CAPÍTULO 11
Bieito Barreiro Souto vivía solo desde que su mujer había muerto once años antes.
La casa estaba al final de una cuesta. Desde la cocina podía verse O Peirao Vello si uno se acercaba a la ventana y torcía un poco el cuello. La vista parecía diseñada para impedir que Bieito dejara de vigilar por completo el lugar donde había empezado su culpa.
Uxía llegó a media mañana.
No llegó a llamar. La puerta se abrió cuando levantaba la mano.
—Sabela me dijo que vendrías —dijo Bieito.
No parecía molesto ni sorprendido. Parecía un hombre que había pasado dos noches preparándose para una conversación que no deseaba mantener.
—¿Te importa?
—Ya estás aquí.
Se apartó para dejarla entrar.
La cocina olía a tabaco de liar, café recalentado y humedad.
En una repisa había una radio antigua, un cuenco lleno de anzuelos y una fotografía de Sabela con unos diez años, sentada sobre los hombros de su padre durante una fiesta del pueblo.
Uxía se preguntó cuánto sabría aquella niña de la historia que los adultos evitaban pronunciar cerca de ella.
Bieito señaló una silla.
Se sentó enfrente con las manos apoyadas sobre la mesa de fórmica. Eran grandes, deformadas por la artrosis y marcadas por cicatrices antiguas. A Uxía le costaba relacionarlas con las manos firmes del hombre que había cargado nasas junto a Xoán cuarenta años antes.
Sacó la libreta, pero no la abrió todavía.
—¿Puedo tomar notas?
Bieito observó la cubierta.
—Depende de para qué.
—Para no convertir lo que me digas en lo que yo esperaba oír.
Aquella respuesta pareció satisfacerlo lo justo.
—Toma las que quieras.
Uxía dejó el teléfono dentro del bolso. Quería que viera que no estaba grabando.
—Puri me ha contado lo que recuerda —empezó—. Pero tú estabas en el muelle desde antes de que zarparan y permaneciste allí durante toda la niebla. Necesito tu versión completa.
Bieito miró hacia la ventana.
—Mi versión lleva cuarenta años siendo la misma.
—Eso no significa que el informe recogiera todo lo que recuerdas.
La frase produjo una pausa mínima.
Uxía la notó, pero no insistió todavía.
—Les advertiste —dijo—. Cuando cuentas aquella mañana, siempre empiezas por ahí.
—No fue una advertencia de verdad.
—Les pediste que esperaran.
—Les dije que el mar estaba demasiado quieto, como una balsa. Casi en broma. Como quien comenta que va a llover y después se olvida de llevar paraguas.
Bieito frotó una mancha de la mesa con el pulgar.
—Xoán se rio. Manuel también. Yo abrí la boca para insistir y no lo hice.
—No podías saber lo que iba a ocurrir.
—Saber, no.
Levantó los ojos.
—Sentirlo, sí.
No había dramatismo en la afirmación. Eso la hizo más difícil de descartar.
—Celso me dijo durante el funeral de Manuel que la culpa no trae a nadie de vuelta —continuó Bieito—. Él llevaba desde 1947 preguntándose qué podría haber hecho de otro modo por Ramón. Dos hombres, dos desapariciones, la misma clase de culpa.
—¿Se le pasó alguna vez?
Una sonrisa breve, sin alegría, apareció en la cara de Bieito.
—Murió sin decírmelo. Supongo que esa es una respuesta.
Uxía abrió la libreta.
—Quiero preguntarte por las condiciones concretas de aquella mañana. No por cómo las interpretaste, sino por lo que viste y sentiste. Después intentaré contrastarlo con los registros.
Bieito inclinó la cabeza, sorprendido por el cambio.
—Elixio preguntó por el viento, la mar y el avance de la niebla. Buscaba las causas normales.
—Yo también. Pero quiero separar lo que recuerdas de lo que el expediente terminó recogiendo.
Anotó la fecha de la conversación.
—¿A qué hora llegó Xoán al muelle?
—Antes de las cuatro y media. Manuel poco después.
—¿Y cuándo salieron?
Bieito pensó.
—No serían todavía las cinco. Faltaba mucho para amanecer.
—¿Había viento?
—Nada.
—¿Nada significa calma o un viento muy flojo?
—Significa que las drizas no golpeaban los mástiles y que el humo de un cigarro habría subido recto. No recuerdo haber visto ni una gaviota planeando. Estaban posadas.
Uxía escribió la descripción, no la conclusión.
—¿Temperatura?
—Frío de noviembre. Pero el agua no estaba tan fría como el aire.
—¿Cómo lo sabes?
—Metí la mano.
Bieito miró sus dedos, como si aún pudiera sentirlo.
—No sé por qué. Tal vez porque todo estaba tan parado que necesitaba comprobar que el mar seguía siendo agua. Me sorprendió que estuviera templada. No caliente. Más templada de lo que esperaba.
—¿Humedad?
—La ropa se pegaba al cuerpo antes de que bajara la niebla. Las piedras brillaban y no había llovido.
Uxía levantó la vista.
Eran percepciones, no mediciones. Podían estar deformadas por cuatro décadas de repetición. Aun así, coincidían con lo que Puri recordaba de aquella mañana y con algunos rasgos repetidos en las historias antiguas del pueblo.
—¿La marea?
—Muy viva. El agua llegaba casi al último escalón del muelle.
