El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 5
14%

CAPÍTULO 5

—No —dijo Uxía al fin—. No nos conocemos.

Dio un paso atrás al pronunciarlo, como si la distancia pudiera convertir la mentira en algo menos evidente.

Fue lo único que consiguió decir. Todo lo demás — soy Uxía, tenías una hija, esa hija soy yo, llevas cuarenta años desaparecido — se le quedó detenido en algún punto entre el pecho y la garganta.

No podía entregarle de golpe una vida entera a un hombre que acababa de mirarla buscando apenas un parecido sin nombre.

Xoán sostuvo su mirada durante un instante más.

—Perdona —murmuró.

Parecía avergonzado por no reconocerla, aunque no supiera todavía que había algo que reconocer.

La enfermera aprovechó su vacilación para apoyarle una mano en el hombro y conducirlo de nuevo hacia la consulta. Le habló despacio, pidiéndole que se sentara hasta que llegara la ambulancia. Xoán obedeció sin dejar de mirar atrás. La puerta se cerró entre los dos.

Uxía permaneció inmóvil en el pasillo.

Puri pronunció su nombre, pero ella fingió no oírla. Si su tía la tocaba o intentaba explicarle algo en ese momento, temía deshacerse allí mismo, delante de Breogán, de la médica y de aquellos vecinos que seguían pegados a la entrada para poder contar después hasta la forma exacta en que respiraba.

Salió del centro de salud sin despedirse.

El aire de la calle le golpeó la cara. Había empezado a oscurecer y las primeras luces se encendían detrás de las ventanas.

Desde la plaza llegaban conversaciones rápidas, puertas que se abrían, teléfonos sonando.

La noticia ya había dejado de pertenecer a quienes estaban en el muelle.

Corría de una casa a otra, creciendo en cada recorrido.

Uxía bajó sin rumbo por la calle principal.

Al pasar frente al bar de Sabela vio a varias personas junto a la barra.

Todas hablaban a la vez. Una mujer aseguraba que los dos hombres llevaban ropa propia de hacía cuarenta años.

Otro decía que habían aparecido abrazados a una boya.

Alguien más juraba que Xoán había preguntado por un marinero muerto desde los noventa.

Ninguno de ellos había estado dentro de la consulta.

Uxía siguió andando.

Llegó a O Peirao Vello cuando el puerto era ya una extensión de sombras azuladas.

En las losas permanecían las manchas oscuras dejadas por la ropa empapada de los dos hombres.

Un trozo de manta térmica se había enganchado en una argolla y temblaba con el aire, devolviendo destellos plateados bajo la farola.

Se sentó en el murete de piedra.

Era el mismo lugar donde había esperado de niña mientras Carme preguntaba a los pescadores que regresaban si habían visto a su padre o algún rastro de él.

Entonces Uxía no comprendía por qué su madre se acercaba a cada barco ni por qué Puri acababa llevándosela a casa con una mano firme sobre el hombro.

Con el tiempo había dejado de recordar las escenas completas.

Solo conservaba fragmentos: unas botas mojadas, el olor de una red, la mano de su madre apretando la suya demasiado fuerte.

Se abrazó el cuerpo y permitió que le temblaran las manos.

No era solo el frío.

Durante buena parte de su vida había construido una explicación simple porque necesitaba que lo fuera: su padre había muerto en el mar.

No había cuerpo, pero había un barco vacío, una niebla repentina y cuarenta años sin regreso.

Las personas no desaparecían del mundo para reaparecer cuarenta años después casi con la misma edad que tenían al marcharse.

Los muertos no pronunciaban el nombre de Puri como si la hubieran visto aquella misma mañana.

Había crecido viendo lo que una pregunta sin respuesta podía hacerle a una persona.

Uxía había crecido viendo las huellas de la espera de Carme: las horas junto a la ventana, la alianza nunca retirada, la negativa a celebrar un funeral.

Uxía se había hecho periodista, en parte, para no volver a sentirse como aquella niña a la que todos protegían ocultándole información.

Ante una historia incompleta, buscaba documentos, testigos, fechas.

Convertía el desconcierto en preguntas que pudieran responderse.

Pero aquel hombre no era una historia.

Era alguien que tenía la cicatriz de su padre y no sabía quién era ella.

Aquello era lo que más dolía, comprendió. No que Xoán hubiese regresado joven. No que hubiese pronunciado el nombre de Puri. Ni siquiera que su existencia deshiciera todo lo que Uxía creía saber sobre el tiempo.

Lo que dolía era que la hubiera mirado como a una desconocida.

Se llevó una mano a la cara y notó que estaba llorando solo cuando los dedos se le mojaron. Se secó con rabia, mirando el agua para que nadie que pasara por detrás pudiera verla.

Entonces sacó el móvil.

El gesto fue automático. Abrió una nota nueva antes de decidir si tenía derecho a hacerlo y escribió:

Cicatriz en la ceja izquierda. Puri la identifica antes de oír el nombre.

Afirma ser Xoán Freire Rial. Dice haber salido esta mañana en el Santa Bárbara.

Reconoce a Puri como era en 1985. No comprende su edad.

Segundo hombre: Manuel Rial Bugallo. Averiguar quién es y por qué iban juntos.

Se detuvo.

La pantalla blanca iluminaba sus manos. Aquello se parecía demasiado al inicio de cualquier investigación: separar hechos de interpretaciones, anotar lo que sabía, dejar huecos para lo que faltaba.

Sintió culpa, como si al escribir estuviera robando algo que todavía pertenecía únicamente a su familia.

