CAPÍTULO 7
Pasaron cinco días antes de que llegara la llamada definitiva.
Cinco días de conversaciones interrumpidas con el hospital de Vilanova, muestras enviadas al laboratorio y preguntas para las que ningún médico parecía tener una casilla adecuada.
Uxía había entregado una muestra de saliva la misma tarde del hallazgo.
Una de las hermanas de Manuel, avisada con discreción por Breogán, se prestó también a la comparación sin contarle todavía nada a Amparo.
Durante esos días, Corvoeira dejó de hablar de otra cosa.
Aparecieron periodistas de dos emisoras locales y un fotógrafo que pasó una mañana entera frente a Casa Freire antes de que Breogán lo convenciera de marcharse.
Uxía no respondió a ninguna llamada profesional.
Tampoco contó a sus antiguos compañeros lo que estaba ocurriendo.
Cada vez que veía un número desconocido en la pantalla, lo dejaba sonar hasta que se apagaba.
El quinto día, la médica de Vilanova llamó poco después del desayuno.
—Las pruebas confirman la identidad de los dos —dijo, sin preámbulos—. La comparación contigo establece que Xoán Freire Rial es tu padre. En el caso de Manuel, el parentesco con su hermana también coincide. No hay ninguna duda razonable.
Uxía se sentó en la primera silla que encontró.
Había esperado aquella confirmación desde el centro de salud, pero oírla no produjo certeza. Produjo vértigo.
—¿Y ahora qué ocurre?
—En lo médico, poco más que podamos resolver ingresándolos.
La hipotermia y la deshidratación han remitido.
Las pruebas neurológicas no muestran una lesión aguda y ambos conservan recuerdos coherentes hasta la mañana de su desaparición.
No presentan una pérdida de memoria convencional.
Están desorientados respecto al tiempo transcurrido, pero no existe un diagnóstico que explique el resto.
—¿Los vais a dar de alta?
—Los dos pueden decidir por sí mismos. Xoán ha pedido volver a su casa. Manuel también quiere regresar a Corvoeira mientras su familia organiza cómo hablar con su madre.
Uxía apretó el teléfono.
—¿A su casa?
—La dirección que da Xoán sigue siendo Casa Freire.
Breogán ha comprobado que nunca se tramitó una declaración legal de fallecimiento y que continúa constando como marido de Carme, aunque toda su documentación esté caducada.
Nada de eso decide dónde debe vivir, pero confirma que el vínculo legal con Carme continúa vigente.
—La médica hizo una pausa—. La pregunta es si vosotros podéis recibirlo ahora, aunque sea de forma provisional.
Él ha dicho que no quiere entrar en esa casa si Carme o tú no lo queréis allí.
La consideración la desarmó más que cualquier exigencia.
—¿Y si mi madre no entiende quién es?
—Eso no podemos preverlo. Sabemos que tiene Alzheimer y hemos hablado con su médica.
Conviene evitar una presentación brusca, mantener el ambiente tranquilo y no obligarla a aceptar una explicación que quizá no pueda procesar.
Pero no existe un protocolo para reencontrarse con un marido desaparecido cuarenta años.
Uxía cerró los ojos.
—Hablaré con Puri.
—No tienes que decidir sola. Xoán tampoco espera que lo hagas.
Después de colgar, permaneció sentada frente a la mesa de la cocina. Carme desmenuzaba una rebanada de pan sobre el plato, concentrada en separar la corteza de la miga. Puri fregaba una cazuela en el fregadero.
—Era el hospital —dijo Uxía.
Puri cerró el grifo.
Carme levantó la cabeza.
—¿Quién está enfermo?
—Nadie, mamá. Una llamada de trabajo.
La mentira volvió a salir con demasiada facilidad.
Esperaron hasta que Carme terminó el desayuno y subió a descansar. Entonces Uxía le contó a Puri lo que había dicho la médica.
—Xoán quiere venir aquí.
Puri se secó las manos en el delantal.
—Es su casa.
—También es la casa de mamá. Y ella no está en condiciones de decidir si puede soportarlo.
—Tampoco está en condiciones de decidir que no.
—Eso no significa que podamos ponerlo delante y esperar un milagro.
Puri apoyó las manos sobre la mesa.
—No espero ningún milagro. Espero que vea a su marido.
—A un marido que tiene casi la misma edad que yo.
—A Xoán.
La respuesta fue inmediata, pero no dura.
Uxía se levantó y caminó hasta la ventana. En el patio, una sábana se movía lentamente en el tendal.
—Podría asustarse. Podría no reconocerlo. Podría reconocerlo y olvidarlo cinco minutos después.
—Sí.
