El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Durante los dos días siguientes, Casa Freire intentó recuperar una rutina que ya no existía.

Las pastillas de Carme continuaron a las nueve.

Puri abrió y cerró la ventana a las horas de siempre.

Xoán ocupaba las mañanas arreglando pequeñas cosas que no necesitaban arreglo: apretó el tornillo de una silla, cambió de sitio una maceta y pasó casi una hora limpiando una navaja que Breogán le había conseguido.

Parecía necesitar tareas que comenzaran y terminaran bajo sus manos, problemas capaces de resolverse sin discutir con el tiempo.

Manuel permanecía en casa de Amparo. Llamó una vez desde el teléfono de su hermana. Habló poco, pero su voz sonaba distinta: no menos perdida, solo perdida en un lugar que conocía su nombre.

Xoán pasaba las tardes en el patio trasero.

Se sentaba en un banco de piedra y observaba las gallinas de la vecina con una atención que a Uxía le resultaba casi dolorosa.

Seguía cada movimiento: la pata que escarbaba la tierra, el giro brusco de una cabeza, una pluma que el viento arrastraba hasta el muro.

Cualquier criatura viva y sometida al paso normal de los minutos parecía servirle de ancla.

La tercera tarde, Uxía salió con una cafetera y dos tazas.

Xoán aceptó una sin mirarla. Llevaba varios minutos frotándose los dedos de la mano derecha, como si intentara desprender de ellos una sensación.

—Hay una barba —dijo.

Uxía dejó de servir el café.

—¿Qué?

—Cuando cierro los ojos. A veces está ahí.

No hablaba como quien empieza a recordar una escena. Hablaba con cautela, casi con vergüenza, como si temiera que las palabras convirtieran en mentira algo que hasta entonces solo había sentido.

—Es oscura. Muy cerrada. —Se pasó la mano por la mandíbula—. Y hay un hombre que arrastra una pierna. La izquierda, creo.

Uxía se sentó frente a él.

—¿Lo ves entero?

—No. Nunca entero.

Xoán miró sus dedos.

—Son trozos. Una red mojada rozándome la mano. No era de las nuestras; los nudos eran más gruesos. El frío. Esa barba. Una nariz grande.

Se tocó la suya sin darse cuenta.

Uxía reconoció el gesto antes que el parecido. La nariz de Xoán era también la suya, aunque en él resultara más marcada.

—¿Manuel recuerda a ese hombre?

—No se lo he preguntado.

—¿Y tú sabes quién puede ser?

Xoán negó.

—No sé ni siquiera si lo vi de verdad. Es como despertarse de una anestesia y creer que alguien habló mientras estabas dormido. Sabes que hubo una voz, pero no puedes repetir las palabras.

La comparación dejó a Uxía inmóvil.

No había días ni noches en los fragmentos que Xoán describía. No hablaba de hambre, conversaciones o lugares recorridos. Solo de sensaciones aisladas, instantes sueltos en una oscuridad sin duración.

—¿Desde cuándo te ocurre?

—Desde el hospital. Pero allí pensé que eran sueños.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

Xoán sostuvo la taza entre ambas manos.

—Porque cada vez que aparece esa cara siento que debería saber algo y no lo sé. Y porque tú apuntas las cosas que nadie entiende.

Uxía sintió el impulso de buscar el móvil. No lo hizo.

—Voy a comprobar algo.

—¿Qué?

—Todavía no lo sé.

El desván de Casa Freire olía a polvo, madera mojada y tela guardada demasiado tiempo.

Uxía subió por la escalera plegable con una linterna en una mano.

Puri le había dicho que las fotografías antiguas estaban en alguna de las cajas del fondo, mezcladas con documentos de Xosefa y objetos que Carme nunca permitió tirar.

No buscaba una persona concreta. Buscaba rostros del pueblo, hombres de la familia, cualquier imagen que le permitiera comprobar si los rasgos descritos por Xoán coincidían con los de alguien real y anterior a 1985.

