14. Ben
El dolor no avisó con delicadeza. No hubo una pequeña molestia, ni una advertencia gradual que me permitiera prepararme mentalmente.
Estaba recostado en la inmensa cama de la casa de la playa, envuelto en la camisa de franela de Steve, escuchando el rugido rítmico de las olas estrellándose contra los acantilados a través de la ventana entreabierta.
Faltaba una semana exacta para la fecha programada por el doctor Evans.
Una semana entera en la que pretendía seguir quejándome de mis pies hinchados, devorando el helado de nuez que mi papá Preston me traía y absorbiendo las feromonas de mi esposo cada vez que entraba por la puerta.
Pero mi cuerpo tenía otros planes.
Comenzó como un tirón sordo en la base de mi columna vertebral.
Un latido caliente y pesado que, en cuestión de segundos, se transformó en un cinturón de hierro al rojo vivo apretándose alrededor de mi vientre desmesurado.
El aire abandonó mis pulmones en un jadeo agudo y estrangulado.
Mis manos volaron instintivamente hacia mi estómago, sintiendo cómo los músculos debajo de la piel se contraían hasta volverse duros como el granito.
—¡Mierda! —grité, apretando los dientes, encogiéndome sobre mi lado izquierdo mientras el calambre me robaba la visión periférica.
La puerta de la habitación se abrió de golpe antes de que el eco de mi maldición se desvaneciera.
Steve apareció en el umbral. Llevaba una toalla alrededor del cuello y el pelo húmedo de la ducha, pero cualquier rastro de relajación se borró de su rostro en una fracción de milisegundo.
Sus ojos oscuros, dilatados por la alarma, me escanearon.
Su instinto de Alfa captó el cambio drástico en mis feromonas; el olor a miel dulce se había vuelto denso, agrio, saturado de dolor y pánico.
—¿Ben? —Cruzó la habitación en dos zancadas inmensas, cayendo de rodillas junto al borde del colchón. Sus manos grandes y todavía húmedas agarraron mis hombros—. ¿Qué pasa? ¿Es el peso? ¿Te duele la espalda?
—Con-contracción... —logré balbucear, cerrando los ojos con fuerza mientras la ola de dolor alcanzaba su pico, aplastándome—. Steve... duele.
El rostro de mi esposo palideció de tal forma que el bronceado de sus mejillas pareció desaparecer.
—Aún falta una semana —dijo, su voz temblando con una negación irracional, intentando convencer a la biología con pura terquedad—. No pueden venir todavía. Es demasiado pronto.
—Díselo a ellos —gemí, soltando el aire lentamente cuando el cinturón de hierro comenzó a aflojarse, dejándome jadeante y cubierto de un sudor frío—. Oh, Dios... creo que ya vienen.
—¡Preston! —El rugido de Steve hizo vibrar los cristales de las ventanas. Fue un sonido gutural, el llamado desesperado de un Alfa pidiendo refuerzos a su manada—. ¡PRESTON!
No pasaron ni diez segundos cuando los pasos apresurados resonaron en el pasillo.
Mi papá Preston entró en la habitación. A diferencia de Steve, que parecía a punto de sufrir un colapso nervioso, mi padre irradiaba la eficiencia fría y calculada de un cirujano en medio de un bombardeo.
En su mano derecha ya sostenía la maleta de cuero azul que había preparado meticulosamente semanas atrás.
—Ya lo olí desde la escalera —dijo Preston, su voz firme y autoritaria cortando el pánico en el aire.
Dejó la maleta en el suelo y se acercó a la cama, apartando a Steve con un empujón suave pero decidido de la cadera—.
Apártate, Steven. Estás bloqueando el aire y tus feromonas huelen a terror puro; lo estás alterando más.
Preston posó su mano fresca y experta sobre mi frente, apartando los mechones de pelo platino que se me habían pegado por el sudor.
—Respira conmigo, cachorro —murmuró mi padre, su tono bajando a un arrullo tranquilizador—. Inhala. Exhala. ¿Hace cuánto empezó el dolor?
—Es la... la primera fuerte —jadeé, aferrándome a su muñeca—. Pero fue horrible. Sentí que me partían por la mitad.
—Son dos, Benjamín. Tienen prisa. —Preston se giró hacia Steve, que seguía de rodillas, con las manos temblando a sus costados—. Steven, ve a encender la camioneta. Ahora. Pon el aire acondicionado a temperatura media. No me mires con esa cara de espanto, ¡muévete!
Steve parpadeó, sacudiendo la cabeza como si saliera de un trance, y asintió bruscamente. Salió corriendo de la habitación con tal fuerza que casi arranca el marco de la puerta.
El trayecto hacia el coche fue un borrón de movimientos torpes y dolor agudo.
Una segunda contracción me golpeó justo en el pasillo, obligándome a detenerme en seco y agarrarme de la barandilla de la escalera.
Solté un gemido largo y roto. Preston me sostuvo por la cintura, murmurando palabras de aliento, guiándome peldaño a peldaño.
Cuando por fin cruzamos la puerta principal, el viento helado de la costa me golpeó la cara. La inmensa camioneta negra de Steve ya estaba encendida, ronroneando en el camino de entrada. Las puertas traseras estaban abiertas.
Pero no éramos los únicos que nos íbamos.