—¿Y eso no te preocupa?
—Me preocupa todo. —Puri se sentó—. Pero también me preocupa que pase lo que le quede de vida esperando a un hombre que ya está a cuarenta minutos de aquí porque nosotras decidimos que la verdad era demasiado difícil para ella.
La frase cayó entre las dos.
No era la primera vez que Puri tomaba una decisión para proteger a Uxía o a Carme. Aquella vez, sin embargo, no estaba dispuesta a confundir protección con ocultamiento.
—Manuel también vuelve —dijo Uxía—. Su hermana necesita tiempo para preparar a Amparo. Se quedará aquí un par de noches, si podemos hacerle sitio.
—El sofá se abre.
—Físicamente tiene veintiséis años y una madre de ochenta y siete.
—Ya lo sé.
Puri miró hacia el techo, hacia la habitación donde dormía Carme.
—Ninguna de estas cuentas va a salir bien, hija.
Pasaron la tarde preparando la casa para recibir a dos hombres que habían salido de Corvoeira cuatro décadas antes.
Puri vació una habitación del fondo que se había convertido en almacén.
Uxía retiró cajas de ropa, una máquina de coser rota y dos sillas sin asiento.
Encontraron detrás de un armario una marca de lápiz en la pared con el nombre de Uxía y la fecha de su tercer cumpleaños.
Aquello retrasó el trabajo varios minutos: ninguna quiso borrarla y tuvieron que mover el mueble de otra manera.
Extendieron el sofá para Manuel. Buscaron ropa que pudiera servirles. Puri llamó a Sabela, que llegó con dos bolsas de prendas prestadas y dejó también un neceser sin hacer preguntas.
Carme observó el movimiento desde la puerta.
—¿Viene gente?
—Dos invitados —respondió Puri.
—¿Quedan a cear? 1
—Sí.
Carme pareció satisfecha con aquella explicación.
El coche de Breogán se detuvo frente a Casa Freire al anochecer.
Uxía oyó el motor desde el pasillo y sintió que el cuerpo se le quedaba inmóvil antes de que pudiera ordenar a las piernas que avanzaran. Puri abrió la puerta.
Manuel bajó primero. Vestía unos vaqueros y una chaqueta prestados. En cinco días había perdido parte del aspecto de náufrago, pero no la manera de mirar cada cosa como si necesitara comprobar que seguía allí. Saludó a Puri con una inclinación de cabeza y entró sin levantar la vista.
Xoán permaneció junto al coche.
Llevaba una bolsa del hospital en una mano. Dentro estaban la ropa con la que había aparecido, varios informes y un neceser nuevo. Todo lo que llevaba consigo en 2025 cabía en aquella bolsa de plástico.
Breogán habló con él en voz baja. Xoán asintió. Después se acercó a la casa.
Se detuvo antes del peldaño roto.
—Sigue igual —dijo.
Uxía no supo si se refería al escalón o a la fachada entera.
—Nadie lo arregló.
Xoán rozó con la punta de la bota la grieta de la piedra. Una sonrisa mínima, dolorosa, apareció y desapareció en su rostro.
—Llevaba meses diciendo que iba a hacerlo.
Para él seguían siendo meses. Para la casa habían sido cuarenta años de lluvia entrando en la misma fisura.
Subió el peldaño.
—Esta es mi casa —dijo.
No era una pregunta, pero tampoco una afirmación completa. Parecía pedir permiso para que ambas cosas —el recuerdo y el presente— pudieran ser ciertas al mismo tiempo.
—Sí —respondió Uxía—. Sigue siendo tu casa.
Xoán la miró antes de entrar.
—¿Carme sabe que vengo?
—Sabe que hay invitados.
Él bajó los ojos.
—Puedo irme si esto le hace daño.
—No sabemos qué le hará.
—Entonces entramos despacio.
Manuel se quedó en la cocina con Puri y Breogán. Uxía condujo a Xoán por el pasillo.
Avanzaba casi de puntillas. Se detuvo frente al perchero, ante una fotografía reciente de Carme y delante de una puerta que en su recuerdo debía de abrirse hacia otro cuarto.
Recorría las paredes con la mirada, comparándolas con una versión antigua de la casa: muebles desaparecidos, pintura distinta, interruptores donde antes habría cables de tela.
Cada cambio le producía un tropiezo pequeño en la respiración.
—La cocina era azul —murmuró.
—La reformaron en los noventa.
Xoán volvió la cara hacia ella.
La frase contenía una década entera que para él no existía.
Carme estaba en la sala, sentada junto a la ventana.
La luz del atardecer le daba de lado y volvía casi transparente el pelo blanco. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas y miraba la ría con la concentración de siempre.
