El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Uxía no podía dormir.

Permaneció tendida boca arriba, mirando un techo que la oscuridad había borrado casi por completo, mientras las frases del día volvían una detrás de otra: Estabas allí esta mañana. ¿Nos conocemos? Es el pescador.

Cada vez que cerraba los ojos veía la cicatriz levantándose sobre la ceja de Xoán.

Oyó crujir una tabla al otro lado de la puerta.

Después otra.

Se incorporó. Los pasos avanzaron por el pasillo hasta la habitación de Carme y se detuvieron allí. Una puerta se abrió con cuidado. Durante unos segundos no se oyó nada; luego llegó la voz baja de Puri, pronunciando el nombre de su hermana, y la respuesta adormilada de Carme.

Uxía esperó hasta que los pasos regresaron hacia la escalera.

Encontró a Puri en la cocina, sentada frente a una taza de tila que no estaba bebiendo. La radio permanecía apagada. La única luz encendida era la que colgaba sobre la mesa, dejando las esquinas de la estancia en penumbra y la ventana convertida en un rectángulo negro.

—Tampoco tú puedes dormir —dijo Puri.

No pareció sorprendida al verla. Parecía llevar horas esperándola.

Uxía se preparó otra infusión, más por tener algo que hacer con las manos que por sed.

Mientras el agua se calentaba, miró el reflejo de las dos en el cristal: Puri menuda e inclinada sobre la mesa; ella de pie detrás, todavía con la bata de su adolescencia, que había encontrado en el armario y que apenas conseguía cerrarse.

Se sentó frente a su tía.

—Cuéntamelo.

Puri no preguntó qué.

—Todo —continuó Uxía—. Desde el principio. Ya no soy una niña a la que haya que proteger de esto.

Puri envolvió la taza con las dos manos.

Tenía una pequeña quemadura junto al pulgar, reciente, y las uñas cortadas casi al ras.

Uxía pensó en todas las tareas que aquellas manos habían asumido desde que Carme empezó a necesitar ayuda y en todas las que debían de haber sostenido antes, cuando ella todavía vivía en la casa y no sabía mirar.

—Nunca te lo contamos porque tu madre no quería —dijo al fin—. Pensaba que, si conocías cada detalle, ibas a acabar esperando tú también. Que ibas a pasar la vida mirando la ría igual que ella.

—Me dejasteis crecer pensando que se había ahogado.

—Te dejamos crecer con una respuesta que te permitía seguir creciendo.

Uxía sintió la frase como una defensa y como una acusación.

—Era mentira.

—Era la única explicación que podíamos darte.

La tetera soltó un pequeño chasquido al enfriarse. Fuera, el agua golpeaba muy abajo contra las piedras, con un ritmo regular que no lograba entrar del todo en la cocina.

—¿Qué es la brétema? —preguntó Uxía.

Puri levantó la vista.

—Niebla.

—No me refiero a la palabra.

Su tía tardó en responder.

—En Corvoeira, esa palabra siempre ha significado dos cosas. Está la niebla de invierno, la que te moja el pelo y hace que los barcos toquen la sirena. Y está la otra. La que baja cuando el mar se queda quieto de una forma que no es normal.

—Eso no explica nada.

—Porque nadie puede explicarlo.

—Pero habláis de ella como si tuviera reglas.

—No reglas. Avisos. Cosas que se repiten lo suficiente para que la gente aprenda a tenerles miedo.

Puri le habló de Amaro Cebreiro.

No como una leyenda contada para asustar a los niños, sino como el primer nombre que el pueblo había conservado unido a una desaparición imposible.

Le habló de aquella mañana de 1901, de la barca que nunca apareció y de Manuela Pardo, la mujer de A Punta Meiga que se atrevió a decir que no había sido el mar quien se lo llevó.

—Mi madre me contó esa historia cuando yo tendría ocho o nueve años —dijo Puri—. Me hizo prometer que nunca saldría hacia la isla si el agua estaba demasiado calma. Yo pensé que era una de esas cosas que cuentan las madres para que una niña no se acerque al puerto sola.

—Hasta 1985.

Puri bajó los ojos.

—Hasta 1985.

Le habló entonces de Ramón Freire Otero, el padre de Xoán.

Desapareció en febrero de 1947, cuando su hijo tenía apenas un año.

Celso Rey Nogueira había salido aquella mañana en otra barca y vio la niebla cerrarse alrededor de A Illa dos Corvos.

Buscaron a Ramón durante días. No encontraron el cuerpo ni la embarcación.

—Tu abuela Xosefa no quiso que lo llamaran muerto —explicó Puri—. Esperó a su manera. No como Carme. Xosefa no esperaba de la misma forma que Carme. Criaba a tu padre, trabajaba y seguía adelante sin vivir pendiente de cada barco. Pero nunca permitió que nadie hablara de ella como de una viuda.

Uxía pensó en la alianza gastada alrededor del dedo de Carme.

—Y después le ocurrió lo mismo a su hijo.

