El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Amparo Bugallo Reboiro llevaba casi setenta años viviendo en la misma casa de piedra al final de la Rúa do Cristal.

Había entrado en ella siendo poco más que una muchacha, cuando se casó con Xesús y todavía compartían el piso de arriba con los padres de él. Allí había criado a seis hijos, velado a un marido y aprendido, durante cuarenta años, a no mirar hacia el mar cuando tendía la ropa.

Aquella mañana estaba en el huerto, palpando las hojas de las acelgas para distinguir las buenas de las comidas por los caracoles, sin saber que Manuel se encontraba a menos de un kilómetro.

Después del alta, él había pasado dos noches en Casa Freire.

La familia necesitaba preparar el encuentro y, sobre todo, evitar que la noticia llegara a Amparo deformada por un rumor.

Una de sus hijas —la misma que había entregado la muestra de ADN— pidió que nadie le dijera nada hasta que existiera una confirmación absoluta.

—Mi madre enterró a Manuel una vez —había dicho—. No voy a permitir que le hagamos desenterrarlo para descubrir después que nos equivocamos.

La prueba no dejaba lugar a dudas.

Aun así, nadie sabía cómo pronunciar la verdad.

Manuel apenas habló durante aquellas dos noches.

Dormía en el sofá de Casa Freire y se levantaba antes que todos, no porque hubiera descansado, sino porque el cuerpo seguía obedeciendo a la hora de salida de los barcos.

Se quedaba sentado en la cocina, mirando los electrodomésticos, el teléfono móvil de Uxía y la luz digital del horno como si fueran piezas de un mundo construido mientras él parpadeaba.

Fue Uxía quien se ofreció a acompañarlo hasta la casa de Amparo.

—No hace falta —dijo Manuel.

Lo dijo sin mirarla, como si aceptar compañía le costara más que necesitarla.

—Ya lo sé.

Uxía cogió el abrigo.

—Pero yo también podía hacer sola algunas cosas y agradecí que alguien no me dejara.

Manuel no volvió a negarse.

Fueron andando. La casa estaba lo bastante cerca para llegar en diez minutos, pero Manuel tardó casi media hora.

Se detenía ante fachadas que reconocía bajo capas nuevas de pintura, miraba escaparates donde antes había talleres y buscaba nombres en personas que se cruzaban con ellos.

Algunos vecinos se apartaban para dejarlo pasar.

Otros lo observaban desde las puertas con una mezcla de curiosidad y miedo, como si temieran que su regreso pudiera volver contagiosa la ausencia.

—Aquí estaba la zapatería de Moncho —dijo frente a un local vacío.

—Cerró hace más de veinte años.

Manuel asintió, pero no reanudó el paso de inmediato.

Cada respuesta de Uxía le mostraba una parte de lo que había perdido.

La casa de los Rial Bugallo conservaba las contraventanas azules y el muro bajo de granito que Xesús había levantado cuando nacieron los primeros hijos. En el huerto crecían coles, acelgas y un limonero inclinado hacia la tapia. Manuel apoyó la mano en una de las piedras del muro.

Sus dedos encontraron una marca grabada cerca de la esquina: seis líneas verticales, desiguales, una por cada hermano. La última era más corta que las demás.

—La hice yo —dijo.

No parecía preguntar.

En la puerta esperaba una mujer de más de setenta años. Uxía la había conocido el día de las pruebas, pero Manuel solo había hablado con ella unos minutos en el hospital, después de que le explicaran que aquella anciana era una de sus hermanas.

Él la miró tratando de recuperar a la joven que recordaba.

—Mamá está dentro —dijo ella. Tenía los ojos enrojecidos—. Le hemos dicho que venía alguien a verla. No quién.

Manuel tragó saliva.

—¿Estás segura?

La mujer negó con la cabeza.

—No. Pero entra igual.

Amparo estaba sentada en una silla de enea junto a la ventana de la cocina. Sujetaba un rosario entre las manos, aunque no movía los labios. Sobre el respaldo de otra silla había una chaqueta de hombre cuidadosamente doblada.

La buena.

La que no había conseguido meter en el ataúd.

Amparo levantó la cabeza al oír la puerta.

