CAPÍTULO 2
Bieito Barreiro Souto llevaba desde niño saliendo al mar y había aprendido que el peligro no siempre llegaba con olas altas.
A veces llegaba así.
Sin ruido.
Poco después de las cuatro y media de aquella mañana de noviembre, Corvoeira parecía haberse quedado sin respiración.
No era solo que el agua estuviera calma.
Había visto cientos de amaneceres con el mar como un plato y no había sentido nada parecido.
Aquella quietud lo ocupaba todo: ni una gaviota chillando sobre A Lonxa, ni el golpe de las drizas contra los mástiles, ni el viento colándose por las bocacalles.
Hasta el motor de la fábrica de hielo, que acostumbraba a zumbar antes de que salieran los primeros barcos, parecía sonar más lejos.
Bieito se detuvo al principio de O Peirao Vello y miró hacia la boca de la ría.
A Illa dos Corvos era una sombra baja entre dos oscuridades: la del cielo anterior al alba y la del agua. No se movía una luz en toda aquella extensión.
—¿Sales hoy? —preguntó.
Xoán Freire Rial levantó la cabeza junto al Santa Bárbara .
Tenía treinta y nueve años, las manos endurecidas por la sal y una facilidad para reír que a Bieito siempre le había parecido casi una provocación al oficio.
El mar solía desconfiar de los hombres demasiado contentos, pero a Xoán, hasta entonces, le había perdonado la costumbre.
—¿Por qué no iba a salir?
A su lado, Manuel Rial Bugallo colocaba las últimas cajas contra la borda.
Tenía veintidós años y apenas llevaba uno aprendiendo el oficio.
Era el menor de una familia de canteros y todavía trataba cada cabo como si escondiera una técnica que pudiera dominarse a fuerza de repetirla.
Bieito lo había visto muchas mañanas observar a Xoán de reojo antes de hacer un nudo, esperando comprobar que sus manos recordaban bien la lección.
—Porque no se mueve nada —dijo Bieito.
Xoán miró alrededor, exagerando el gesto.
—Eso es una ventaja, hasta donde yo sé.
—Depende.
—¿De qué?
Bieito volvió la vista hacia la isla. Quiso encontrar una respuesta concreta: una nube baja, un cambio de marea visible, cualquier cosa que pudiera señalar con el dedo para no parecer un hombre asustado por el silencio.
No encontró nada.
—No sé —admitió—. Está demasiado quieto.
Manuel dejó una caja en el suelo.
—Mi padre diría que la piedra no da estos sustos.
—Tu padre lleva un año diciéndote que vuelvas a la cantera —respondió Xoán.
—Y yo llevo un año sin hacerle caso.
Los dos se rieron. Bieito no.
Antes de que terminaran de cargar, Puri cruzó el muelle camino de A Lonxa, con una cesta vacía colgada del brazo y el paso rápido de quien ya iba tarde aunque todavía no hubiera amanecido. Al verlos, levantó una mano.
—Hasta luego, Xoán.
—Hasta luego, Puri —respondió él, inclinándose sobre el cabo que aseguraba a la cornamusa.
Puri siguió andando sin detenerse. Fue un saludo corriente, gastado de repetirse durante años a la misma hora, uno de esos intercambios que nadie guarda porque da por hecho que habrá otro al día siguiente.
Bieito se acercó un paso más al barco.
—Yo esperaría a que clarease.
Xoán terminó el nudo y se incorporó.
—Para cuando claree, habrá media ría faenando alrededor de la isla. Volvemos antes de que Carme ponga el caldo al fuego.
Lo dijo sonriendo. No con desprecio, ni siquiera con verdadera imprudencia. Simplemente con la confianza de quien ha salido mil veces y ha regresado las mismas mil.
Bieito estuvo a punto de insistir.
Después recordaría aquel instante con una precisión que no conservaría de casi ninguna otra cosa: el brillo húmedo de la cubierta, la mano de Manuel sujetando una caja, una mancha de pintura blanca saltada junto al nombre del barco, el olor a gasoil mezclado con sal. Recordaría también que abrió la boca.