La abuela Beatrice estaba parada junto a la puerta del copiloto, envuelta en un abrigo de lana oscura, apoyada en su bastón de plata. Su rostro estaba tenso, marcado por una severidad absoluta, pero sus ojos traicionaban una preocupación profunda.
—¡Súbelo con cuidado, Preston! —ladró la matriarca, golpeando el suelo con el bastón—. ¡Steven, ayúdalo! ¡No te quedes ahí parado como un poste de telégrafo!
Steve estaba a mi lado en un segundo, rodeando mi espalda con su brazo grueso y pasando el otro por debajo de mis rodillas.
Me levantó del suelo con una facilidad asombrosa, ignorando por completo mi peso adicional, y me depositó en los asientos traseros de cuero con la delicadeza con la que se manejaría cristal soplado.
Preston subió inmediatamente detrás de mí, acomodándose a mi lado y tirando de mi cabeza para que descansara sobre su regazo. Beatrice subió al asiento del copiloto con una agilidad que desmentía sus ochenta años y su artritis reciente.
Steve cerró mi puerta, dio la vuelta por el capó corriendo y saltó al asiento del conductor. Metió la marcha con un movimiento brusco. Los neumáticos chillaron contra el asfalto al acelerar.
—¡Despacio, pedazo de animal! —rugió Beatrice, girándose hacia él, levantando el bastón como si estuviera a punto de golpearlo en la cabeza—. ¡Maneja lento! ¡Con cuidado! ¡No seas un bruto! ¡Llevas a mi bisnietos ahí atrás, no un cargamento de fertilizante!
—¡Tienen que llegar a la clínica, abuela! —replicó Steve, la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello parecían cuerdas de acero. Sus nudillos estaban blancos alrededor del volante—. ¡Ben está sufriendo!
—¡Sufrirá más si nos estrellas contra un poste de luz! —le espetó ella—. Modula la velocidad en las curvas. El doctor ya está avisado y el quirófano está preparado. No necesitamos volar, necesitamos llegar enteros.
Otra contracción se apoderó de mí, esta vez más larga, más profunda. Apreté la tela del pantalón de mi padre, enterrando mi rostro en su estómago para ahogar un grito de dolor. El cuero del asiento se sentía frío contra mi espalda arqueada.
—Shh, , ya pasa —susurraba Preston, acariciando mi cabello rítmicamente, sus feromonas de lavanda intentando calmar el ambiente saturado de pánico—. Lo estás haciendo muy bien.
Giré el rostro, jadeando, buscando aire en el habitáculo de la camioneta.
A través del espejo retrovisor, intercepté la mirada de Steve.
Sus ojos estaban oscuros, aterrorizados, llenos de una impotencia que le desgarraba el alma.
Odiaba no poder absorber mi dolor. Odiaba no poder solucionar esto con sus propias manos.
—Steve... —logré decir, mi voz apenas un hilo de aire.
—Estoy aquí, Ben —respondió él al instante, su voz gruesa y temblorosa, apartando la vista de la carretera por un segundo para mirarme por el espejo—. Estoy aquí. Ya casi llegamos. Te lo juro.
El paisaje de la costa pasaba a toda velocidad por la ventanilla, una mancha borrosa de luces de farolas y oscuridad oceánica. Mi mente, nublada por el dolor y la adrenalina, empezó a buscar anclajes. Busqué a mi manada. A mi familia.
—Papá —llamé a Preston, tirando ligeramente de su suéter—. Se suponía que papá Arthur y Rick llegarían para el día del parto. Tenían los billetes para la semana que viene.
El pensamiento de no tener a mi padre Alfa y a mi hermano mayor en el pasillo me produjo una punzada de angustia incomprensible. Necesitaba que todos estuvieran allí. La Alianza del Mal, mi familia de ciudad, todos.
—Ya les he enviado un mensaje desde el pasillo, cachorro —me aseguró Preston, sin dejar de acariciarme la cabeza—. Arthur ya debe estar conduciendo hacia el aeropuerto como un loco, y Rick seguramente está haciendo las maletas. Llegarán. Te lo prometo. No se perderían esto por nada del mundo.
Asentí débilmente, cerrando los ojos.
Solo es un susto, intenté convencerme a mí mismo, aferrándome a la negación. Todavía falta una semana. Seguro que son contracciones de Braxton Hicks. Sí. Falsas alarmas. Solo están empujando. Me darán unos sueros, nos mandarán a casa y podré seguir quejándome del dolor de espalda unos días más.
Pero la intensidad del siguiente calambre, que me hizo arquear la columna y soltar un grito agudo que rasgó el silencio de la camioneta, destrozó mi frágil teoría.
—¡Pisa el maldito acelerador, Steven! —gritó Beatrice de repente, contradiciendo sus propias órdenes de hace cinco minutos, su máscara de hierro cayendo ante mi grito de dolor.
La camioneta dio un salto hacia adelante, el motor V8 rugiendo bajo el capó.
Llegar a la clínica fue un caos de luces cegadoras y puertas automáticas abriéndose de golpe.
Steve me sacó de los asientos traseros antes de que los enfermeros pudieran acercarse con una silla de ruedas.
Me llevó en brazos por los pasillos esterilizados, ignorando las protestas del personal, su pecho subiendo y bajando violentamente.
Olía a miedo puro, a tierra y a Alfa desesperado.