CAPÍTULO 4
El centro de salud de Corvoeira no estaba preparado para contener a medio pueblo.
En realidad, apenas estaba preparado para atender a cuatro enfermos a la vez.
Tenía una sala de consulta, dos camillas separadas por una cortina que nunca cerraba del todo, un pequeño almacén y un cartel de vacunación infantil que llevaba allí —calculó Uxía— desde antes de que ella se marchara.
Para todo lo que no fueran puntos de sutura, una receta o una fiebre que pudiera vigilarse en casa, había que recorrer los cuarenta minutos de curvas hasta Vilanova.
Aquella tarde, sin embargo, nadie parecía dispuesto a dejar que los dos hombres salieran del pueblo antes de obtener una explicación.
El pasillo olía a desinfectante, ropa mojada y café de máquina.
Habían acercado sillas de otras dependencias, pero seguía habiendo vecinos de pie, pegados a las paredes o asomados desde la puerta de entrada.
Unos hablaban en susurros. Otros no apartaban la vista de la sala cerrada, como si temieran que los recién llegados pudieran desaparecer de nuevo si dejaban de vigilarlos.
Uxía permanecía junto a Puri. Sabela se había marchado a abrir el bar y a comprobar que la vecina seguía con Carme, aunque antes de irse le había apretado el brazo a Uxía sin decirle nada. El gesto le había parecido más inquietante que cualquier comentario.
La puerta de la consulta se abrió.
La médica salió quitándose los guantes. Era una mujer joven que Uxía no conocía, con el pelo recogido a toda prisa y una arruga vertical entre las cejas que no estaba allí cuando había entrado.
—Están estables —dijo.
La palabra provocó un movimiento en el pasillo. No alivio exactamente, sino la necesidad de acercarse a cualquier certeza disponible.
—Los dos presentan hipotermia leve y signos de deshidratación.
No tienen fracturas, heridas importantes ni síntomas de haber tragado una cantidad peligrosa de agua.
—La médica miró hacia la puerta, quizá calculando cuánta información debía dar delante de tanta gente—.
Pero están desorientados y necesitan observación.
En cuanto llegue la ambulancia los trasladarán a Vilanova.
—¿Desorientados cómo? —preguntó alguien.
—Como dos personas que no comprenden dónde están ni por qué lo que ven no coincide con lo que recuerdan.
Un hombre al fondo soltó una risa breve y nerviosa. Nadie lo acompañó.
El sargento Breogán Cortizo dio un paso adelante.
En Corvoeira casi todos lo llamaban el xefe 1 , aunque no fuera su tratamiento oficial.
Estaba al mando del pequeño puesto de la Guardia Civil que cubría el pueblo y otros cuatro municipios de la zona, y sostenía la libreta abierta con una firmeza que parecía dirigida tanto a los demás como a sí mismo.
—¿Pueden declarar?
La médica lo miró con impaciencia.
—Pueden hablar. No significa que deban someterse ahora a un interrogatorio.
—Solo necesito saber quiénes son.
—Ellos ya se lo han dicho.
El silencio se tensó.
Breogán bajó la vista a la libreta.
—Uno afirma llamarse Xoán Freire Rial. El otro, Manuel Rial Bugallo. Los dos dicen haber salido a faenar esta mañana en un barco llamado Santa Bárbara .
La reacción recorrió el pasillo como una corriente. Una mujer se santiguó. Alguien murmuró que aquello no podía decirse así, delante de todos. Otro respondió que ya lo sabía medio pueblo.
Uxía sintió que el nombre de su padre no le llegaba como un recuerdo, sino como un golpe.
Xoán Freire Rial. Lo había leído en documentos y lo había asociado a una fotografía guardada por su madre.
En los papeles siempre aparecía acompañado de una fecha y de una palabra: desaparecido .
Oírlo aplicado a un hombre vivo, detrás de una puerta, deformaba algo que ella llevaba cuarenta años considerando inamovible.
—¿Y ustedes se lo creen? —preguntó uno de los vecinos.
Breogán cerró la libreta con más fuerza de la necesaria.
—Yo no tengo que creer nada. Tengo que identificar a dos hombres encontrados en el mar.
—Pero han dicho los nombres.
—Los nombres no bastan.
Se volvió hacia Uxía solo un instante. Ella comprendió antes de que hablara.
—Les hemos tomado las huellas y hemos recogido muestras de saliva con su consentimiento.
Las enviarán a Vilanova esta misma tarde.
Habrá que compararlas con los registros disponibles y con familiares directos.
Hasta que tengamos resultados, para mí son dos personas sin identificar que necesitan atención médica.
