El Perfume de las Mandarinas (LA SERIE DEL JARDIN DE LOS CITRICOS nº 2) 14. Ben #2
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14. Ben #2

Me depositaron sobre una camilla en la sala de evaluación. Las luces fluorescentes del techo me quemaban los ojos. El olor a antiséptico, alcohol y látex me revolvió el estómago.

Preston no se apartó de mi lado, sosteniendo mi mano, mientras Steve caminaba de un lado a otro a los pies de la camilla como un león enjaulado, gruñendo a las enfermeras que intentaban tomarme la presión.

El doctor Evans entró corriendo por las puertas dobles, abrochándose una bata quirúrgica azul sobre su camisa.

—¡Señor Ben! —dijo, acercándose rápidamente, con el rostro serio pero concentrado—. Tranquilo, ya estoy aquí. Vamos a ver cómo están esos cachorros.

Me levantaron la camisa de franela. El frío del gel del ultrasonido me hizo estremecer, seguido por la presión firme de las manos del doctor sobre mi vientre. Monitores empezaron a pitar rítmicamente, llenando la habitación con el sonido de dos pequeños corazones latiendo a una velocidad frenética.

—Solo es un susto, ¿verdad, doctor? —pregunté, mi voz temblando por el esfuerzo de contener otra ola de dolor—. Aún falta una semana. Solo están... solo están ansiosos. Podemos pararlo.

El doctor observó la pantalla del monitor, frunciendo el ceño profundamente. Movió el transductor hacia abajo, presionando cerca de mi pelvis. Luego, se giró hacia mí, bajando el aparato. Su expresión no era la de un hombre que iba a recetar reposo.

—Me temo que no, Ben —dijo el doctor Evans con voz firme y compasiva—. No es un susto. Los niveles de estrés en el útero están altísimos. Al ser dos, ya no tienen espacio. Literalmente, se han quedado sin sitio para moverse y están comprimiendo la arteria principal.

Miré a Steve. Él se había detenido en seco a los pies de la camilla, sus manos agarrando la barandilla de metal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Qué significa eso, doctor? —exigió Steve, su voz vibrando con un peligro latente—. Hable claro.

—Significa que necesitan salir. Ahora mismo. —El doctor se giró hacia las enfermeras—. Preparen el quirófano dos. Llame al anestesista. Es una cesárea de emergencia. No podemos esperar a un parto natural con esta compresión; el riesgo para los gemelos y para Ben es demasiado alto.

La palabra "quirófano" cayó como una bomba en la habitación.

El pánico se apoderó de mí. El cinturón de hierro volvió a apretarme el vientre, pero esta vez el dolor físico fue eclipsado por el terror absoluto. Operación. Cuchillos. Estar expuesto.

—¡No! —Grité, aferrándome a la mano de Preston—. ¡Steve!

Steve estuvo a mi lado en una fracción de segundo, apartando a una enfermera con el hombro. Agarró mi rostro con ambas manos, sus ojos negros clavándose en los míos con una intensidad que casi me quemó.

—Estoy aquí. Estoy aquí, mi amor —susurró, su aliento chocando contra mis labios temblorosos. Me besó con desesperación, un beso salado y húmedo que buscaba transferirme toda su fuerza—. Todo va a salir bien. Yo estoy contigo.

De pronto, los frenos de la camilla se liberaron con un chasquido metálico. El movimiento fue brusco. Me estaban moviendo.

Me empujaban por los pasillos a toda velocidad.

Las luces del techo pasaban sobre mí como líneas continuas y borrosas.

Steve caminaba a paso rápido a mi lado, sin soltar mi mano, sus botas resonando contra el linóleo.

Preston iba detrás, dictando información médica a las enfermeras con una frialdad asombrosa.

Llegamos frente a unas puertas dobles de metal plateado. Un letrero rojo brillaba en la parte superior: "ÁREA QUIRÚRGICA - ACCESO RESTRINGIDO".

Las enfermeras detuvieron la camilla. Dos hombres con batas verdes se acercaron a tomar el control.