Abrió primero una caja de ropa infantil. Encontró un vestido azul que no recordaba haber llevado y unos zapatos tan pequeños que le costó aceptar que hubieran sido suyos.

En la segunda caja había recibos, estampas religiosas y cartas sin sobre.

La tercera contenía una lata rectangular, oxidada en los bordes. Dentro, envueltas en hojas de periódico amarillentas, aparecieron fotografías de bodas, bautizos y grupos de hombres frente a barcas cuyos nombres ya no podían leerse. Algunas tenían fechas al dorso. Otras solo apellidos.

Uxía las fue extendiendo sobre el suelo.

No encontró muchas imágenes de la generación de Xosefa. Las cámaras no formaban parte de la vida cotidiana de aquellas casas; cada fotografía parecía corresponder a una ocasión que alguien consideró lo bastante importante para pagarla.

Al fondo de la lata había una imagen más pequeña, con los bordes blancos y ondulados.

Un hombre joven posaba junto a una barca.

Tenía una barba densa y oscura, la nariz prominente y una forma extraña de apoyar el cuerpo: la pierna izquierda ligeramente retrasada, el hombro inclinado para compensar el peso.

No podía saberse por la fotografía si cojeaba, pero la postura hizo que Uxía recordara de inmediato las palabras de Xoán.

Le dio la vuelta.

Ramón, verán do 46. 1

Se quedó sentada sobre los talones.

El hombre de la fotografía era su abuelo.

Ramón Freire Otero había desaparecido al año siguiente, cuando Xoán era todavía un bebé. Xoán no podía recordar aquella cara. No podía haber aprendido a reconocer aquella cojera ni conservar un recuerdo consciente de aquella barba.

Uxía volvió a mirar la imagen.

Había algo de Xoán en la frente. Algo de ella misma en la nariz y la separación entre los ojos. No era una semejanza espectacular, de esas que se anuncian a primera vista. Era peor: estaba formada por pequeños rasgos que parecían haber atravesado tres generaciones sin pedir permiso.

No bajó enseguida.

Fotografió el anverso y el reverso por si el papel terminaba deshaciéndose entre sus manos. Después guardó el resto exactamente como lo había encontrado y llevó la fotografía al piso inferior.

Xoán seguía en el patio.

Había dejado enfriar el café. Uxía se sentó a su lado sin decirle qué había encontrado.

—Quiero que mires esto.

Le tendió la fotografía por el lado de la imagen, ocultando la inscripción.

—No voy a decirte quién es ni de cuándo es. Tampoco quiero que intentes adivinar lo que espero que respondas.

Xoán la cogió con las dos manos.

Al principio no ocurrió nada. Observó la barca, la ropa y el rostro del hombre con la misma atención que dedicaba a todos los objetos antiguos que aparecían en la casa.

Después frunció el ceño.

La cicatriz se marcó sobre la ceja izquierda.

—Esa pierna.

Uxía no se movió.

—¿Qué ocurre con ella?

Xoán señaló la figura.

—La arrastraba.

—Eso no puede verse en una fotografía.

—Ya lo sé.

Su respiración se volvió más rápida.

—Apoyaba primero el talón derecho. La otra bota rozaba el suelo antes de avanzar. Hacía un ruido… —Cerró los ojos—. No un golpe. Un arrastre corto.

Volvió a mirar la imagen.

—Y la barba.

La mano que sostenía la fotografía empezó a temblar.

—Es él.

—¿Quién?

—No lo sé.

La respuesta salió casi como un grito.

Xoán se puso de pie, dio dos pasos y regresó al banco, incapaz de alejarse del papel.

—No sé quién es. No sé dónde lo vi. Pero es la cara de la que te hablé. La nariz, la barba… —Se tocó los dedos—. Y llevaba una red con nudos gruesos. La cuerda me rozó aquí.

Uxía esperó.

El descubrimiento tenía que pertenecerle a él antes de que ella le diera un nombre.

—Dale la vuelta —dijo finalmente.

Xoán obedeció.

Leyó la inscripción una vez. Después otra.

—Ramón.

El nombre apenas tuvo voz.