Sus ojos estaban nublados por las cataratas, pero conservaban visión suficiente para distinguir la figura que entraba detrás de Uxía.

Lo observó durante un largo rato. No reaccionó como Carme, plegando las décadas hasta devolverlo a la mañana de 1985.

Amparo hizo las cuentas. Uxía pudo ver cada una pasarle por el rostro: la edad del hombre, la forma de los hombros, la cicatriz pequeña bajo la barbilla que Manuel se había hecho de niño, el modo de colocar el peso sobre la pierna derecha.

El rosario dejó de moverse entre sus dedos.

—Non 1 —dijo al fin—. Non pode ser. 2

Manuel dio un paso.

—Nai. 3

La voz se le quebró en la palabra.

—Son eu. 4

Amparo dejó caer el rosario.

Durante un instante Uxía temió que Amparo no soportara físicamente lo que acababa de comprender. La anciana se llevó ambas manos a la boca, respiró una vez sin conseguir llenar los pulmones y se apoyó en los brazos de la silla.

Después se levantó.

Lo hizo despacio, pero sin aceptar ayuda. Cruzó la cocina con una firmeza nacida en algún lugar anterior a la edad y se detuvo a un palmo de Manuel.

Le tocó la cara.

Primero la mejilla. Después la oreja izquierda, cuya parte superior se doblaba ligeramente hacia fuera. Por último, deslizó el pulgar bajo su barbilla hasta encontrar la cicatriz.

—Caíches contra o banco da cociña —susurró—. Tiñas sete anos e non parabas de berrar porque pensabas que che ían coser a boca. 5

Manuel soltó una risa rota que se convirtió en llanto antes de terminar.

—Nai. 6

Amparo apoyó las dos manos sobre su rostro.

—Enterreite —dijo—. Enterreite hai corenta anos, meu fillo. Cun caixón baleiro. 7

Miró la chaqueta doblada en la silla.

—Non fun quen de meter dentro nin sequera a túa chaqueta boa. Non puiden. 8

—Xa o sei. Uxía mo contou. 9

Manuel cerró los ojos bajo las manos de su madre.

—Sinto moito o que che fixen pasar. 10

—Ti non me fixeches nada. 11

Amparo negó con una violencia que parecía impropia de su fragilidad.

—Ti non tiveches culpa ningunha. 12 Fun eu quen tivo que aprender a vivir pensando que estabas morto. Era iso ou quedar mirando a porta para sempre. 13

Lo abrazó.

Amparo apenas le llegaba al pecho. A ojos de un desconocido podían parecer una abuela y su nieto: sus cuerpos parecían separados por sesenta y un años, aunque Amparo solo tenía veinticinco cuando Manuel nació.

Manuel la rodeó con los brazos sin saber cuánta fuerza podía usar, como si también ella fuera una prueba que el tiempo podía romper.

Uxía bajó la mirada. Aquello era demasiado íntimo para una testigo.

Dio un paso hacia la puerta.

Manuel alargó una mano detrás de la espalda de su madre y le hizo un gesto pequeño para que no se marchara.

Uxía se quedó.

La hermana de Manuel entró también. Se situó a un lado, llorando en silencio.

Él la observó sobre el hombro de Amparo y por primera vez pareció comprender que el regreso no terminaba en recuperar a su madre.

Cinco hermanos habían envejecido sin él.

Su padre podía estar en otra habitación, enfermo o dormido.

Había sobrinos, muertes, bodas y décadas que todavía no conocía.

Cuando Amparo lo soltó, Manuel miró hacia el pasillo.

—¿E papá? 14

Nadie respondió enseguida.

La ausencia adquirió forma en el silencio.

Amparo cerró los ojos.

—Morreu hai dezaseis anos —dijo su hija—. Foi rápido. O corazón. 15

Manuel retrocedió hasta chocar con la mesa.

—No hospital non mo dixeron. 16

—Pedimos que esperasen —explicó la hermana—. Non sabiamos canto podías soportar de golpe. 17

Él miró a Amparo.

—El pensou que eu morrera. 18

No era una pregunta.

Amparo tomó la chaqueta del respaldo y se la entregó.

—Morreu pensando que te enterrara. Pero gardou todas as túas ferramentas. Nunca deixou que ninguén usase o teu martelo pequeno. 19

Manuel recibió la prenda con ambas manos.