Añadió una última línea:

La frase vuelve: «El mar estaba demasiado quieto». ¿De dónde la recuerdo?

La leyó dos veces.

No sabía si se la había oído a Carme, a Puri o a alguna de las mujeres que hablaban en voz baja durante su infancia.

Tal vez no era un recuerdo concreto. Tal vez llevaba tanto tiempo circulando por Corvoeira que había acabado formando parte del lenguaje del pueblo, como el nombre de una calle o la manera de predecir lluvia observando las gaviotas.

Bloqueó el teléfono.

—Sabía que ibas a acabar haciendo eso.

Sabela estaba detrás de ella, con dos vasos de cartón entre las manos. Uxía no la había oído acercarse.

—¿Espiarme?

—Traerte algo caliente. —Sabela se sentó a su lado y le tendió uno de los vasos—. Y verte apuntar cosas.

El caldo olía a pescado, laurel y patata. Uxía lo sostuvo entre las manos sin beber.

—No estoy investigando.

—No he dicho que lo estés.

—Lo has pensado.

Sabela sopló sobre su vaso.

—De pequeña, cuando pasaba algo raro, los demás corríamos a mirarlo. Tú corrías a preguntar por qué había pasado. No es lo mismo.

Uxía observó el móvil apagado sobre su rodilla.

—No he venido a Corvoeira por una historia.

—Ya lo sé. Has venido por Carme.

—Entonces no debería estar escribiendo sobre esto.

—Todavía no estás escribiendo sobre nada. Estás intentando no ahogarte dentro de tu propia cabeza.

Uxía volvió la cara hacia ella.

Sabela seguía mirando la ría. Había dicho la frase sin solemnidad, como quien comenta que va a llover, y quizá por eso acertó de una forma que incomodó a Uxía.

Durante unos minutos permanecieron en silencio.

A sus espaldas, el rumor del pueblo continuaba creciendo.

Cada vez que se abría la puerta del bar escapaba una ráfaga de voces.

En alguna casa cercana sonó un teléfono y una mujer respondió gritando que sí, que era verdad, que los había visto con sus propios ojos.

A lo lejos apareció la luz azul de una ambulancia.

El vehículo descendió hacia el centro de salud y desapareció detrás de las casas. Minutos más tarde volvió a verse en la carretera que salía hacia Vilanova, esta vez sin sirena. Uxía siguió las luces hasta que se perdieron en la primera curva.

Xoán y Manuel abandonaban el pueblo apenas unas horas después de regresar.

La idea le produjo un alivio inmediato y, detrás, una punzada de abandono tan absurda que tuvo que bajar la mirada.

—¿Tú viste al otro hombre? —preguntó—. ¿A Manuel?

Sabela tardó demasiado en responder.

—No de cerca.

—¿Sabes quién es?

—Sé quién era.

Uxía esperó.

—Los Rial Bugallo vivían al final de la Rúa do Cristal —continuó Sabela—. Eran canteros. Manuel era el pequeño. Mi padre lo conocía porque Manuel se había hecho aprendiz de pescador con Xoán.

—En cuanto Puri vio a mi padre, tú miraste como si ya entendieras lo que estaba pasando.

Sabela apretó el vaso con ambas manos.

—Yo no entendía nada.

—Pero tu padre sí sabe algo.

El nombre de Bieito quedó entre las dos.

Sabela observó A Illa dos Corvos, apenas visible en la oscuridad.

—Mi padre… —empezó.

Se detuvo. La decisión de callarse fue visible: cerró la boca, inspiró despacio y negó con la cabeza.

—¿Qué pasa con tu padre?

—Nada que pueda contarte yo.

—Sabela.

—Lleva cuarenta años creyendo que podría haber impedido que salieran. Verlos volver no va a borrar eso de golpe.

Era una respuesta, pero no la respuesta completa. Uxía lo supo por la forma en que Sabela evitó mirarla.

—Hablaré con él.

—Cuando quiera hablar contigo.

—No necesito su permiso para hacerle una pregunta.

—No. Pero quizá lo necesites para obtener una respuesta.

Sabela terminó el caldo y se puso de pie.

—La vecina sigue con Carme, pero Puri ya ha vuelto a casa. Deberías ir.

Uxía miró hacia la ría.

—No sé qué voy a decirle a mi madre.

—Esta noche, nada. —Sabela recogió el vaso vacío de Uxía—. No hasta que sepáis algo que no sea un rumor.

Caminaron juntas hasta la primera bifurcación. Allí Sabela regresó al bar y Uxía subió hacia Casa Freire.

Puri estaba en la cocina cuando llegó, sentada frente a una taza de tila que no había tocado.

Le informó de que la ambulancia había trasladado a los dos hombres al hospital de Vilanova y que Breogán llamaría en cuanto tuviera noticias.

No hablaron del nombre que Xoán había pronunciado ni de la pregunta que le había hecho a Uxía.

Carme dormía en el piso de arriba y las dos parecieron acordar, sin decirlo, que mientras siguiera dormida podían aplazar lo imposible unas horas más.

Ya en la cama, Uxía abrió de nuevo las notas del móvil.

Leyó la lista completa. Después añadió una sola palabra junto al nombre de Bieito:

Preguntar.

Apagó la pantalla.

No fue hasta mucho más tarde, mientras escuchaba los pasos de Puri cruzando el pasillo, cuando recordó la frase que Sabela había dejado sin terminar en el muelle.

Mi padre…

Y comprendió que no era solo Bieito quien llevaba cuarenta años callando.

Sabela también protegía algo.