El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El ataúd pesaba menos de lo que debería, y todos los hombres que lo cargaron aquella mañana lo notaron sin decirlo.

No era solo que estuviera vacío. Era la manera en que respondía a cada movimiento: demasiado ligero al levantarlo, demasiado hueco cuando una esquina rozaba el suelo de piedra.

Un cuerpo habría dado a la caja una gravedad distinta.

Habría obligado a los portadores a acompasar mejor los pasos, a respirar juntos, a sentir en los hombros la certeza de aquello que llevaban.

Dentro no había nada.

Xesús Rial Doval había insistido en que fuera de roble.

El carpintero de Vilanova le explicó que no hacía falta, que para un féretro sin cuerpo bastaba una madera más sencilla, pero Xesús no quiso escuchar razones de precio ni de peso.

Eligió las tablas una por una y pasó cuatro días en el taller mientras lo construían, observando cada ensamble con la misma concentración que ponía ante un bloque de granito.

No sabía trabajar la madera. Sabía hacer durar la memoria de otra manera.

En casa talló una pequeña placa de piedra con el nombre completo de su hijo y las fechas que podía grabar: el nacimiento y, en lugar de una muerte que nadie había visto, el día de la desaparición.

La pulió hasta dejarla lisa y la colocó sobre la tapa.

Era su forma de participar en la construcción de aquel lugar de despedida que la familia había decidido construir para Manuel.

Amparo había querido meter dentro la chaqueta buena del muchacho, la que se ponía los domingos y en las fiestas. La sacó del armario, la dobló sobre la cama y permaneció horas mirándola. Al final llegó a la iglesia con la prenda apretada contra el pecho.

No fue capaz de soltarla.

—Isto queda comigo —dijo cuando una de sus hijas intentó cogerla—. Isto non vai para ningunha caixa. 1

La misa se celebró una semana después de que apareciera el Santa Bárbara vacío.

Carme no asistió.

No por desprecio hacia los Rial Bugallo, aunque algunos lo interpretaron así, sino porque entrar en una iglesia donde se despedía a Manuel como muerto habría significado acercarse demasiado a una palabra que ella se negaba a pronunciar para Xoán.

Permaneció en Casa Freire con Uxía, mientras Puri acudía al funeral en representación de las dos.

Bieito se quedó cerca de la última columna, lejos de la familia.

Desde allí veía la caja, las cinco cabezas inclinadas de los hermanos mayores de Manuel y la nuca rígida de Xesús.

No se acercó a ayudar cuando sacaron el ataúd.

Tenía la impresión de que, si apoyaba una mano en aquella madera, la culpa que llevaba desde la mañana de la niebla adquiriría por fin un peso que no podría volver a soltar.

Fue el propio Xesús quien había propuesto el nombre del barco un año antes.

Santa Bárbara.

La patrona de los canteros. La santa a la que los hombres de piedra pedían protección contra los rayos, los desprendimientos y las muertes repentinas.

Lo sugirió medio en broma cuando Manuel anunció que no quería entrar en la cantera con sus hermanos y que prefería aprender el oficio del mar junto a Xoán.

—Xa que vas abandonar a pedra, polo menos leva a santa contigo 2 —le había dicho.

Manuel se rio. Xoán mandó pintar el nombre en el casco.

Aquella mañana, al ver el ataúd avanzar por la nave de la iglesia, Bieito recordó la conversación con una claridad insoportable. La santa había regresado a la familia convertida en el nombre de un barco vacío.

Después de la misa, llevaron la caja hasta O Peirao Vello para el responso frente al mar.

Xesús caminó detrás con sus otros cinco hijos.

Todos eran mayores que Manuel. Algunos tenían ya familia propia y uno sostenía en brazos a un bebé que no dejaba de tirar del cuello de su camisa, ajeno a la razón por la que los adultos hablaban en susurros.

El cielo estaba despejado. Había viento. Las gaviotas gritaban sobre A Lonxa.

Bieito odió aquella normalidad.

Celso Rey Nogueira se situó a su lado. Habían pasado los días de búsqueda juntos y, sin embargo, era la primera vez que se acercaba a él desde que habían encontrado el barco.

—Ti non tiveches culpa ningunha 3 —dijo.

Bieito mantuvo los ojos en el ataúd.

—Aviseino, e non me fixo caso. Se cadra debín insistir máis, quizais… 4

—Quizais nada. 5

Celso le puso una mano en el hombro. Era la misma mano que treinta y ocho años antes había recogido las redes de Ramón al comprender que su dueño no regresaría a por ellas.

—Iso xa o vivín eu, Bieito. E dígoche unha cousa: a culpa non trae a ninguén de volta. Só te afunde a ti tamén. 6

—Ti avisáchelo? 7

Celso tardó un momento en responder.

