17. Steve #2
—Esa es la belleza de la estrategia, Steve —Jack sonrió, mostrando los dientes en una expresión que carecía de cualquier calidez—. Vamos a darles el dinero. Vamos a poner la oferta de compra sobre la mesa de nuevo. Pero esta vez... más barata.
Me quedé mirándolo, intentando procesar la audacia de su propuesta.
—¿Más barata? —repetí, incrédulo—. Jack, rechazaron la oferta completa con la prima del veinte por ciento. ¿Crees que van a aceptar una cifra menor?
—Quiero que vean que no estamos jugando —afirmó Jack, golpeando el capó del coche con el dedo índice para enfatizar sus palabras—.
Quiero que entiendan que el primer cheque fue una cortesía familiar que acaban de perder.
En la próxima junta, la oferta será un quince por ciento menor.
Y les dejaremos claro que, si se resisten a vender, si se levantan de esa silla sin firmar, la próxima oferta será aún más baja.
Y la siguiente, más baja todavía. Hasta que lo que les quede no alcance ni para pagar las minutas de sus propios abogados.
—No venderán —negué con la cabeza, conociendo el orgullo tóxico que corría por las venas de Marcos—.
Tienen su orgullo herido. Tienen la oferta fantasma de Vista Paraíso en la cabeza.
Pensarán que pueden vender sus acciones por fuera a cualquier inversor corporativo que quiera hacernos la vida imposible. Lo harán solo por puro despecho.
Jack soltó una carcajada seca, un sonido áspero que cortó la niebla.
—Ah, Steve. Ahí es donde te equivocas. Ahí es donde ellos han perdido la guerra sin siquiera saberlo.
Jack se inclinó hacia mí, bajando la voz como si estuviera revelando el mayor secreto del estado.
—No pueden vender por fuera. Es imposible.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué? Las acciones son transferibles, me lo dijiste tú mismo hace meses. Por eso estábamos en este lío desde el principio.
—Eran transferibles —me corrigió Jack, levantando un dedo en el aire—. Eran transferibles cuando tú eras un Alfa soltero, sin descendencia directa y sin cumplir las cláusulas de "Estabilidad y Sucesión" del testamento original de tu abuelo Archibald.
Jack señaló con la cabeza hacia el edificio de la clínica que se alzaba a nuestras espaldas.
—Pero allá arriba, en el tercer piso, acaban de nacer dos herederos directos de la línea de sangre Miller. Dos primogénitos varones, sanos y reconocidos. Y tú, estás legalmente casado.
Sentí que el aire a mi alrededor se electrificaba. El engranaje de la trampa legal finalmente hizo clic en mi cabeza.
—La cláusula de consanguinidad —susurré, recordando los textos polvorientos que la abuela guardaba en su caja fuerte.
—Exactamente —confirmó Jack, sus ojos brillando de triunfo puro—.
Con el nacimiento de Skylar y Tyler, el fideicomiso se blinda automáticamente contra cualquier socio externo.
Es una medida de protección de tierras agrícolas de hace un siglo.
Mientras haya herederos directos menores de edad, las acciones minoritarias no pueden ser enajenadas a entidades corporativas ni a terceros ajenos a la línea de sangre directa.
La constructora Vista Paraíso ya no puede comprarles ni un metro cuadrado de tierra, aunque les ofrezcan mil millones.
El impacto de sus palabras me dejó paralizado.
Mis hijos, con apenas unas horas de vida, dormidos frágilmente en sus incubadoras, acababan de levantar un muro de titanio alrededor de la finca. Su simple existencia había anulado cualquier amenaza externa. Eran nuestro escudo.
—Están atrapados —dije, una sonrisa implacable, fría y letal, estirando mis labios agrietados por el frío.
—Están atrapados en una habitación de la que nosotros tenemos la única llave —asintió Jack—.
Sus acciones ahora son tóxicas para el mercado libre.
Solo te las pueden vender a ti. Y tú controlas el precio.
O aceptan tu oferta reducida, o se quedan con un papel mojado que no les dará ni voz ni voto frente al tutor legal de los herederos absolutos: Benjamín.
Miré hacia la ventana iluminada del tercer piso. Pensé en Ben, exhausto, adolorido, que acababa de pedirme perdón por problemas que no eran suyos. Pensé en cómo había temblado de terror en el quirófano. Mis primos iban a pagar por cada segundo de estrés que le habían causado a mi familia.
—¿Y si se niegan a vender por pura terquedad? —insistí, conociendo el odio irracional de Marcos—. Ellos no venderán solo para hacerme la vida imposible, Jack. Preferirán hundirse con el barco.
Jack se cruzó de brazos, apoyándose de nuevo contra la carrocería húmeda de su sedán. La niebla comenzaba a disiparse ligeramente, revelando el gris acerado del cielo del amanecer.
—Ya lo verán en la junta, Steve —dijo Jack, su tono rezumando una confianza letal—.
Observaremos cada reacción. Observaremos cómo el pánico se instala en sus ojos cuando entiendan que su detective privado no les sirve de nada y que la constructora ya no les contesta el teléfono.
Los acorralaremos. Y cuando el oxígeno se acabe en esa sala, firmarán. Te lo garantizo.
Inhalé profundamente, dejando que el aire helado limpiara el último rastro de duda de mis pulmones. La guerra no se iba a librar en años de desgaste judicial. Se iba a librar en una sala, cara a cara, y nosotros teníamos toda la munición.
—Convoca la junta, Jack —ordené, mi voz dura, firme, la voz del Alfa que estaba a punto de asegurar su territorio de una vez y por todas—. Para la semana que viene. En cuanto Ben y los cachorros estén instalados y seguros en la finca. No quiero que haya ningún cabo suelto.
—Me pondré a redactar los avisos de inmediato. —Jack asintió, sacando las llaves del coche del bolsillo de su abrigo—. Vuelve arriba, papá. Tienes una familia que proteger.