La acercó a la cara. La tela conservaba olor a armario, jabón y humedad, no a la persona que la había llevado cuarenta años antes. Aun así, la apretó contra el pecho del mismo modo en que Amparo lo había hecho durante el funeral.

Lloró por su padre allí, en la cocina donde lo había visto por última vez, sostenido por una madre anciana y una hermana que había cruzado cuatro décadas sin él.

No hubo forma de consolarlo. Nadie lo intentó.

Más tarde, Amparo los sentó a la mesa y preparó café.

Puso tres tazas, olvidó la de su hija y tuvo que volver al armario.

Las manos le temblaban tanto que derramó parte del líquido sobre el mantel.

Manuel se levantó por reflejo para ayudarla y abrió a la primera el cajón donde se guardaban los paños.

Los tres se quedaron mirando su mano dentro del mueble.

La cocina había cambiado, pero no todo estaba en un lugar distinto.

Amparo se sentó frente a él.

—Carme sempre dixo que estabades vivos —dijo—. Sempre. 20

Manuel bajó la vista hacia el café.

—E ti? 21

—Eu deixei de crelo porque necesitaba seguir levantándome cada mañá. —Amparo acarició con dos dedos el borde de la taza—. Pensaba que Carme non podía aceptar o que pasara. Compadecíaa. 22

Miró a Uxía.

—Pero Carme non estaba tola. E resulta que eu estaba equivocada. 23

No lo dijo con alivio. Tener razón habría significado que su hijo estaba muerto. Descubrir que estaba equivocada significaba recuperarlo, pero también la obligaba a contemplar cuarenta años de duelo construidos alrededor de una certeza que ahora se deshacía.

Uxía comprendió entonces que ninguna de las dos familias había elegido bien ni mal.

Carme se había negado a dar por muerto a Xoán, pero la enfermedad empezaba a llevarse el momento de su regreso. Amparo había enterrado a su hijo para poder seguir viviendo y ahora debía aprender a convivir con un hombre más joven que algunos de sus nietos.

La brétema no devolvía lo que se llevaba.

Lo colocaba de nuevo en el mundo cuando el lugar que había dejado ya no existía.

Antes de marcharse, Uxía vio a Manuel sentado junto a Amparo, con la chaqueta buena sobre las rodillas y la mano de su madre apoyada encima de la suya.

En el pasillo, su hermana sacaba de un armario una caja con las herramientas que Xesús había conservado.

Manuel no regresaría a Casa Freire aquella noche.

Por primera vez desde que salió de la niebla, tenía una casa en la que el dolor sabía su nombre.

1 . No. 2 . No puede ser. 3 . Madre. 4 .

Soy yo. 5 . Te caíste contra el banco de la cocina.

Tenías siete años y no parabas de gritar porque pensabas que te iban a coser la boca.

6 . Madre. 7 . Te enterré. Te enterré hace cuarenta años, hijo mío.

Con un ataúd vacío. 8 . No fui capaz de meter dentro ni siquiera tu chaqueta buena.

No pude. 9 . Ya lo sé. Uxía me lo contó.

10 . Siento mucho lo que te hice pasar. 11 .

Tú no me hiciste nada. 12 . Tú no tuviste ninguna culpa.

13 . Fui yo quien tuvo que aprender a vivir pensando que estabas muerto.

Era eso o quedarme mirando la puerta para siempre.

14 . ¿Y papá? 15 . Murió hace dieciséis años.

Fue rápido. El corazón. 16 . En el hospital no me lo dijeron.

17 . Pedimos que esperasen. No sabíamos cuánto podías soportar de golpe.

18 . Él pensó que yo había muerto. 19 . Murió pensando que te había enterrado.

Pero guardó todas tus herramientas. Nunca dejó que nadie utilizara tu martillo pequeño.

20 . Carme siempre dijo que estabais vivos.

Siempre. 21 . ¿Y tú? 22 . Yo dejé de creerlo porque necesitaba seguir levantándome cada mañana.

Pensaba que Carme no podía aceptar lo que había ocurrido.

La compadecía. 23 . Pero Carme no estaba loca. Y resulta que yo estaba equivocada.