Y que no dijo nada.
Xoán saltó a bordo. Manuel fue detrás de él. El motor tosió dos veces antes de arrancar y el sonido se extendió por el puerto con una claridad desagradable, como si todo Corvoeira estuviera obligado a escucharlo.
Bieito permaneció en el muelle, con las manos hundidas en los bolsillos, mientras el Santa Bárbara se separaba de la piedra.
Al principio distinguió a los dos hombres moviéndose en cubierta. Luego solo sus siluetas. Después, el barco se convirtió en una mancha oscura que avanzaba hacia A Illa dos Corvos, donde Xoán aseguraba que el pulpo entraba mejor en las nasas con aquella calma.
El aire tenía un peso extraño. Se pegaba a la cara y a las manos, húmedo hasta casi gotear, pero no corría ni una brizna de aire que lo apartara.
El agua parecía guardar debajo de la superficie un calor impropio de noviembre.
Bieito no sabía medir ninguna de esas cosas ni habría podido explicarlas en una declaración.
Solo sabía que el cuerpo se lo estaba advirtiendo antes de que la cabeza encontrara palabras.
El Santa Bárbara alcanzó la altura del islote.
Durante un segundo, Bieito creyó ver que la silueta del barco se detenía.
Luego desapareció.
La niebla no llegó desde mar abierto. Se formó alrededor de A Illa dos Corvos, cerrándose sobre la embarcación con una rapidez imposible, y después se extendió hacia el interior de la ría. En pocos segundos borró el islote, las dos puntas y la línea que separaba el agua del cielo.
—¡Xoán!
Bieito gritó antes de pensar que la distancia hacía inútil el intento.
No obtuvo respuesta.
La niebla alcanzó O Peirao Vello y el mundo se redujo a la piedra mojada bajo sus botas.
Bieito dejó de ver el extremo del muelle.
Las luces de A Lonxa se convirtieron en manchas amarillas sin forma.
El sonido también cambió: el agua seguía golpeando debajo, pero parecía hacerlo desde un lugar mucho más profundo.
Corrió hacia las primeras casas.
Entró en la lonja gritando los nombres de Celso y de cualquiera que pudiera oírlo.
Cuando regresó al muelle, llevaba una linterna en la mano y venían con él Celso Rey Nogueira y otros tres hombres, dos todavía abrochándose los impermeables.
Intentaron llamar al Santa Bárbara por radio.
Repitieron el nombre del barco una vez, dos, diez.
Solo respondió la estática.
—No podemos salir así —dijo uno de los hombres.
Bieito lo sabía. Conocía aquella ría palmo a palmo, pero dentro de una niebla tan cerrada podían estrellarse contra las rocas antes de haber abandonado el puerto. Aun así, cada minuto que permanecían allí le parecía una forma de traición.
Celso se situó a su lado.
Tenía más de sesenta años y una manera de mirar la niebla que Bieito no comprendió entonces. No era solo miedo. Era reconocimiento.
—¿Había llegado a la isla? —preguntó.
—Sí.
Celso cerró los ojos un instante.
—Entonces esperamos.
Bieito se volvió hacia él.
—¿Esperamos qué?
Celso no contestó.
La niebla permaneció sobre la ría durante tres horas.
Tres horas en las que los hombres recorrieron el muelle de un extremo a otro sin alejarse de la piedra.
Tres horas llamando por radio, escuchando motores que no existían, creyendo distinguir voces que resultaban ser gaviotas cuando el sonido se acercaba.
A medida que amanecía detrás de la brétema, la claridad no aumentó: el blanco solo se volvió más pálido.
Puri regresó desde la lonja al enterarse de lo ocurrido. No llevaba ya la cesta. Se quedó detrás del grupo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Avisasteis a Carme? —preguntó.
Nadie respondió enseguida.