—Hasta aquí, señor Miller —dijo uno de los enfermeros, interponiéndose entre Steve y la camilla—. No puede pasar al área estéril sin preparación, y no tenemos tiempo.

—¡Me importa una mierda su protocolo! —rugió Steve, enseñando los dientes, su instinto territorial desatado por completo. Se aferró a mi mano como si le estuvieran arrancando un brazo—. ¡Es mi esposo! ¡No lo voy a dejar solo ahí dentro!

—¡Steve, por favor! —lloré, sintiendo que me arrancaban el corazón del pecho al ver cómo nuestras manos se separaban forzosamente cuando los enfermeros tiraron de la camilla hacia atrás.

Las puertas de metal se abrieron con un zumbido neumático. Me empujaron hacia adentro.

Observé en la puerta a Steve. Su figura masiva estaba recortada contra la luz del pasillo.

Estaba forcejeando con dos guardias de seguridad que habían aparecido de la nada, su rostro contorsionado en una máscara de angustia y rabia pura, gritando mi nombre.

La impotencia en sus ojos me rompió el alma en mil pedazos.

Me estaban separando de mi Alfa en el momento más aterrador de mi vida.

Las puertas de metal comenzaron a cerrarse. La última imagen que tuve de él fue la de sus manos golpeando el cristal reforzado.

—¡Steve! —sollocé, sintiendo el pánico asfixiarme. Estaba solo. Iba a estar solo en un cuarto frío, lleno de extraños y cuchillos.

La camilla entró en el quirófano. La sala era de un blanco clínico e implacable.

Las luces quirúrgicas, inmensas y redondas, colgaban del techo como ojos de insectos gigantes, cegándome.

El frío del aire acondicionado me caló hasta los huesos, haciéndome temblar violentamente debajo de la delgada bata de hospital.

El doctor apareció a mi lado, poniéndose los guantes de látex con un chasquido seco.

—Tranquilo, Ben. Respira hondo. El anestesista está justo detrás de ti.

—No quiero estar solo —sollocé, las lágrimas resbalando por mis sienes hasta perderse en mis oídos—. Necesito a Steve. Por favor, déjenlo entrar. Lo necesito.

El doctor Evans me miró. Su expresión se suavizó detrás de la mascarilla quirúrgica. Levantó una mano enguantada y, en lugar de preparar los instrumentos, señaló por encima de mi cabeza, hacia la pared derecha del quirófano.

—No estás solo, Ben. Nunca lo estarías. Míralo tú mismo.

Giré la cabeza hacia la derecha con dificultad.

A lo largo de toda la pared lateral del quirófano, a un par de metros de altura y separada solo por un cristal inmenso y grueso, había una galería de observación. Una ventana de observación médica, iluminada desde el pasillo exterior.

Ahí estaban.

Steve estaba pegado al cristal, sus manos enormes apoyadas contra la superficie transparente, su rostro a escasos milímetros del vidrio.

Sus ojos oscuros estaban fijos en mí, inyectados en sangre pero rebosantes de una devoción absoluta, inquebrantable.

Aunque no podía escucharlo, vi cómo sus labios se movían, formando las palabras: Estoy aquí. Te amo.

Justo detrás de él, con una mano apoyada en el hombro de mi esposo en un gesto de apoyo silencioso, estaba mi papá Preston. Su rostro estaba tenso, pero me regaló una sonrisa temblorosa, asintiendo lentamente para darme valor.

Y, sentada en una silla de ruedas que alguien le había conseguido rápidamente, asomándose por la esquina del cristal, estaba la abuela Beatrice. Su rostro severo estaba fijo en el quirófano, sus ojos oscuros vigilando cada movimiento de los médicos con la ferocidad de un dragón guardián.

El pánico que me asfixiaba se evaporó como niebla bajo el sol.

Ahí estarían ellos todo el tiempo observando.

No estaba solo en una sala estéril con desconocidos.

Estaba rodeado por la fuerza brutal de mi Alfa, la sabiduría incondicional de mi padre y la protección implacable de la matriarca Miller.

Mi manada estaba conmigo, separados solo por un cristal, vigilando cómo traía al mundo el futuro de nuestra tierra.