El pescador de Corvoeira CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Uxía reconoció el olor antes que las casas.

Le llegó nada más bajar del coche, mientras estiraba las piernas entumecidas después de cinco horas de carretera y una última hora de curvas.

El navegador, sin cobertura desde hacía veinte minutos, ya había dejado de intentar recalcular la ruta.

Salitre, gasoil de la lonja, algas secándose entre las piedras y algo dulzón de fondo que nunca había sabido si pertenecía al musgo de los tejados o a la propia humedad del pueblo.

Llevaba diecisiete años sin pisar Corvoeira y, aun así, el cuerpo la reconoció antes de que ella se diera permiso para reconocer nada.

Cerró la puerta del coche y se quedó un momento con la mano apoyada en el techo.

A su espalda, la carretera por la que había llegado desaparecía entre casas estrechas y fachadas comidas por la humedad.

Delante, el pueblo descendía hacia la ría con la misma inclinación de siempre y, sin embargo, había algo distinto en él.

Menos voces. Más persianas bajadas. En el puerto, muchos menos mástiles de los que recordaba.

La casa seguía exactamente donde la había dejado.

Eso era lo peor de volver a un sitio como aquel: las cosas parecían inmóviles solo hasta que una se acercaba lo suficiente para ver cuánto habían envejecido.

Las mismas contraventanas verdes de Casa Freire, ahora más descascarilladas; la misma mancha oscura bajo el canalón; el mismo peldaño roto de la entrada que su padre nunca llegó a reparar y que, cuarenta años después, continuaba esperando a alguien que tampoco iba a hacerlo.

Uxía sacó la maleta del maletero. El ruido de las ruedas contra los adoquines le pareció demasiado alto en la calle vacía.

—Xa chegaches 1 —dijo Puri desde la puerta, secándose las manos en el delantal, como si Uxía hubiera ido a por el pan y no acabara de recorrer setecientos kilómetros.

—Puri.

La abrazó antes de pensar si debía hacerlo.

La mujer que recordaba grande, casi indestructible, ahora le llegaba por debajo del hombro.

Notó sus huesos a través del jersey y una fragilidad que no estaba allí la última vez que la había visto.

Todo el mundo se había vuelto más pequeño, pensó, o quizá ella se había hecho más grande huyendo.

—¿Cómo está?

Puri se apartó lo justo para mirarla a la cara. Era la hermana menor de Carme, la única tía que le quedaba a Uxía, aunque llevaba tantos años llamándola solo «Puri» que la palabra «tía» le sonaba casi como el nombre de otra persona.

—Ten días 2 —respondió—. Hoxe é bo día. Sabe que vés. 3

No añadió nada más. Tampoco hacía falta. En aquel gesto cansado, en la forma de apartarse para dejarla entrar y recoger la maleta antes de que Uxía pudiera impedírselo, había más información que en todos los informes médicos que le habían resumido por teléfono.

Dentro, la casa olía a cerrado, a caldo y a madera húmeda. Como siempre. Como si el tiempo solo hubiera sabido avanzar puertas afuera.

Uxía dejó la maleta en el pasillo, junto al perchero donde colgaba un chubasquero demasiado grande para pertenecer a ninguna de las dos, y durante un instante tuvo la absurda impresión de que la casa había seguido guardando sitio para personas que ya no estaban.

Apretó la mandíbula y siguió la voz de la radio hasta la cocina.

Carme estaba sentada junto a la ventana.

Tenía las manos quietas sobre la mesa y la mirada puesta en la ría, tal como Uxía había imaginado durante años que la encontraría.

El pelo, que ella recordaba gris y siempre recogido con prisa, era ahora casi blanco.

Se le había afinado la cara y la ropa parecía colgarle de los hombros.

Sin embargo, la postura seguía siendo la misma: ligeramente inclinada hacia el cristal, atenta a algo que podía aparecer en cualquier momento al otro lado del agua.

—Mamá.

Carme se volvió despacio.

Tenía los ojos claros, más claros de lo que Uxía recordaba. La enfermedad podía haberse llevado fechas, habitaciones y nombres, pero había dejado aquellos ojos intactos, como si quisiera asegurarse de que nadie pudiera mirarla sin reconocer por completo a la mujer que estaba perdiendo.

—Uxía.

Lo dijo bien. Sin dudar.

Por un segundo, el pecho de Uxía se aflojó de una forma que no esperaba. Había pasado todo el viaje preparándose para no ser reconocida y no se había preparado para lo contrario.

—Viñeches 4 —añadió Carme.

—Sí, mamá. He venido.

Carme la observó durante unos segundos más. Después sonrió, como si acabara de resolver una pequeña duda.

—¿Trouxeches ao neno? 5

El alivio duró tan poco que Uxía casi sintió vergüenza de haberlo tenido.