Bieito comprendió que todos estaban esperando que fuera otro quien lo hiciera.
—Todavía no —dijo al fin—. Primero vamos a encontrarlos.
Puri lo miró como si quisiera creerle y no supiera cómo.
La niebla empezó a retirarse poco después de las siete y media. No se levantó de golpe. Se deshizo desde los bordes, dejando aparecer primero las casas más cercanas, luego A Punta Meiga y, por último, la sombra de A Illa dos Corvos.
El mar volvió a estar quieto.
Quieto de la forma normal, esta vez.
—Allí —dijo Celso.
El Santa Bárbara flotaba al este del islote, girando muy despacio sobre sí mismo.
Salieron en la primera embarcación que pudieron preparar. Bieito subió antes de que terminaran de soltar el último cabo. Durante el trayecto mantuvo los ojos fijos en el barco de Xoán, buscando una cabeza detrás de la borda, una mano alzada, cualquier movimiento.
No vio ninguno.
El motor del Santa Bárbara estaba apagado. Las nasas seguían amontonadas en cubierta, todavía por calar. No había señales de golpe, vuelco ni lucha. Solo dos tazas de metal junto a la pequeña cabina, una de ellas tumbada, y un cabo suelto que rozaba la borda al compás del agua.
Bieito llamó primero a Xoán. Después a Manuel.
Abrió la cabina, miró bajo las redes, recorrió con la vista cada palmo de una cubierta en la que sabía perfectamente que no cabía nadie escondido.
No encontró a ninguno de los dos.
Durante los días siguientes rastrearon la ría, las rocas exteriores y cada cala donde una corriente pudiera haber dejado un cuerpo.
Llegaron embarcaciones de otros pueblos.
La Guardia Civil recorrió la costa. Las familias esperaron noticias que fueron dejando de parecer posibles antes de que nadie se atreviera a decirlo.
El sargento Elixio Cortizo llegó desde Vilanova aquella misma tarde.
Tomó declaraciones con una letra pequeña y apretada, preguntó por el viento, el estado del motor, el combustible y la experiencia de ambos hombres.
Volvió seis días después, regresó al cabo de tres semanas y luego una vez al mes durante casi un año.
Cada visita traía menos preguntas y más silencios.
En el informe final —que Bieito acabaría leyendo mucho tiempo después— Elixio utilizó una palabra una y otra vez: desaparecidos .
Nunca muertos .
Ni una sola vez.
En Casa Freire no hubo funeral. Carme se negó a celebrar una misa por un hombre cuyo cuerpo nadie había encontrado y permaneció en Casa Freire con Uxía, de cuatro años, agarrada a su falda.
Desde la ventana de la sala miraba la ría con una concentración que incomodaba a quienes iban a acompañarla, como si en lugar de esperar un milagro estuviera vigilando un camino.
En Casa Rial Bugallo, en cambio, Xesús y Amparo velaron a su hijo menor una semana después. Hubo una misa y un ataúd vacío porque, según le explicó Amparo a Puri con los ojos secos y la voz quebrada, necesitaban un sitio donde poner a Manuel, aunque fuera un lugar sin cuerpo.
Las dos familias no volvieron a hablarse con la misma naturalidad.
No hubo pelea. No hubo reproches pronunciados de frente. Solo el silencio incómodo de quienes habían tomado decisiones distintas ante la misma ausencia y ya no podían cruzarse en la Rúa do Cristal sin recordar lo que cada casa había elegido creer.
Con los años, Bieito dejó de contar la historia completa.
Decía que Xoán y Manuel habían salido con buen tiempo. Que la niebla había bajado. Que el barco apareció vacío y ellos no regresaron.
Nunca hablaba de la advertencia.
Nunca decía que había estado a punto de insistir.
Y jamás contó que, mientras veía el Santa Bárbara alejarse hacia A Illa dos Corvos, tuvo la certeza —breve, absurda y demasiado débil para detener a nadie— de que el mar, aquella mañana, estaba demasiado quieto.