—Era tu padre —explicó Uxía—. La fotografía es del verano de 1946. Ramón desapareció en febrero del año siguiente. Tú tenías un año.

Xoán dejó de mirar el papel y levantó los ojos hacia ella.

—Yo no me acuerdo de él.

—No puedes acordarte.

—Entonces, ¿cómo…?

No terminó la pregunta.

Uxía no quiso llenarla con una explicación que todavía no poseían.

—Sabemos que desapareció cerca de A Illa dos Corvos durante una niebla parecida. Sabemos que tú has regresado cuarenta años después con recuerdos fragmentados de un hombre al que nunca conociste. Nada más.

—No es poca cosa.

Xoán volvió a sentarse.

Contempló la fotografía como si esperara que el hombre cambiara de postura.

—Mi madre decía que yo tenía su nariz.

—Puri me lo contó.

—Xosefa murió pensando que él no había vuelto.

Uxía asintió.

—Y después murió pensando que yo tampoco volvería.

No había conocido conscientemente a Ramón y, sin embargo, la pena encontró un lugar donde asentarse. No era el duelo por un padre recordado. Era el de un hijo que descubría demasiado tarde que quizá había estado cerca de aquel hombre en el único lugar donde ninguno de los dos podía reconocerse.

—¿Crees que estaba allí cuando entramos Manuel y yo? —preguntó.

—Es posible.

Uxía eligió cada palabra.

—Si la brétema altera el paso del tiempo, cuarenta años fuera no tienen por qué significar cuarenta dentro. Pero aún no sabemos cuánto ha pasado para ti ni qué significa exactamente «estar allí». Solo sabemos que tu cuerpo ha envejecido unos pocos años y que tú lo percibes casi como un salto.

Xoán apretó la fotografía.

—¿Sigue dentro?

La pregunta llegó sin preparación, desnuda y urgente.

Uxía pensó en Puri negando con la cabeza en la cocina. Pensó en las tres desapariciones y en el regreso incompleto de solo dos hombres.

—No lo sabemos.

—Pero puede.

—Puede.

Era lo único honesto. No podía prometer un regreso ni declarar una muerte. No podía convertir una posibilidad en esperanza después de haber visto lo que la esperanza había hecho en Casa Freire.

Xoán permaneció en el patio hasta que empezó a oscurecer.

Se llevó la fotografía consigo. Antes de entrar preguntó si podía guardarla aquella noche.

—Es de la familia —respondió Uxía—. También es tuya.

La palabra pareció pesarle.

Esa noche, Uxía sacó una libreta nueva.

No utilizó el móvil. Quería páginas que pudiera ordenar, tachar y extender sobre una mesa. En la primera escribió la fecha y debajo un título provisional que no era para un artículo ni para un libro:

Preguntas sobre la desaparición y el regreso.

Anotó primero los hechos, separados de las interpretaciones:

Xoán describe antes de ver la foto: barba oscura, nariz prominente, cojera, red de nudos gruesos.

Fotografía única de Ramón, verano de 1946. Xoán reconoce los mismos rasgos sin conocer su identidad.

Ramón desaparece en 1947. Xoán desaparece en 1985. Ambos casos se producen cerca de A Illa dos Corvos durante una niebla repentina.

Debajo, separada por una línea, escribió una hipótesis:

Posible coincidencia de Ramón y Xoán dentro de la brétema.

Después añadió las líneas de investigación:

Localizar el expediente de Elixio Cortizo sobre 1985.

Obtener datos meteorológicos verificables: hora, viento, marea, temperatura, humedad.

Hablar con Bieito desde el principio, no a través de recuerdos ajenos.

Preguntar a Manuel qué fragmentos conserva y compararlos sin que Xoán lo condicione.

Determinar si existe algún patrón que permita saber cuándo puede repetirse.

Se quedó mirando la última frase.

Hasta entonces había investigado el pasado para entender qué había ocurrido.

Aquella pregunta miraba hacia el futuro.

¿Y si vuelve a abrirse?

No escribió todavía el nombre de Ramón debajo.

1 . Ramón, verano del 46.