La precisión profesional alivió a algunos y ofendió a otros. Uxía notó cómo el silencio cambiaba de textura: el asombro empezaba a tener formularios, muestras, protocolos. Era más fácil respirar cuando alguien convertía lo imposible en una sucesión de trámites.
Breogán levantó la voz.
—Y ahora salgan. Esto no es un espectáculo.
Nadie se movió al principio.
—He dicho que salgan. Quien no sea familia, a la calle.
—¿Familia de quién? —preguntó una mujer.
Breogán la miró hasta que bajó la cabeza.
El pasillo fue vaciándose entre protestas apagadas y pasos lentos. Algunos se quedaron cerca de la entrada, fingiendo que ya estaban fuera. Otros cruzaron la calle y se agruparon frente a las ventanas. El rumor no disminuyó; solo cambió de sitio.
Cuando por fin quedaron dentro Uxía, Puri, Breogán, la médica y dos vecinos demasiado mayores para que nadie se atreviera a echarlos por la fuerza, Puri se dejó caer en una de las sillas de plástico.
Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo. Los nudillos se le habían quedado blancos.
Uxía se sentó a su lado.
—Puri.
Su tía no respondió.
—¿Qué has visto en el muelle?
Puri seguía mirando la puerta cerrada.
—Lo has reconocido —dijo Uxía—. Antes de que nadie dijera el nombre.
Puri tragó saliva.
—Cando eu era nova… 2 —empezó.
La voz se le quebró en la primera frase. Cerró los ojos, respiró y pasó al castellano, como si la distancia entre los dos idiomas pudiera ayudarla a sostener lo que iba a decir.
—Cuando yo era joven, tu padre tenía una cicatriz aquí.
Se tocó la ceja izquierda.
—Se cayó de niño desde la vieja barca de Ramón, que la familia conservó cuando tu abuelo compró la embarcación que desaparecería con él en 1947.
Se abrió con un hierro de la borda. Le dieron cuatro puntos.
—Puri dibujó con el índice una línea corta sobre su propia piel—.
La cicatriz se le levantaba un poco cuando fruncía el ceño.
Ese hombre tiene la misma. En el mismo lugar. Con la misma forma.
Uxía miró hacia la puerta.
—Mucha gente tiene cicatrices.
—Ya lo sé.
—Y puede conocer los nombres. Puede haber investigado. Puede ser un pariente del que nadie sabía nada.
Puri volvió la cabeza despacio.
—¿Un pariente que conoce cómo me llamo y recuerda haberme visto esta mañana en el muelle hace cuarenta años?
Uxía sintió un escalofrío, aunque el pasillo estaba demasiado caliente.
—Todavía no ha dicho eso.
—Lo dirá.
La certeza de Puri la irritó porque se parecía demasiado a la certeza con la que Carme había sostenido su espera durante cuarenta años.
—No puedes saberlo.
—Yo lo vi salir, Uxía. —La voz de Puri bajó hasta casi desaparecer—. Pasó a mi lado antes del amanecer. Me dijo «hasta luego». Tenía ese jersey oscuro y la cicatriz sobre la ceja. Después bajó la niebla y no volvió. No me pidas que mire a ese hombre y finja que no sé lo que estoy viendo.
—Te estoy pidiendo que esperes a las pruebas.
—Tú necesitas las pruebas.
La frase no fue un reproche. Eso la hizo más dolorosa.
Uxía se levantó. Dio dos pasos por el pasillo y volvió.
El móvil le pesaba dentro del bolsillo. Por primera vez desde que habían salido del muelle tuvo el impulso de abrir la aplicación de notas, apuntar cada detalle, ordenar lo ocurrido como habría hecho ante cualquier otra historia.
No lo hizo. Aquello todavía no era una historia.
Era su madre esperando en casa. Era Puri temblando en una silla.
Era un desconocido utilizando el nombre de un desaparecido al que ella llevaba años dando por muerto.
La puerta de la consulta se abrió.
Una enfermera salió con dos mantas térmicas dobladas y pidió paso. Durante apenas unos segundos quedó visible el interior.
Los dos hombres estaban sentados en sendas camillas, ya sin la ropa empapada.
Al más joven le habían prestado un pantalón de chándal y una sudadera que le quedaban grandes.
Tenía los pies descalzos y miraba al suelo, inmóvil, con las manos abiertas sobre las rodillas.
El otro llevaba una manta plateada sobre los hombros.
La luz blanca del techo marcaba algunas canas en sus sienes y la cicatriz de la ceja izquierda.
