El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 16. Ben #2
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16. Ben #2

—No es un milagro, Preston —rezongó Steve por lo bajo, antes de mirarme a los ojos—. Es solo que... cuando te dormiste, y me los pasaron por primera vez... los vi y, no sé, Ben. Sentí que lo supe. Pero si no te gustan, los cambiamos. La última palabra la tienes tú.

—Dime —exigí suavemente, sintiendo la curiosidad picarme el pecho—. ¿Cómo quieres llamar a nuestros hijos, granjero?

Steve tomó aire, bajando la mirada hacia los dos rostros dormidos que descansaban sobre mí.

—El primero... —comenzó, y su voz fue un susurro tan bajo que apenas compitió con el zumbido del aire acondicionado—.

El que nació primero. El que no paraba de llorar hasta que lo pusiste en tu pecho.

Cuando lo miré, cuando vi la forma de sus ojos...

son idénticos a los tuyos, Ben. Un azul que parece el cielo de la costa. Pensé en... Skyler.

Repetí el nombre en mi mente, paladeándolo. Skyler. Sonaba ligero, fresco, como la brisa que nos había acompañado en el mirador. Tenía la elegancia de la ciudad, pero también la inmensidad del cielo abierto sobre los huertos de mandarinas.

—¿Y el segundo? —pregunté, mi voz apenas un murmullo cansado, acariciando la mejilla de Skyler con la yema de mi dedo. Su piel era tan suave que temía desgastarla con el roce—. El que nació con prisa.

Steve esbozó una sonrisa pequeña, casi tímida, y su pulgar rozó mi pómulo, limpiando una lágrima rezagada que se me había escapado sin querer.

—El segundo no paraba de moverse. Incluso cuando la enfermera lo envolvió, intentaba sacar las manos de la manta. Tiene mi terquedad, Ben. Lo supe en cuanto me apretó el dedo con una fuerza que no debería tener alguien tan pequeño. Pensé en... Tyler. Skylar y Tyler.

—Skylar y Tyler —repetí en voz alta.

Las palabras flotaron en la habitación del hospital, asentándose entre nosotros como una verdad ineludible.

Sonaban perfectos. No eran nombres toscos, ni tampoco excesivamente pretenciosos.

Eran un puente. Skylar, el cielo, el azul, la libertad que yo había encontrado al escapar de mi jaula de cristal.

Tyler, el hacedor, el constructor, el que trabaja con las manos, como el hombre de piedra que ahora me sostenía con una delicadeza infinita.

—Skylar y Tyler Miller —pronunció mi papá Preston desde el otro lado de la cama.

Me giré levemente para mirarlo. Preston tenía los brazos cruzados sobre su suéter de punto, pero su postura severa se había desmoronado por completo. Sus ojos azules brillaban con una humedad que intentaba disimular, y sus labios estaban curvados en una sonrisa de absoluta aprobación.

—Tienen ritmo, Steven —continuó mi padre, asintiendo lentamente—. Tienen la distinción que yo habría elegido, pero conservan esa fuerza que tu familia lleva en la sangre. Es una buena elección. Muy buena.

—A mí me gustan —intervino papá Arthur, dando un paso adelante desde la sombra del pasillo. Su gran mano se posó en el hombro de Preston, apretándolo con suavidad.

—¿Y el mío no cuenta? —rezongó Rick desde los pies de la cama, cruzándose de brazos con una mueca teatral—.

Porque yo creo que suenan como los próximos directores de una firma de Wall Street.

O, al menos, como un dúo de modelos de alta costura.

Imagínense las campañas: "Skylar y Tyler para Calvin Klein".

—Ni lo pienses, Richard —le corté de inmediato, aunque una risa débil me sacudió el pecho, haciéndome gemir un poco por la tensión en los puntos de la cesárea—. Mis hijos no van a pisar una pasarela. No quiero de ninguna manera que se expongan a ese mundo.

Steve soltó una risa grave, un retumbar bajo que sentí vibrar a través de la cama de hospital.

Se inclinó un poco más sobre mí, su aroma a Alfa —ese perfume denso de tierra mojada, pino y ahora un toque de sudor limpio— envolviéndome por completo, calmando la última pizca de dolor que quedaba en mi cuerpo.

—¿Te gustan, Ben? —me preguntó en un susurro, buscando mis ojos con una ansiedad que me pareció devastadoramente tierna.

Le tomé la mano, entrelazando mis dedos con los suyos. El zafiro de mi anillo de compromiso brilló bajo la luz fluorescente del cuarto, un destello azul que parecía conectar directamente con el nombre de nuestro primer hijo.

—Son perfectos, Steve —dije, y esta vez no pude evitar que las lágrimas se desbordaran, calientes y rápidas, resbalando por mis sienes.

Steve cerró los ojos por un segundo, soltando un suspiro largo y tembloroso que delató la inmensa tensión que había estado acumulando. Se inclinó y presionó sus labios contra mi frente.

—Gracias a ti, Ben —susurró contra mi frente—. Por no haber huido. Por haberme dado esta familia.

Bajo la manta, los gemelos parecieron reaccionar al sonido de su voz grave. Skylar soltó un pequeño suspiro, acomodando su cabecita contra mi pecho, mientras Tyler estiró un brazo diminuto, sus pequeños dedos rozando la franela de mi camisa. Eran nuestros. Eran reales.

—Bueno —anunció papá Preston, rompiendo la intensidad del momento con un tono de voz que intentaba recuperar su habitual practicidad organizativa—.

Ahora que los herederos tienen nombre, y dado que Benjamín necesita descansar sin que estemos todos aquí respirando el mismo aire, creo que es hora de que vayamos por algo de comer.

Observar todo este proceso ha sido... extenuante para mis nervios.

—Yo me quedo —dijo Steve de inmediato, sin apartar los ojos de mi rostro. Su mano seguía firme sobre mi cadera, un ancla inamovible—. Esperaré a que Ben se duerma y a que el doctor Evans vuelva a revisar los parámetros. No me voy a mover de aquí.

Preston miró a mi esposo, y por primera vez vi en sus ojos una aceptación absoluta, un respeto de Omega a Alfa que sellaba nuestra unión de forma definitiva. No había dudas de que Steve cuidaría de mí y de los bebés con su propia vida si fuera necesario.

—Está bien, Steven —asintió Preston, dándose la vuelta—. Cuídalo. Arthur, ayúdame con la silla de la señora Beatrice.

Mi padre Arthur se acercó a la abuela, que seguía dormitando plácidamente en la esquina de la habitación, ajena al mundo tras haber visto cumplido su mayor deseo dinástico.

Con una delicadeza que no encajaba con su tamaño, Arthur empujó la silla de ruedas de la abuela Beatrice hacia la salida.

Rick nos lanzó una última mirada de complicidad, guiñándome un ojo antes de seguir a nuestros padres.

—Traeré algo de cenar para ti, Steve —prometió Rick en un susurro antes de cruzar el umbral—. Aunque dudo que lo necesites, hueles como si te hubieras comido el mundo entero.

La puerta se cerró con un siseo suave, sumiendo la habitación de recuperación en un silencio bendito y cálido. El zumbido del aire acondicionado y el pitido rítmico del monitor de mis constantes vitales eran los únicos sonidos que quedaban.

Me quedé mirando a Steve. Su rostro estaba cansado, con la sombra de la barra de dos días marcando su mandíbula, pero sus ojos negros brillaban con una paz que nunca le había visto en la finca.