—¿Recuerdas la fase de la luna?
—No. Alguien dijo que las mareas de esos días eran de las más altas del mes. Puede que fuera luna llena o nueva. Eso tendrás que comprobarlo tú.
Uxía agradeció que distinguiera lo recordado de lo supuesto.
—¿Dónde apareció la niebla?
Bieito no respondió inmediatamente.
Miró hacia O Peirao Vello, visible entre dos tejados.
—Alrededor de la isla.
—En la versión que circula por el pueblo se dice que la ría entera desapareció de golpe.
—La ría quedó cubierta enseguida. Pero lo primero fue la isla. El Santa Bárbara estaba llegando a ella y algo blanco se cerró alrededor. Después vino hacia nosotros.
—¿Como una nube desplazándose?
—No.
Bieito buscó una comparación.
—Como tinta cayendo en agua, pero al revés. Blanco extendiéndose dentro del gris.
Uxía dejó el bolígrafo un segundo.
—¿Cuánto tardó en llegar al muelle?
—Segundos. Un minuto quizá. El tiempo no se mide bien cuando dejas de ver el suelo a dos pasos.
—¿Y duró tres horas?
—La niebla visible, sí. Si dentro ocurrió algo distinto, no lo sé.
La precisión le llamó la atención.
—¿Por qué lo dices así?
Bieito se encogió de hombros, demasiado tarde.
—Porque tres horas de niebla no explican cuarenta años.
Uxía retomó las notas.
—Celso te preguntó si el barco había alcanzado la isla.
Bieito la miró.
—¿Quién te lo contó?
—Nadie. Estaba revisando lo que ya sabemos: Ramón también desapareció allí y Celso reconoció la forma en que bajó la niebla. Es lógico que le preocupara la posición.
—Sí. Me preguntó si habían llegado. Cuando le dije que sí, contestó que teníamos que esperar.
—¿Esperar a que levantara?
—Supongo.
—¿Nunca te explicó por qué?
—Celso no explicaba muchas cosas.
El silencio se prolongó.
Uxía repasó las tres páginas. No tenía todavía un patrón demostrado. Tenía un testimonio preciso que podía contrastarse: una hora anterior al amanecer, ausencia de viento, humedad extrema, marea alta, agua más templada y la niebla naciendo alrededor de A Illa dos Corvos.
Cerró la libreta.
—Hay algo más.
Bieito no preguntó qué.
—El día que aparecieron, Sabela empezó a hablarme de ti. Se detuvo a mitad de una frase. Ayer me dijo que hay cosas que solo tú puedes contar.
La expresión de Bieito cambió.
No fue sorpresa. Fue clausura.
Las manos se retiraron de la mesa y quedaron escondidas bajo ella.
—Sabela no tenía que decirte eso.
—No me dijo nada concreto.
—Entonces déjalo así.
—¿Tiene relación con la desaparición?
—Todo lo que hice después de aquella mañana tuvo relación con la desaparición.
La respuesta era más amplia de lo que Uxía esperaba.
—¿Fuiste a algún sitio?
Bieito se levantó.
El movimiento fue lento por la edad, pero dejó claro que la conversación había terminado.
—Has venido a preguntarme por el tiempo. Ya tienes lo que recuerdo.
—Bieito.
—Hay cosas que uno cuenta porque pueden servir. Y hay otras que solo consiguen repartir el miedo entre más personas.
Uxía no guardó todavía la libreta.
—Decidir si sirve debería corresponderme también a mí. Era mi padre.
—Precisamente por eso.
La frase no sonó cruel. Sonó protectora, y Uxía sintió la misma irritación que ante todos los silencios construidos para salvarla sin pedirle permiso.
—Eso mismo dijeron Puri y mi madre durante cuarenta años.
Bieito recibió el golpe sin apartar la mirada.
—Y quizá se equivocaron.
—¿Tú no?
La pregunta quedó entre ambos.
Bieito volvió la cabeza hacia la ventana.
—Yo me equivoqué muchas veces después de que Xoán y Manuel desaparecieran del Santa Bárbara .
No explicó cuáles.
Uxía comprendió que insistir solo lograría que negara incluso lo que ya había dejado escapar.
Guardó el bolígrafo.
—No voy a obligar a Sabela a traicionar una promesa.
Bieito la miró de nuevo.
La reacción de Bieito confirmó que Uxía había acertado al hablar de una promesa.
—Pero volveré a preguntarte —continuó—. Cuando tenga suficiente información para que callar sea también una decisión con consecuencias.
Bieito abrió la puerta.
—Te pareces a Carme cuando ya has decidido algo.
—Eso no sé si es un elogio.
—No lo era.
Uxía salió a la calle.
Antes de cerrar, Bieito habló a su espalda.
—No vayas sola a la isla.
Uxía se volvió.
—No he dicho que pensara ir.
—No hace falta.
La puerta se cerró.
Uxía permaneció unos segundos frente a la casa, escuchando el mar detrás de los tejados.
Abrió la libreta y añadió al final de la entrevista:
Hipótesis: Bieito parece ocultar un hecho posterior a la desaparición. Sabela conoce el secreto y parece haber prometido guardarlo.
Debajo escribió:
Observación: advertencia espontánea de no ir sola a A Illa dos Corvos.
No era una respuesta.
Era la primera pregunta que Bieito le había entregado sin querer.