El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 12
33%

CAPÍTULO 12

El teléfono llevaba casi una hora sobre la mesa, todavía dentro de la caja, y Xoán lo miraba como si Uxía hubiera dejado delante de él un animal pequeño al que no sabía si debía acercar la mano.

—No necesito eso —dijo por tercera vez.

Uxía se apoyó en el respaldo de la silla.

—No he dicho que lo necesites para vivir. Solo que puede servirte si sales solo, si quieres llamarnos o si ocurre algo.

—¿Si me pierdo?

La pregunta no fue agresiva, pero dejó al descubierto el tono que Uxía había intentado evitar.

—Si te desorientas —respondió.

—Sé dónde están las calles.

—Sabes dónde estaban.

Xoán bajó la vista hacia la caja.

Desde que había vuelto, apenas se había alejado solo de la casa: no había ido más allá del patio trasero ni de la esquina de la Rúa do Cristal.

No era porque hubiese olvidado Corvoeira.

El problema era precisamente que la recordaba.

Cada trayecto le ofrecía dos pueblos superpuestos: el que llevaba dentro y el que encontraba fuera.

Una casa derribada. Una tienda convertida en vivienda.

Una puerta desplazada varios metros porque el edificio contiguo ya no existía.

Las calles conservaban los nombres y habían cambiado las referencias con las que un hombre aprende a orientarse.

Uxía se sentó frente a él.

—No quiero vigilarte.

Xoán levantó una ceja.

—Has comprado un aparato para localizarme.

—He comprado un teléfono para que puedas decidir cuándo llamarnos. La localización se puede desactivar.

—¿Y está desactivada?

Uxía cogió la caja, abrió la configuración y se la enseñó.

—Ahora sí.

Xoán observó la pantalla como si no entendiera del todo los símbolos pero sí la importancia del gesto.

—Gracias.

Aquella palabra hizo que Uxía advirtiera lo fácil que habría sido repetir con él la misma forma de protección que tanto había reprochado a Puri, a Carme y a Bieito: decidir por otra persona qué podía soportar y llamarlo cuidado.

Sacó el teléfono de la caja. Era un modelo sencillo que había comprado en Vilanova, con una funda resistente y el tamaño de letra ampliado.

—Podemos reducir esto —dijo antes de que Xoán lo señalara—. La dependienta me recomendó ponerlo así al principio.

—La dependienta pensó que era para un viejo.

—Le dije que era para alguien que no había usado nunca una pantalla táctil.

—Eso no mejoró la historia.

Uxía sonrió. Esta vez Xoán también, apenas un instante.

—Para contestar, deslizas aquí. Para llamarme, pulsas mi nombre.

—¿Y dónde está tu número?

—Guardado dentro.

Xoán giró el aparato, inspeccionando la carcasa.

—¿Dentro de qué?

Uxía estuvo a punto de reírse y se contuvo, no por compasión, sino porque comprendió que para él la pregunta era perfectamente lógica.

Durante cuarenta años, los números habían estado escritos en papeles, agendas o discos giratorios.

Un número «dentro» de una pieza lisa de cristal era una afirmación casi absurda.

—Dentro de la memoria del teléfono. No se ve hasta que abres los contactos.

Le mostró el procedimiento dos veces. A la tercera, Xoán abrió la lista sin ayuda. Solo había cuatro nombres: Uxía, Puri, Breogán y Manuel. Se detuvo en el primero y después en el último.

—¿Manuel ya sabe usarlo?

—Su hermana le está enseñando.

—Entonces no pienso dejar que aprenda antes que yo.

Probó a llamar. El móvil de Uxía vibró sobre la encimera. Xoán miró alternativamente los dos aparatos, sorprendido a pesar de sí mismo.

—Ahora cuelga aquí.

—Eso sí lo entiendo.

En la parte superior de la pantalla aparecían la hora y la fecha.

2025.

Xoán dejó de tocar el teléfono.

Uxía había visto aquel efecto otras veces: un detalle cotidiano se convertía de pronto en una prueba material de los cuarenta años.

No eran las explicaciones médicas ni los documentos los que más lo golpeaban, sino los calendarios de pared, la fecha de caducidad de un yogur, una noticia pronunciada por la radio como si todo lo ocurrido entre 1985 y el presente fuera conocimiento compartido.

Pulsó el botón lateral y apagó la pantalla.

—No hace falta que el año aparezca cada vez que quiero saber la hora.

—Puedo quitar la fecha de la pantalla principal.

—Quítala.

Uxía lo hizo sin discutir.

Xoán dejó el teléfono boca abajo, pero no volvió a decir que no lo quería.

Puri entró en la cocina con una caja de zapatos apretada contra el pecho.

—He encontrado esto en el armario de Carme.

La depositó sobre la mesa con el cuidado reservado a las cosas que han dejado de valer dinero y han empezado a valer tiempo.

—Estaba detrás de las mantas. Creo que no la abría desde hacía años.

Levantó la tapa.

Dentro había una cartera de cuero cuarteado, un llavero con una boya amarilla de plástico, dos monedas de veinticinco pesetas, un reloj de pulsera detenido y varios objetos pequeños que parecían no pertenecer a nadie hasta que Xoán empezó a tocarlos.

Cogió primero el llavero.

—Era del Santa Bárbara .

La pintura amarilla estaba arañada. Xoán pasó una uña por una muesca lateral.

—Manuel intentó abrir una botella con esto. Le dije que iba a partirlo.

—¿La abrió? —preguntó Uxía.