No era que Carme no supiera quién era. Sabía su nombre, reconocía su cara; simplemente había colocado dentro de su vida a un niño que nunca había existido. La enfermedad había encontrado a la hija correcta y había inventado el resto de la historia.

Uxía miró a Puri. Desde el marco de la puerta, su tía negó muy despacio con la cabeza: ahora no; no la corrijas; no sirve de nada .

Uxía tragó lo que fuera que se le había subido a la garganta.

—Está durmiendo —dijo.

La mentira salió con una facilidad que la inquietó. No sabía quién era aquel niño ni dónde se suponía que dormía. Solo supo, por la forma en que Carme relajó los hombros, que era la respuesta que necesitaba oír.

—Ben. 6

Carme sonrió, satisfecha, y volvió a mirar por la ventana.

—O mar hoxe está moi tranquilo. 7

Algo en la forma en que lo dijo hizo que a Uxía se le erizara la piel de los brazos.

Era solo una frase sobre el tiempo. Una mujer mayor hablando del mar, como habían hecho las mujeres de Corvoeira desde que el pueblo existía.

Y, sin embargo, aquellas palabras parecieron quedarse suspendidas en la cocina, por encima del murmullo de la radio y del golpeteo de una cuchara dentro de un vaso.

Uxía siguió la dirección de su mirada.

La ría se extendía gris hasta la boca, encajada entre las dos puntas rocosas que ella había dibujado decenas de veces de niña sin saber que estaba dibujando una trampa. Más allá, apenas visible bajo el cielo gris de noviembre, se alzaba el bulto oscuro de A Illa dos Corvos.

De pequeña le habían prohibido acercarse.

Nunca le dieron una razón completa. Solo órdenes dichas con demasiada seriedad, conversaciones que terminaban cuando ella entraba en la habitación y el nombre de su padre pronunciado siempre con el mismo tono: el reservado para alguien que estaba y no estaba, muerto pero no enterrado.

Se sentó frente a Carme.

Durante un rato ninguna dijo nada. Puri se movía por la cocina fingiendo ordenar cosas que ya estaban ordenadas, abriendo un cajón, cerrándolo, doblando un paño sobre la encimera. Uxía entendió que aquella era su manera de concederles intimidad sin dejarlas solas del todo.

—¿Has comido? —preguntó Carme de pronto.

—Sí.

—Estás moi delgada. 8

Uxía casi sonrió. Aquella frase sí pertenecía a todas las versiones de su madre.

—Tú también.

Carme frunció el ceño, como si no terminara de entender la respuesta, y volvió a la ventana.

Uxía se quedó observando sus manos. Reconoció la alianza. Una línea dorada, gastada y demasiado holgada alrededor de un dedo que se había vuelto fino con los años. Su madre nunca se la había quitado.

Diecisiete años sin regresar y había cosas que seguían esperándola en el mismo sitio.

No había vuelto para investigar nada. Había regresado para cuidar a una mujer que se estaba yendo despacio, en un pueblo del que ella misma se había marchado corriendo. Eso era todo. Se lo había repetido durante todo el trayecto, como una letanía capaz de mantener cerrada cualquier otra pregunta.

Aquella noche se instaló en la que había sido su habitación de adolescente.

El papel pintado estaba descolorido; en una esquina se había levantado por la humedad.

El póster sobre la cama seguía allí, ligeramente torcido, porque nunca había permanecido allí el tiempo suficiente para que le importara quitarlo.

Deshizo solo la mitad de la maleta. Dejó el resto dentro, como si conservar la ropa sin colocar pudiera convertir su estancia en algo provisional.

Antes de acostarse, se acercó a la ventana.

Abajo, las pocas luces del puerto temblaban reflejadas en el agua. Más allá de las casas, el mar estaba completamente quieto.

Demasiado quieto, pensó.

Las palabras le llegaron con una naturalidad que la hizo apartarse un poco del cristal.

No sabía de dónde las había sacado. Tal vez se las había oído alguna vez a Puri, a Carme o a cualquiera de las mujeres que hablaban en voz baja cuando los hombres salían a faenar.

Tal vez solo eran palabras que llevaban tanto tiempo flotando en Corvoeira que ya no pertenecían a nadie.

Corrió la cortina y se metió en la cama.

Tardó mucho en dormirse. Escuchó las tuberías, el crujido de las tablas del pasillo y, en algún momento de la madrugada, los pasos de Puri entrando en la habitación de Carme para comprobar que seguía allí.

Fuera, sobre la ría, los primeros hilos de niebla empezaban a extenderse por la superficie del agua.

1 . Ya has llegado. 2 . Tiene días buenos y malos. 3 . Hoy es un buen día. Sabe que vienes. 4 . Has venido. 5 . ¿Has traído al niño? 6 . Bien. 7 . Hoy el mar está muy tranquilo. 8 . Estás muy delgada.