—Sí.

Puri no necesitó contarle otra vez la escena completa.

Uxía ya conocía la salida del Santa Bárbara , el saludo en el muelle y las tres horas de niebla.

Pero aquella noche añadió detalles que nadie le había dado nunca: Carme recorriendo la costa con las botas de Xoán bajo el brazo por si regresaba descalzo; Bieito negándose a abandonar el muelle; Celso sentado en una caja, repitiendo que la niebla había bajado igual que en 1947.

—¿Manuel sabía algo de estas historias? —preguntó Uxía.

—No lo sé. En su casa no se hablaba de la brétema. Los Rial Bugallo eran gente de piedra, no de mar. Manuel llevaba poco tiempo faenando como aprendiz con tu padre.

—Su familia hizo un funeral.

—Necesitaban hacerlo.

Puri alisó con el pulgar una grieta de la taza.

—Tu madre no. Esa fue la diferencia entre las dos casas.

Los Rial Bugallo decidieron que Manuel había muerto porque necesitaban un lugar donde dejar el dolor.

Carme se negó a dar por muerto a Xoán porque no había un cuerpo ni una explicación que le permitieran hacerlo.

Durante años, ninguna familia terminó de comprender que la otra hubiera elegido una forma distinta de sobrevivir.

Uxía dejó que las palabras se asentaran.

—¿Cuántas veces ha ocurrido?

—Desapariciones que conozcamos, tres: Amaro en 1901, Ramón en 1947 y tu padre con Manuel en 1985. Cuatro personas. —Puri miró hacia la ventana—. Lo de hoy es la primera vez que el pueblo ve regresar a alguien.

La precisión hizo que todo resultara más real, no menos.

—La niebla no detiene el tiempo —dijo Uxía—. No puede conservar a dos personas durante cuarenta años. Eso no existe.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿cómo puedes creerlo?

—Porque no estoy creyendo una historia. Estoy creyendo lo que vi.

Puri levantó la cabeza. Tenía los ojos cansados, pero no había superstición en ellos.

—Vi salir a Xoán con treinta y nueve años.

Vi bajar una niebla que no se parecía a ninguna otra.

Vi aparecer el barco sin él y pasé cuarenta años viendo cómo tu madre lo esperaba.

Esta mañana he visto a un hombre con su cara, su voz y su cicatriz decirme que me había saludado unas horas antes.

No sé cómo se llama lo que ha ocurrido, Uxía.

Pero fingir que no ha ocurrido no lo vuelve más razonable.

Uxía se pasó las manos por el rostro.

Había interrogado a personas que confundían recuerdos, a testigos que llenaban huecos sin saberlo, a familias que convertían la esperanza en certeza.

Conocía todas las formas en que una verdad podía deformarse cuando demasiada gente necesitaba creerla.

Pero también sabía reconocer cuándo varios hechos independientes empezaban a señalar en la misma dirección.

Los resultados de la prueba de ADN aún no habían llegado.

Se aferró a eso.

—¿Por qué no me lo contasteis nunca? —preguntó—. Aunque no pudierais demostrarlo. ¿Por qué no me disteis la posibilidad de decidir qué creer?

Puri abrió la boca y la cerró.

Cuando respondió, su voz había perdido toda firmeza.

—Porque contarte la verdad no iba a traerlo de vuelta y sí podía hacerte esperar. Yo vi lo que la espera le hacía a tu madre incluso antes de que enfermara. Vi cómo cada barco que entraba en la ría le cambiaba la cara durante un segundo. No quería que aprendieras a vivir así.

—Me fui igualmente.

—Por eso mismo. —Puri la miró—. Porque todavía pudiste irte.

Uxía apartó la vista.

Había pasado años pensando que se había marchado a pesar de su madre. Nunca se le había ocurrido que Puri y Carme hubieran construido sus silencios para que pudiera hacerlo.

—Pues ha vuelto sin que yo esperara —dijo—. Y ahora no sé si alegrarme o tener miedo.

—Las dos cosas.

Puri alargó una mano sobre la mesa y cubrió la de Uxía.

—Se pueden sentir las dos cosas a la vez, hija. Yo llevo cuarenta años haciéndolo.

Permanecieron así, sin hablar. Las infusiones se enfriaron. En el piso de arriba, Carme tosió una vez y después volvió el silencio.

Uxía miró la ventana. No distinguía la ría, solo su propio reflejo y el de Puri.

—¿Y Ramón?

Su tía retiró la mano.

—¿Qué pasa con él?

—Si todo esto es verdad, si mi padre y Manuel han estado en algún lugar donde el tiempo no pasó igual que aquí… ¿por qué Ramón no regresó con ellos?

Puri negó muy despacio.

No fingió una explicación. No habló de voluntad, castigo ni milagros. El desconocimiento apareció en su rostro como algo antiguo, heredado junto con la historia.

—Eso —dijo— es lo que nadie en Corvoeira ha sabido responder nunca.