El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 17. Steve
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17. Steve

El aire de la habitación de recuperación olía a leche tibia, a talco y a esa paz absoluta que solo llega después de sobrevivir a una tormenta.

Dejar a Ben durmiendo, con el pecho subiendo y bajando rítmicamente bajo las sábanas blancas, fue una de las cosas más difíciles que había hecho en mi vida.

Me quedé de pie junto al marco de la puerta durante un minuto entero, observando las dos pequeñas incubadoras donde Skylar y Tyler descansaban bajo la luz anaranjada. Eran reales. Todo esto era real.

Pero la realidad, la dura y fría realidad que acechaba fuera de esas cuatro paredes esterilizadas, no me permitía el lujo de quedarme a velar su sueño.

Cerré la puerta con un clic inaudible y caminé por el pasillo de la clínica. El zumbido de los fluorescentes y el olor a antiséptico reemplazaron rápidamente el calor de mi nueva familia. Cada paso que daba me alejaba del santuario y me devolvía al campo de batalla.

Las puertas automáticas de cristal de la entrada principal se abrieron con un siseo neumático.

La madrugada en la costa me recibió con una bofetada de viento helado y salobre que me cortó la respiración.

La niebla era densa, un manto gris y húmedo que se arrastraba sobre el asfalto del aparcamiento, difuminando las luces amarillentas de las farolas.

A unos veinte metros, apoyado contra el capó de su inconfundible sedán negro, estaba Jack.

Llevaba un abrigo de lana oscura sobre su traje a medida, el cuello levantado para protegerse de la humedad del mar.

Sostenía un vaso de café de cartón humeante en una mano y miraba la pantalla de su teléfono con la otra.

Había conducido más de tres horas en plena noche, cruzando el estado en el momento en que le avisé que la cirugía de emergencia había comenzado.

Era mi abogado, sí, pero también era lo más cercano a un hermano que tenía fuera de la Finca Los Naranjos. Era parte de la familia.

Mis botas resonaron contra el asfalto mojado. Al escucharme, Jack bloqueó el teléfono y levantó la vista. Su rostro, normalmente afilado y calculador, se suavizó por una fracción de segundo al ver mi expresión. Sabía lo que acababa de vivir.

—Están bien —fue lo primero que dije, mi voz sonando ronca, rasposa por el frío y la emoción contenida—. Ben está durmiendo. Los cachorros... son dos niños sanos. Skylar y Tyler.

Jack soltó un suspiro largo, una nube de vapor blanco escapando de sus labios hacia la niebla. Dejó el vaso de café sobre el techo del coche y se acercó para darme un abrazo corto, firme, de esos que transmiten lealtad pura.

—Felicidades, papá —murmuró, dándome dos palmadas fuertes en la espalda antes de separarse—. Me alegro en el alma, Steve. De verdad. Se lo merecen.

Me pasé una mano por la cara, sintiendo la tensión acumulada en mis mandíbulas, y lo miré con el ceño fruncido.

—Viajaste desde el valle en plena madrugada, Jack. ¿Por qué demonios te quedaste aquí fuera congelándote? Podrías haber entrado. Preston y Arthur están arriba.

Jack metió las manos en los bolsillos de su abrigo, sacudiendo la cabeza con una sonrisa torcida, carente de humor.

—Porque allá arriba hay un milagro ocurriendo, Steve.

Y yo no quería contaminar la atmósfera sagrada de esa habitación con el hedor de los tribunales.

Adentro eres un esposo y un padre. Pero aquí fuera...

—Jack hizo una pausa, y sus ojos de Beta recobraron ese brillo frío e implacable de depredador corporativo—.

Aquí fuera, sigues en guerra. Y te traigo noticias del frente.

Mi lobo interior, que había estado acurrucado y pacífico tras el nacimiento de los gemelos, se erizó instantáneamente. La adrenalina barrió cualquier rastro de agotamiento, tensando los músculos de mi cuello y mis hombros.

—Habla —gruñí, cruzándome de brazos para conservar el calor corporal, aunque mi sangre ya estaba hirviendo.

—Tus primos no han estado de brazos cruzados desde la última reunión —comenzó Jack, su tono volviéndose clínico—.

Cuando rechazaron la oferta de compra impulsada por los fondos de tu abuela, sabían que íbamos a presentar la demanda por incumplimiento fiduciario.

Así que intentaron contraatacar. Han contratado a un detective privado.

El aire se atascó en mis pulmones. Un gruñido sordo, involuntario y primitivo, vibró en el fondo de mi garganta.

—¿Un detective? —Apreté los puños hasta que las uñas se clavaron en la carne de mis palmas, ignorando el dolor—. ¿Han puesto a un maldito mercenario a husmear en mi vida?

—Relájate. No te alteres todavía —me frenó Jack, levantando una mano—.

El tipo es un profesional de la ciudad, muy caro.

Lo primero que hizo fue intentar destripar la contabilidad de Los Naranjos.

Pidió auditorías externas, revisó las cuentas de la cooperativa, los pagos de fertilizantes, los registros del banco.

Buscaban desvío de fondos. Buscaban probar que tú habías vaciado la empresa para financiar tu propia compra.

