El pescador de Corvoeira
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PRÓLOGO
El mar, esa mañana, estaba demasiado quieto.
Amaro Cebreiro lo notó antes de salir de casa, mientras se apretaba los cordones de las botas junto a la puerta y escuchaba, a través de la madera, el silencio que venía del puerto.
No era el silencio de la calma. Era el otro: el que hacía que los perros no ladraran y que hasta las gaviotas parecieran guardar el pico bajo el ala.
Su padre y, antes que él, su abuelo le habían enseñado a temer aquel silencio sin explicarle nunca del todo por qué.
Amaro dejó las manos quietas sobre los cordones durante un instante. Luego terminó el nudo, se incorporó y abrió la puerta.
No contestó.
O Peirao Vello estaba casi vacío a esa hora.
Solo las barcas amarradas, las gaviotas inmóviles sobre los tejados y el chapoteo manso del agua contra la piedra.
Amaro empujó su embarcación hasta hacerla flotar, subió a bordo y tiró de los remos con el ritmo de siempre.
Puso rumbo hacia A Illa dos Corvos, donde sabía que encontraría pulpos entre las rocas del norte antes de que amaneciera del todo.
Nadie volvió a verlo una vez que dejó atrás las dos puntas de la ría.
Lo que sí vieron desde tierra dos muchachos que recogían leña fue a dos aves rapaces remontar el vuelo justo antes de que apareciera la niebla.
No bajó como bajaba siempre la brétema, deshilachada, arrastrándose desde el mar hacia dentro como un animal cansado.
Aquella vez cayó de golpe, entera, como si alguien hubiera cubierto el mundo con un paño.
Los muchachos soltaron los haces de ramas y corrieron a avisar.
Para cuando los hombres del pueblo llegaron al muelle con los candiles encendidos, la niebla ya se había tragado la ría.
Desde la última losa del muelle no se distinguía siquiera la proa de la barca amarrada más cercana.
Esperaron.
Esperaron oyendo el agua sin verla, llamando de vez en cuando a Amaro y recibiendo como única respuesta sus propias voces, apagadas a pocos pasos. Nadie se atrevió a salir en su busca mientras la niebla permaneció cerrada sobre la boca de la ría.
Tardó tres horas en levantar.
Cuando lo hizo, el mar volvía a estar quieto —quieto de la forma normal, esta vez— y no había rastro de Amaro ni de su barca. Ni un remo a la deriva. Ni una nasa. Ni una tabla rota que permitiera imaginar un naufragio.
No apareció al día siguiente. Ni al otro.
Ni nunca.
Solo Manuela Pardo, que vivía sola en la casa de piedra sobre A Punta Meiga y a la que el pueblo llamaba meiga 2 más por respeto que por miedo, se atrevió a ponerle palabras a lo que aquella noche nadie quería nombrar.
—Non foi o mar quen o levou 3 —dijo durante el velatorio vacío, sin cuerpo que velar.
Las mujeres se santiguaron. Los hombres bajaron la vista.
Manuela miró hacia la puerta cerrada, como si al otro lado todavía pudiera oír la niebla respirando.
—Foi ela. E ela non devolve o que colle. 4
Ella.
No le dio otro nombre aquella noche. Con el tiempo, cuando alguien en Corvoeira decía la brétema en voz baja, nadie necesitaba preguntar a qué niebla se refería.
No era la que humedecía las redes o hacía sonar las sirenas de los barcos.
Era otra cosa. Algo que escogía el lugar y el momento.
Algo que dejaba el mar intacto y, aun así, era capaz de vaciarlo de una persona.
Manuela Pardo murió veinte años después sin haber vuelto a ver a Amaro Cebreiro. Antes de morir, le contó la historia a su hija; esta se la contó después a su propia hija, y así fue pasando, de una mujer a otra, envuelta siempre en el mismo aviso:
Cando o mar está demasiado quieto, non saias. 5
Corvoeira siguió viviendo del mar, porque no sabía vivir de otra cosa.
Las barcas continuaron saliendo cada mañana de O Peirao Vello.
Los hombres siguieron atándose las botas junto a la puerta.
Y, cuando el silencio de fuera no terminaba de sonar bien, hubo mujeres que volvieron a pedirles que no se marcharan sin levantar la vista de la lumbre.
La mayoría de las veces, no pasaba nada.
Pero el pueblo aprendió a contar los años por las veces que sí pasaba.
1 . No vayas. 2 . Mujer a la que se atribuían saberes o poderes sobrenaturales; bruja o hechicera. 3 . No fue el mar quien se lo llevó. 4 . Fue ella. Y ella no devuelve lo que se lleva. 5 . Cuando el mar está demasiado quieto, no salgas.