INTERLUDIO — A Illa dos Corvos, 1947
INTERLUDIO
Xosefa tenía veintiocho años y un hijo de un año dormido en brazos cuando dejó de contar las horas que Ramón llevaba fuera.
Al principio había seguido la mañana como cualquier otra.
Encendió la lumbre, puso agua a calentar y remendó una camisa junto a la ventana mientras Xoán dormía en la cuna.
Cada cierto tiempo levantaba la vista hacia el camino que descendía al puerto, esperando ver aparecer la figura de su marido con el paso desigual que le había dejado una caída de juventud.
A mediodía, el agua de la olla se había evaporado.
Al caer la tarde, media Corvoeira sabía que Ramón Freire Otero no había regresado.
No había amanecido todavía cuando se levantó aquella mañana de febrero.
Antes de salir, apoyó una mano en el hombro de Xosefa durante un segundo, el gesto con el que siempre decía vuelvo sin pronunciar la palabra.
Llevaban ocho años casados y habían aprendido a reservar las frases para aquello que no podía expresarse de otra manera.
Xosefa oyó cerrarse la puerta. Volvió a dormirse con el niño pegado al pecho.
Nunca volvería a escuchar a Ramón entrar por aquella puerta.
Celso Rey Nogueira había salido en otra embarcación y fue el último en ver la barca de Ramón. La distinguió cerca de A Illa dos Corvos poco antes de que la brétema borrara el islote.
—Non baixou coma sempre —repetiría después, primero ante los hombres que organizaron la búsqueda y más tarde ante cualquiera que todavía quisiera escucharlo—. Baixou de golpe. Coma un puño. 1
La niebla cubrió la boca de la ría durante horas. Cuando levantó, no quedaba rastro de Ramón.
Tampoco de su barca.
Buscaron durante dos días. Los hombres recorrieron las calas, las rocas exteriores y los arenales donde la corriente solía devolver lo que se llevaba. Celso salió en cada batida. Regresaba con sal seca en la cara y la misma respuesta antes de que Xosefa pudiera preguntarle.
Nada.
Don Amador Castro acompañó a los pescadores el primer día, con el breviario guardado en el bolsillo interior del abrigo. No llegó a sacarlo. No encontraron un cuerpo sobre el que rezar, ni una tabla rota, ni un remo, ni una nasa flotando que permitiera construir un naufragio.
Las vecinas entraban y salían de Casa Freire llevando caldo, pan y mantas que nadie había pedido. Hablaban en voz baja incluso cuando Xosefa no estaba en la habitación. Ninguna utilizaba la palabra viuda .
Al tercer día, don Amador regresó con el libro parroquial bajo el brazo.
Xosefa lo recibió en la cocina. Xoán dormía en la cuna de madera que Ramón había terminado el invierno anterior, cuando aún no sabían si el niño sería varón y el futuro parecía una cosa extensa, casi garantizada.
—Hai que anotalo, Xosefa —dijo el cura—. Hai que poñer algo. 2
Ella miró el libro cerrado.
—¿Qué va a poner?
Don Amador no respondió de inmediato. Había enterrado a hombres que el mar devolvió hinchados y sin rostro, y a otros cuyos restos nunca aparecieron pero cuya muerte nadie discutía. Aquello era distinto. Todo Corvoeira lo sabía, aunque solo Celso se atreviera a repetir cómo había bajado la niebla.
—Desaparecido en el mar —dijo al fin—. Mientras no haya otra certeza.
Xosefa volvió la cabeza hacia la cuna.
El niño dormía con un puño cerrado junto a la mejilla. Tenía la nariz de Ramón, aunque nadie se lo decía porque cualquier semejanza parecía entonces una forma de crueldad.
—Pon o que queiras —respondió—. Eu non vou dicir que morreu, porque eu non o vin morrer. 3
Don Amador abrió el libro.
Escribió desaparecido , no finado .
La palabra quedó allí, entre una boda y un bautizo, demasiado pequeña para contener lo que acababa de ocurrir.
Xosefa esperó, aunque nunca llamó espera a lo que hacía. Criaba a Xoán, remendaba redes para otras familias y mantenía la casa. No iba cada día al muelle ni preguntaba a todos los barcos. Simplemente se negaba a cerrar la posibilidad de que Ramón siguiera en algún lugar al que nadie sabía llegar.
Cuando alguien hablaba de «tu difunto marido», ella corregía la frase sin alzar la voz.
—Mi marido desapareció.
Con los años, la gente dejó de equivocarse delante de ella.
Xoán creció dentro de aquel silencio. No recordaría la cara de su padre, ni su voz, ni el peso de aquella mano sobre el hombro de Xosefa.
En la casa no quedó ninguna fotografía a la vista, y Xosefa, que apenas hablaba de Ramón, solo le repitió una cosa a lo largo de los años: que había heredado su nariz.
Treinta y ocho años después, cuando la brétema se cerrara también sobre él, volverían fragmentos sin dueño que nadie le había descrito nunca: una figura avanzando con una pierna más lenta que la otra, una barba densa recortada contra la blancura y una nariz prominente que se parecía demasiado a la suya.
Xoán no sabría quién era aquel hombre.
No tendría ningún recuerdo con el que reconocerlo.
Solo la certeza, enterrada en algún lugar del cuerpo, de haberlo visto dentro de la niebla.
1 . No bajó como siempre. Bajó de golpe. Como un puño. 2 . Hay que anotarlo, Xosefa. Hay que poner algo. 3 . Pon lo que quieras. Yo no voy a decir que murió, porque yo no lo vi morir.