—No encontraron nada —sentencié, con una seguridad absoluta que no admitía debate—. Mis libros están limpios. Llevo diez años registrando hasta el último galón de diésel.

—Exacto. No encontraron absolutamente nada en las cuentas contables.

Eres tan aburrido y meticuloso con los números —Jack sonrió levemente, pero la sonrisa desapareció tan rápido como había llegado—.

Pero cuando la ruta del dinero se cerró, decidieron ir a por el eslabón que ellos consideran más débil. Fueron a por el ángulo personal.

Sentí que el estómago se me revolvía. El frío de la costa me taladró los huesos, pero el hielo real venía de las palabras de mi abogado.

—¿Qué encontraron? —pregunté, mi voz bajando a un susurro peligroso y vibrante.

—A Ben.

El nombre de mi esposo flotó en la niebla.

—No hay nada turbio en Ben —repliqué, dando un paso amenazador hacia Jack, mi instinto territorial cegándome por un segundo—. Su pasado con Greg fue expuesto. Todo el mundo sabe la verdad. Es intocable.

—Para el público, sí. Para el detective, solo encontraron a un Omega que, tras un matrimonio relámpago y altamente sospechoso, quedó embarazado casi de inmediato.

Y no de un solo cachorro, sino de dos —Jack me sostuvo la mirada, sin dejarse intimidar por mis feromonas agresivas—.

Su nueva estrategia legal es repulsiva, Steve.

Ya no están argumentando que Ben es un cazafortunas que arruina tu imagen. Ahora argumentan que tú eres un rehén.

Parpadeé, confundido por la retorcida lógica de mis primos.

—¿Un rehén?

—La narrativa que sus abogados están preparando para el juez es que Ben te amenazó —explicó Jack, desgranando las palabras con asco—.

Piensan alegar que el embarazo fue un acto calculado.

Que él manipuló tu biología, que te forzó a anudarlo y que ahora está usando a esos dos bebés recién nacidos como un arma de extorsión para obligarte a vaciar las cuentas de tu abuela y comprar las acciones.

Quieren pintarlo como un parásito maquiavélico y a ti como un Alfa manipulado por sus instintos básicos y el chantaje emocional.

La furia que estalló en mi interior fue tan pura, tan blanca y cegadora, que durante unos segundos perdí la visión periférica.

Escuché el crujido de mis propios nudillos. Imaginé el cuello de Marcos entre mis manos, sintiendo el cartílago ceder bajo la presión de mis pulgares. Imaginé la cara de Clara distorsionada por el pánico mientras yo le destrozaba ese imperio de cristal y mentiras que había construido.

Estaban utilizando el milagro que acababa de presenciar en el quirófano, la vida de Skylar y Tyler, el dolor y la valentía de Ben, como un pedazo de fango para lanzarlo en un tribunal.

—No van a utilizar a Ben —dije. Mi voz no era humana.

Era el sonido de la tierra partiéndose durante un terremoto—.

No otra vez. No voy a permitir que arrastren a mi esposo a un estrado para que tenga que defender la legitimidad de nuestros hijos frente a un juez.

Es una excusa barata, repugnante y cobarde.

—Sé que lo es. Es una excusa barata y desesperada, Steve —coincidió Jack, acercándose un paso más—. Y no tienen pruebas de nada porque es una completa ficción. Si llegamos a juicio, el juez les dará el fallo en contra. Los destruiremos en el contrainterrogatorio. No hay duda de eso.

—¿Entonces cuál es el problema? —exigí, la respiración saliendo en nubes agitadas de vapor.

—El tiempo —sentenció Jack, su mirada volviéndose sombría—.

Un juicio de este calibre tomará meses. Tal vez años, con las apelaciones.

Serán años de peritajes psicológicos, años de Marcos y Clara filtrando veneno a la prensa local, años de tener el nombre de Ben y de tus hijos en documentos judiciales públicos.

¿Quieres que Skylar y Tyler crezcan mientras su paternidad y su concepción son debatidas en una sala de audiencias?

Cerré los ojos con fuerza. La imagen de mis hijos, frágiles y diminutos en esas incubadoras, chocó contra la visión de un circo mediático y legal interminable.

No. No iba a permitir que la sombra de mis primos contaminara la infancia de mis cachorros.

Quería que la Finca Los Naranjos fuera un refugio impecable para ellos, no un campo minado.

—No —susurré, abriendo los ojos, la decisión endureciendo cada músculo de mi cuerpo—. No les daré ni un segundo de nuestro tiempo. ¿Cuál es la alternativa, Jack? Tiene que haber una forma de cortarle la cabeza a la serpiente ahora mismo.

Jack asintió, una chispa oscura y brillante encendiéndose en sus ojos.

—La hay. La única solución rápida es convocar una nueva junta directiva. De emergencia. Extraordinaria. Los forzaremos a sentarse en la misma mesa con nosotros una vez más.

—¿Y qué piensas hacer? —pregunté, escéptico—. ¿Pedirles por favor que dejen de ser unos monstruos? Ya rechazaron la oferta de compra. Querían sangrarme en los tribunales.