» y de una brétema que se cerró con una rapidez que no había visto desde 1947.

Otros dos testigos situados cerca del muelle confirmaban la pérdida total de visibilidad.

Uxía anotó también las diferencias. Uno recordaba que la niebla duró dos horas y media; otro, casi cuatro.

Bieito habló de una taza tumbada en cubierta.

Celso no la mencionó. Las pequeñas contradicciones le dieron confianza: aquello no parecía un relato ensayado durante décadas, sino recuerdos humanos de una misma mañana.

Llegó al parte meteorológico.

Leyó la primera línea dos veces.

—Esto no encaja.

Breogán se apoyó en el borde del escritorio.

—Mi abuelo escribió lo mismo.

El documento procedía del puesto de señales de Punta do Corvo. A las cinco de la mañana, dentro de la franja horaria en la que Xoán y Manuel habían desaparecido, el observador había anotado:

Viento de componente este. Fuerza 3. Visibilidad cuatro millas. Sin niebla en la bocana.

Uxía volvió a las declaraciones.

Bieito: ausencia total de viento.

Celso: niebla cerrada.

Otros dos testigos: visibilidad reducida a pocos pasos.

—Cuatro personas desde el muelle dicen que no veían la ría —dijo—. Y el puesto de señales, situado sobre la bocana, registra viento y cuatro millas de visibilidad.

Breogán señaló el margen inferior. Allí, con la letra pequeña y apretada que aparecía en todo el expediente, Elixio había anotado:

No coincide con lo observado desde O Peirao Vello. Comprobar hora y aparato.

Debajo se distinguían tres líneas a lápiz, casi borradas:

Reloj revisado: correcto.

Anemómetro revisado: correcto.

Observador mantiene declaración.

Uxía notó cómo su impulso inicial buscaba una explicación que mantuviera todas las piezas en el mismo dibujo.

—El puesto está más alto —dijo—. Podría tratarse de una capa de niebla muy baja. Desde arriba quizá vieran por encima.

—Es posible —respondió Breogán—. Pero Freixas escribió «sin niebla en la bocana», no solo buena visibilidad en el puesto. Y el viento de componente este debería haber movido una masa baja, no mantenerla durante tres horas sobre aquella parte de la ría.

—¿Eres meteorólogo?

—No. Por eso digo que debería haberla movido, no que esté demostrado.

La corrección le gustó a Uxía.

—¿Quién era Freixas?

—Cabo responsable del puesto de señales. Murió hace años. Mi abuelo habló con él dos veces y mantuvo la misma versión.

—¿Podía haberse equivocado con la hora?

Breogán tocó la nota del margen.

—El reloj fue revisado. Podía haberse equivocado él, claro. Lo extraño es que mi abuelo no encontrara ninguna razón concreta para sostener que se había equivocado.

Uxía anotó el nombre, la hora y las comprobaciones. No escribió que la brétema hubiera creado dos tiempos meteorológicos distintos. Aquel pensamiento aún no era un hecho; apenas una forma inquietante de nombrar una contradicción.

Pasó la hoja y encontró el índice.

Había diecinueve documentos numerados. En la carpeta solo aparecían dieciocho.

Repasó la relación desde el principio.

El número catorce decía:

Ampliación de declaración de Bieito Barreiro Souto. 17 de noviembre de 1985.

Después del documento trece venía directamente el quince.

—Falta una declaración.

—Sí.

Breogán abrió una funda vacía que aún conservaba una etiqueta con el número catorce.

—¿Desde cuándo?

—No hay constancia. El expediente llegó incompleto cuando centralizaron parte del archivo en Vilanova y volvió así al reabrirse. Puede haberse extraviado durante un traslado, haberse separado por error o no haberse incorporado nunca a esta copia.

—¿Tu abuelo guardaba documentación en casa?

—Copias de algunas notas de trabajo. Mi abuela vació casi todo después de su muerte. Lo que conservó está en cajas de mi madre, pero nadie las ha revisado de forma sistemática.

Uxía recordó la reacción de Bieito cuando mencionó a Sabela. Recordó también su advertencia: No vayas sola a la isla .

La fecha del documento —17 de noviembre— le produjo una punzada de atención. Seis días después de la desaparición.

—¿Sabes por qué volvió a declarar?

—No.

—¿Lo pidió él o lo llamó Elixio?

—El índice no lo dice.

—¿Bieito te ha hablado alguna vez de esa ampliación?

Breogán negó.

—Y que falte no significa que contuviera el secreto que tú crees que oculta. Podía corregir una hora, identificar un objeto del barco o ampliar cualquier detalle de la búsqueda.

Uxía lo miró.

—No te he dicho que crea eso.

—Lo has pensado en cuanto has visto su nombre.

Tenía razón.

Uxía escribió en la libreta:

Documento 14 ausente. Ampliación de Bieito, 17-11-1985. Contenido desconocido. No vincular todavía con su secreto.

La última frase era una advertencia dirigida a sí misma.

Cerró la carpeta con cuidado.

Hasta entonces, los hallazgos habían ido estrechando el camino: la identidad confirmada, la fotografía de Ramón, los fragmentos de Xoán.

El expediente hacía lo contrario. Abría dos direcciones que no podían recorrerse a la vez: una niebla vista desde el muelle y ausente desde el puesto de señales; un documento que existió y ya no estaba, sin que su desaparición demostrara nada.

Aquello no era seguir un patrón.

Era aprender a convivir con datos que se negaban entre sí.

Al salir del puesto, sacó el teléfono del bolso.

Tenía una llamada perdida del número nuevo de Xoán.

Lo llamó de inmediato.

Él respondió después de varios segundos.

—¿Uxía?

—Sí. ¿Ha pasado algo?

—No. —Hubo una pausa y el roce torpe de un dedo contra el micrófono—. Quería comprobar que sabía llamarte sin tenerte delante.

Uxía se detuvo junto a la carretera.

A lo lejos, Corvoeira descendía hacia la ría. Las casas parecían apretarse unas contra otras, y más allá de las dos puntas se distinguía la línea oscura de A Illa dos Corvos.

—Lo has hecho bien.

—He llamado antes, pero creo que colgué al empezar.

—Eso también cuenta como práctica.

Xoán guardó silencio.

—Tu madre pregunta por la niña —dijo finalmente.

Uxía cerró los ojos.

—¿Qué niña?

—Tú.

La respuesta llegó con una ternura cansada.

—Dice que ya es tarde y que tienes que volver a casa.

Uxía miró el camino que llevaba hacia Casa Freire.

—Dile que voy.

—Se lo diré.

Esta vez Xoán consiguió colgar sin ayuda.

1 . Ponle el chubasquero a la niña, que hace frío. Y no le pierdas otra vez la pinza. 2 . Ya lo sé. Está con su padre.