No parecía un hombre cercano a los ochenta. Tampoco un anciano rejuvenecido ni una fotografía devuelta a la vida. Parecía, sencillamente, alguien de poco más de cuarenta años agotado y fuera de lugar.
Tenía la mirada fija en la ventana.
Desde la camilla solo podía verse un fragmento de la ría, un tejado nuevo y el poste metálico de una farola que no existía en 1985.
El hombre observaba aquellas cosas con una concentración dolorosa.
No era la confusión de quien no reconoce un paisaje.
Era la de quien lo reconoce y descubre que alguien lo ha rehecho mientras él miraba hacia otro lado.
La enfermera cerró la puerta.
Uxía permaneció de pie, con el corazón acelerado de una forma que su cabeza consideraba absurda.
—No puede ser él —dijo.
La frase salió más baja de lo que pretendía.
—Tiene que haber una explicación. Un parecido. Un engaño. Algo que todavía no estamos viendo.
—Puede ser —respondió Puri.
No había ninguna convicción en su voz.
La espera continuó. Desde fuera llegaban murmullos, el ruido de un coche aparcando y, de vez en cuando, la sirena lejana de la ambulancia que seguía abriéndose paso por las curvas desde Vilanova.
Breogán entraba y salía de la consulta. La médica hablaba por teléfono con el hospital. Nadie explicaba nada nuevo.
Entonces, desde el otro lado de la puerta, una voz pronunció el nombre de Puri.
No fue fuerte. Apenas una pregunta ronca.
Puri se puso de pie tan deprisa que la silla golpeó la pared.
La puerta se abrió.
El hombre de la cicatriz estaba en el umbral, todavía envuelto en la manta plateada. Una enfermera intentaba convencerlo de que volviera a sentarse, pero él no parecía oírla. Miraba a Puri.
—¿Puri?
Su voz sonaba rota por el frío y la sed, pero no dudó en el nombre.
Puri se llevó una mano a la boca.
Él dio un paso. Caminaba con cautela, como si desconfiara incluso de la consistencia del suelo.
—Es que… eres Puri. Pero…
No terminó.
La miró de arriba abajo: el pelo gris, las manchas de edad en las manos, el rostro que él guardaba cuatro décadas más joven.
Algo se torció en su expresión. No miedo.
No todavía. Era el esfuerzo desesperado de quien intenta resolver una cuenta utilizando números que pertenecen a problemas distintos.
—Estás… —Se detuvo y tragó saliva—. No lo entiendo.
Puri no respiraba.
—Estabas allí esta mañana —continuó él—. En el peirao 3 . Antes de que saliéramos.
El sonido que escapó de Puri no fue exactamente un sollozo.
—Xoán.
Él levantó un poco la cabeza al oír su nombre en aquella voz envejecida.
—Meu Deus, Xoán. 4
La enfermera miró a Breogán. El sargento no intervino. Por primera vez desde que Uxía lo había visto, su expresión había perdido toda apariencia de procedimiento.
El hombre —Xoán, si era Xoán, si la palabra podía aplicarse a aquel cuerpo sin romper todo lo que Uxía sabía sobre el tiempo— desvió entonces la mirada.
La encontró a ella.
Uxía se quedó inmóvil.
Durante toda su infancia había imaginado de muchas maneras el regreso de su padre.
Lo había imaginado entrando por la puerta de Casa Freire, llamándola por su nombre en el puerto, apareciendo detrás de su madre en una fotografía.
Incluso después de dejar de creer que seguía vivo, alguna parte infantil de ella había conservado una escena preparada: él la reconocería de inmediato.
Sabría quién era pese a los años. La miraría como solo podía mirar un padre que hubiera pasado toda una vida intentando regresar.
Aquel hombre no la reconoció.
No hubo luz repentina en sus ojos ni una emoción que atravesara la confusión. La observó como se observa a una desconocida dentro de una habitación llena de desconocidos.
Y, sin embargo, tardó en apartar la mirada.
Sus ojos recorrieron la cara de Uxía con una atención que no había dedicado a nadie más. Se detuvieron en la frente, en la nariz, en la forma de la boca. Algo parecía incomodarlo, una semejanza sin origen, la sensación de haber olvidado una palabra que estaba a punto de recordar.
Frunció el ceño. La cicatriz se levantó ligeramente sobre la ceja izquierda, tal como Puri había descrito.
—Perdona —dijo—. ¿Nos conocemos?
Uxía abrió la boca.
No le salió nada.
1 . El jefe. 2 . Cuando yo era joven. 3 . Muelle. 4 . Dios mío, Xoán.