—Partió la botella.

Por primera vez desde que había vuelto, el recuerdo hizo sonreír a Xoán antes de herirlo.

Dejó el llavero y tomó el reloj. Le dio cuerda con dos dedos. La corona no se movió.

—Se estropeó antes de que desaparecieras —dijo Puri—. Carme decía que lo llevaría a arreglar cuando volvieras porque tú no querías que nadie más lo abriera.

—Yo mismo no sabía arreglar relojes.

—Eso nunca te impidió desmontar cosas.

Xoán miró a Puri y durante un segundo ambos parecieron encontrarse en la misma versión del pasado.

Después abrió la cartera.

En uno de los compartimentos seguía doblado un billete de quinientas pesetas. En otro había un permiso de pesca descolorido y una fotografía de Uxía con tres o cuatro años, sentada en el suelo del patio, con un impermeable rojo y una pinza de plástico del mismo color sujetándole un mechón.

Xoán se quedó inmóvil.

Pasó el pulgar por el borde de la foto, sin tocar la cara de la niña.

—Te la quitabas siempre —murmuró.

—¿El qué?

—La pinza. Tu madre te la ponía y esperabas a que se diera la vuelta para arrancártela. Después decías que la había cogido una gaviota.

Uxía observó la fotografía.

No recordaba la pinza. No recordaba haber inventado ninguna gaviota. Tampoco recordaba a Xoán riéndose, aunque por la forma en que sostenía la imagen supo que aquella escena había ocurrido tantas veces que había quedado grabada en él.

—Yo no me acuerdo —dijo.

Xoán levantó la vista.

Durante un instante pareció más desconcertado por esa ausencia que por el teléfono, por las calles nuevas o por el año que Uxía acababa de borrar de la pantalla.

—Yo sí.

No había reproche en su voz. Eso lo hizo peor.

Uxía se sentó frente a él.

—Tenía cuatro años.

—Ya lo sé.

—Casi no tengo recuerdos tuyos. Algunos ni siquiera sé si son míos o si los fabriqué con cosas que me contaron.

Xoán volvió a mirar la foto.

—Y yo te recuerdo demasiado pequeña.

La frase resumía la injusticia con una precisión que ninguno de los dos habría podido mejorar.

Xoán conservaba una hija a la que debía agacharse para abrocharle el chubasquero.

Uxía tenía delante a un padre más joven que algunos de sus compañeros de trabajo y ningún recuerdo adulto con el que acercarse a él.

Carme apareció en la puerta de la cocina en camisón, con el pelo blanco aplastado de un lado.

Miró a Xoán y después la fotografía entre sus manos.

—Ponlle o chuvasqueiro á nena, que vai frío —dijo con naturalidad—. E non lle perdas outra vez a pinza. 1

Xoán cerró los ojos.

Uxía no supo si su madre había reconocido la fotografía desde el otro lado de la mesa, si recordaba la misma tarde o si la enfermedad había construido una escena parecida con piezas sueltas. No preguntó. Convertir aquel instante en una prueba habría sido arrancárselo a Carme.

Se levantó, le colocó la bata sobre los hombros y la acompañó hasta la sala.

—La niña está bien, mamá.

—Xa o sei. Está co seu pai. 2

Carme se dejó sentar junto a la ventana.

Cuando Uxía regresó a la cocina, Xoán había guardado la fotografía en la cartera.

—¿Puedo quedármela?

—Claro.

—Carme la guardó cuarenta años.

—Para ti.

Xoán tardó en asentir, como si la palabra ti hubiera dejado de señalar un lugar estable.

El teléfono nuevo vibró sobre la mesa.

Xoán dio un respingo y luego se enfadó consigo mismo por haberlo hecho.

En la pantalla aparecía el nombre de Breogán.

—Contesta tú —dijo.

Uxía deslizó el dedo.

—He localizado el expediente que instruyó mi abuelo —anunció el sargento—. Al menos la parte que quedó archivada. El caso se ha reactivado formalmente después de la identificación de Xoán y Manuel. Puedo enseñarte la documentación que afecta a tu padre, pero tendrás que verla aquí.

—Voy ahora.

El puesto de la Guardia Civil ocupaba la planta baja de un edificio gris a la salida de Corvoeira, demasiado grande para los dos agentes que trabajaban allí y demasiado pequeño para los cuatro pueblos que dependían de ellos.

Uxía llegó media hora después con la libreta en el bolso.

Breogán la esperaba en un despacho lateral.

Sobre la mesa había una carpeta verdosa y varias fundas transparentes.

No era el expediente original completo, explicó, sino el legajo transferido desde Vilanova, al que se habían incorporado la reaparición, las identificaciones y las nuevas declaraciones.

—Puedo permitirte consultar lo relativo a Xoán como familiar directa e interesada en el procedimiento —dijo—. Pero no sacar documentación, fotografiar datos de terceros ni difundir nada.

—No he venido a publicar el expediente.

—Eres periodista.

—Y también su hija.

Breogán sostuvo su mirada.

—Precisamente por eso quiero que los límites estén claros antes de abrirlo.

Uxía dejó el móvil apagado dentro del bolso y puso las manos sobre la mesa, vacías.

—Solo tomaré notas de hechos que afecten a mi padre. Si hay algo que no pueda copiar, me lo dices.

Breogán acercó una silla.

La portada decía:

DESAPARICIÓN DE DOS PERSONAS. EMBARCACIÓN SANTA BÁRBARA. NOVIEMbrE DE 1985.