—Non. E pasei media vida inventando as palabras que lle tería dito se soubese o que ía pasar. 8

Bieito miró por fin al anciano.

—Serviuche de algo? 9

—Non. 10

La sinceridad de la respuesta fue más dura que cualquier consuelo.

Amparo no lloró durante la misa ni mientras el cura pronunciaba las oraciones frente al agua. Sostenía la chaqueta de Manuel doblada entre los brazos, con una manga colgando como si dentro quedara aún la forma del codo.

Se derrumbó después.

Puri se acercó para darle el pésame y apenas llegó a rozarle el brazo cuando Amparo dejó escapar un sonido que parecía llevar una semana retenido. Apoyó la frente en el hombro de Puri y se aferró a ella con una fuerza que no correspondía a su cuerpo menudo.

—Tiña vinte e dous anos —dijo, aunque nadie le había preguntado la edad—. Vinte e dous anos, e o único que quería era demostrarme que podía facer outra cousa distinta da pedra. 11

—Xa o sei 12 —murmuró Puri.

—Eu dixen que volvería. Díxenlle que o mar acabaría devolvéndoo á casa coa cabeza baixa. —Amparo apretó la chaqueta—. Non pensei que ía volver así. 13

Puri no le dijo que no había vuelto nada. Para Amparo, aquel ataúd era la forma que había adoptado el regreso.

Xesús permaneció apartado con los otros hijos.

No lloraba. Tenía las manos llenas de polvo gris porque esa misma mañana había vuelto a repasar la placa de piedra, aunque ya no quedara nada que pulir.

Miraba el mar sin parpadear, con el rostro endurecido de un hombre al que nadie había enseñado a hacer otra cosa con el dolor.

Cuando el responso terminó, dos hombres dejaron la caja sobre el carro que la llevaría al cementerio. Alguien, tratando de llenar el silencio, comentó que Carme Freire no había querido celebrar funeral alguno y que seguía negándose a aceptar la muerte de su marido.

No lo dijo con malicia. Quizá por eso la respuesta de Xesús sonó más definitiva.

—Ela ten o luxo de poder crer iso —dijo sin alzar la voz—. Nós non. 14

Todos miraron al suelo.

Puri estuvo a punto de responder que la esperanza de Carme no se parecía a ningún lujo. Vio la chaqueta en brazos de Amparo, la placa que Xesús había tallado y a los cinco hermanos rodeando una ausencia, y decidió callar.

Con los años, aquella frase se convertiría en la explicación silenciosa de por qué las dos familias dejaron de hablarse con naturalidad.

No hubo una pelea. No se pronunciaron acusaciones abiertas.

Los Rial Bugallo habían enterrado un ataúd vacío porque necesitaban dar forma al duelo.

Carme se había negado a celebrar un funeral porque no tenía un cuerpo ni una certeza con los que hacerlo.

Cada decisión convertía la de la otra casa en algo difícil de soportar.

Cuando echaron la primera palada de tierra sobre el roble, el sonido fue demasiado limpio.

Hueco.

Amparo apretó la chaqueta contra la cara. Xesús no se movió.

Bieito cerró los ojos y volvió a escuchar el motor del Santa Bárbara alejándose hacia la isla.

Cuarenta años después, el mar devolvería a Manuel con un cuerpo de veintiséis años y la misma necesidad de demostrar que podía elegir una vida distinta de la piedra.

Xesús llevaría entonces dieciséis años enterrado, sin haber llegado a saber que la caja de roble que eligió para despedir a su hijo siempre había estado vacía por una razón que nadie en Corvoeira habría podido imaginar.

1 . Esto se queda conmigo. Esto no va a ninguna caja.

2 . Ya que vas a abandonar la piedra, por lo menos lleva a la santa contigo.

3 . Tú no tuviste ninguna culpa. 4 . Le avisé, y no me hizo caso.

A lo mejor debí insistir más, quizás… 5 .

Quizás nada. 6 . Eso ya lo viví yo, Bieito.

Y te digo una cosa: la culpa no trae a nadie de vuelta.

Solo te hunde a ti también. 7 . ¿Tú le avisaste?

8 . No. Y pasé media vida inventando las palabras que le habría dicho si hubiese sabido lo que iba a ocurrir.

9 . ¿Te sirvió de algo? 10 . No. 11 . Tenía veintidós años.

Veintidós años, y lo único que quería era demostrarme que podía dedicarse a algo distinto del trabajo de la piedra.

12 . Ya lo sé. 13 . Yo dije que volvería.

Le dije que el mar acabaría devolviéndolo a casa con la cabeza baja.

No pensé que volvería así. 14 . Ella tiene el lujo de poder creer eso. Nosotros no.