Uxía se adelantó.
Durante la tarde había imaginado decenas de maneras de preparar aquel encuentro. Ninguna servía ahora.
—Mamá. Ha venido alguien a verte.
Carme volvió la cabeza.
Sus ojos se posaron primero en Uxía y después en Xoán, inmóvil en el marco de la puerta con la bolsa de plástico colgando de la mano.
El silencio se prolongó.
Uxía observó el rostro de su madre buscando una señal de miedo, confusión o reconocimiento. Carme recorrió la figura de Xoán despacio, desde las botas prestadas hasta la cicatriz sobre la ceja.
Entonces sonrió.
—Chegaches cedo 2 —dijo—. Pensei que ías pescar ata a noite. 3
Uxía sintió que el suelo cambiaba de inclinación.
Carme no estaba comprendiendo que su marido hubiera regresado después de cuarenta años. Para ella, los cuarenta años no existían en aquel instante. Veía al hombre que había salido por la mañana y que, contra la costumbre, volvía antes de cenar.
Xoán se quedó paralizado.
Durante los días del hospital le habían explicado la fecha, la enfermedad de Carme y la edad de Uxía. Había leído informes y visto calendarios. Nada de aquello lo había preparado para encontrar a su mujer envejecida mientras ella lo miraba desde 1985.
—Carme —dijo.
La voz se le quebró en el nombre.
—Ven, senta. 4
Carme dio unas palmadas sobre el asiento vacío junto a ella.
—Estás moi guapo hoxe. Máis novo que nunca. 5
Desde el pasillo llegó un sonido extraño. Puri se había acercado sin que Uxía la oyera y se cubría la boca con ambas manos. Era una risa rota o un sollozo sin terminar.
Xoán dejó la bolsa en el suelo y se sentó.
No supo qué hacer con las manos hasta que Carme tomó una de ellas.
—Estás… —empezó.
Miró las arrugas, el pelo blanco y la alianza demasiado holgada. La mujer que él recordaba tenía treinta y cinco años y una hija de cuatro durmiendo en el piso de arriba. Aquella mujer tenía setenta y cinco, y aun así lo tocaba con la naturalidad de la víspera.
—Has cambiado mucho.
Carme frunció ligeramente el ceño, no ofendida, sino desconcertada por una observación que no comprendía.
—Ti non 6 —respondió—. Ti sigues igual. 7
Xoán cerró los ojos.
Carme le acarició los nudillos con el pulgar, distraída, como debía de haber hecho cientos de veces antes de que Uxía pudiera recordarlo.
Uxía permaneció en el umbral contemplando a sus padres juntos por primera vez en su vida adulta.
Había imaginado que aquel momento cerraría una herida.
En cambio, la abrió de otra manera: Carme había recuperado al hombre que esperaba, pero solo podía encontrarlo desde un tiempo que la enfermedad desordenaba; Xoán había regresado a su mujer y debía conocerla ya anciana.
No había nada limpio en aquel regreso.
Más tarde cenaron los cinco en la cocina. Carme preguntó dos veces quién era Manuel y aceptó las dos respuestas diferentes que Puri improvisó. Xoán apenas comió. Observaba a Uxía cuando creía que ella no lo veía, buscando en su rostro a la niña de cuatro años que le habían dicho que era su hija.
Breogán se marchó después de dejar varios números de teléfono y prometer que volvería por la mañana. Manuel se acomodó en el sofá sin protestar. Puri acompañó a Carme a su habitación.
Uxía mostró a Xoán el cuarto que habían despejado.
—No tienes que quedarte si no puedes dormir aquí.
Él apoyó la bolsa del hospital sobre la cama.
—No sé dónde podría dormir mejor.
Uxía asintió y cerró la puerta a medias.
Permaneció unos segundos en el pasillo. Desde la sala llegaba la respiración irregular de Manuel. En la habitación de Xoán no se oía ningún movimiento.
Entonces escuchó la voz de Carme al fondo de la casa, baja y casi cantada.
—O mar hoxe está moi tranquilo 8 —dijo en la oscuridad—. Moi tranquilo. 9
Uxía no supo si hablaba para sí misma, para Puri o para el hombre que acababa de regresar.
Detrás de la puerta entreabierta, Xoán tampoco dormía.
1 . ¿Se quedan a cenar? 2 . Has llegado pronto. 3 . Pensé que ibas a pescar hasta la noche. 4 . Ven, siéntate. 5 . Estás muy guapo hoy. Más joven que nunca. 6 . Tú no. 7 . Tú sigues igual. 8 . Hoy el mar está muy tranquilo. 9 . Muy tranquilo.